jueves, 1 de junio de 2017

365. Trescientos sesenta y cinco gracias

Nudo de Kipu

De la libreta de Ámbar

«El tren está llegando a la estación» Eso fue lo último que escribí aquel día, antes de encontrarme con ella. Desde entonces Kyaan y yo… 

Por cierto, desde que tuve que interrumpir mi viaje de formación he alterado el contenido de esta libreta. He pasado de escribir sobre lugares, itinerarios, personas que conocía y experiencias en general, a convertir estos folios en una especie de diario personal. Tengo que reconocer que me ha servido para aclararme. Suele pasarme eso, quiero decir, escribir me ayuda a mirar las cosas desde otra perspectiva.
A lo que iba. Desde que bajé de ese tren, mi mundo con Kyaan ha cambiado. Y está bien, es un cambio que me ilusiona. Pero sucede que por momentos siento que mi hermano y ella vuelven a pasar de mí, igual que cuando éramos niños. Es cierto que estamos en un, vamos a decirlo, momento extraño. Esto de tener que viajar en el tráiler, con ella, con mi hermano, con Drago y con Leo, me está causando algún tipo de trastorno. Probablemente habría sido peor si Pacha hubiese venido con nosotros, pero felizmente prefirió quedarse con Abril. ¡No es la primera vez que estoy con ellos, pero me encuentro extraña! Además, los cuatro son como una odiosa familia feliz. Saben lo que va a decir el otro, lo que les gusta o deja de gustar. En medio de ellos soy como un pegote. ¡Y no es la primera vez que convivo con los cuatro! No sé, supongo que también es un poco de envidia por mi parte. Ellos se formaron en equipo, en cambio mi formación como hacedora fue y sigue siendo distinta… Y digo ‘envidia’ por el modo en que se complementan y porque, antes de que llegara Kyaan, yo tenía algo así con Samir.
Recuerdo una tarde en la que los tres estábamos en casa de mi abuela Rosa. No sé por qué estábamos juntos porque ellos solían estar a su aire. Puede ser que mi abuela les obligara a merendar conmigo, no lo sé. El caso es que me crucé y me enfadé con él. Me acuerdo que le llamé ‘alérgeno de molusco’, que por la época era mi insulto preferido. No tenía idea de lo que significaba eso de ‘alérgeno’ pero me sonaba a una palabra muy mala, a un insulto, porque una vez se la escuché decir a mi madre hablando con mi tía y no quería que yo la escuchara. Así es que esa palabra, junto a la otra que de por sí, a mis ¿cinco años? me parecía gráficamente insultante,‘molusco’, tenía que ser una ofensa extrema. Así es que se la dije a Samir con toda la rabia que pude sacar de mi pequeño ser. Él también se enfadó, no sé lo que le habría hecho antes, pero me respondió llamándome ‘viruela loca’, algo que tampoco entendía pero que me sonó a tirón de los pelillos que están junto a la oreja y quise pegarle. A todo esto, Kyaan y sus ojazos abiertos, empezaron a partirse de risa. Supongo que nuestros insultos le sonarían a estupidez, o la discusión en sí. Pero para nosotros eran palabrotas inmensas e imperdonables. Mi abuela me debió de atrapar en el aire, porque yo sentía que volaba directamente al cuello de mi hermano que me esperaba con los puños en alto. Nunca, jamás, habíamos tenido una discusión semejante. Pasamos de adorarnos en Kalaij, a distanciarnos cada vez más en La Ciudad Puerta de la Muralla, y eso que allí, durante una temporada, mi hermano sólo fue capaz de comunicarse conmigo. Claro, eso fue antes de que llegara Kyaan. Total, que mi abuela me retuvo, me obligó a sentarme en su regazo y a los tres nos mandó a guardar silencio.  
 —Os va a quedar la boca de algorfifa. –Nos dijo y se quedó tan ancha, como si no estuviéramos prestos a ampliar nuestros respectivos repertorios de insultos. Pero claro, más adelante me explicó que esa palabra se refería a un simple trapo sucio y entonces ya no me pareció tan digna de considerarla como una palabrota. Luego de un largo silencio de dos pucheros en trompa y otra que ya no sabía dónde mirar para no reírse, mi abuela nos contó un cuento que le contaba mi abuelo:
«En una ciudad muy pequeñita vivía un niño que había aparecido de la nada. Nadie sabía quién era su madre, ni su padre, ni su familia. Él tampoco podía saberlo porque era tan pequeño que apenas sabía sentarse. El alcalde le llevó a su casa, pero su mujer no lo quiso porque su piel era más oscura que la de sus hijos. Así es que el alcalde le llevó a la casa de las monjas y allí lo criaron hasta que pudo ir al internado de los curas. Allí solían castigarle por lo que fuera, tanto si hacía como si dejaba de hacer. Le habían mandado tantas veces a arrodillarse sobre el suelo de guijarros del patio que dejó de sentir dolor por esto. En lugar de lamentarse o mostrar debilidad, algo que habría sido peor durante estos castigos, aprendió a concentrarse y a pensar en el futuro. Se decía: “soy hijo de la nada, de la nada he surgido a la vida y nada me cuesta ser agradecido”. 
Esto era lo que más recordaba cuando por fin salió de aquel infierno de internado, eso y su formación como carpintero ebanista. Llegó siendo un niño apadrinado de lejos por el alcalde y salió con una camisa, unos pantalones y una caja de herramientas que él mismo se había hecho. Su padrino, el alcalde, consiguió colocarle en un taller en el que, con el tiempo, su trabajo le valió el reconocimiento. Pero para eso tuvo que aguantar la envidia y las zancadillas de sus compañeros. Entonces se decía: “llegué a este mundo de la nada, nada tengo, salvo mis manos y trescientos sesenta y cinco días para decir gracias, sobre todo a quienes son como esos guijarros que me enseñaron a ser fuerte de niño”. Por aquel entonces estaba trabajando en un armario y ese fue el primer mueble que al terminar grabó en una esquina discreta los números tres, seis y cinco, además de la letra ge en mayúscula. 
Aquella marca se convirtió en sinónimo de calidad y pronto se hizo tan conocida, que los clientes empezaron a pedirle a él como maestro ebanista. En este punto tuvo la buena fortuna de que el maestro dueño del taller apreciaba tanto su trabajo y a él, que le propuso venderle el taller a pesar de su propio hijo, que era un bueno para nada en el oficio. Otra vez no fue fácil porque apenas tenía ahorros y ya para entonces tenía una familia que mantener. Así es que volvió a decirse: “al ser hijo de la nada, aprendí a crear de la nada y de la nada saldrá el dinero suficiente para que pueda seguir adelante, así es que empezaré por darle las gracias a las puertas que hice con estas manos y alguna se abrirá”… Y eso fue lo que ocurrió. 
Encontró a más de una persona que le respaldó económicamente para hacerse con el taller. Las razones podían ser muchas pero la principal era que su trabajo hablaba por él y que nunca dejó de ser grato con estas personas a las que miró siempre de frente, con la honestidad por delante. Y es por todo esto que cuando sus hijas ponían la mesa y se olvidaban de poner cucharas para tomar la sopa, lejos de enfadarse, él bromeaba diciendo “¡Ah pobreza!” y ellas corrían a buscar lo que faltaba. Porque, según les enseñó, nunca se es tan pobre como para perder la dignidad, el orgullo de hacerse a sí mismo de la nada y en eso consistía la gratitud hacia la vida»
—Vosotros no habéis nacido de la nada y os tenéis el uno al otro. Haced el favor de comportaros bien el uno con el otro. No seáis guijarros entre vosotros. Venga, tú empezaste, dile algo a tu hermano.
A ver, aquí tengo que decir a mi favor que por aquel entonces tenía unos cinco años. El cuento me lo sé de memoria porque mi abuela me lo debió de repetir ‘n’ veces durante ‘x’ años. Pero de aquella le presté poca o nula atención. Supongo que mi cabecita sólo fue capaz de acariciar una única y novedosa palabra.
— ¡Algoooorfifa! –Me salió sin más. ¡Mi abuela me había dicho que le dijera ‘algo’ a mi hermano! ¡No tenía la culpa de que se me pegara el resto!
—¡Climaronte! –Respondió mi hermano, tan o más picado como antes, porque yo había tenido la osadía y la oportunidad de decirle un súper insulto recién aprendido, nada menos que de los labios de mi abuela.
Y Kyaan volvió a reír, pero esta vez porque lo de ‘climaronte’ se lo había enseñado ella y no era ninguna ofensa. Le contó que cuando era pequeña, era una apasionada de las historias de dinosaurios y que cuando su padre Mikhen metió la pata al contarle que ‘extinguidos’ significaba ‘muertos para siempre’, su otro padre Kelhde intentó explicarle lo de las inclemencias del clima, y de ahí, en su cabecita, nació el intemporal e implacable saurio ‘Climaronte’.
Mi abuela, entre nosotros que volvimos a insultarnos y la otra que no paraba de reír, nos mandó a cada uno por nuestro lado y dijo que no volvía a tenernos juntos en su casa, por lo menos hasta que no aprendiésemos a ser agradecidos de lo mucho que teníamos que era y es el tenernos a nosotros.
¿Y a qué iba yo con todo esto? ¡Ah! Sí, a que vuelvo a sentirme como una islita minúscula en el mar de la amistad de esos cuatro… Pues nada, agradeceré esa sensación como si fuesen guijarros en las rodillas de mi orgullito y a ver si puedo superarlo.
Lo dicho, he convertido mi libreta de viaje en un diario de ñoñerías ilustradas.

miércoles, 31 de mayo de 2017

364. El cuento que salió del armario

El cuento se estaba preparando para darse a conocer. 
Tenía el firme propósito de salir del armario y comerse el mundo. ¡Tenía tantas ilusiones! 
Imaginó que fuera le esperaban una cantidad ingente de lectores con un ávido deseo de conocer sus palabras. 

Se miró en el espejo interior y analizó cada uno de sus detalles. Corrigió la construcción de una oración, repasó una vez más la ortografía (a una palabra le faltaba una tilde) y la puntuación (cambió un punto y coma por un punto, mejorando el sentido de aquella frase). Se fijó en sus personajes, en sus características más llamativas, en sus relaciones, en sus desencuentros: todos eran tal y como debían de ser. 

Se echó una última mirada y, confiado, empujó ligeramente la puerta. 

Iba a dar un paso hacia afuera pero en ese momento un pensamiento perfeccionista, que llevaba toda la vida colgado de una percha, le agarró por la lingüística. 

Tiró y le sacudió con tanta fuerza que le separó los significados de los significantes, o eso fue lo que sintió. Las garras que le sujetaban empezaron a izarle como si fuera una banderita de papel cometa e intentaron colgarle en la percha de la inseguridad, pero entonces, el cuento reaccionó. 

Planteó su metáfora (o se plantó con su metáfora) y esta, como podía ser interpretada de infinitas maneras, dejó patidifusa a la idea perfeccionista que empezó a buscar el sentido exacto, el único, el verdadero. 

El cuento aprovechó esto para recomponerse y escapar, olvidándose de sus detalles, de sus ilusiones, de su supuesto público. De pronto se encontró fuera, sin nadie que le leyera, que reparara en el empeño que había puesto para construirse a sí mismo, pero ¿qué era eso en comparación con el hecho de haberse librado de la molestia que le supuso estar entre las garras del pensamiento perfeccionista? 

Poco a poco empezó a sentirse ligero y aprendió a moverse, a encontrarse de manera natural, casi personal, con sus lectores. Ellas le hacían ojitos cuando le leían; ellos también. 

Así fue como dejó de interesarle eso de comerse al mundo y le encontró el gustillo a dejar que le descubrieran por casual causalidad, a dejar que le devoraran. 

Y la verdad es que es un cuento de esos que nutren el alma de quienes tienen a bien leerle.

martes, 30 de mayo de 2017

363. El final

El armario estaba proyectando imágenes en la blanca pared que tenía en frente. 

Las contemplaba entre apenado y distraído. 

Se preguntaba lo que ocurriría después, cuando su interior dejara de mostrarle todo eso que llevaba por dentro. 

«Esta será la despedida, pero ¿a quién o a qué tendré que decirle adiós?», pensó y al instante olvidó el pensamiento, la pregunta. 

Trató de fijarse en los personajes, en los escenarios de esa especie de pase de diapositivas, pero a la vez le llegaban tantas ideas que empezó a mezclarlo todo. 

Por un lado se sentía responsable de las verdades que guardaba, por otro lado le divertía disfrazarlas de mentiras, lanzarlas al mundo y olvidarse de sus existencias.  

«¿Alguna vez has sentido angustia cuando estabas a punto de terminar de leer un libro y no querías que acabara? ¿Alguna vez disfrutaste tanto de un viaje que cuando tuviste que volver sentiste un gran vacío, como si dejaras abandonada una parte de ti? ¿Alguna vez sentiste nostalgia por todo aquello que te quedó por decir? Algo así es lo que…», iba a seguir pensando pero le entró sueño. 

Entonces apareció una última imagen. Supo que lo era porque ponía “fin”.

El armario bostezó y cerró sus puertas sin importarle saber si las volvería a abrir.

lunes, 29 de mayo de 2017

362. María y Marco

En aquel hospital, durante el tiempo en que trabajé como enfermera, coincidieron tantas historias que me sería difícil escoger una sola como la que más me conmovió. 

Pero hay una que suele aparecer sola en mi memoria: 

María llegó del norte. Lo que tenía da igual, pero basta con decir que la metieron en aislamiento según la internaron. La única persona que iba a verla era su hermano, que fue quien la acompañó durante el viaje. Al principio iba todos los días pero pronto tuvo que buscarse un empleo para poder pagarse la estancia en la capital y parte de las medicinas para su hermana. 

Marco llevaba mucho más tiempo en el hospital. Él llegó de oriente y le operaron de… Tampoco importa. Lo que sí he de decir es que durante una temporada tuvo que ir en silla de ruedas y después tuvo que aprender a usar muletas. 

María llegó en la época en que Marco empezó a moverse solo usando la silla, dando vueltas por toda la planta. 
Así fue como se conocieron, porque él iba a visitar a todo el mundo y a ella le vino bien tener un amigo con el que poder hablar de cualquier cosa que alejara su mente de todo lo que les rodeaba.
—¿Qué es lo que más extrañas? Digo, de tu tierra. Yo mataría por un helado de aguaje. ¿Y tú?
—No sé… Creo que me comería un chumbeque.
—¿Un chumbeque? ¿Qué es eso?
—Si me dices lo que es un aguaje, te cuento lo que es un chumbeque.
—¿En serio? ¡Qué huambrilla eres! Pero está bien, te lo diré. Es un fruto, de una palmera.
—Un chumbeque es un dulce, algunos dicen que es un turrón norteño. ¿Y huambrilla?
—Niña.
—¡Ah! Entonces tú eres un churre.
—Eso no te lo discuto, un churro sí que soy… Un churro algo sipucho por la medicina, pero eso me hace más interesante. ¿A que sí?
—¿Interesante? Supongo que ahora me toca preguntarte lo que significa eso ¿no?
Y así se pasaban las horas, enseñándose el uno al otro las palabras propias de sus respectivas regiones y contándose muchas otras cosas que no interesan contar aquí.
Lo que más me enterneció de su historia fue que, cuando recogieron el armario de Marco, encontraron una libreta en la que había registrado todas esas palabras, sus pensamientos hacia María y una carta para ella… Una carta que nunca llegó a leer.
Pero eso ya no importa. Me gusta imaginar que ahora, ambos están juntos, y siguen charlando de sus cosas y son libres… por fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

361. El bañador

Al rinoceronte paracaidista, luego de finalizar su jornada, le gustaba aterrizar en el balcón de su casa. 

No lo hacía siempre, pero era algo que a Golondrina, así se llamaba su esposa rinoceronte, le disgustaba. 
Ella, que además de trabajar en diseño aeroespacial, se encargaba de los pequeños y de la casa, tenía el tiempo justo para cada cosa. 
Así es que, cuando él hacía la gracieta de caer entre la ropa tendida y el mini huerto urbano, a ella le daba un patatús. 
Esto ocurrió hasta la vez en que Golondrina y los mellizos, Lalo y Lola, libraron todo el día y tuvieron tiempo para escapar del aburrimiento –que suele estar involucrado en muchas maldades– desarrollando un plan para hacer que el padre dejara de pegarles esos sustos. 

Entre los tres rebuscaron dentro del armario hasta que dieron con el bañador de papá. Aquella prenda era como cuatro o cinco tallas más grande que las que usaba a diario. Decía que le gustaba sentirse libre cuando iba a la playa, o de campamento al río. Le bastaba usar el enorme cordón para sujetarse los pantaloncillos a la cintura porque el elástico apenas le servía. 

Entre los tres ataron un extremo del bañador al poste que estaba en la esquina de la casa y estiraron tanto la cintura que tuvieron que atar el otro al árbol familiar de tal manera que quedó como un toldo que cubría el frontal. Luego pusieron la escalera en el balcón y subieron al tejado. Ataron parte de la cintura a la antena y para terminar de abrirla usaron la base de cemento de la sombrilla del jardín. 

La parte interior del bañador, abierta al cielo, fue el segundo objetivo del plan. Compraron crema de chocolate para untar y la esparcieron en el forro interior formando un enorme palomino azucarado. Una vez que terminaron de hacer esto, cruzaron las patas con la esperanza de que esa tarde el padre repitiera la travesura… 
Y así lo hizo. 
La forma de su bañador fue visible desde las alturas y lo otro también. 
Entre el susto y el ataque de risa que le entró en pleno descenso, le fue difícil controlar la dirección del paracaídas y estuvo a punto de convertirse en un gran escombro.

Al final no volvió a repetir la travesura y su esposa y los mellizos no volvieron a comer crema de chocolate en los desayunos.

sábado, 27 de mayo de 2017

360. Un verbo, una acción

El problema planteado por la maestra alquimista decía:

«A mayor compasión, mayor desprecio. Elimina ambos y hurga entre sus cenizas. Si lo haces con ojos ciegos encontrarás la partícula brillante. Entrégala a quien hayas ofendido con tu compasión, con tu desprecio. Entonces el armario abrirá sus puertas hacia el abismo y el firmamento. A continuación conocerás la diferencia entre caer y volar. Tanto si caes como si vuelas, deberás olvidarte de tu ser para seguir siendo. ¿Cómo lo harás sin tener que abandonar lo aprendido? Esa es la pregunta que deberás responder mucho antes de aventurarte a compadecer o a despreciar a un semejante. Esta es la dificultad deberás afrontar eludiendo o eludir afrontando. En ambos casos es la misma acción, el mismo verbo, el que tendrás que poner en práctica»

El aprendiz, con esto en mente, se retiró al desierto para meditar sobre este asunto y volvió al cabo de unos años con la respuesta... 

viernes, 26 de mayo de 2017

359. Notas para un reportaje

La presunta víctima era la nueva inquilina de la pensión para señoritas. 

Se trataba de una mujer de piel clara, de cabello liso y largo, de un castaño rojizo que bajaba en coloración hasta terminar en un rubio dorado. Sus ojos, rasgados, eran de un negro profundo. Sus pómulos eran fuertes y sus labios oscuros y carnosos. En general, sus rasgos eran marcadamente amerindios, como los del resto de sus compañeras de pensión. 
Pero, cuando llegó, ellas sólo se fijaron en su piel y  empezaron a llamarle ‘la gringa’.

Según les dijo, había viajado a esa parte de la selva siguiendo indicios de sus orígenes, de su familia. Por su manera de hablar supieron que era de la misma región, pero seguía siendo blancucha y no le quitaron el alias. 
Ninguna de estas amigas, o compañeras de pensión, pudo referir su nombre. 

Fuera del solapado desprecio de llamarla por un apodo, hicieron buenas migas con ella y pronto la incluyeron en sus actividades de ocio. Las veces que salieron, todo había sido muy normal. Es decir, no la vieron hablar con ningún extraño ni tampoco vieron que alguien, que resultara sospechoso, merodeara por los lugares a los que iban.

La noche en la que ‘la gringa’ desapareció, todas salieron en grupo, primero a cenar en una pollería y luego a bailar en una conocida discoteca. Fue en este lugar en el que la muchacha, a la que todas las demás llaman Yanasera –al parecer por su marcada tendencia de hacerse amiga de todo el mundo y conocer a prácticamente todas las personas de su edad– sitúa los siguientes hechos:

«Estaba en la barra y un tipo, un moreno, se me acercó. Le había visto antes en esa misma discoteca, pero de lejos. Quería preguntarme si era “nosecuantitas”. Dijo un nombre, pero en ese momento no lo escuché bien. Le contesté que nosotras le llamábamos ‘la gringa’, pero que le iba a preguntar. Como sabía que ella estaba buscando a su familia, pensé que igual ese señor, porque era un poco mayor para nosotras, podía saber algo. Entonces me fui corriendo a hablar con ella. Le dije: “Creo que ese pispacho te conoce”, se lo dije así porque me dio vergüenza no saber su nombre y que el otro me hubiese dicho uno que no había escuchado bien. Ella me contestó con algo que me pareció muy extraño. Me preguntó si le había visto la sombra. No supe qué decir, porque allí, en la discoteca, a esa hora, sólo había oscuridad. Como me quedé callada, ella siguió: “Si alguna vez vuelves a encontrarte con ese tipo, no vuelvas a hablarle. Huye. Él no tiene sombra.” Entonces, instintivamente, me giré para intentar ver eso que me estaba diciendo, que aquel tipo no tenía sombra. No pensé en lo que eso podía significar o en que hubiese sido imposible por la poca luz del lugar. Miré entre la gente y al dar con el lugar en el que le había dejado, vi que ya no estaba. Me volví hacia ella, quería que me explicara lo que acababa de decirme, pero tampoco estaba. Pensé que había querido tomarme el pelo, que le conocía, que se había ido a bailar con él. O que no le conocía y que sólo se había ido a bailar. Pero no volví a verla. Ni yo, ni ninguna de nosotras. La esperamos y buscamos lo más que pudimos. Estábamos preocupadas y enfadadas con ella. Podía habernos dicho que se iba a dormir, o que se iba a pasar la noche con el que fuera. Volvimos a casa y nos metimos en su habitación, por si estaba durmiendo. No había nada. La cama estaba con las sábanas dobladas. El armario estaba con las puertas abiertas, vacío. Tampoco había nada en los cajones. Fue como si no hubiese estado nunca allí. Y, déjeme decirle que esa noche estuvimos en su habitación. Lo tenía todo revuelto porque se estuvo probado todo lo que tenía, para salir. Además, todas nos maquillamos allí y dejamos todo hecho un desastre. Dijo que no le importaba, que lo limpiaría después. Lo más extraño es que la dueña de la pensión siempre nos oye cuando volvemos. Nos cuida mucho. No sale de su habitación porque no quiere vernos a esas horas, pero está como pendiente. Y como ella misma le contará, no escuchó que la gringa volviera a casa.»

Se desconoce si la mujer apodada como ‘la gringa’ fue víctima de algún tipo de secuestro o si su desaparición fue un acto voluntario. Por otra parte, salvo sus compañeras y la propietaria de la pensión, en el pueblo nadie la recuerda.

La investigación continuará siguiendo los datos personales que la desaparecida proporcionó a la dueña de la pensión cuando alquiló la habitación, pero a dos días de la denuncia, continuamos sin saber si estos datos son reales.

jueves, 25 de mayo de 2017

358. Por un azulejo

En la calle de abajo, en la casa más alta y más estrecha, habita el carpintero más afamado de toda la comarca. 

Algunos dicen que está loco, pero sólo lo hacen por pura envidia porque a él, y sólo a él le encargan las reparaciones del palacete que es propiedad de un conde segundo. 

Aquello empezó cuando le mandaron a reparar el armario que ocupaba una pared entera de la biblioteca. 

A la talla de madera que coronaba el mueble y que representaba la cabeza de Medusa, se le desprendieron unas cuantas serpientes. Además, un par de baldas necesitaban refuerzos porque estaban cediendo por el peso de las enciclopedias. 

Pero, contrario a lo que piensa la gente sobre aquel encargo, no fue una experiencia del todo agradable para él. 

Para empezar, se vio obligado a comer las puntas de nabo que le pusieron. Odiaba con todas sus fuerzas aquel plato y tuvo que tragárselo sin chistar para no ofender a la cocinera que, por cierto, le gustó desde el primer momento. 

Entre tontería y tontería que ambos intercambiaron durante la comida, él no sabe hasta el día de hoy ni el cómo ni el por qué terminó aceptando reparar el grifo. De pronto se vio a sí mismo bajo el fregadero, dando golpecillos a las tuberías, sin tener ni puñetera idea de lo que tenía que hacer allí abajo para arreglar el dichoso grifo que estaba allá arriba. 

Y entre golpecito allí abajo y golpecito allá arriba, rompió un azulejo, uno de esos caros carísimos que sólo se veían en las casas de los ricos. 

Su frente, sus sobacos, y su rabadilla se empaparon de un sudor tan frío como el hielo.

Del apuro surgió el ingenio y usó la cola de pegar madera para arreglar el desastre que cubrió como pudo con algún plato sucio que vio por ahí y que, como supo mucho después, también se pegó contra la pared… 

Aquel apaño le sirvió para darse tiempo y pensar en algún modo de escaquearse de allí. 

La mejor idea que se le ocurrió fue liarse con la cocinera, que sí, le gustaba, aunque no tanto como para amarrarse a ella de por vida. Pero... dada su puntería con el martillo, se vio obligado a casarse con ella. 

Aunque lo peor, lo peor de esa experiencia fue que desde entonces ella le prepara las dichosas puntillas de nabo como si fuesen su plato preferido. 

Los de la comarca ya pueden sentir mucha envidia de él, porque, según su parecer, eso es lo mejor que pudo sacar de aquel encargo. 

Sí, va a ser que los del pueblo tienen razón. Además de estar un poco loco, también es un bobo de atar.

miércoles, 24 de mayo de 2017

357. A salvo

—¡Peonzo! – Le gritaron los chiquillos por la calle sin venir a cuento y con ello se desató su tortura. Se alejó de la esquina en la que el grupillo de adolescentes estaba haciendo el vago y se fue fingiendo que no había escuchado nada. 
Pero sí, su alma escuchó aquel insulto y una marea de sensaciones empezó a marearle. Sus hombros se elevaron para que su cabeza se escondiera entre ambos. Dio unos cuantos pasos y tuvo que apoyarse en una pared para aguantar el eco de las burlonas carcajadas de esos mangantes. 
Entonces apareció su propia decepción: era evidente que todavía no era capaz de plantarle cara a cualquiera que se atreviera a meterse con él, con su carga de inseguridades. Esto le afectó tanto que cogió su móvil y tecleó un mismo mensaje que envió a las dos personas con las que tenía que verse: 
‘Ha ocurrido un imprevisto. Te llamaré mañana, sin falta, prometido.’ 

Volvió a casa, se metió en su habitación y se encerró en el armario. 
Las ideas que taladraban sus sienes le siguieron hasta ahí dentro y le recordaron cada una de las circunstancias que atenazaron su niñez. Desamor. Le gritaron que debía dejar de ser un pusilánime. Estaba avergonzado. 

En el pasado, sus compañeros de clase le menospreciaron insultándole de ese modo, llamándole 'peonzo' porque escupía las frases soltándolas a la carrerilla y de manera atropellada. Muchas veces se comía la pronunciación, las pausas y palabras. Pero lo peor era cuando se encontraba en una situación tan incómoda que empezaba a tartamudear. Al menos sus compañeros no se dieron cuenta de eso o le habrían humillado de otro modo. 

Y estaba avergonzado porque después de todo ese tiempo seguía sin poder dominar su lengua, hacer que se moviera siguiendo sus pensamientos, como cuando un bailarín se limita a ejecutar su coreografía sin interferir en la melodía que interpretan los músicos. Era desesperante. Y estaba agotado, tanto que se quedó dormido. 

Su refugio, como siempre, le brindó el abrazo que era incapaz de encontrar en otro ser humano… 

Durmió tan profundamente que cuando despertó, su espíritu se había renovado. Sólo había sido una crisis y la afrontó del único modo que para él daba resultado. 

Ya en la cocina, mientras untaba mantequilla en una tostada, recordó la mirada de uno de esos muchachos. En ella reconoció a un viejo compañero de escuela y pensó en que debía de ser su hijo. Pobre criatura. Se sintió afortunado porque las circunstancias que atenazaron su niñez eran mil veces más deseables que tener a un infame y pobre desgraciado como padre. Según sabía, el individuo en cuestión se dedicaba a tener problemas con la justicia. 

Mordisqueó la tostada y revisó su agenda. Todavía tenía un mes para terminar de montar la exposición. 

Apuntó los nombres de las dos personas a las que había cancelado el día anterior, su agente y la comisaria de la muestra, y fue a su taller. 

Les llamó desde ahí, mientras garabateaba a unos muchachos que estaban haciendo el vago en una esquina. 
Quedó para comer con ambas, tenía algunas nuevas ideas para introducirlas dentro del apartado dedicado a su oscuridad, a sus fantasmas, a sus monstruos, a sus muertes. 
No habían decidido cómo llamar a aquel espacio, pero su encuentro con aquel insulto del pasado le había hecho pensar en una instalación, en un lugar reducido pero confortable, que abrazara, que reconciliara al visitante con su derecho a no ser perfecto.

martes, 23 de mayo de 2017

356. Señor Melón

El desastroso señor Melón era un estrambótico y malintencionado hombrecillo de tres al cuarto. 
Cazurro en todas sus acepciones, es decir, malicioso, ordinario y lento de entendederas, tenía por deporte coleccionar enemistades y cosechar el rechazo general. 

Se paseaba por ahí con sombrero de paja, bastón de palo de escoba y un poncho de esparto con el que barría las colillas de las aceras. 

—Es una lástima que la gente apague sus cigarrillos antes de tirarlos al suelo —se le escuchó decir a algún vecino. 
—Si la gente no lo hiciera, sería ahondar en la falta de civismo. Imagínate si se llegara a incendiar el poncho de don Melón. Eso equivaldría a quemar basura en la calle ¡y hasta allí podíamos llegar! —fue la respuesta de su acompañante, según el rumor que voló por el barrio, por el distrito entero. 

A él, que le importaba un pimiento rojo lo que dijeran sobre su persona, le importaba otro pimiento verde refinar sus modales, renovar su armario, o hacer un esfuerzo sobre humano por comprender la diversidad de estilos de vida que coexistían en la urbe. No le daba la gana. Él prefería meterse con todos, incomodarles con su presencia, con sus intromisiones que sólo buscaban crear conflictos, con sus veredictos que evidenciaban su visión plana y sesgada de una moral que, así como su poncho, había creado a su medida. 

Disfrutaba yendo por allí, emitiendo juicios de valor sobre la vida de los demás. Lo hacía a voz en cuello y apuntando con su palo de escoba a su despistada víctima. Sobra decir que todos se apartaban de su camino si le veían venir. Si se cebaba con alguien era porque, o no era del barrio, o no le había visto. 

Le tenían por un pobre perturbado que sólo sabía malgastar su vida metiéndose donde no le llamaban. 

Su único aporte, por así decirlo, era que conseguía hacer que personas totalmente divergentes entre sí, se unieran en la antipatía hacia él. 
Y así era este señor de cabeza y corazón huecos como un melón.

lunes, 22 de mayo de 2017

355. Ayay mama

A veces, en medio de esa selva en la que habitan las historias de nuestra familia, se escucha un canto lastimero.

Los adultos contaban -y cuentan- que se trata de un pájaro que nació de las almas de dos niños que fueron abandonados en la espesura del bosque y que siempre llora llamando a su mamá. De allí que se le llame igual que su canto, el ‘ayay mama’.

En una ocasión en la que estábamos aburridos por el bochorno de la tarde, salimos a recoger limones. Se nos ocurrió hacer un puesto de limonada y de sorbetes de limón. Siempre se nos antojaban ese tipo de proyectos que casi siempre terminábamos abandonando por falta de interés, o porque se nos ocurría seguir a la primera mosca que se cruzara en nuestro camino. Algo así fue lo que ocurrió esa tarde. 

Estábamos cerca de la entrada al bosque –sólo nos daban permiso de estar en los límites, donde pudieran vernos desde la casa, o desde la cocina, o desde el huerto, o desde donde nuestra abuela estuviera vigilándonos–, habíamos recogido dos limones y un pacae cuando escuchamos al ayay mama

Nos miramos y sin decirnos nada, soltamos nuestro botín y corrimos en su busca, como no, en dirección al bosque. Cantó hasta cinco veces y las cinco veces cambiamos de rumbo. 
Nos perdimos, pero ninguno de los dos quiso admitirlo. 
Caminé detrás de mi hermano mayor, porque él tomó las riendas de lo que debíamos hacer, aunque no tuviera idea de qué era aquello que teníamos que hacer. 

De pronto escuchamos un último canto, esta vez más cerca. Sonó entre las raíces de un árbol blanco, muy extraño y muy grande. Nos acercamos y lo que vimos… 

Mi hermano siempre se ponía muy serio cuando sentía que tenía la responsabilidad de cualquier cosa. Y esa fue la cara que puso en el momento en que vimos al “llullo huira huira”, que así llamé al bebé que encontramos entre las raíces porque me dio asco su aspecto mantecoso. 

Miré a mi hermano, como preguntándole qué íbamos a hacer con el pequeño y, sin decir una palabra, supe que estaba pensando en adoptar al bebé como nuestro hermano menor. 

¿Cuánto duraría aquello? ¿Uno, dos minutos? No lo sé, el caso es que fue intercambiar esa mirada y volver a mirar al llullo, pero en su lugar estaba un pájaro oscuro, feo y de aspecto mantecoso. Nos chilló el 'ayay mama' y batió sus alas con tanta fuerza que nos lanzó en línea recta, como si fuéramos un par de sus plumas, hasta el final del bosque, que era el inicio de la huerta que estaba justo detrás de casa.

Aterrizamos de un golpe y del mismo nos quedamos dormidos. Despertamos en casa, en la terraza, cada uno en una hamaca, como si sólo hubiésemos estado durmiendo la siesta. Pero yo sabía que no había sido así, primero porque la abuela nos riñó por haber tenido que pedirle al vecino que nos trajera en brazos, segundo por el susto que le dimos al no reaccionar ni a las cachetadas que nos dio para despertarnos. Y, tercero, porque en uno de los bolsillos de mis pantaloncillos cortos, encontré una pluma oscura que olía a grasa. 
Todavía la tengo. 
Está en una caja de zapatos que tengo en mi armario. 
Pero esto mi hermano no lo sabe porque él jura que aquello sólo fue un mal sueño, una pesadilla que yo tuve por culpa del bochorno. 
Él dice que ni siquiera recuerda que oyésemos al ayay mama.

domingo, 21 de mayo de 2017

354. Y si…

La bardo, una duendecilla lista e inquieta, estaba comiendo con desgano. Lentejas. Las había sacado del recuerdo de la cocina de mama Sole que estaba en alguna página del pasado. Tenía una mano en puño que hundió en la mejilla y en el pómulo. El codo de ese brazo lo enterró en la mesa para sostener el peso de su cabeza, de sus agotadores pensamientos. La otra mano, ajena a todo, revolvía el contenido del cuenco con la cuchara de palo y, de vez en cuando, recogía una porción y la llevaba a la boca. Lentejas frías. Estaba a punto de darle vueltas, tanto en su cabeza como en el cuenco, a una única idea cuando la Mediocridad tocó su puerta. La reconoció por su manera insistente de llamar: primero eran toques seguidos de golpes que pronto se convertían en empujones, como si se estrellara contra la madera para derribarla. Al principio quiso ignorarla pero en cuanto vio que la manija estaba a punto de ceder, se apresuró a empujar el armario que estaba al lado. Apoyó la espalda contra el mueble y durante siglos se quedó encerrada en su choza, con una lenteja fosilizada en una de sus comisuras y sus pensamientos taladrando su cabeza. 
«¿Y si en lugar de encerrarme le hubiese hecho frente a la Mediocridad?», pero por alguna razón nunca encontró el modo de responder a esa pregunta…  

sábado, 20 de mayo de 2017

353. Dignos de ser amados

La última ración de amabilidad se la llevó el primer mezquino. 

Aquella porción habría sido suficiente para repartirla entre, por lo menos, mil millones de generaciones. 

Lo mismo hizo con muchas otras cualidades y defectos que atesoró ‘por si acaso’ en las profundidades de su armario, aunque de todo eso había más que suficiente repartido por todo el mundo. 

En cambio, la amabilidad… 

El muy mishico siempre pensó que los otros, los demás inmortales, empezaron a derrocharla desde que el tiempo se hizo cargo del dominio del mundo. 

Pero las divinidades y otros inmortales, desde ese entonces, también fueron muy tacaños para repartirla entre los humanos. 

Y es que los inmortales, y otras divinidades, como lo eran, no necesitaban sentirse dignos de ser amados. No se daban cuenta que no ocurría lo mismo con la humanidad. 

Al menos, de cuando en cuando, soltaban un poco de benevolencia por el mundo, algo que no ocurría con el primer mezquino pues vivía enclaustrado entre sus acumulaciones.

viernes, 19 de mayo de 2017

352. A levantarse...

La magnífica Idea revoloteaba alegre por una pradera azul. Estaba llena de energía, era brillante, osada y, como todo lo atrevido, inmensamente ignorante. Esta era la razón por la cual la felicidad era su estado natural y las ilusiones eran su alimento. No necesitaba nada más que aquello que ya tenía, que era un montón de fantasías acerca del futuro.

La despiadada Realidad, que nunca había sido capaz de soportar lo iluso, decidió dejar en medio de la pradera a su armario repleto de realidades. 

La Idea, que era un poco distraída, chocó de bruces con la dureza del mueble y se dio tal golpe que pudo saborear su amargura. No contenta con esto, la cruel Realidad no dejó que la Idea se pusiera en pie. Le mostró absolutamente todo lo que tenía guardado, incluso aquello que ni ella misma recordaba que tenía en el fondo del armario.

La consecuencia más inmediata fue que la Idea empezó a oscurecerse, a destripar sus puntos más flacos, aquellos que le resultaban ingenuos. Una vez que se deshizo de todos ellos, se puso en pie y sonrió. No iba a dejar que nada la pisoteara, que le impidiera convertirse en una realidad.

jueves, 18 de mayo de 2017

351. Trampa

La Sociedad Secreta de Magos estableció su sede principal, allá por el mil ochocientos, en un pueblo al que entre ellos llamaban ‘la ciudad del faro’, porque desde allí proyectarían sus saberes ocultos hacia el resto del mundo. Los únicos que sabían dónde se encontraba este lugar eran los miembros más notables de esta sociedad, de la que cada generación solían ser unos cinco. Sólo ellos conocían la ubicación exacta del edificio que, detrás de un armario, tenía una puerta que comunicaba con una escalera que bajaba de tal modo que quien lo hacía terminaba subiendo a una réplica invertida y subterránea del mismo edificio. En el ático, que mirado de otro modo vendría a ser la última planta del sótano. Allí estaba la sala mayor, que era donde los notables se reunían en consejo. Cada vez que alguna personalidad, que algún alto cargo del mundo sin ilusiones, iba por ahí autoproclamándose una especie de 'estrella inalcanzable', las personas mágicas se reunían para urdir un plan y acabar con su estúpido esplendor.
Y eso es exactamente lo que están haciendo, preparan una trampa para el enteradillo o la resabida de turno. Siempre da resultado porque todos suelen caer en sus propios egos.

miércoles, 17 de mayo de 2017

350. El shimbillo de la abuela

Era la noche del estreno y la sala estaba a reventar. Su intervención acabaría hacia la mitad del tercer acto. Tenía que ir hacia el fondo, situarse junto al armario y soltar su monólogo bajo un chorro de luz azul. Lo tenía más que aprendido: cada paso, cada respiración, cada palabra y cada gesto se correspondían entre sí, incluso con sus pensamientos, que tenía controlados. Había llegado el momento. Caminó con tanta seguridad que tuvo que reprimir una sonrisa del orgullo que sintió por sorprenderse a sí misma. Quizás esa efímera idea, que jamás tuvo durante los ensayos, fue suficiente para desatar una serie de movimientos involuntarios que terminaron por enredar uno de sus pies en una de las esquinas de la alfombra. Consiguió poner un pie detrás para no caer por el giro que dio y a partir de ahí, sus pies casi no tocaron el suelo hasta que su espalda fue a dar contra el mueble de utilería que, para suerte suya, los operarios habían asegurado al tabladillo, por si ocurría algún tipo de incidente, como el que le estaba sucediendo. Escuchó un murmullo, parecido al de una multitud conteniendo el aliento y en ese instante quiso recordar la primera palabra de su soliloquio, pero nada. Se había quedado en blanco y estaba paralizada. Si hubiese querido mirar a un lado y a otro en busca de alguien que hiciese de apuntador tampoco hubiera podido… Aquel segundo duró un millón de años. Iba a intentar decir cualquier cosa, lo que fuera, cuando escuchó una tosecilla que provenía de dentro del mueble. Un escalofrío recorrió su columna cuando se vio a si misma abriendo las puertas y asomando la cabeza dentro, como si eso formara parte de la escena y a todo esto, sin decir una sola palabra de todo lo que se suponía que debía decir. El chorro de luz azul la enfocó desde arriba y ella no podía quitar ojo del interior del mueble: dentro estaba su abuela que parecía estar fumando una especie de vaina gigante. Por el olor se trataba de un shimbillo relleno de hierba. María. «¡Ay María! ¿Qué harás sin tus ganas de luchar contra lo que se te ponga en medio…» ¡Eso era! Ese era el nombre de su personaje y aquella, la primera línea de su monólogo. ¿Pero qué iba a hacer con su abuela en escena? Felizmente el sueño, su sueño, acababa de empezar…

martes, 16 de mayo de 2017

349. Yocu – Seso hueco

Érase un hombrecillo minúsculo, porque había sido pensado y escrito en minúsculas. 

Su existencia se hizo terrible porque, aunque él no lo sabía, vivía encerrado dentro de un armario del que no tenía la más mínima intención de salir, sobre todo porque ignoraba que estaba dentro. 

Vivía empeñado en demostrar que los demás, quienes vivían fuera, eran aberraciones de la naturaleza y que él, tan digno, tan moralmente correcto, tenía la razón suprema. 

Alguien que alguna vez sintió pena del espectáculo que daba, rotuló un letrero y lo pegó en el mueble, en el espacio que tenía encima de las puertas. 

A partir de ese momento los demás, según pasaban, ya no le miraban con tanto desprecio; generalmente se alejaban entre risitas. 

En el cartel, ponía: 
“Yocu. 
Seso hueco. 
Nada de lo que diga ha sido pensado previamente”. 

Así es que nadie se molestaba en llevarle la contraria, total, sólo era un hombrecillo minúsculo.

lunes, 15 de mayo de 2017

348. Instantáneas

La suerte quiso que el tiempo se abriera en canal, dejando ver la época en la que el edificio de su historia se encontraba en construcción. 

Tenía por cimientos unos tarros de pintura y un montón de pinceles y brochas; el centro de palpitante energía era un armario que estaba cerrado con un candado de latón y el techo era de vitrales que subía en espiral hacia el infinito. 

El tiempo, que se detuvo ante su mirada, le entregó la llave del candado. 

Dentro había una colección de instantes descoloridos, recuerdos en magenta y sepia que se elevan hasta los vitrales y se imprimen en ellos para no volver al olvido. 

Y así, la loca de la imaginación, vuelve a reconstruir su historia.

domingo, 14 de mayo de 2017

347. No te escondas...

Érase un escándalo andante que se revolucionaba a sí mismo a cada paso. 

Salió de un armario con actitud de desafiante humazapa testarudo. 

E iba por allí, derrochando energía. 

Su razón de ser era contagiar ambición a quien quisiera despertar de su letargo, fabricarse un sueño y perseguirlo como si sólo se tratara de un divertido juego.

Érase un escándalo sin miedo y te busca a ti... 

Así es que, no te escondas.

sábado, 13 de mayo de 2017

346. Dibiridan, dibiridun

«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos sangrientos que iban por la gran avenida. 
La niebla de aquella terrorífica madrugada daba un toque siniestro al ambiente. 
El monstruo de los tacos de carne humana les seguía a cierta distancia en busca de algún superviviente, pero casi no había nada fresco.

«Dibiridan, dibiridun…» el cántico se alejaba del centro y la niebla se dispersaba, dejando ver un armario en medio de la gran avenida. 
Un bello unicornio que brillaba como si su ser hubiese sido creado con la luz de la luna salió del mueble.

«Dibiridan, dibiridun…» se escuchó un último y lejano estribillo cuando, de un rugido, el bello unicornio escupió una bola de fuego que arrasó con lo que quedaba de aquella ciudad.

«Dibiridan, dibiridun…» cantaban los enanitos sangrientos, caminando hacia su próximo destino. 
Su único objetivo era encontrar la preciosa florecilla del unicornio que los humanos burlones se habían empeñado en esconder...

«Dibiridan, dibiridun…»

viernes, 12 de mayo de 2017

345. La vida que espera

La gota de tinta se camufló entre la multitud de gotas de lluvia y se dejó caer como una más de aquel bombardeo helado. 
Impactó contra una roca que permaneció oculta durante milenios hasta que la curiosidad la descubrió. 
La niña que la rescató de su escondite, creció tan rápido que no le dio tiempo a liberar su pequeño tesoro de infancia.
La roca azul, se encuentra dentro de un tarro verde, que está guardado en una mochila negra, en lo alto del armario rojo, de la habitación amarilla, de la casita morada de la montaña naranja. 
La gota de tinta concentraba un secreto de vida proveniente de otro mundo. 
Escapó al exterminio, a las circunstancias, pero no era ni víctima, ni inocente. 
Su existencia es paciente y aguardará a que la curiosidad vuelva a descubrirle. 
Pero puede ser que para eso tengan que pasar unos cuantos milenios.

jueves, 11 de mayo de 2017

344. Inmenso y Rolo

El loro Rolo era un apasionado escandaloso. Su amigo Inmenso, el oso, aunque le tenía mucha paciencia, estaba más que aburrido de aguantar la lata que le daba con su perorata de siempre. Porque el loro tenía por costumbre salir a la ventana y desde allí gritarle a doña Ana que podía ver sus bragas colgadas en el tendal. Doña Ana siempre picaba con el asunto y terminaba increpando al oso por dejar salir al loro a la ventana; furiosa gritaba que ya estaba muy harta y que iba a llamar a la policía, y si no lo hacía era por el respeto que le tenía. Y eso lo decía porque el oso era todo un señor.
Esa situación se daba día sí, día también, hasta que en una buena mañana, en la que el oso amaneció algo torcido, justo en el momento en que el loro empezaba a chillar su matutino “Doña Ana, desde aquí puedo verle las bra…”, cogió a su amigo de las plumas y le encerró en el armario. El loro empezó a gritar pidiendo socorro. Decía: “¡Ay que me ahogo! ¡Sácame de aquí, que sufro del corazón, no seas cacho cab…” El repentino silencio no cogió al oso desprevenido, que conocía bien a su amigo y sus trucos de manipulación.
—Te llevaré donde doña Ana, que tiene ganas de convertirte en plumero. Por tu bien espero que, cuando abra las puertas, estés más que tieso, de lo contrario sufrirás lo tuyo cuando ella te arranque las plumas una a una y te deje en puro pellejo. ¡Te lo mereces por no saber cerrar el pico, con lo fácil que es tener la fiesta en paz con toda la vecindad!
—¡Ay no sea usted malandro! —Resucitó el desmayado desde el otro lado y con voz arrepentida, siguió—: Le prometo mantener la compostura, pero ayúdeme con mi chifladura y cierre la ventana con candado, hasta que me haya acostumbrado a no coquetearle a doña Ana de semejante manera. Hágame usted el favor…
—Si lo pides por favor, sé que no andas de farol.
A partir de ese día, el candado en la ventana solucionó las faltas del loro a doña Ana. Pero el loro coqueto, y su necesidad de anunciarlo a viva voz, tuvieron que mudarse al cuarto de baño en donde encerrado a cal y canto, y con la ducha a toda potencia, pudo seguir chillando sus odas apasionadas a las bragas de la vecina. Y mientras tanto, el amigo oso que era un señor y un caballero, se ofreció a acompañar a doña Ana a la compra, a ayudarla con las bolsas y a la vuelta, la llevaba de paseo por el parque y a comer helados de vez en cuando. Y he aquí la diferencia entre ser galante y ser bribón…

miércoles, 10 de mayo de 2017

343. Farragás Barrabás

Farragás, Barrabás, vuelve la vista atrás y alíñate sin vinagre, que vas por allí como pidiendo pan. 
¡Que te darán un pum y un catapum por el desorden de tu armario! 
Y es que se aprecia en tu desaliñado aspecto que ahí dentro no hay acierto en el ordenamiento de tu desconcierto. 
¡Barrabás que te vas! 
Vuelve y escucha al tiempo que te canta un cuento de antaño. 
Si hoy te condenaran, dice el cuento del tiempo, no habría quien cambiara su suerte por la tuya… 
¿O será que aquella fue una mentira y de ahí tu desidia? 
¡No se hable más! Vuelve la vista atrás que aliñado quedas y en libertad. 
Yo pongo la mesa, tú las sillas y disfrutaremos de una copa de gloria de otoño acompañada de pan, farragás Barrabás.

martes, 9 de mayo de 2017

342. Incompleto

Érase un armario traslúcido, desquiciado, a veces patético y trágico, aunque siempre era simpático y alegre. Las prendas que guardaba eran de ensueño para unos, de pesadilla para otros, e inexistentes para quienes carecían de imaginación. Y era importante tenerla, para poder leer los cuentos que escribía en las prendas que tenía dentro. 

Érase un armario que, por dejar ver su interior sin tapujos, pasaba por ser engreído...y por lo mismo parecía incompleto, algo así como la sensación que tendrás al terminar de leer esta línea.

lunes, 8 de mayo de 2017

341. Chonta

Tombisha estaba la palma y de ella salían los palmitos despeinados, ensortijados, enredados, listos para darse una mascarilla de limón, de esas que guarda la abuela nona cuchufleta en el fondo de su armario de palmera cocotera y fin, se acabó.

domingo, 7 de mayo de 2017

340. Digestión

La tremenda, la enorme corneta que la monstruosa mujer tenía por boca, hacía pensar que era capaz de succionar a cualquiera, empezando por sus ideas hasta llegar a sus cráneos. 

Sus dientes eran pequeños, innumerables, tan apretados y filudos que no necesitaba de muelas para triturar los cráneos y huesos de sus víctimas. 

Esta dentadura se distribuía en espiral, desde la parte en la que su trompa, cual embudo, empezaba a estrecharse, hasta su boca humana. En ese punto de su masticación, sus víctimas llegaban hechas casi puré. Degustar, deglutir. 

Por su esófago, tubo rígido de barra americana, bajaba la pastosidad hasta llegar al armario que tenía como estómago. Allí, convertía a sus engullidos en rencor, en venenosa envidia. 

Y dentro del mueble sólo existía el vacío.

sábado, 6 de mayo de 2017

339. Bodegón

Rodarían cabezas de alcachofas, tenazas de pimentón, ruedas de albaricoque y un raquítico requesón.

La mezcla de melocotones en almíbar desataría una marea de recuerdos embalsamados que resucitarían del sarcófago que era el armario trágico de los dulces.

La cuchara mandona sabotearía a la beterraga-remolacha, mientras la batata levantaría su voz para pedir que la convirtieran en azúcar.

Rodarían cabezas de alcachofas, por culpa del cuchillo despistado y sin filo, el mismo que se esconde debajo del frutero.

Y entonces, el pintarrajeado sueño queda incompleto, por culpa de unos ojos de uva verde que, junto a una copa vacía, esperan para convertirse en vino blanco y demasía…

viernes, 5 de mayo de 2017

338. ¡Cocorocó, Kikirikí!

«¡Cocorocó, Kikirikí!», se abría el armario una vez cada hora y un vestido absurdo trajeado de hombrecillo infame, salía a dar una campanada, o dos, o tres, o así hasta doce y vuelta a empezar. 

«¡Cocorocó, Kikirikí!», el vestido absurdo cantaba en las mañanas, por las tardes y no descansaba ni en las noches. 

«¡Cocorocó, Kikirikí!», el traje fue confeccionado con el pellejo de un hombrecillo infame color de melón, la última moda en alta costura y disecados del montón. 

«¡Cocorocó, Kikirikí!» el vestido absurdo está a punto de tocar una nueva campanada y tú te tendrás que ir a dormir. 

«¡Cocorocó, Kikirikí!»

jueves, 4 de mayo de 2017

337. Cebolla, Cebollón y Cebollete

Cebolla, Cebollón y Cebollete eran tres primos no tan primos que todo lo empezaban desde el final. Podríamos indicar una infinidad de ejemplos pero, para el caso que nos importa, referiremos de la vez en que los tres se colaron en un buque-armario de guerra de intenciones belicosas al que habían bautizado como ‘Cola de Caballo’… Ellos, que eran tres y el resto de tripulantes muchos más, se las apañaron para convencer a todos de empezar la guerra desde el final y eso era firmando un tratado de paz. Y decimos que este caso es el que nos importa porque el poder de convencimiento de Cebolla, Cebollón y Cebollete empezaba por su olor y si ellos lograron la paz desprendiendo su… ya te imaginarás… Tú, buen lector o buena lectora, que podría asegurar que les llevas ventaja en esto, también podrías pensar en empezar ciertas cosas por el final, como enfadarse por nada y ese tipo de cosas. ¿O no?

miércoles, 3 de mayo de 2017

336. Apechusques

El vendedor ambulante iba de pueblo en pueblo con su carga a cuestas. Llevaba un armario a sus espaldas y un atado de herramientas al cuello. Su caminar era lento, pensativo, encorvado, no sólo por el peso que llevaba, sino también porque iba mirando cada paso que daba. Había memorizado todos los caminos, los de cemento que había en los pueblos y los caminos de tierra que cruzaban el monte. Conocía cada bache, piedra y las florecillas que crecen en los bordes. Cuando llegaba a los lugares en los que solía ponerse, descargaba el mueble, se quitaba el atado de utensilios y empezaba el ritual de colocar su puesto en el que, en realidad, no vendía nada. Quienes iban a verle le llevaban sus preocupaciones y él, gustoso, las intercambiaba por verdades de futuro… 
Todos marchaban felices, con la seguridad de que habían despejado sus dudas, mientras que él, al terminar, se alejaba con todas esas preocupaciones metidas en el armario que llevaba a cuestas, mientras que el sonido de los apechusques que llevaba al cuello anunciaba su marcha…

martes, 2 de mayo de 2017

335. Respira calma

Una gota de sueño caía lentamente desde lo alto de la montaña del Amor Hermoso, del lado del risco. 
En aquel punto, algún espíritu travieso colocó un armario de tal manera que parecía que el mueble estaba a punto de despeñarse. Sus puertas, siempre abiertas, ocultaban un enorme gotero que contenía todas las imágenes que iban a ser representadas en las mentes durmientes. 
La gota se desintegraba mientras caía y el viento dispersaba sus moléculas, repartiéndolas entre los habitantes del mundo mágico. 
La más pequeña de las hermanas hadas, esa noche había pedido soñar con su reina, volver a verla aunque fuese de ese modo; pero se arrepintió. Sabía que no podía, ni debía hacerlo porque aquello era como interrumpir un proceso: la reina debía acostumbrarse a su nuevo estado de invisibilidad. Así es que, luego de arrepentirse, la pequeña hada se sintió un poco abrumada con la idea de haber ocasionado a su hermana mayor algún tipo de distracción, o algo semejante. Hizo lo posible por no dormirse, pero luego de un par de cabeceadas, cayó rendida. La molécula de sueño que le correspondía le hizo cosquillas en la nariz y se le metió dentro durante una profunda respiración. 
Esa noche no vio en sueños a la reina de las hermanas hadas; en cambio, toda la noche percibió el olor del mar. Aquel perfume le trajo la calma y le quitó de encima ese regustillo a tristeza que fue lo que le había llevado a desesperarse y a dejar de confiar -aunque sólo fuera por un instante- en el poder del espacio-tiempo que, mágicamente, se resume en una sola palabra, la misma que está en el nombre de la montaña, justo antes del adjetivo.
A partir de esa noche, la más pequeña de las hermanas hadas sólo pedía soñar con el mar.

lunes, 1 de mayo de 2017

334. Meditar y descubrir

La palabra, subida al techo de su prisión, se contorsionaba en movimientos lentos pero fluidos, siguiendo el silbido del viento que sonaba a mantra. 
Había sido desterrada a aquel desierto y condenada a habitar en un armario de ilusiones, de espejismos. Salir cada mañana, elevarse sobre su encierro y practicar la rutina de formas que dibujaba en el aire, eran su forma de rebelarse contra lo absurdo de su castigo. 
Y así vivió durante una eternidad, sustentándose de la energía que era capaz de generar para sí con cada uno de sus ejercicios, con su disciplinada forma de mantener la cordura. 
Quizás llegue un tiempo en que será liberada, pero hasta que eso suceda, sólo puede ser dentro de su propio significado. 
La pista para dar con ella está al inicio. Y esa palabra es, querido lector, la que crees que te falta para terminar o empezar a ser libre.     

domingo, 30 de abril de 2017

333. Hasta pronto

El castillo de sueños que estaba en lo alto de la montaña del Amor Hermoso, estaba en silencio. Lo único que podía escucharse con claridad era el crepitar de la vela que alumbraba el salón principal desde lo alto del armario de los juegos inventados. 
La reina de las hermanas hadas acababa de recibir sus alas de polvo de oro, que la hacían invisible a las criaturas que habitaban su mundo… 
La danza de la flama era suave, hipnotizante; se movía como insinuando un mensaje que provenía desde algún lugar del infinito. La llama, de pronto, echó una chispa que explotó en el aire, soltando un polvillo dorado que cubrió a hadas y elfos, llenándoles de esperanza. Entonces, todos levantaron sus copas y brindaron por la seguridad de volverla a ver.

sábado, 29 de abril de 2017

332. El castillo de Lila


A la pequeña Lila le había costado mucho tiempo y esfuerzo construir su castillo de arena. Lo hizo sola, aunque siguiendo las indicaciones de su abuelo. Él se sentó cerca de ella porque sus hermanos, niños al fin, pasaron por encima de su obra un par de veces y cada tanto volvían a incordiar. Verla aguantar la furia y no desistir en su empeño fue lo que le hizo abandonar la comodidad de la sombrilla y de la silla, para pasar a una toalla. Al menos, desde que se quedó a su lado, los pequeños la dejaron en paz y ella pudo seguir con su proyecto. Estaba embelesado, admirando la capacidad de su nieta de hacer oídos sordos a los comentarios de los demás mayores, que, para justificar sus pocas ganas de jugar con ella, cada poco le insistían en que lo dejara, que aquello no iba a durar, que era mejor estar corriendo o a la sombra, y muchas otras cosas más. Ella les miraba y por dentro, pensaba el abuelo, debía haberse reído de todos. Estaban empeñados en ‘hacer nada’, que era lo mismo que hacer castillos de aire; en cambio ella, aunque sabía que su trabajo no iba a durar, el hecho de ‘crear’ le hacía construir algo por dentro, que dejaría huella en su alma, aunque la fosa, la muralla, las torres, el laberinto de calles, el espacio del mercado, las casas de los artesanos y el castillo que se alzaba en lo más alto, estuvieran destinados a desaparecer con la marea. El abuelo estaba seguro de que ella comprendía esto, aunque con su corta edad ella no hubiese sido capaz de explicárselo a los demás con palabras. En realidad lo estaba explicando con sus acciones, aunque ninguno reparara en ello. Cuando hubo terminado todo, no se quedó contenta, sino que trabajó en los detalles. Él estaba admirando la evolución de la obra, de la técnica, cuando Lila le tomó por la mano y le pidió que la acompañara. Él, orgulloso, se puso en pie y caminó a su lado. Cruzaron el puente, por encima del foso, entraron al laberinto de calles, pasaron por el mercado, las casas de artesanos y finalmente llegaron hasta el castillo. Subieron los escalones hasta las enormes puertas que se abrieron dejando ver la arquitectura interior. Llegaron a lo más alto, a la habitación principal que el abuelo reconoció como suya. No faltaba ni un solo detalle, ni siquiera el reloj de arena que tenía en una de las baldas externas de su armario. Sin soltar la manita de su nieta, se acercó a verlo. Dentro estaba el mismo castillo y él, junto a Lila, tomados de la mano, justo antes de cruzar el puente que estaba por encima del foso.  

viernes, 28 de abril de 2017

331. ¿Qué es mosquiglioto?

Roncaba el Alurnio más allá del mosquiglioto. Enternecido. Soñaba con un futuro cuatidermúfido. Dentro de su armario romántico guardaba un ticolo azul, casi verde, pero no tanto. Algún día, algún día… Puede que tú sepas el modo de ayudar a que Alurnio encuentre el amor entrúspido, azul casi verde, que pueda vivir abiertamente fuera de su romántico mosquiglioto.

jueves, 27 de abril de 2017

330. Mermelada salvaje

El desconcierto dentro de la cocina era brutal. Las cucharas de palo volaban dejando caer sus contenidos sobre lo que fuera. Las cacerolas luchaban contra las sartenes golpeándose estruendosamente entre ellas. La nevera se convirtió en una especie de cañón que, cada vez que abría la puerta disparaba, cual proyectiles, yogures, fruta, quesos, o lo que le saliera del fondo. El armario de la cristalería temblaba cada vez que algo le rozaba; el sonido que producía era estremecedor. Los armarios superiores se abrieron de golpe y su contenido empezó a caer en la encimera. Entonces, una solitaria fresa salió despedida y cayó dentro de la cacerola que estaba siendo ahogada por una sartén dentro del fregadero. La cacerola, que apreció su contenido, escapó hacia el fogón, que era el lugar en el que, dada su calidez, más a salvo podía sentirse. En ese momento, el tarro de azúcar se abrió desde el armario superior y empezó a nevarle dentro. Las fresas, que escucharon el llamado de su compañera, acudieron a ella para unirse en el baño dulce. La cocina se quedó en silencio. La mermelada salvaje acababa de nacer.

miércoles, 26 de abril de 2017

329. Maquinaciones


Frío. La sensación de aquel día era que el invierno había vuelto para reventar a todo el mundo por dentro, como una explosión de estremecimientos nacidos desde los huesos hasta el último poro. Piel de gallina.
—¿Tiene que haber amor?— preguntó H., el intrépido enamoradizo, al tiempo que despegaba la frente del cristal. Se había apoyado en la ventana que estaba junto a la estufa que tuvieron que encender durante esa tarde de primavera invernal.
—No es indispensable—contestó H., el terrible ladrón de amoríos, al tiempo que examinaba el armario de la estancia. Sospechaba que no estaban solos y aquel era el único lugar en el que podía esconderse quien pudiera estar espiándoles. Le hizo una señal a su compañero para que guardara silencio mientras cogía las manecillas de la puerta. Carraspeó y siguió—: No te preocupes, para sacar adelante nuestra empresa no necesitaremos gastar en amores, ni en preocupaciones, ni en tormentos. Sólo nos hará falta tener de nuestro lado a un buen escuchapedos.
Y, diciendo esto, abrió de un tirón las puertas del armario. Un hombre pequeño, tan pequeño que cabía en la palma de una mano, cayó de bruces.
Se llamaba H. y era el chismoso del pueblo. Su megáfono, que era un dedal agujereado, rodó hasta llegar al radiador, a los pies de H., que se agachó para recogerlo. Mientras lo hacía pensó en el modo de usar al hombrecillo. Ciertamente su tamaño podría ser de utilidad para su empresa, pero su afición podría echarlo todo a perder. Así es que no sabía a qué podría referirse H. al decir que lo único que les haría falta era tenerle de su parte. Pero seguirían maquinando sobre el modo en... En ese momento vio que las nubes se apartaban y dejaban pasar un rayo de sol. Podía ser que al día siguiente mejorara el clima. Podía ser... un sinsentido. 

martes, 25 de abril de 2017

328, El compás

En el edificio abandonado de la vieja factoría, en una esquina, dentro de un antiguo armario de herramientas que antes había sido rojo y que el óxido del latón convirtió en una tonalidad marrón sin vida, había un diminuto, pero muy efectivo, compás del tiempo. Sus creadores, un inventor y su hija, aprendiz del oficio, lo escondieron en ese lugar para que no fuera usado por gente sin escrúpulos. Aquel era un instrumento tan preciso como efectivo: con él se podían trazar rutas inequívocas hacia los hechos pasados, hacia los sueños presentes y hacia las cimas futuras. Todo se volvía alcanzable, reparable, o mejorable, sólo con el hecho de navegar de un punto a otro en el tiempo. Si se usaba para enmendar pequeñas meteduras de pata, o para pensar mejor alguna nimiedad antes de hacerla, o para quitarse de encima alguna insignificante preocupación, no había consecuencias. Pero, si el compás se usaba para conseguir importantes beneficios, el instrumento podía descontrolarse y acabar en una situación caótica. Eso fue algo que sus creadores descubrieron de muy mala manera, experiencia que no contaremos en esta ocasión. Sólo diremos que al menos tuvieron la oportunidad y el tino de esconder su invento dentro de un cajón que jamás sería abierto: el edificio abandonado de la vieja factoría estaba situado en la imagen marginal de un pasado que nunca ocurrió.  

lunes, 24 de abril de 2017

327. ¡Acaba, acaba, acaba!

El canto sobre la supuesta maldición del infame palacio del jardín de los laberintos, daba inicio a la arrastrada melodía de los seis meses. Pasado ese tiempo, un ganso presuntuoso apareció en escena. Se situó en medio y con gesto arrogante inició su monólogo:
—El poco acierto lleva al desconcierto. ¿Qué necesidad hay de complicarse con un sueño inacabado? ¡Levántate humano! Abre tu armario de lo inconcluso y... ¡Libérate de tus fracasos! Acaba, acaba, acaba todos y cada uno de tus proyectos. ¿Por algo los empezaste no? Sácalos todos, observa su melancolía, ten piedad de sus iniciados seres y, de un modo u otro ¡acábalos!
El ganso dio un dramático medio giro, mostró su oronda sacudida de colita, caminó hacia el fondo del escenario y desapareció entre la bruma, mientras el coro de helechos, lechugas y lechuzas volvió a entonar el canto sobre la supuesta maldición del infame palacio del jardín de los laberintos.

domingo, 23 de abril de 2017

326. Ñahuizapa

El viejo ‘ñahuizapa’ solía caminar con un bastón, no porque le hiciera falta a sus pies cansados, sino porque sus enormes y desorbitados ojos –de ahí que le llamaran de ese modo– le hacían desviar su atención y ver más allá de lo que cualquiera podría observar; esto, al producirse de manera involuntaria y repentina, le hacía perder el equilibrio, de ahí que necesitara el apoyo. 
En su aldea, él era respetado por viejo, sabio y visionario. Todos los días iba a dar largos paseos por el monte y siempre iba acompañado por quien quisiera hacerle alguna pregunta, pedirle un consejo o, simplemente, escuchar sus reflexiones. 
Una tarde, en lugar de empezar a caminar, fue a sentarse en el puerto, a donde llegaban y salían las canoas, que era el modo en que se comunicaban con el resto del mundo. Estaba en silencio, mirando algo sin pestañear en el horizonte, quizás en la otra orilla del lago. El pequeño grupo de personas que se habían reunido para acompañarle durante su paseo, lo observó desde lejos. Sólo uno de ellos, un niño, se atrevió a acercarse y a sentarse a su lado. El viejo empezó a hablarle:
—He visto un armario, como el que tiene tu madre en su cocina, ese en el que guarda todo lo que usa para darte de comer. Dentro, en lugar de utensilios, platos o vasos, había palabras. Todas eran malas. No quiero decir que fuesen insultos, que también había; lo que quiero decir es que todas esas palabras estaban llenas de una energía que no era buena, nada buena. Y te he visto a ti empezando a ser mayor. Estabas deslumbrado con todas esas palabras y querías usarlas, aunque no tuvieras idea de su significado, ni de su poder destructivo. Y te he visto a ti, algo más maduro. Todo lo que salía de tu boca era para hacerte el importante y lo que mejor sabías hacer era criticar a los demás, como si tú fueras perfecto. He visto ese armario allá, detrás de las casas del otro pueblo, en el monte, todavía es un árbol. Lo bueno es que tú todavía eres un niño y puedes evitar que eso te suceda… El convertirte en una persona amargada, quiero decir. Sólo tienes que corregirte día a día, incluso cuando tengas tantos años como yo.
El niño fijó su mirada en donde el viejo le indicó que estaba el árbol y en ese instante se hizo la promesa de evitar convertirse en una persona de esas… Y lo logró.
Y el árbol, siguió siendo árbol.

sábado, 22 de abril de 2017

325. Insensatez

Lo sabían. Aquel grupo de insensatos… Ellos sabían que aquella era una oportunidad de oro y, ¿qué hicieron? No se les ocurrió mejor idea que construir un armario en torno a sus vidas que, prácticamente, acababan de empezar. Ella, una divinidad que no perdonaba la mediocridad, les abrió las puertas del cielo y desde allí podían ver el mundo. Pero ellos cometieron un error.
¿Qué es el triunfo? La suerte no significa nada si no hay trabajo y éste consiste en ir abriendo puertas, nada menos que con el propio trabajo. Quizás es mejor aprender a volar antes de llegar a las alturas, para aprender a planear si caes de lo alto.
Estos insensatos, en lugar de seguir trabajando y abriendo puertas, creyeron que habían llegado a la meta y así, dentro del gran armario en el que pretendieron protegerse, volvieron al mundo. 
La caída fue dura y la divinidad no estuvo presente para consolarles.

viernes, 21 de abril de 2017

324. Manecillas y alas

El reloj iba a toda máquina y la loca del sombrero rojo tenía que inventarse una historia mágica a toda prisa. Quería hechizar a un auditorio lleno de personas impersonales que iban a su aire robándole tiempo al tiempo. Antes de salir a escena, sacó del armario de su camerino, una capa que se ató al cuello de inmediato. Acto seguido empezó a dar vueltas en su sitio, como persiguiéndose a sí misma. Estaba tratando de encontrarle brazos a la capa, algo que, por supuesto, no iba a conseguir. Y por hacer eso perdió tantas respiraciones, que el auditorio empezó a aullar de aburrimiento. La presión la empujó a olvidarse de las mangas inexistentes y a centrarse en la historia que, de pronto, empezó a salir de su cascarón, y a crecer, y a extender sus alas, y a llevársela a ella y a su sombrero a volar fuera del teatro, a visitar otros mundos… Mientras las personas impersonales se quedaron divagando entre su aburrimiento y su imperiosa necesidad de robarle tiempo al tiempo.

jueves, 20 de abril de 2017

323. Un día…

Érase un día inesperado, de esos que salen solos del armario vestidos de mariposas y de esperanza, que llegan dispuestos a disfrutar de la felicidad del momento.
Érase un día inesperado, de esos en los que los cuentos aparecen desde los sueños que se hacen realidad, llenando  páginas y páginas de hechos basados en el valor y en la amistad.
Érase un día inesperado, de esos que se repiten a sí mismos en la inmensidad de lo que dura el para siempre.
Érase un día inesperado, precioso, perfecto... y en ese inesperado día, estabas tú. 

miércoles, 19 de abril de 2017

322. Primer día de no cumpleaños

La fiesta ‘espanta madurez’ había sido todo un éxito porque no había aparecido nada que fuese serio, aburrido o insoportablemente convencional. 
La princesa de corazones estaba contenta porque había esquivado a las volátiles vocecillas viejunas, que eran unas entidades que se divertían susurrando estereotipos sobre el significado de hacerse mayor a quienes cumplían años, como por ejemplo aquella consabida consigna que dice tal que así: “¡Ya es hora de que sientes la cabeza!” 
Pero… Al monstruo madrugador se le ocurrió dormir la siesta dentro del armario y se le pasó por completo secuestrar a la princesa para continuar con la fiesta ‘espanta madurez’, que era lo que se tenía que hacer en el ‘primer día de no cumpleaños’. Así es que las volátiles vocecillas viejunas tuvieron tiempo de asaltar a la princesa justo antes de que ella abriese el armario para colgar su abrigo rojo de bordes de peluchito blanco, tal y como hacía todos los días. Las malvadillas empezaron a comerle la cabeza con su rucu-rucu hasta que la princesa se dio cuenta y les gritó un gran «¡NO!». Las volátiles vocecillas viejunas desaparecieron en el acto. Entonces, la princesa se metió en el armario, despertó a su monstruo madrugador y juntos salieron por el otro lado, que daba al gran prado que estaba junto al lago de tinta derramada, que era el punto de reunión de la tribu. Y todos les estaban esperando para continuar con la celebración…

martes, 18 de abril de 2017

321. Claridad

El ser de luz quería formar parte de la revolución de amor que haría cambiar al mundo. Escogió a su familia, a los retos que debería superar, incluso el dolor que tendría que soportar. La decisión estaba tomada: llegar a la vida para dar más vida. Cada una de las circunstancias que sabía que iban a rodearle, le llevaría a descubrir su camino, a recordar su verdad, porque en el momento de encarnarse, olvidó todo esto.
La persona que ahora habita en este mundo es un ser humano extraordinario. A veces, cuando le miran a los ojos, tiene ese brillo que delata su origen luminoso… Pero, como hemos dicho, esto no lo sabía. No tenía ni idea que su manera de dar vida era en su día a día, con su deseo de comprender, de ayudar a los demás. Pero esto no le era suficiente. Sentía –y con razón– que había algo más, algún tipo de razón última de su existencia que se escapaba a su entendimiento. Vacío. Necesitaba encontrar aquello que suponía oculto.
Una noche, mientras dormía con las ventanas abiertas –porque le gustaba dejar pasar la brisa del mar–, se despertó de un sobresalto. Escuchó claramente los latidos de un corazón. Sonaban a golpes secos. Aquello no podía ser un sueño pues se había incorporado y todo en su habitación seguía igual. Volvió a escuchar los latidos que sonaron como golpes dentro de su armario. Apoyó una oreja en la puerta para asegurarse de que era eso lo que sonaba. Entonces, escuchó una voz firme que le dijo: “Lo que has venido a hacer a este mundo, ya lo estás haciendo. Sigue entregando esperanza, haciendo sentir a los demás que su existencia es importante.” En cuanto la voz dejó de hablarle, retrocedió un paso y se miró en el espejo del mueble. La luz de la luna iluminaba la estancia y pudo distinguir las tonalidades de sus ojos. Durante ese instante recordó todo con exactitud: su decisión, su encarnación, su cálida estancia en el vientre y su primera respiración. Las razones que le llevaron a tomar la decisión de venir a este mundo, de vivir una experiencia humana, aparecieron con claridad en su mente. Y al segundo siguiente, volvió a olvidarlo todo.
Unos meses después, en otra noche de luna llena, en una calle concurrida, en una ciudad muy vieja, alguien que le conocía de ese otro mundo, de esa otra existencia, le reconoció. Desde entonces se quedó a su lado para aliviar su olvido.

lunes, 17 de abril de 2017

320. Último día de no cumpleaños



Llevaba todo el día dudando de la muchedad de su tribu, porque nadie le había felicitado su último día de no cumpleaños. Tristona y algo compungida, la pequeña princesa de corazones volvió a su casa mascullando una frase que, se dijo, usaría cada vez que alguien le hiciera sentirse contrariada. ‘¡Qué le corten la cabeza!’ retorció entre dientes y en voz baja una última vez, justo antes de abrir su armario para dejar colocado su abrigo rojo de bordes de peluchito blanco, tal y como hacía todos los días. Iba a tomar una percha cuando una mano gigante, alienígena y peluda la cogió por la mano y se la llevó dentro. Era su monstruo madrugador que la llevaba a una fiesta de dominós y globos fugaces que explotaban cual fuegos artificiales en el fondo del lago de tinta derramada. Toda su tribu la estaba esperando, ¡no se habían olvidado de su fiesta espanta madurez! No tendría que usar esa frase de amargados, la que había estado gruñendo, ni ninguna otra que le hicieran sentir irremediablemente mayor, o seria, o condenada a la no felicidad. No tendría que asumir algo de eso porque ni lo era, ni le gustaba, no lo haría todavía, mucho mejor, no lo haría nunca jamás. Y fue feliz con su tribu y en su compañía, esperó tranquila a que pasaran las horas hasta el momento de celebrar su primer día de no cumpleaños.