sábado, 20 de mayo de 2017

353. Dignos de ser amados

La última ración de amabilidad se la llevó el primer mezquino. 

Aquella porción habría sido suficiente para repartirla entre, por lo menos, mil millones de generaciones. 

Lo mismo hizo con muchas otras cualidades y defectos que atesoró ‘por si acaso’ en las profundidades de su armario, aunque de todo eso había más que suficiente repartido por todo el mundo. 

En cambio, la amabilidad… 

El muy mishico siempre pensó que los otros, los demás inmortales, empezaron a derrocharla desde que el tiempo se hizo cargo del dominio del mundo. 

Pero las divinidades y otros inmortales, desde ese entonces, también fueron muy tacaños para repartirla entre los humanos. 

Y es que los inmortales, y otras divinidades, como lo eran, no necesitaban sentirse dignos de ser amados. No se daban cuenta que no ocurría lo mismo con la humanidad. 

Al menos, de cuando en cuando, soltaban un poco de benevolencia por el mundo, algo que no ocurría con el primer mezquino pues vivía enclaustrado entre sus acumulaciones.

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