El ser de luz quería formar parte de la
revolución de amor que haría cambiar al mundo. Escogió a su familia, a los
retos que debería superar, incluso el dolor que tendría que soportar. La
decisión estaba tomada: llegar a la vida para dar más vida. Cada una de las
circunstancias que sabía que iban a rodearle, le llevaría a descubrir su camino,
a recordar su verdad, porque en el momento de encarnarse, olvidó todo esto.
La persona que ahora habita en este mundo es un
ser humano extraordinario. A veces, cuando le miran a los ojos, tiene ese
brillo que delata su origen luminoso… Pero, como hemos dicho, esto no lo sabía.
No tenía ni idea que su manera de dar vida era en su día a día, con su deseo de
comprender, de ayudar a los demás. Pero esto no le era suficiente. Sentía –y con
razón– que había algo más, algún tipo de razón última de su existencia que se
escapaba a su entendimiento. Vacío. Necesitaba encontrar aquello que suponía
oculto.
Una noche, mientras dormía con las ventanas
abiertas –porque le gustaba dejar pasar la brisa del mar–, se despertó de un
sobresalto. Escuchó claramente los latidos de un corazón. Sonaban a golpes
secos. Aquello no podía ser un sueño pues se había incorporado y todo en su
habitación seguía igual. Volvió a escuchar los latidos que sonaron como golpes
dentro de su armario. Apoyó una oreja en la puerta para asegurarse de que era
eso lo que sonaba. Entonces, escuchó una voz firme que le dijo: “Lo que has
venido a hacer a este mundo, ya lo estás haciendo. Sigue entregando esperanza,
haciendo sentir a los demás que su existencia es importante.” En cuanto la voz
dejó de hablarle, retrocedió un paso y se miró en el espejo del mueble. La luz
de la luna iluminaba la estancia y pudo distinguir las tonalidades de sus ojos.
Durante ese instante recordó todo con exactitud: su decisión, su encarnación,
su cálida estancia en el vientre y su primera respiración. Las razones que le
llevaron a tomar la decisión de venir a este mundo, de vivir una experiencia
humana, aparecieron con claridad en su mente. Y al segundo siguiente, volvió a
olvidarlo todo.
Unos meses después, en otra noche de luna llena, en una calle concurrida, en una ciudad muy vieja, alguien que le conocía de ese otro mundo, de esa otra existencia, le reconoció. Desde entonces se quedó a su lado para aliviar su olvido.
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