«¡Cocorocó, Kikirikí!», se abría el armario una
vez cada hora y un vestido absurdo trajeado de hombrecillo infame, salía a dar
una campanada, o dos, o tres, o así hasta doce y vuelta a empezar.
«¡Cocorocó,
Kikirikí!», el vestido absurdo cantaba en las mañanas, por las tardes y no
descansaba ni en las noches.
«¡Cocorocó, Kikirikí!», el traje fue confeccionado con el pellejo de un hombrecillo infame color de melón, la última
moda en alta costura y disecados del montón.
«¡Cocorocó, Kikirikí!» el vestido
absurdo está a punto de tocar una nueva campanada y tú te tendrás que ir a
dormir.
«¡Cocorocó, Kikirikí!»
No hay comentarios:
Publicar un comentario