Érase un hombrecillo minúsculo, porque había sido
pensado y escrito en minúsculas.
Su existencia se hizo terrible porque, aunque
él no lo sabía, vivía encerrado dentro de un armario del que no tenía la más
mínima intención de salir, sobre todo porque ignoraba que estaba dentro.
Vivía
empeñado en demostrar que los demás, quienes vivían fuera, eran aberraciones de
la naturaleza y que él, tan digno, tan moralmente correcto, tenía la razón
suprema.
Alguien que alguna vez sintió pena del espectáculo que daba, rotuló un
letrero y lo pegó en el mueble, en el espacio que tenía encima de las puertas.
A
partir de ese momento los demás, según pasaban, ya no le miraban con tanto
desprecio; generalmente se alejaban entre risitas.
En el cartel, ponía:
“Yocu.
Seso
hueco.
Nada de lo que diga ha sido pensado previamente”.
Así es que nadie se
molestaba en llevarle la contraria, total, sólo era un hombrecillo minúsculo.
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