lunes, 22 de mayo de 2017

355. Ayay mama

A veces, en medio de esa selva en la que habitan las historias de nuestra familia, se escucha un canto lastimero.

Los adultos contaban -y cuentan- que se trata de un pájaro que nació de las almas de dos niños que fueron abandonados en la espesura del bosque y que siempre llora llamando a su mamá. De allí que se le llame igual que su canto, el ‘ayay mama’.

En una ocasión en la que estábamos aburridos por el bochorno de la tarde, salimos a recoger limones. Se nos ocurrió hacer un puesto de limonada y de sorbetes de limón. Siempre se nos antojaban ese tipo de proyectos que casi siempre terminábamos abandonando por falta de interés, o porque se nos ocurría seguir a la primera mosca que se cruzara en nuestro camino. Algo así fue lo que ocurrió esa tarde. 

Estábamos cerca de la entrada al bosque –sólo nos daban permiso de estar en los límites, donde pudieran vernos desde la casa, o desde la cocina, o desde el huerto, o desde donde nuestra abuela estuviera vigilándonos–, habíamos recogido dos limones y un pacae cuando escuchamos al ayay mama

Nos miramos y sin decirnos nada, soltamos nuestro botín y corrimos en su busca, como no, en dirección al bosque. Cantó hasta cinco veces y las cinco veces cambiamos de rumbo. 
Nos perdimos, pero ninguno de los dos quiso admitirlo. 
Caminé detrás de mi hermano mayor, porque él tomó las riendas de lo que debíamos hacer, aunque no tuviera idea de qué era aquello que teníamos que hacer. 

De pronto escuchamos un último canto, esta vez más cerca. Sonó entre las raíces de un árbol blanco, muy extraño y muy grande. Nos acercamos y lo que vimos… 

Mi hermano siempre se ponía muy serio cuando sentía que tenía la responsabilidad de cualquier cosa. Y esa fue la cara que puso en el momento en que vimos al “llullo huira huira”, que así llamé al bebé que encontramos entre las raíces porque me dio asco su aspecto mantecoso. 

Miré a mi hermano, como preguntándole qué íbamos a hacer con el pequeño y, sin decir una palabra, supe que estaba pensando en adoptar al bebé como nuestro hermano menor. 

¿Cuánto duraría aquello? ¿Uno, dos minutos? No lo sé, el caso es que fue intercambiar esa mirada y volver a mirar al llullo, pero en su lugar estaba un pájaro oscuro, feo y de aspecto mantecoso. Nos chilló el 'ayay mama' y batió sus alas con tanta fuerza que nos lanzó en línea recta, como si fuéramos un par de sus plumas, hasta el final del bosque, que era el inicio de la huerta que estaba justo detrás de casa.

Aterrizamos de un golpe y del mismo nos quedamos dormidos. Despertamos en casa, en la terraza, cada uno en una hamaca, como si sólo hubiésemos estado durmiendo la siesta. Pero yo sabía que no había sido así, primero porque la abuela nos riñó por haber tenido que pedirle al vecino que nos trajera en brazos, segundo por el susto que le dimos al no reaccionar ni a las cachetadas que nos dio para despertarnos. Y, tercero, porque en uno de los bolsillos de mis pantaloncillos cortos, encontré una pluma oscura que olía a grasa. 
Todavía la tengo. 
Está en una caja de zapatos que tengo en mi armario. 
Pero esto mi hermano no lo sabe porque él jura que aquello sólo fue un mal sueño, una pesadilla que yo tuve por culpa del bochorno. 
Él dice que ni siquiera recuerda que oyésemos al ayay mama.

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