A la pequeña Lila le había costado mucho tiempo y
esfuerzo construir su castillo de arena. Lo hizo sola, aunque siguiendo las
indicaciones de su abuelo. Él se sentó cerca de ella porque sus hermanos, niños
al fin, pasaron por encima de su obra un par de veces y cada tanto volvían a
incordiar. Verla aguantar la furia y no desistir en su empeño fue lo que le
hizo abandonar la comodidad de la sombrilla y de la silla, para pasar a una
toalla. Al menos, desde que se quedó a su lado, los pequeños la dejaron en paz
y ella pudo seguir con su proyecto. Estaba embelesado, admirando la capacidad
de su nieta de hacer oídos sordos a los comentarios de los demás mayores, que,
para justificar sus pocas ganas de jugar con ella, cada poco le insistían en
que lo dejara, que aquello no iba a durar, que era mejor estar corriendo o a la
sombra, y muchas otras cosas más. Ella les miraba y por dentro, pensaba el
abuelo, debía haberse reído de todos. Estaban empeñados en ‘hacer nada’, que
era lo mismo que hacer castillos de aire; en cambio ella, aunque sabía que su trabajo
no iba a durar, el hecho de ‘crear’ le hacía construir algo por dentro, que
dejaría huella en su alma, aunque la fosa, la muralla, las torres, el laberinto
de calles, el espacio del mercado, las casas de los artesanos y el castillo que
se alzaba en lo más alto, estuvieran destinados a desaparecer con la marea. El
abuelo estaba seguro de que ella comprendía esto, aunque con su corta edad ella no
hubiese sido capaz de explicárselo a los demás con palabras. En realidad lo
estaba explicando con sus acciones, aunque ninguno reparara en ello. Cuando hubo
terminado todo, no se quedó contenta, sino que trabajó en los detalles. Él
estaba admirando la evolución de la obra, de la técnica, cuando Lila le tomó
por la mano y le pidió que la acompañara. Él, orgulloso, se puso en pie y
caminó a su lado. Cruzaron el puente, por encima del foso, entraron al
laberinto de calles, pasaron por el mercado, las casas de artesanos y finalmente
llegaron hasta el castillo. Subieron los escalones hasta las enormes puertas
que se abrieron dejando ver la arquitectura interior. Llegaron a lo más alto, a
la habitación principal que el abuelo reconoció como suya. No faltaba ni un
solo detalle, ni siquiera el reloj de arena que tenía en una de las baldas
externas de su armario. Sin soltar la manita de su nieta, se acercó a verlo.
Dentro estaba el mismo castillo y él, junto a Lila, tomados de la mano, justo
antes de cruzar el puente que estaba por encima del foso.
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