sábado, 29 de abril de 2017

332. El castillo de Lila


A la pequeña Lila le había costado mucho tiempo y esfuerzo construir su castillo de arena. Lo hizo sola, aunque siguiendo las indicaciones de su abuelo. Él se sentó cerca de ella porque sus hermanos, niños al fin, pasaron por encima de su obra un par de veces y cada tanto volvían a incordiar. Verla aguantar la furia y no desistir en su empeño fue lo que le hizo abandonar la comodidad de la sombrilla y de la silla, para pasar a una toalla. Al menos, desde que se quedó a su lado, los pequeños la dejaron en paz y ella pudo seguir con su proyecto. Estaba embelesado, admirando la capacidad de su nieta de hacer oídos sordos a los comentarios de los demás mayores, que, para justificar sus pocas ganas de jugar con ella, cada poco le insistían en que lo dejara, que aquello no iba a durar, que era mejor estar corriendo o a la sombra, y muchas otras cosas más. Ella les miraba y por dentro, pensaba el abuelo, debía haberse reído de todos. Estaban empeñados en ‘hacer nada’, que era lo mismo que hacer castillos de aire; en cambio ella, aunque sabía que su trabajo no iba a durar, el hecho de ‘crear’ le hacía construir algo por dentro, que dejaría huella en su alma, aunque la fosa, la muralla, las torres, el laberinto de calles, el espacio del mercado, las casas de los artesanos y el castillo que se alzaba en lo más alto, estuvieran destinados a desaparecer con la marea. El abuelo estaba seguro de que ella comprendía esto, aunque con su corta edad ella no hubiese sido capaz de explicárselo a los demás con palabras. En realidad lo estaba explicando con sus acciones, aunque ninguno reparara en ello. Cuando hubo terminado todo, no se quedó contenta, sino que trabajó en los detalles. Él estaba admirando la evolución de la obra, de la técnica, cuando Lila le tomó por la mano y le pidió que la acompañara. Él, orgulloso, se puso en pie y caminó a su lado. Cruzaron el puente, por encima del foso, entraron al laberinto de calles, pasaron por el mercado, las casas de artesanos y finalmente llegaron hasta el castillo. Subieron los escalones hasta las enormes puertas que se abrieron dejando ver la arquitectura interior. Llegaron a lo más alto, a la habitación principal que el abuelo reconoció como suya. No faltaba ni un solo detalle, ni siquiera el reloj de arena que tenía en una de las baldas externas de su armario. Sin soltar la manita de su nieta, se acercó a verlo. Dentro estaba el mismo castillo y él, junto a Lila, tomados de la mano, justo antes de cruzar el puente que estaba por encima del foso.  

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