Era la noche del estreno y la sala estaba a
reventar. Su intervención acabaría hacia la mitad del tercer acto. Tenía que ir
hacia el fondo, situarse junto al armario y soltar su monólogo bajo un chorro
de luz azul. Lo tenía más que aprendido: cada paso, cada respiración, cada
palabra y cada gesto se correspondían entre sí, incluso con sus pensamientos,
que tenía controlados. Había llegado el momento. Caminó con tanta seguridad que
tuvo que reprimir una sonrisa del orgullo que sintió por sorprenderse a sí
misma. Quizás esa efímera idea, que jamás tuvo durante los ensayos, fue
suficiente para desatar una serie de movimientos involuntarios que terminaron
por enredar uno de sus pies en una de las esquinas de la alfombra. Consiguió poner un
pie detrás para no caer por el giro que dio y a partir de ahí, sus pies casi no
tocaron el suelo hasta que su espalda fue a dar contra el mueble de utilería que,
para suerte suya, los operarios habían asegurado al tabladillo, por si ocurría
algún tipo de incidente, como el que le estaba sucediendo. Escuchó un murmullo,
parecido al de una multitud conteniendo el aliento y en ese instante quiso
recordar la primera palabra de su soliloquio, pero nada. Se había quedado en
blanco y estaba paralizada. Si hubiese querido mirar a un lado y a otro en
busca de alguien que hiciese de apuntador tampoco hubiera podido… Aquel segundo duró un millón de años.
Iba a intentar decir cualquier cosa, lo que fuera, cuando escuchó una tosecilla
que provenía de dentro del mueble. Un escalofrío recorrió su columna cuando se
vio a si misma abriendo las puertas y asomando la cabeza dentro, como si eso
formara parte de la escena y a todo esto, sin decir una sola palabra de todo lo que se
suponía que debía decir. El chorro de luz azul la enfocó desde arriba y ella no
podía quitar ojo del interior del mueble: dentro estaba su abuela que parecía
estar fumando una especie de vaina gigante. Por el olor se trataba de un
shimbillo relleno de hierba. María. «¡Ay María! ¿Qué harás sin tus ganas de
luchar contra lo que se te ponga en medio…» ¡Eso era! Ese era el nombre de su
personaje y aquella, la primera línea de su monólogo. ¿Pero qué iba a hacer con
su abuela en escena? Felizmente el sueño, su sueño, acababa de empezar…
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