martes, 28 de febrero de 2017
272. Querer querer
lunes, 27 de febrero de 2017
271. Alfa – F
domingo, 26 de febrero de 2017
270. Odisea de domingo
sábado, 25 de febrero de 2017
269. Vitrales
viernes, 24 de febrero de 2017
268. La muñeca de porcelana
jueves, 23 de febrero de 2017
miércoles, 22 de febrero de 2017
266. El islote
martes, 21 de febrero de 2017
265. Sueño feliz.
lunes, 20 de febrero de 2017
264. Pantufla
domingo, 19 de febrero de 2017
263. ¿Dónde está Tomoko?
sábado, 18 de febrero de 2017
262. Cordón al cielo
viernes, 17 de febrero de 2017
261. Un ángel que no era tal
jueves, 16 de febrero de 2017
260. Un armario importante
El armario, solitario y
marginal, permanecía arrinconado en una sección casi olvidada de la
mueblería.
Llegó al almacén como
parte de un lote que compraron prácticamente a precio de coste. Su creador, un
carpintero amigo de convertir el agua en vino, vendió todo lo que tenía en su
taller, que no eran pocos muebles, porque necesitaba liquidez para cubrir sus
deudas de juego. Los demás muebles del lote no tardaron en desaparecer, pero no
hubo manera de vender aquel armatoste.
Al principio ocupaba un
sitio junto a los demás armarios; pero, conforme vendieron estos, llegó otro
tipo de muebles. Eran prefabricados y sus diseños y colorido no tenían nada que
ver con la hechura artesanal. Aunque esto le costó ser relegado a un inhóspito
rincón abarrotado de mesillas de noche que se vendían al saldo, se sabía distinto
y se enorgullecía por ello.
Desde siempre tuvo que
soportar el desprecio de los demás muebles. “Zambullo”, le decían cada vez que
querían insultarle. Aquel, casi apodo, se lo puso uno de los muebles
viejos, de los que estaban en la tienda antes de que él llegara junto al lote.
Aquello ocurrió mucho antes de que los dueños cambiaran la mueblería familiar
fundada por el abuelo por una franquicia de muebles hechos de conglomerado. Si
el abuelo, que había sido carpintero, hubiese visto el trato que su hijo le dio
a su amigo de toda la vida, el también carpintero creador del armario, el mismo
que acabó sus días entregado a la bebida y al juego... Si el abuelo hubiese
visto a los nietos quitando el cartel que él mismo había tallado con su nombre,
para montar un cacharro con luces de neón que anunciaba la marca de moda... Si
el abuelo hubiese visto todo eso, se habría vuelto a morir.
El apodo, que los demás
muebles adoptaron para insultar al armario, sin siquiera saber su significado, no hacía
mella en su ánimo. Su altivez no era cosa de creerse lo que no era.
Se trataba, más bien, de orgullo de saber lo que alguna vez había sido.
Recordaba el bosque, la enormidad de su diámetro, la vida que le había rodeado,
que había sentido en su savia.
Después de su tala, de su
muerte, le habían transformado hasta darle otra utilidad, muy distinta, quizás
triste, pero suya. No se iba a conformar, quería rodearse de la vida que le
gustase más, que llamase más su atención. Por eso, desde que llegó a la tienda,
siempre rechazó a los compradores que no parecían tener ambición, ni vida en su
interior. Le daba igual permanecer rodeado de aquellos muebles inútiles, sin
espíritu, que encontraban divertido burlarse de él porque su precio disminuía
cada vez más.
Así es que el día en que
unos trabajadores lo embalaron y lo montaron en un camión, le llegó de
sorpresa. No atendía a las burlas de las mesillas que le decían que iban a
hacer leña de él. Estaba más preocupado en imaginar quién podía haberle
comprado, pues en más de tres semanas ningún cliente había pasado por su zona.
Cuando le quitaron el cartón y los plásticos con los que le envolvieron de arriba a abajo, descubrió que estaba en un apartamento humilde y frío. Agradeció que las manos que le liberaron del embalaje le trataran con suavidad, con respeto. Reconoció a su compradora cuando la tuvo delante. La había visto, había estado trabajando en la mueblería. Ella solía ir a su rincón para comer el bocadillo mientras leía un libro. No era como los demás trabajadores que había visto allí.
Ella era, como él, una marginada. Quizás por eso fue que la despidieron; al menos eso fue lo que escuchó dos semanas antes, las mismas que ella dejó de aparecer por su rincón.
—Te juro que sólo voy a
guardar en tu interior, aquello que más me importe. Todo lo que me guste de
verdad, lo que me cueste conseguir, te lo entregaré; tú me ayudarás a conservar
todo eso como nuevo. Lo demás seguiré amontonándolo por allí, donde sea… Pero
aquí dentro sólo habrá lo mejor, prometido.
Y la muchacha, que al cabo de poco tiempo supo que era una artista, cumplió con su promesa.
Lo convirtió en el guardián de todo aquello que para ella tenía un significado especial; de todo aquello que le hacía levantar la cabeza con orgullo y perseguir su ambición, que no era más que cumplir con sus sueños.
Lo que ella
quería hacer con su vida la llevó a tomar muchas decisiones, a mudarse y a
viajar en más de una ocasión, pero nunca, nunca se deshizo de su armario.
Es posible que ambos sigan juntos.
Ella retirada en su casa del acantilado.
Y el armario junto al ventanal con vistas por un lado a la entrada del bosque y por el otro al mar.