martes, 28 de febrero de 2017

272. Querer querer

La diminuta mancha de tinta se sentía un poco oscura, informe y sin sentido. 

Le hubiese gustado llorar, pero si lo hacía, se habría diluido y vuelto una aguada. 

Una voz en su interior le dijo que no se fiara de los sentimientos porque eran unos mentirosos. 

«¡Mentirosooooos!», gritó la misma voz. 

Pensó y pensó en el modo de eludir a los sentimientos –esos mentirosos–. 

Desde donde estaba –un folio que se encontraba encima de un tablero– sólo podía ver el techo, unas sombras y una mano que se movía por encima, siempre ocupada con colores y pinceles… 

Entonces se dijo: «¡Quiero querer!» –le salió así porque a veces se liaba con las palabras, a ver, era una diminuta mancha de tinta–. 

Lo intentó de nuevo y volvió a salirle lo mismo, aunque no fue del todo igual: 
«¡Quiero querer ser…!» 

Unas cosquillas le sorprendieron y tuvo que dejar de hablar porque empezó a reír y a reír… 

Cuando el pincel terminó de andar encima suyo y recobró la compostura, se dio cuenta que se sentía diferente. 

La mano la había convertido en el centro de un paisaje. 

¡Se sentía tan bien…! Pero poco después, cuando secó el papel, la mano metió al folio dentro de una carpeta que guardó dentro de un armario. 

Entonces la mancha de tinta empezó a sentirse… 

No volvió a permitir que ningún sentimiento la confundiera. 

Centró sus pensamientos en lo que quería querer ser. Pureza. 

No mucho tiempo después estaba en un bonito marco. 

Y ese sólo fue el inicio.  

lunes, 27 de febrero de 2017

271. Alfa – F

La cosmonauta imaginaba su retorno a casa mientras ultimaba unos ajustes al transbordador Armario–II. 

Se preguntaba si todo seguiría igual, es decir, lo malo siendo malo y lo bueno –que no era mucho– seguiría siendo bueno.

Andaba en estas cavilaciones cuando tuvo una especie de visión, un presentimiento: quienes le esperaban no serían las mismas personas que dejó, así como ella tampoco era la mismo que se fue. 

Demasiadas distancias.

Aquella idea, aunque parecía triste, le hizo sentir alivio porque la llevó a pensar en algo más: no estaba obligada a volver. 

Se había ganado el derecho a decidir sobre su futuro y no se veía compartiendo su vida con quienes, a esas alturas, serían desconocidos.  

En ese mismo instante decidió acogerse al programa de reubicación estelar, que con tal fin se creó la estación espacial de Alfa–Felicidad. 

Los viajeros espaciales no podían –ni debían– compartir sus existencias con seres de mentalidad bidimensional a los que la gravedad terrestre les obligaba a llevar a rastras sus afectos. 

Así es que, cuando tuvo a punto el transbordador Armario–II, la cosmonauta puso rumbo a la tranquilidad de Alfa–F

domingo, 26 de febrero de 2017

270. Odisea de domingo

Tres chifladinas salieron de paseo un domingo para dar la vuelta al huerto, pero se fueron un poquitín más lejos... 

Pasaron un bosque y un río y unos campos de cultivo. 

Caminaron y charlaron y caminaron hasta que llegaron a un pueblo y a otro. 

Y, como ya estaban muy lejos, decidieron volver... 

En el camino de vuelta encontraron una casa caída, unos sofás raídos en un lateral, de lo que probablemente habría sido un jardín, y un armario casi intacto. Se detuvieron a ver todo y, cuando quisieron retomar la vuelta, ninguna fue capaz de recordar la dirección que debían de seguir. Así es que se quedaron a vivir allí mismo. Reconstruyeron la casa y los muebles.

Pasaron muchos años, cuando de pronto, una de ellas recordó que debía llenar unos formularios para registrarse en un gimnasio y se lo dijo a las otras con tanta fuerza que se despertó a sí misma del cuento más loco que se le había ocurrido...

sábado, 25 de febrero de 2017

269. Vitrales

El maestro artista en su lecho. 

Blanco. 

Barbas blancas. Sábanas blancas. 

En su tez blanca, casi transparente, resaltan sus ojos azules, quizás grises. 

Gente que entra y que sale por la puerta de su armario, importunando su preparación. 

La luz de los vitrales que pueblan su interior se refleja en el techo blanco, en las paredes blancas, en las sábanas blancas, en sus barbas blancas. 

El maestro, desde su lecho, te mira con sus ojos azules, quizás grises, y te hace sentir esperanza de tu propio futuro, aunque en ese momento sabes que estás importunando su preparación. 

Respetuosamente, te retiras por la puerta por la que entraste. 

Y en tu mente quedan los amarillos, verdes, azules, naranjas, rojos y morados de los vitrales que le pueblan y que ahora, te habitan. 

El artista y maestro en su lecho te entrega su última amorosa lección creadora.

viernes, 24 de febrero de 2017

268. La muñeca de porcelana

La muñeca de carita de porcelana no podía dormir. 

Su niña iba a irse de viaje al fin del mundo y le había dicho que iba a llevarla con ella. 

Así es que la muñequita estaba en su rincón del armario, incapaz de cerrar sus ojos de cristal azul, preocupada, no porque tuviera miedo de ir con su niña, sino porque también le había dicho que se irían para no volver nunca más. Pensó, pensó y pensó, hasta que llegó a una conclusión.

Armándose de valor –y de un cuchillo que sacó de la cocina–, fue a buscar al padrastro de su niña.  Le vino bien encontrarle durmiendo la borrachera solo. 

La madre, como siempre, estaba trabajando en el hospital.

La muñeca de carita de porcelana y ojos de cristal azul salió del armario para convertirse en un monstruo que hizo lo que tenía que hacer para que su niña nunca más tuviera el deseo de irse al fin del mundo para perderse y no volver.   

miércoles, 22 de febrero de 2017

266. El islote

El insigne almirante Don Trompudo Transportador, debía presentarse ante la emperatriz de Incoherencilandia, Doña Escrupulosa Escuadra, para una inmensísima conferencia sobre su reciente descubrimiento en medio del Mar de la Nada.

Me temo dijo el almirante con su voz de cornucopia que no hace falta ser un erudito, ni un iniciado para comprender la única enseñanza del Armario Supremo: jamás darás un consejo a un conejo que no te lo haya pedido o terminarás perdido en medio del Mar de la Nada... Y así fue como descubrí el Islote del Silencio.

La emperatriz le miró de arriba a abajo. 

Luego de un largo, pero oportuno silencio durant el cual, el resto de la Corte del Escudriñamiento tembló de miedo porque así eran de pelotas chupamedias—, Doña Escrupulosa empezó a aplaudir.

Entonces, el almirante Transportador señaló triunfante unos noventa grados a estribor y levó anclas hacia el horizonte final de los finales... y fin.

martes, 21 de febrero de 2017

265. Sueño feliz.

La carita sonriente volvió a casa agotada. 

La verdad era que su trabajo le hacía muy feliz; le encantaba sentir que ayudaba a los demás a progresar. 

Pero ese día fue muy duro porque quienes se cruzaban con ella eran especialmente gruñones. 

Así es que, cuando llegó a casa, se sonrió en el espejo del armario y se dejó caer en la cama... 

Y sonrió y sonrió en cada uno de sus sueños, hasta el día siguiente. 

lunes, 20 de febrero de 2017

264. Pantufla

A la pequeña Pantufla le chiflaba jugar dentro de su armario. 

Lo convertía en lo que ella deseaba que fuera: un barco, una tienda, un avión, una librería, una casa... O lo que su imaginación necesitara.

Todas las tardes, cuando volvía de la escuela, iba directamente a su habitación para cambiarse el uniforme mientras jugaba a que estaba en una tienda de moda, o en un puesto de mercadillo, o en una zapatería... Ella era inmensamente feliz dentro de su armario.

Una tarde de esas en la que volvía contenta porque le había ido muy bien en algún examen –uno de esos en los que no solía irle tan bien porque su imaginación la distraía demasiado– encontró una sorpresa dentro de su armario: una caja muy grande, de plástico transparente que estaba llena de libros. 

Antes de que ella pudiera preguntar, su madre le informó que todos esos libros eran suyos, aunque de momento no los podría leer, porque eran para mayores. 

Pero esa caja no fue la única. Para final de ese mes fueron cuatro o cinco cajas iguales, que estaban llenas de libros. 

Apiladas unas sobre otras le quitaron espacio y protagonismo no sólo a sus juegos, sino también a sus zapatos, que se escondieron debajo de la cama, y a su ropa, que terminó hecha un bulto informe sobre lo que alguna vez fue su sillón de leer.

Las cajas con libros seguían en aumento... 

La pobre Pantufla tuvo que rescatar sus zapatos –que fueron desplazados de debajo de su cama, al pasillo, en fila, dispuestos para ser llevados al contenedor de reciclaje–, y esconderlos dentro de una funda de cojín que a su vez escondía bajo un abrigo. 

Su ropa se mimetizó con sus mantas, mientras que su sillón de leer desapareció debajo de otra pila de cajas de libros.

La multiplicación de los contenedores de cultura abarcó desde su habitación hasta la puerta de su casa. 

Y siempre aparecían con la misma consigna de su madre: «Estos libros son tuyos, pero sólo los podrás leer cuando seas mayor. »

Y la pequeña Pantufla empezó a desarrollar un inquietante y terrenal deseo: hacerse mayor sólo para quemar todos esos libros.

Lo bueno era que estas ideas macabras sólo aparecían cuando le sonaba la tripa por la falta de merienda. 

Entonces cerraba el único –y real libro– que le regaló su amorosa madre, lo metía en su única caja de plástico, junto con sus demás revistas, historietas y libros para colorear, y salía de su armario rumbo a tomarse una buena taza de chocolate con bizcocho. 

Era en este punto cuando mandaba a su imaginación a esfumarse por hacerle pensar semejantes barbaridades. 

Jamás podría quemar un solo libro. ¡Jamás!

domingo, 19 de febrero de 2017

263. ¿Dónde está Tomoko?

Tomoko estaba en uno de esos viajes de exploración mística, en los que aprender desde dentro es lo más interesante. Ella –y su ella misma– tenía tres meses para no tener un rumbo fijo, algo que esperaba aprovechar al máximo. Estaba en su sexta semana de viaje, cuando se enamoró perdidamente de una ciudad. El amor le llegó en una mañana calurosa, en un jardín casi encantado. La fascinación que estaba experimentando le ocasionó cierta imbecilidad, letargo y obnubilación. Todo esto junto la llevó a bajar la guardia. Mientras atravesaba una puerta, que tendría la altura de un edificio de tres o cuatro plantas, imaginó que ella era un insecto, específicamente una mariposa multicolor que estaba pasando entre las puertas de un armario. En ese momento un carterista le robó el bolso. Luego de reponerse del tirón y recobrar la estabilidad, y en otro ataque de sinsentido común, fue tras el ladronzuelo. No estaba acostumbrada a bajar cuestas corriendo, menos esas que eran empinadas. Tampoco tenía el entrenamiento para correr bajo ese sol de mediodía, o para dejarse la voz –y el aliento– intentando que alguna persona de entre tantos turistas fuese un poco solidaria con ella y detuviera al muchacho que se estaba llevando su pasaporte y sus tarjetas de crédito. La imbecilidad del enamoramiento hacia esa ciudad mermó tanto sus capacidades intelectuales, que siguió al muchacho por un callejón y por la puerta que sólo tenía una cortina de tiras de plástico, de esas que se usan en los pueblos para espantar moscas. Aquella puerta conducía a un pasillo oscuro y húmedo. El frío que allí había le hizo sentir que sus piernas eran de porcelana y que se estaban rompiendo. Paró. El cambio de temperatura le refrescó las ideas y se dio cuenta de que no estaba siendo prudente. Nada prudente. Sin embargo, su estado de enamoramiento hacia esa ciudad incluía el callejón y, ¿por qué no? el pasillo oscuro en el que estaba… Su cuerpo, sus piernas, temblaban. Estaba sola. Trató de escuchar lo que fuera que le permitiera hacerse una idea de lo que encontraría al otro lado de la luz que marcaba el final del pasillo, pero no fue capaz de oír nada. Tragó saliva y siguió adelante, sólo que esta vez lo hizo caminando. Se preguntaba si al otro lado… Lo que encontró al otro lado la enamoró aún más de aquella ciudad, que en realidad olvidó en de inmediato, porque. lo que vio, no podía pertenecer a este mundo. Y fue en ese instante en el que empezó su real viaje de exploración mística. 
Mientras todo esto le ocurría, un par de chicas que caminaban detrás suyo cuando estaba a punto de salir por la gran puerta y que la vieron correr como una enloquecida, recogieron su bolso. Lo había dejado tirado con todas sus cosas. Ambas intentaron encontrarla, devolverle sus documentos, sus tarjetas de crédito, su cámara de fotos… Usaron la foto de su pasaporte para parar a cuanta chica les parecía que era ella y les preguntaban –en castellano, inglés o lo que hiciera falta–: “¿Eres tú Tomoko?” 

sábado, 18 de febrero de 2017

262. Cordón al cielo

En una de esas casas que parece que se están cayendo a cachos, cuando en realidad están siendo construidas a pedazos, tuvo lugar un hecho sorprendente, casi tanto como que la casa en cuestión se mantuviera en pie gracias a una piedra.

En la segunda o tercera planta –este es un detalle un poco difícil de precisar debido a la singularidad de la construcción–, en todo caso, en el nivel en el que la casa tenía su primer tejado inclinado, los dueños tenían el único mueble. Era un armario que a su vez era una nevera. No se trataba de un ‘todo en uno’, nada de eso. Veréis. Los propietarios de la vivienda, una pareja de chicos muy simpáticos –uno abogado y el otro maestro de infantil– encontraron que esa era la mejor manera de solucionar tres problemas que tenían. 

El primero, guardar la ropa, el calzado y los cascos que usaban durante la construcción; eso lo hacían en la mitad del armario que tenía una puerta de madera. 

El segundo, guardar las comidas y bebidas en un lugar fresco, así no tenían que bajar cada poco al bar, ni gastar más de lo debido; eso lo hacían en la mitad del armario que tenía la puerta de una nevera. 

El tercero fue tapar el agujero que uno de ellos abrió en la pared porque se le ocurrió que allí les vendría bien una ventana; así es que, para no entrar en la discusión de si quedaba o no bien la ventana en ese espacio, subieron el mueble y lo adaptaron según las necesidades ya descritas.

El caso es que una noche, en la que se quedaron hasta muy tarde colocando el suelo de lo que sería el salón, o el comedor –todavía no lo habían decidido–, al ir a sacar unas cervezas de la nevera-armario, encontraron dentro de aquel frío espacio, a un bebé recién nacido. 

La primera reacción que tuvieron fue cogerlo en brazos, abrigarlo, saber si estaba bien y vivo. El que era maestro lo abrazó, mientras que el abogado sacó del otro lado del armario sus chaquetas de punto y las térmicas, que estaban mucho más limpias que aquello que llevaban puesto.
—Pásamelo.  
—No puedo, todavía tiene el cordón y no sé, parece atascado. Tal vez la madre esté en el tejado. Ve a ver. Necesitará ayuda.

El abogado, mientras subía a la tercera o cuarta planta, pensaba en que allí, en las condiciones en las que tenían la casa, no podían atreverse a cortarle el cordón a la criatura. Tendrían que llamar a una ambulancia. 

¿Por qué estaba la madre del pequeño en el tejado? ¿Cómo habría llegado hasta allí? ¿Se habría caído de alguna de las otras casas que estaban construyendo por piezas? 

Al llegar a la ventana, sacó medio cuerpo para ubicar a la madre, pero lo único que vio fue el cordón que se elevaba por encima de su propia cabeza y llegaba hasta la mismísima luna que le sonrió y le guiñó un ojo…

Entonces fue cuando empezó a pensar en el papeleo legal en el que no podría poner a la luna como madre. Ya se le ocurriría algo, total, tenían una casa que se mantenía en pie gracias a una piedra y todo lo demás sólo sería cuestión de ir uniendo los pedazos…

viernes, 17 de febrero de 2017

261. Un ángel que no era tal

La arqueóloga e historiadora estaba sentada en mitad del museo mirando al espacio vacío. 

Que de la noche a la mañana hubieran desaparecido todas las colecciones, no le preocupaba en absoluto. 

Las teorías iban desde el robo especializado, hasta la apertura de un portal dimensional. 

No prestaba atención a ninguna de estas explicaciones porque sabía lo que había sucedido. 

Esa mañana, cuando llegó al museo, después de ver que cada pieza estaba en su sitio, deseó que todo se esfumara y así ocurrió. 

Si permanecía sentada de aquella manera, con los brazos cruzados en su vientre, como atrapando un dolor de estómago, y con un gesto compungido en el rostro, era porque estaba asimilando lo que fue capaz de hacer. 

Lo hizo para sacudirse el temor que le causó una presencia que, esa noche, esa madrugada, vio delante de su armario. 

Su rostro, su cuerpo, sus alas brillaban en la oscuridad. 

Ella, que estudiaba los mitos religiosos para comprender el pensamiento de las civilizaciones antiguas pero que se regía única y exclusivamente por la razón, no supo qué pensar cuando él –porque tenía un cuerpo masculino, fibroso, aunque por lo que vio de refilón, carecía de genitales– desplegó sus alas, para envolverse y desvanecerse en una luz. 

Él se lo dijo, que no era un ángel. Pero ella casi ni lo escuchó. 

Le dijo algo sobre sus poderes, que había ido a verla para recordárselos, que necesitaba de su ayuda para algún tipo de guerra en la galaxia a la que pertenecía, que se fuera acostumbrando a todo esto porque volvería para llevársela. 

Pero ella, durante aquel encuentro, sólo pudo pensar en la luz de las alas de aquel que no era un ángel. 

Y en ese momento, en medio del museo vacío… En realidad estaba fascinada por saber que su vida estaba a punto de tomar una dirección que no le asustaba en absoluto.

jueves, 16 de febrero de 2017

260. Un armario importante

El armario, solitario y marginal, permanecía arrinconado en una sección casi olvidada de la mueblería. 

Llegó al almacén como parte de un lote que compraron prácticamente a precio de coste. Su creador, un carpintero amigo de convertir el agua en vino, vendió todo lo que tenía en su taller, que no eran pocos muebles, porque necesitaba liquidez para cubrir sus deudas de juego. Los demás muebles del lote no tardaron en desaparecer, pero no hubo manera de vender aquel armatoste.

Al principio ocupaba un sitio junto a los demás armarios; pero, conforme vendieron estos, llegó otro tipo de muebles. Eran prefabricados y sus diseños y colorido no tenían nada que ver con la hechura artesanal. Aunque esto le costó ser relegado a un inhóspito rincón abarrotado de mesillas de noche que se vendían al saldo, se sabía distinto y se enorgullecía por ello.

Desde siempre tuvo que soportar el desprecio de los demás muebles. “Zambullo”, le decían cada vez que querían insultarle. Aquel, casi apodo, se lo puso uno de los  muebles viejos, de los que estaban en la tienda antes de que él llegara junto al lote. Aquello ocurrió mucho antes de que los dueños cambiaran la mueblería familiar fundada por el abuelo por una franquicia de muebles hechos de conglomerado. Si el abuelo, que había sido carpintero, hubiese visto el trato que su hijo le dio a su amigo de toda la vida, el también carpintero creador del armario, el mismo que acabó sus días entregado a la bebida y al juego... Si el abuelo hubiese visto a los nietos quitando el cartel que él mismo había tallado con su nombre, para montar un cacharro con luces de neón que anunciaba la marca de moda... Si el abuelo hubiese visto todo eso, se habría vuelto a morir.

El apodo, que los demás muebles adoptaron para insultar al armario, sin siquiera saber su significado, no hacía mella en su ánimo. Su altivez  no era cosa de creerse lo que no era. Se trataba, más bien, de orgullo de saber lo que alguna vez había sido. Recordaba el bosque, la enormidad de su diámetro, la vida que le había rodeado, que había sentido en su savia.

Después de su tala, de su muerte, le habían transformado hasta darle otra utilidad, muy distinta, quizás triste, pero suya. No se iba a conformar, quería rodearse de la vida que le gustase más, que llamase más su atención. Por eso, desde que llegó a la tienda, siempre rechazó a los compradores que no parecían tener ambición, ni vida en su interior. Le daba igual permanecer rodeado de aquellos muebles inútiles, sin espíritu, que encontraban divertido burlarse de él porque su precio disminuía cada vez más.

Así es que el día en que unos trabajadores lo embalaron y lo montaron en un camión, le llegó de sorpresa. No atendía a las burlas de las mesillas que le decían que iban a hacer leña de él. Estaba más preocupado en imaginar quién podía haberle comprado, pues en más de tres semanas ningún cliente había pasado por su zona.

Cuando le quitaron el cartón y los plásticos con los que le envolvieron de arriba a abajo, descubrió que estaba en un apartamento humilde y frío. Agradeció que las manos que le liberaron del embalaje le trataran con suavidad, con respeto. Reconoció a su compradora cuando la tuvo delante. La había visto, había estado trabajando en la mueblería. Ella solía ir a su rincón para comer el bocadillo mientras leía un libro. No era como los demás trabajadores que había visto allí. 

Ella era, como él, una marginada. Quizás por eso fue que la despidieron; al menos eso fue lo que escuchó dos semanas antes, las mismas que ella dejó de aparecer por su rincón.

—Te juro que sólo voy a guardar en tu interior, aquello que más me importe. Todo lo que me guste de verdad, lo que me cueste conseguir, te lo entregaré; tú me ayudarás a conservar todo eso como nuevo. Lo demás seguiré amontonándolo por allí, donde sea… Pero aquí dentro sólo habrá lo mejor, prometido.

Y la muchacha, que al cabo de poco tiempo supo que era una artista, cumplió con su promesa. 

Lo convirtió en el guardián de todo aquello que para ella tenía un significado especial; de todo aquello que le hacía levantar la cabeza con orgullo y perseguir su ambición, que no era más que cumplir con sus sueños. 

Lo que ella quería hacer con su vida la llevó a tomar muchas decisiones, a mudarse y a viajar en más de una ocasión, pero nunca, nunca se deshizo de su armario.

Es posible que ambos sigan juntos. 

Ella retirada en su casa del acantilado. 

Y el armario junto al ventanal con vistas por un lado a la entrada del bosque y por el otro al mar.