lunes, 31 de octubre de 2016

152. Premonición

Decía la curuxa que todo estaba en la mente y cuanto más indecente, mejor se daban las cosas. 

¿Cuánto más iba a esperar la bruja a que todo fuese como ella quería? 

Pensaba en la pata, nombraba a la cabra, contaba las ancas de la rana y todo volvía a empezar. 

Y en la mano leía las líneas que iban y venían del pasado al presente sembrando quién sabe qué para el futuro. 

Las arrugas en la frente de sus clientes, sus suspiros y sus latidos le daban las pistas que necesitaba: 

Y a la vuelta de la esquina encontrarás un carruaje de oro que te llevará a lo más alto de tus sueños. 

Siempre la misma sentencia, siempre las mismas miradas agradecidas por brindarles un poquito de esperanza. 

¡Pero ay! ¡Lo que ocurría con las mentes indecentes era otra cosa! 

Los pensamientos libres, aquellos que crecían sin ataduras, no había modo de leerles el destino. 

Los pensamientos libres iban creando, amando y labrando lo que fuera que querían ser y no vivían metidos dentro de un armario. 

No había poder supremo o mundano que pudiera influir sobre los pensamientos libres. 

La bruja curuxa creía firmemente en que lo que fuera a ocurrir eran decisiones bien pensadas y que ella se limitaba a soplar en la misma dirección que el viento. 

Sólo había una cosa que con toda seguridad podía predecir: que su gato nunca le haría asco a un platillo de leche tibia.

domingo, 30 de octubre de 2016

151. Tonalidades lúgubres

La casa abandonada de la colina en la que siempre era de noche, tenía un único habitante. 

Su refugio era un armario destartalado, el último mueble que quedaba en pie dentro de la fantasmagórica vivienda. 

Vagaba por cada rincón, alimentándose de los recuerdos que a veces le asaltaban sobre un libro y que crecían en medio del moho de las esquinas. 

El olvido -o la ignorancia- sobre la realidad de su existencia era crucial para que continuara recorriendo las habitaciones vacías como si se tratara de las calles abarrotadas de cualquier urbe. 

Inmerso en su locura era incapaz de saber que su errante ser habitaba dentro de la ilustración de la tapa del mismo libro de sus recuerdos. Y que lo único que indicaba su presencia en aquella imagen era su sombra.  

sábado, 29 de octubre de 2016

150. Pétalos de plástico

La florecilla feliz se pegó un auténtico batacazo. 
Bailaba en su tiesto de plástico, movida por la energía que le transmitía su pequeño panel solar, cuando un frenazo la sacó de su base y salió disparada. Fue a estrellarse contra el cristal trasero del vehículo y cayó sobre la tapa cubre-maletero. 
Lo que le quedaba de energía era menos que poco, pero logró levantar la cabeza y fijó la mirada en su base antes de entrar en un sueño profundo. 

Estaba en el campo, cerca de un árbol y rodeada por florecillas de distintos tamaños y colores que bailaban movidas por el viento. Quiso hablarles, contarles que le dolía un pétalo por el golpe, pero ellas la ignoraron. 
No sabía si se había expresado de una forma equivocada, si había sido grosera o si su sonrisa pintada sobre su carita de plástico no les resultaba agradable. 
Lejos de amilanarse, respiró coraje y con determinación se puso en pie. Iba a reclamar su lugar dentro de aquella existencia. 
En ese momento sintió que se elevaba por encima de todos esos pétalos de colores, por encima del árbol, del campo, del viento. 

Cuando abrió los ojos, su cuerpecito estaba moviéndose, bailando de nuevo. 
Estaba tras el cristal de un armario y tenía un pétalo magullado. Los niños y la niña de la casa iban a verla y ella les sonreía con su sonrisa que, aunque pintada, no dejaba de ser contagiosa al igual que su vaivén.

viernes, 28 de octubre de 2016

149. Croac-croac

La rana aplicada tenía un secreto: estaba perdidamente enamorada de un elemento. 

Era por eso que hacía sus deberes sin tardanza, con mucha prisa y a toda leche. 

Lo que más quería era acabar e ir al encuentro del objeto de su deseo. 

Sacaba los libros de literatura, historia, geografía, matemáticas y física, los ponía sobre la cama, colocaba la almohada encima de todos y aplicaba su método de estudio a través del sueño intensivo. 

Un par de horas después, cuando lograba salir de los largos bostezos que tenía, iba directa a encontrarse con su otra mitad. 

Abría su armario y se prendaba del espejo interior que era su gran, eterno, único y verdadero amor.

jueves, 27 de octubre de 2016

148. Juego

El auditorio Interdimensional estaba a reventar. 

El público, proveniente de los diez confines celestiales, estaba ansioso por ver la final del primer concurso pueril sobre conocimientos terráqueos. 

El premio para el ganador –o ganadora– sería el permiso para hacer una trastada al planeta inferior. 

Quedaban dos finalistas: el señor de las aguas y la reina de la oscuridad.

―Antes de proceder con la última prueba, ―siguió el maestro de ceremonias con su cabeza femenina― tenéis que apostar el uno por el otro. ¿Qué porcentaje del premio final ganaréis si el otro acierta la mitad o más de las opciones en el menor tiempo posible que es cero?

―¡Una ración de diluvio universal al cincuenta por ciento! ―dijo el señor de las aguas.

Los vítores retumbaron en todo el auditorio. 

La maestra de ceremonias, con su cabeza masculina, miró fijamente al público hasta que todos quedaron en silencio. Entonces, con una señal, cedió el turno a la reina de la oscuridad:

―Por mi parte me apuesto la nada, que es el inicio de todo.

El público estalló en alaridos.

―¡Entonces, que comience la prueba! ―gritaron a la vez la cabeza masculina y la femenina elevando la voz por encima de los gritos y aplausos del enloquecido y respetable público.

 Las luces se apagaron y en los visores individuales apareció la tarea:

 «Sin perder un segundo, completa el siguiente párrafo: 

Decían que estaba loca como una __________. Cada día llegaba de la __________, dejaba su _________ debajo de la _________ y procedía a hacerse un __________. Del ___________ de la ___________ sacaba un bote de ______________ y lo vaciaba entero dentro del ____________, sobre lo que fuera que llevase: _____________ del bueno, ___________ verdes sin freír, _____________ en lonchas, _____________ a la pimienta o crema de ______________. Le daba igual lo que fuera, por algo decían que le faltaba un ______________.

Y si te quedas con la duda de lo que va en cada línea, prueba a poner estas palabras:
salchichón - mesa - pan - cocina - tornillo - queso - cabra - armario - tomates - escuela - chocolate - chimichurri - paté - bocadillo - mochila.

La prueba acaba en tres, dos… uuuuu»

 «¡Uuuuuhhh! ¡Uuuuuhhh!»

 El despertador cumplió con su trabajo: despertar a quien estaba soñando. Y aunque no se acordaba de su sueño, tuvo un extraño antojo de salchichón, chocolate, queso, paté y chimichurri.

miércoles, 26 de octubre de 2016

147. Sin pistas

Érase una palabra perdida dentro de un armario olvidado que estaba en un rincón del castillo imaginario. Se perdió porque se asustó, corrió a esconderse y lo hizo tan bien que ahí se quedó. Cuando aquello ocurrió, la persona a la que le pertenecía todavía era pequeña, tanto que no recordaba su existencia. Crecer con su ausencia no fue fácil, de hecho aquella persona se desarrolló pensando que nunca podría ser lo que aquella palabra significaba. 
La persona, ya mayor, soñó una noche con aquel castillo, con el rincón en el que estaba el armario. Un sollozo que provenía del interior del mueble la llevó a abrir sus puertas. Ahí estaba la palabra temblando, hecha un ovillo, arrinconada contra el fondo. Su significado había crecido y la estaba protegiendo como si fuera un gigantesco escudo. La persona y el significado se sostuvieron la mirada. Se reconocieron. Tenían los mismos ojos, las mismas facciones, la misma sonrisa. Entonces, entre ambos, abrazaron a la palabra y la sacaron de su encierro.
Desde entonces la persona cada vez que se mira al espejo reconoce en ella a la palabra y a su significado.

martes, 25 de octubre de 2016

146. El pergamino

La chamán (ella prefería que la llamaran chamana) abrió el armario de los recuerdos gratos y pasó toda la tarde estirando y leyendo los viejos pergaminos. 

No se dio cuenta que al momento de sacar alguno de ellos aflojó uno más pequeño que cayó al suelo. 

Se agachó para recogerlo, pero ella misma terminó rodando junto con el manuscrito debajo del mueble. 

Cayó en una playa que conocía de sobra. Y lo hizo durante el atardecer más colorido que recordaba... Porque sí, acababa de caer en el pasado. 

Aquella fue la última vez que estuvo con su aprendiz. 

No cualquiera cumplía años durante el solsticio, menos veintiuno. 

Levantó el pergamino de la arena, lo sacudió y lo guardó debajo del brazo. 

No necesitaba abrirlo, estaba dentro de él.

lunes, 24 de octubre de 2016

145. Sherete y Mosha

Sherete, el novio, y Mosha, la novia, vivían dentro de un viejo armario al que unos seres sin corazón le quitaron las puertas reemplzándolas por una malla metálica. 

Para limpiar esta especie de jaula, los desalmados abrieron una portezuela lateral. Pero sólo pegaban un manguerazo al suelo a través de los alambres y casi siempre empapaban a unos asustados Sherete y Mosha.
 
Los dos monitos pasaban sus días y sus noches en aquel encierro que algún poderoso iluminado mandó plantar en un rincón de la misma selva a la que pertenecían. 

Una noche ambos descubrieron un espejo en el techo y cuando lo tocaron, cada uno apareció donde cada uno quería estar:
Mosha, con su familia, en lo más profundo de la selva. 
Sherete viajando por el mundo en la carreta del mago del que, desde que recordaba, era su aprendiz. 

Aunque compartieron la misma cárcel, su noviazgo sólo fue un paripé inventado por sus captores.

Porque Mosha era una monita titi y Sherete un mono capuchino. 

Pero, lo más importante de todo esto es que ahora ambos son libres para inventarse su felicidad.

domingo, 23 de octubre de 2016

144. Cambios

El alma vagaba por el desierto. 
Sentía que su tiempo se le había escurrido entre decisiones sin sentido. No se sentía más grande, o más experta, o más sabia. 
Caminaba arrastrando una llave de oro que había olvidado que tenía. 
Una figura espectral la esperaba del otro lado del espejismo: un armario de oro que la llamaba por su nombre. 
El mueble le dijo lo que tenía que hacer y obedeció por inercia. 
Recogió la llave, la metió en la cerradura y las puertas se abrieron. 
Dentro había oscuridad y luces de muchos colores, puntos pequeños, diminutos, cósmicos. 
Unas alas robóticas de oro terminadas en unas pinzas, le alcanzaron un papel doblado; al cogerlo, las alas se convirtieron en polvo. 
Desdobló el papel y leyó una única palabra escrita a máquina: "Recuperación". 
En cuanto terminó de leer, el papel también se deshizo. 
El alma volvió a su cuerpo y al despertar, tenía una idea fija: usar su experiencia para recuperarse y empezaría por devolverse un poco de dignidad.

sábado, 22 de octubre de 2016

143. La sonrisa

La sonrisa, cada vez que aparecía, tan honesta y sincera como era, iba abriendo puertas al futuro. 

Era una de esas sonrisas que descubría que no tenía nada que esconder en ningún armario. 

Ella sabía que el destino para todos era el mismo, pero eso no la volvía agria o hipócrita, todo lo contrario: su aparición reflejaba el amor que tenía por la vida. 

Además tenía la esperanza de poder aparecer durante el último suspiro, aunque sólo fuese visible para los ojos del alma.

viernes, 21 de octubre de 2016

142. De amores

El mágico enanito abrió de par en par las puertas del armario de los desastres. 
Tenía que hacer el inventario trimestral de afectos. 
El recuento fue el siguiente: cinco amores olvidados, cuatro rotos, tres perdidos, dos inquietantes y un amor valiente. 
Estaba satisfecho: todo seguía igual que la última vez que revisó el armario de los desastres. 
Cerró las puertas, le echó el candado y se fue con los amigos a echar una partida de cinquillo.
Y tú, sí, a ti que te quedaste con carita de inocencia preguntándote por qué un amor valiente está metido en el armario de los desastres, te diré una cosa: que en el cinquillo gana el primero que se deshace de las cartas que le tocaron.  
Y si no te deshaces de una única carta aunque sea un desastre, no sé tú pero yo diría que ese es un amor valiente.

jueves, 20 de octubre de 2016

141. La caja

Se sentó contra las puertas del armario, rendida, agotada de buscar su cámara de fotos. 

Estaba segura de que la metió dentro de una de sus cajas de los olvidos. 

Esa era su estrategia de orden: todo lo que no usaba lo metía en cajas. 

La última vez que usó la cámara fue... No podía precisarlo pero le parecía una eternidad. Ni siquiera recordaba si la había guardado vacía o con un carrete a medio usar. “Un carrete”; sí, era ese tipo de cámara. La última vez que la usó fue… ¡Eso era! ¡Poco antes de que falleciera su abuelo! Puede que durante aquella última reunión familiar en la que estuvieron todos. Había pasado más de veinte años desde entonces. Sintió entusiasmo: si el aparato todavía guardaba un carrete, las fotos podrían formar parte de ese recuerdo.

Su gato se acercó hasta ella, se restregó contra su brazo y la devolvió a su tarea. El pequeño peludo rascó las puertas del armario. Como era su costumbre, quería meterse a echar una de sus tantas siestas del día. Ella se hizo a un lado y le abrió las puertas. El gato afiló las uñas en el borde de una caja forrada con tela, se subió encima, dio un par de vueltas y se enroscó recostándose en la tapa. Esa caja contenía algunas cosas de invierno que incluían unos guantes de lana que pertenecieron a su abuelo. Entonces lo tuvo claro.

Subió al desván. Sacó una caja que llevaba sin abrir desde su última mudanza. Allí estaba la cámara y tenía un carrete dentro. Su descuido podía haber echado a perder las fotos, eso la inquietaba; pero, ¿y si se había conservado? Esa idea la llenó de ilusión.

Llamó a uno de sus mejores amigos que, además de ser fotógrafo profesional, era un apasionado de los procesos fotográficos artesanales, un artista.  

―No saques el carrete de donde está, lo haré yo ―apremió él antes de colgar.

No lo había hecho. Vio el contador del carrete desde fuera: marcaba treinta y dos; quedaban cuatro fotos. Desde el primer minuto tuvo claro que no iba a cometer otra torpeza. Antes de hacer esa llamada, reemplazó la toalla, con la que en su día envolvió y guardó la cámara, con otra limpia. Metió el atado en su bolso con lo demás y una vez que tuvo todo listo, llamó. Sospechaba que su amigo le diría que fuera a verlo sin perder tiempo. Así fue y así lo hizo.

Fuera, llovía. El trayecto en coche fue tranquilo. Una hora escuchando música y recordando esa última reunión. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si no fue esa la última vez que usó la cámara? Después de tanto tiempo, no estaba segura.

Su amigo la recibió con algo de prisa. Desde que hablaron, no dejaron de llegar clientes a su tienda. Todos querían información sobre sus servicios para eventos: tres matrimonios, dos comuniones, un aniversario de bodas de plata, uno deportivo, y nada menos que cuatro culturales y todo eso hasta que ella llegó. Después la gente siguió entrando, algunos de vuelta pues se habían decidido y querían contratarle. Ella tuvo que dejar su preciado tesoro y regresar a casa algo decepcionada. Había imaginado que él podría… Pero también era verdad que aunque él hubiera cerrado la tienda para dedicarse exclusivamente a su encargo, ella le habría estorbado. Tampoco había caído en la cuenta de que su amigo sólo procesaba fotos digitales en la tienda; su estudio lo tenía en casa.

En el trayecto de vuelta se consoló pensando que, después de tantos años, ¿qué importaba unos días más?

Y los días se convirtieron en semanas.

Y las semanas en silencio.

Hasta que una madrugada, sobre las tres, la despertó una llamada. 

Su amigo, el fotógrafo, quería hablar, le urgía contarle algo importante, pero era incapaz de articular dos palabras que tuvieran sentido. Hasta que por fin le salió:

―Tienes que venir a ver las fotos.

―Bueno, iré mañana atontado, que son las tres. ―Le respondió algo gruñona por eso de haber sido arrebatada del sueño.

―No, tienes que venir ¡ahora! ―y colgó.

Se vistió a regañadientes. Pensó que su amigo estaría pasando por alguna mala racha, alguna de amores. No sería la primera vez que, por ese mismo tema, exigía su compañía a deshoras. Lo de las fotos sería un pretexto. Se armó de paciencia, de una botella de ginebra y del último paquete de croquetas congeladas que devoraría nada más llegar, le estaban rugiendo las tripas. El gato la riñó a maullidos: por despertarlo, porque quería algún premio, porque quería agua, porque quería mimos, porque quería más pienso, porque quería que se quedara acurrucada con él en la cama. Por ese “a saber por qué la reñía” hizo todo lo que podría querer el gato y, aun así, el peludo le maulló tristón a la puerta cerrada.

Algo menos de una hora después –porque no había tráfico– llegó a casa del fotógrafo. Él la estaba esperando en el portal. Tiritaba como un condenado por su propia necedad. Otra vez fue incapaz de articular palabra, en parte porque le chirriaban los dientes y en parte porque parecía pálido, no por frío, por miedo. El hombre entrelazó su mano helada a la suya y así, sin separarse de ella, la condujo las cinco plantas escaleras arriba, dentro del piso, directo a la mesa de trabajo. En ella había dos montones de fotos: la pila más grande hacia arriba, las otras estaban volteadas boca abajo. Él señaló ambas y retrocedió hasta caer sentado en el sofá. Ella tomó el primer montón y fue pasando las fotos una a una.

―Sí, son las fotos de la última reunión de mi familia con mi abuelo ―dijo aliviada. Y algo más seria, agregó: ― Pero no entiendo, ¿cuál es el problema?

Su amigo no respondió. Se había pasado la manta por encima y permanecía balanceándose, mirando algún punto de la nada.

Ella le dio la vuelta a ese primer montón. Su amigo las había numerado y la última era la treinta y dos. 

En ese momento, su corazón se aceleró. 

Tragó saliva. Tomó el montón más pequeño, el que estaba boca abajo. La última estaba numerada como “cuatro”. 

Cerró los ojos y les dio la vuelta sobre la mesa. Respiró y... Cuando miró, tuvo que retroceder. 

Las cuatro fotos eran una secuencia de un mismo momento. En primer plano ella sentada en el suelo apoyada contra el armario, su gato restregándose en su brazo derecho y, de ese lado, también sentado en el suelo, la imagen espectral de su abuelo sonriendo con dulzura a la cámara.

miércoles, 19 de octubre de 2016

140. Monólogo

«Una noche sin mis cuentos no sería lo mismo para ti, para nosotros... —Ella le estaba mirando fijamente. Su gesto serio sólo era un acicate para él. Tenía que insistir, que seguir en su línea. Intentaría su mirada de chico bueno. Era infalible para hacerla reír. Pero ella le miró raro. No iba a darse por vencido. Pensó en otra cosa, en decirle todas esas cosas que sabía que a ella le gustaban. Respiró hondo y continuó:— ¿Acaso no te gusta que cada noche vuelva contigo? Sabes de sobra que todas esas mujeres no significan nada para mi; tontear con ellas es sólo un juego. Sí, está bien, es posible que esta noche me pasara de la raya... —Con eso consiguió que ella se detuviera justo en el umbral, aunque no estaba muy seguro de estar siendo muy listo al reconocer su error. ¿Sería que lo que ella quería escuchar eran sus disculpas? Antes de que ella cambiara de opinión, saltó de la cama y quiso acariciarle un hombro, pero ella esquivó su mano. Sintió que las venas de su cuello empezaron a latirle con fuerza. No soportaba que ella le rechazara; eso le enfurecía de un modo que casi no podía controlar. Cerró la mano en puño. Ella no le iba a ganar, no iba a permitir que le abandonara. Apretó los dientes y dejó salir lo que él entendía como amor—: ¡S i é n t a t e! No hagas que pierda el control. Si luego te hago algo, será tu culpa, porque me estás buscando y me vas a encontrar. Así es que por tu bien, por nosotros. Tienes la horrible costumbre de fastidiarme el buen humor. Yo que estaba contento porque esa tipa se estaba dejando... La muy... Si no le iba a hacer nada más, por facilona. Pero llegaste tú y me dejaste en ridículo delante de mis amigos. Sabes de sobra que cada noche llego a casa y te suelto mis cuentos para llevar la fiesta en paz. Así es que no entiendo la razón de tanto drama. Y no se te ocurra llorar que me voy a poner de peor humor... Venga, vamos a la cama, vamos a arreglarlo.»

Esa fue la última frase que él le dijo. Ella, sumisa como era, le siguió hasta la cama y acarició su rostro. Lo hizo con la mayor ternura que pudo reunir. Hizo acopio de todo el amor propio que guardaba en cada una de sus células y le besó en la frente y en los labios. Él, complacido, se dejó caer en la almohada. Estaba cansado y todavía estaba un poco borracho, pero podría... Podría... Bostezó. Le estaba costando mantener los ojos abiertos y eso era una contratiempo porque le gustaba lo que estaba viendo. Ella sacó del armario el maletín de sus juguetes y le estaba mostrando el disfraz que se iba a poner para él. Volvió a bostezar. Se alegró porque fue capaz de contenerse. Si hubiese llegado a golpearla, ella se habría enfurruñado; en cambio, se había puesto juguetona y eso... Bostezó... Eso era...
Al día siguiente amaneció con las esposas puestas, atado a la cama de pies y manos, con la boca amordazada y una palabra escrita con carmín sobre su pecho. "Adiós". 
Tuvo que esperar algún tiempo hasta que uno de sus amigotes le echó en falta.
Ella se había ido y nunca más la volvería a ver.

martes, 18 de octubre de 2016

139. Canción de cuna

Ella solía dormirse con la esperanza de despertar en el mundo al que pertenecía. 

Lo recordaba vagamente, como si se tratara de un sueño de antaño. 
Había una imagen que se repetía constantemente en su imaginación: un desierto, el cielo azul, el sol pegando fuerte y ella viajando en un jeep. 
Veía su cabello rubio volando con el viento que rozaba su piel, un vestido de flores, el tatuaje de su tobillo. Percibía la velocidad, el ruido del motor, la arena levantándose al paso del vehículo. 
Siempre que veía esa imagen le quedaba la sensación de que al lado había alguien más, pero era incapaz de ver el rostro de su acompañante. 
Entonces el recuerdo se hacía borroso. 

Despertaba sobresaltada pero se quedaba quieta. 
Había aprendido a dormir dentro del armario y ya no se golpeaba la cabeza cada vez que un sueño la impulsaba a sentarse. 
Al menos allí dentro no estaba sola, pero ella prefería no mirar el aspecto que tenía su eterno acompañante. 
Se giraba hacia el otro lado, se movía hasta encontrar postura dentro del mueble que hacía de sarcófago y volvía a dormirse con la esperanza de despertar en el mundo al que ella no quería dejar de pertenecer.

lunes, 17 de octubre de 2016

138. Susto

Esa noche llegó agotada a casa. 
Sólo tenía ganas de calentarse algo en el microondas, cualquier cosa. Después poner una peli, tirarse en el sofá y dejarse engreír por su gato. 
Pero su bigotudo amigo no fue a recibirla, tal y como era su costumbre.
Lo buscó por toda la casa: abrió todos los cajones, sacó todo lo que tenía en el armario, deshizo la cama, revisó debajo del colchón, movió el sofá, comprobó que todas las ventanas estaban cerradas, miró dentro de la lavadora... Hizo todo cuanto se le ocurrió, pero el minino seguía sin aparecer. 
Aún más agotada y angustiada se sentó en el suelo. 
Empezó a pensar en un plan: primero iría donde los vecinos, luego imprimiría alguna foto y la pondría en el portal, en los comercios cercanos. 
Pero un ronroneo en su pecho la hizo estremecerse. 
Entonces recordó que tenía que terminar un informe que tenía pendiente de su trabajo e intentó incorporarse, pero el peso que tenía sobre ella se lo impidió. 
Las cosquillas en su nariz la llevaron a sacudir la cara, a abrir los ojos, a darse cuenta de que estaba en su cama, que era sábado y que su gato dormía encima suyo.

domingo, 16 de octubre de 2016

137. Muñeco

Vivía en un encierro absurdo, o eso fue lo que escuchó decir a quienes lo metieron en la habitación de madera y papel pintado. 

Una mañana decidió esconderse de sus captores y se metió en el armario de la casa de muñecas. 
Le dejaron allí mientras decidían lo que harían con él. 

Nadie le escuchó gritar que ella lo estaba esperando, que debía ir a su encuentro. 
Les dio igual lo que pudiera pensar o sentir. Mejor dicho, nadie se tomó la molestia de preguntarle nada. 

Tampoco se dieron cuenta de que había desaparecido. 
Las únicas que 'jugaban' con él eran las niñas de la casa pero ellas tampoco iban a verlo muy a menudo. 

Empezó a salir por las noches. Era cuando podía moverse. 
Estiraba las piernas y veía si le habían dejado algo de comer. Pero al final se le olvidaba el hambre. 
Así es que el tiempo que pasaba fuera se dedicaba a pasear. Trataba de entender la razón por la que sus captores dijeron que vivía en un encierro absurdo. Además, parecía que ellos le conocían lo suficiente como para saber lo mucho que le gustaba dar paseos. Él mismo solía decir que le ayudaban a pensar.

El último mes no hizo más que hablar de sus planes con todo el mundo. Los planes de ambos. No veía el momento de retomarlos a su lado.

Según sus cálculos, se suponía que a esas alturas tenían que estar camino al puerto en el que tomarían el crucero. 
No le importaba que hubiesen perdido ese viaje porque siempre podrían hacer otro. 
Lo que le preocupaba era que ella pensara en que la había dejado plantada en el altar. 
Se aferró a la esperanza de poder explicarle lo que le ocurrió... 

Mejor dicho, se aferraba a la esperanza de volver a sus dimensiones. Comprender lo que le sucedió era secundario.

Suponía que eso tenía que ver con el muñeco de la tarta, aquel que encargó a una artista que se dedicaba a hacerlos siguiendo las facciones reales de los novios. 

Eran una sorpresa para su novia. Por eso pidió que se los enviaran a su oficina. 

Lo que no pudo fue resistirse a la tentación de abrir el paquete cuando lo llevó a la pastelería. 
Cuando lo vio, cuando se vio a si mismo en aquella inquietante estatuilla, sintió que no volvería a ser el mismo.

sábado, 15 de octubre de 2016

136. Microscópicos

La razón por la que nadie podía meterse dentro de la caja de cerillas era porque se encontraba en lo alto del armario. Alguien, algún gracioso, la subió allí. 
La ciudadanía microscópica de la alfombrilla de pies -esas que se colocan al lado de la cama- estaba desesperada por encontrar su búnker. Lo usaban cada vez que el monstruoso y gigantesco succionador -una aspiradora corriente- pasaba encima de sus viviendas. En cuanto se escuchaba el rugido de su puesta en marcha se activaban los sistemas de evacuación. La mayoría conducían a la caja de cerillas que descubrieron debajo de una tabla del suelo, la que tenía el agujero al que denominaron 'el abismo'. 
En su día, la heroica expedición que se aventuró en sus profundidades, volvió con la noticia de la existencia de la caja y la ausencia de peligros mayores. En aquel entonces sólo tenían dos rutas más de escape: el cable de la lamparilla de la mesita de noche y la base de las cortinas. Pero ninguna de esas rutas era tan segura como el abismo.
Quienes integraron el primer equipo de la expedición volvieron a presentarse como voluntarios para encontrar una opción a la caja, a la que prefirieron dar por perdida. 
Iban a encontrar algo que les sirviera de coraza para meterla dentro del agujero. Esto despertó la ilusión en la mayoría. Pero aquella era una esperanza ensombrecida por una pregunta que flotaba cual fantasma entre la comunidad microscópica: ¿quién fue el gracioso traidor que subió la caja de cerillas a semejante altura?...

viernes, 14 de octubre de 2016

135. En la oscuridad

Sería la única vez que saldría. 
El armario en el que vivía le estaba quedando pequeño y debía encontrar otra residencia. El problema era que el exterior podía ser mortal para su ser. Así es que se las ingenió con lo que encontró dentro del mueble para hacerse una indumentaria que le cubriera por completo.
Imaginaba lo que encontraría fuera por lo que llevaba escuchando durante tantos milenios. Además, se hizo un incompleto mapa mental de la habitación en la que estaba gracias a lo poco que logró ver por las rendijas. Como se ocultaba cada vez que abrían las puertas, no tenía una referencia concreta del lugar al completo. Además, su mapa era un producto de su imaginación, el resultado de la unión de las visiones que le llegaban por entre las ranuras.
La noche en la que decidió que ya tenía suficiente, en la que se armó de valor enfundándose en todo lo que pudo para salir, no había nadie en la habitación, ni en la vivienda; o eso era lo que se suponía. De todos modos le preocupaba más el hecho de que tuviera que encontrar sin demora otro lugar para alojarse y, por lo poco que sabía, eso iba a ser lo más complicado porque ese era el mueble más grande de toda la casa. 
Una vez que estuvo fuera descubrió que en aquella habitación había alguien más y le estaba mirando de frente. Su reacción fue descomunal. Si algo sabía era que la gente tenía miedo a ser atacada por entes desconocidos así es que eso fue lo que hizo. Se movió como nunca -literalmente- lo había hecho y con rapidez y furia fue al encuentro de quien tenía delante...
...Desde entonces vive en el mundo que está al otro lado del espejo. 
Algunas veces, siempre en la oscuridad de la noche, se asoma a fisgar lo que hay de nuevo en la habitación. 
Puede ser que alguna vez te encuentres con su ser cara a cara; en ese caso le verás ataviado con alguna prenda que crees que perdiste y por lo mismo pensarás que fue un sueño.

jueves, 13 de octubre de 2016

134. Refugio

La hechicera miró a su nueva clienta de arriba a abajo. 
Caminó alrededor suyo escudriñando su largo cabello negro, su espalda, sus brazos, su rostro, sus rodillas, sus tobillos y las palmas de sus manos. 
Mientras observaba una mano, pasaba una larga y encorvada uña por una línea de la otra, como si pudiera verla. 
Al cabo de un rato, le clavó la mirada a los ojos y sin dejar de sostener sus manos, le dijo:
—Tú y el amor. Eres una persona práctica y no te interesa complicarte la vida con historias sin futuro. Así es que te daré algo que encontrarás siempre que lo necesites. Vuelve a casa, ve a tu habitación y abre tu armario. Allí encontrarás aquello que tu corazón desea con pureza.

La mujer hizo exactamente lo que le había dicho la hechicera, sólo que se tomó su tiempo para abrir las puertas del mueble. 
Tenía mucha curiosidad pero también temor de lo que habría dentro. Por eso cerró los ojos y sin pensarlo más, tiró de los pomos. 

Una brisa marina le llenó los pulmones y el brillo del sol hizo que apretara los párpados. 
No tardó en acostumbrarse y en querer ver. 
Lo que tenía delante era una playa de ensueño a la que podría volver cada vez que quisiera, cada vez que necesitara estar a solas en el calor del verano.

miércoles, 12 de octubre de 2016

133. Ecos

La niña miraba su armario con ojitos llorosos. 
Tuvo que sentarse en la que había sido su cama para poder aguantar la fuerza con la que todos sus recuerdos de infancia salieron de esa vacuidad. 
Algunos le devolvieron momentos felices, otros sólo eran sombras carentes de significados; pero unos cuantos la llevaron a volver a sentir la misma angustia de cuando no sabía defenderse. 

Los ataques, las burlas, los insultos con los que esas pobres personitas la agredían, no consiguieron hacerle daño. Todos esos silencios, todas esas lágrimas que escondió para no preocupar a nadie fueron el primer síntoma de su valentía. 

Suspiró y se sentó al lado de sí misma. Se vio tan pequeña y tan sola... Se dio un abrazo y se transmitió toda la fuerza que había aprendido durante tantos años. Se sonrió. La angustia había desaparecido. 

Abrió su maleta y empezó a colocar su ropa. Estaba en ello cuando descubrió una pequeña cajita plateada que estaba en un rincón de uno de los cajones. 

Dentro había un mensaje: 
"Fui fuerte por ti, por quien seré de mayor. Es el mejor regalo que puedo dejarme, dejarte. Espero que lo valores". 

Olvidó que se había escrito esa nota y fue toda una sorpresa encontrarla. Reconoció su letra y recordó el momento en el que la escribió

—¿Tardarás mucho más? Te estamos esperando

Que ahora fuese una profesional influyente no la libraba de la autoridad de su madre, mucho menos estando de visita. Y la estaba llamando a cenar...

martes, 11 de octubre de 2016

132. Angelical o chulería

Aquel no era un mueble cualquiera. 

Se trataba de un armario gamberro, pero uno de esos que las matan todas callando. 

Por fuera podía pasar por un mueble discreto, tranquilo. 

Engañaba mucho: por dentro era todo un volcán a punto de entrar en ebullición. 

¡Imaginarás las prendas que guardaba! 
Ninguna era apta para menores de edad, ni para adultos. 
Es decir, podía hacer que cualquiera perdiera la paciencia. 

Pero el mueble tenía un cajón oculto que sólo conocía su dueño o su dueña, eso no lo sé. 

Dentro había un papel doblado en el que ponía una palabra. 

¿Qué palabra crees que era? ¿"tozudez", "guerrero", "armonía", "arañazo", "incertidumbre", "dolor", "esperanza", "sorpresa"?

Tienes esas opciones para escoger. 

Sólo una de ellas hará que el armario se transforme en lo que tú quieras que sea, o no. 

Puede volverse gentil o canalla o los dos a la vez.    

Pst... Y quien dice un armario, también dice un gato carita de garabato.

lunes, 10 de octubre de 2016

131. Un limón, medio limón...

Él era su medio limón.

Juntos podían hacer limonada, viajar a la luna, volverla de queso o merengada, ir de paseo, soñar despiertos, atravesar sendas de miedo y hacer todo eso siempre con ácido humor.

También podían amargarse la vida con pleitos superfluos, llenos de orgullos, sinrazones y críticas ácidas. 

Pero '¡ay!', si aquellas discusiones se les iban de las manos y se volvían agrias... 

Ella, enfurruñada, se metía en la nevera; él, lloroso, se escondía en un armario. 

Así pasaban las horas cítricas hasta que uno, u otro, o ambos, se buscaban como quien no quiere la cosa. 

Casi siempre era él quien daba el primer paso.

Y es que ella era su limón y medio.

domingo, 9 de octubre de 2016

130. El barco volador

No había razón para desesperarse, pero el vagabundo buscador de sueños se sintió descorazonado. 

Se sentó en el suelo del callejón en el que solía refugiarse, frente a la maleta-armario que normalmente llevaba arrastrando. 
La tenía atada a un par de patinetes. Arregló las ataduras de tal manera que el mueble nunca perdía el equilibrio. 
Pero los patinetes no estaban y los cajones del mueble estaban abiertos y vacíos. 

«No hay razón para desesperarse», se decía una y otra vez, al compás del vaivén de su torso. 
Aquel era un movimiento inconsciente que hacía cada vez que necesitaba tranquilizarse. 

«No hay razón para desesperarse», dijo una última vez antes de echarse a llorar. 
Estaba desconsolado. 

Alguien le acababa de robar todos los sueños que recolectó con ilusión durante años, siglos de perseverancia en su búsqueda. 
Lloró tanto que se quedó dormido, arropado únicamente por sus harapos. 

El sueño que tuvo fue revelador. 

El armario se convirtió en un barco a vela volador. 
Él estaba sentado dentro de un cajón contando sueños inalcanzables. 
Una voz le susurró al oído diciéndole que todos esos sueños se estaban haciendo realidad. 
Entonces, se dio cuenta de que el barco estaba sobrevolando una casa en la montaña desde la que se veía el mar. 
Despertó.

El hombre tenía la cabeza apoyada en la ventanilla del avión. 
Se quedó dormido con la mochila sobre su regazo y con la mano metida en él. 
Estaba agarrando la caja de puros en la que guardaba sus proyectos. 
Respiró aliviado. 
Estaba orgulloso de sí mismo porque había logrado desarrollar un par de ellos y seguiría con los demás. Sólo era cuestión de volver a empezar.

sábado, 8 de octubre de 2016

129. Nostalgias de una rana

La pequeña rana, cada vez que se despertaba, lo hacía en un tejado distinto. 
El armario en el que vivía se transformaba mimetizándose con la azotea que le tocara ocupar. 
Se volvía estrecho, pequeño, de cartón, de cristal o de lo que hiciera falta para pasar desapercibido. 
Lo crucial era que el mueble, aunque se adaptaba al entorno en apariencia, nunca cambiaba el estanque que tenía por dentro. Así es que la ranita siempre podía dormir en su nenúfar favorito. 
El único inconveniente que tenía su estanque, aunque no le faltaban insectos ni vegetación, era que ella era su única habitante. 
Por eso, cada vez que se abrían las puertas de su armario, ella salía entusiasmada a ver a otros seres. Algunas veces, en los tejados, se encontraba con ratones, gatos, aves y humanos, pero, por alguna razón, ninguno se percataba de su presencia. 
Esto le daba un poco igual porque le agradaba sentirse acompañada por sus soledades. 
Lo mismo le sucedía con quienes veía de lejos, desde la altura en la que estuviera.

Esto cambió en una ocasión. 
Una buena mañana, o tarde, o noche, ya no lo recordaba, se asomó al bordillo y se encontró con una mirada que le estremeció el alma. 
El edificio que tenía en frente era más alto, tenía muchas ventanas y en una de ellas estaba una mujer que parecía estar mirándola directamente a los ojos. 
¿La habría visto? ¿Sería que había dejado de ser invisible? 
Estaba acostumbrada a sentir a los demás, a dejar que su soledad se acompañara por esas lejanas existencias. Pero, lo que estaba sintiendo en ese momento fue una emoción distinta. 
Era la primera vez que se sintió reconocida en la mirada de alguien, de unos ojos que fueran como un espejo que le devolviera otra dimensión de su ser, algo muy distinto al modo en que solía ver su reflejo en el estanque. 
Desde aquella mañana, o tarde, o noche, cada vez que se abren las puertas de su armario, ella va saltando hasta la cornisa con la esperanza de volver a ver a su señora de la ventana y casi siempre tiene suerte. 
Luego de eso suele contemplar los bosques de tejados de las ciudades en las que aparece, llenándose de las nostalgias y de las soledades de sus habitantes. 

Por cierto, una rana de tinta suele estar en todas las fotos que la mujer hace desde las ventanas de los hoteles en los que se aloja, pero hay que fijarse un poco para ver sus ojitos deseosos de que alguien más aprecie su existencia.

viernes, 7 de octubre de 2016

128. Sequía

La lluvia de palabras cesó y la laguna creativa no tardó en secarse. 

Nadie pareció darse cuenta, pero no le dio importancia y se metió de vuelta en su armario. 

Alguien liberó al barquero del barro en el que encalló su barca, pero no tardó en volverse a hundir. 

Una puerta se abrió en el horizonte y el cosmos asomó desordenado. 

Cualquiera podría comprender las señales que provenían de las mascotas, pero no su idioma que era emocional y ronco. 

El susurro del cosmos gritó desde su oscuridad y finalmente, de la nada, brotó tinta del agrietado desierto.   

jueves, 6 de octubre de 2016

127. Sin oscuridad...

El caudaloso río de La Incertidumbre divide el Valle Oscuro en dos partes desiguales siendo el lado más profundo la orilla que baña las faldas de la montaña de Lo Imposible.

El otro lado, aunque es menos profundo, es mucho más peligroso puesto que las corrientes forman remolinos; las aguas que allí se encuentran parecieran disputarse el privilegio de acariciar la orilla de las faldas de la montaña del Amor Hermoso. Por ese lado, esa montaña parece inaccesible pues su terreno es árido y escarpado, además de ser una pared vertical. Por el otro lado, esta montaña es totalmente distinta empezando por el buen tiempo. Es aquí, en esta parte, donde está el Castillo de los Sueños y el bosque de las hadas.

Casi nadie sabe que la montaña de Lo Imposible crece cada cierto tiempo; lo hace por su afán de ensombrecer a los habitantes del otro lado de la montaña del Amor Hermoso; pero ella, que todo lo puede, crece un poco más cada vez que esto sucede.

Es por este hecho que cada cierto tiempo las hadas y sus acompañantes, tienen que hacer expediciones al lado de la penumbra, para reparar los desperfectos que el crecimiento pudiera ocasionar en el sendero secreto, que las lleva desde un armario del castillo hasta la orilla de los remolinos.

El acceso a ese lado de la montaña del Amor Hermoso es importante para ellas porque en las rocas cercanas al río crece un tipo de hongo tan suculento que no sólo proporciona sabor y energía a la sopa de los inviernos, sino que también es el ingrediente principal de la poción de las visiones en el tiempo.

Es gracias a esta poción que pueden prepararse para recibir a un viajero o saltadora temporal que, sabiendo sin saber, cruzan el Valle Oscuro y llegan a esa ladera. 

Y es en esas contadas expediciones cuando los habitantes del castillo y los del reino del bosque se detienen a apreciar el poder de la Luz. 

miércoles, 5 de octubre de 2016

126. Un cuento azul

La verdad era... que no existía una verdad absoluta. 
El tiempo decidió construir su hogar bajo la tierra. 
La naturaleza leía un libro de ciencias en la biblioteca. 
Un gigante dormitaba bajo los pies de un ratoncillo. 
La madre de todos se convirtió en un árbol cuyas raíces llegaban a otro continente. 
La tierra bostezó por el aburrimiento que le causaban los inventos. 
Un cangrejo sostenía en sus tenazas las manecillas del armario del imaginario. 
El borde del abismo tenía vértigo del cosmos. 
El gato ronroneaba sobre las rodillas del cansancio. 
La esperanza demostraba de manera empírica su victoria sobre lo imposible.
Y, en el amanecer que nos espera, estarás tú, tu sonrisa y tu vida que empieza. 
Esa es la única verdad que nos importa.

martes, 4 de octubre de 2016

125. La sombra

La sombra caminaba detrás de su persona. 
A ratos se acercaba, a ratos se alejaba y alargaba... 
Iba pensativa. 
Le preocupaba que a su persona le hubiese dado por tomar todo tipo de menjunjes, por hacer toda clase de dietas y por envolverse en todas esas fajas que escondía en su armario... 
Ella, que sólo era la sombra, temblaba cuando su persona tomaba aquel té de hongos. Imaginaba que debía saber a rayos y centellas. Y estaba preocupada porque aquella obsesión por encajar en lo que fuera que no encajara podía ser perjudicial para su persona y ella, como sombra, podría desaparecer. 
De un momento a otro se detuvo y dejó que su persona se alejara sin ella. 

Sin saber la razón, la persona empezó a caminar lentamente, como si estuviera arrastrando el cansancio de toda una vida. 
Miró hacia atrás y vio a su sombra que se alargaba tanto que perdía su forma humanoide y casi no se distinguía de la sombra de la farola que tenía al lado. 
Por un momento, la persona pensó en ser su propia sombra... 
«Si lo fuera, no tendría que preocuparme por nada. No tendría que hacer sacrificios para sentirme bien conmigo. 
Pero, ¿acaso eso no es ser la sombra de lo que quieren los otros y no ser lo que quiero yo?» , pensó.

En ese momento su sombra se acercó hacia ella. 
Conforme avanzaba iba pareciéndose más a ella, tanto que reconoció su silueta. 
Y su sombra le susurró algo al oído.

A los 'otros', a los 'demás', no les importaba quien era ella como ser humano. 

Sólo les interesaba su apariencia, si es que reparaban en ella, porque a la mayoría sólo le preocupaba hacer sombra a los demás. 

Eso era algo que no iba con ella. 

Lo que de verdad la hacía sentirse bien consigo era aprender a ser persona y la única sombra que necesitaba era la suya propia. 

lunes, 3 de octubre de 2016

124. En el asteroide

La guerrera espacial tenía una armadura negra en la que se reflejaban una multitud de colores. 
Llevaba bajo un brazo su casco y en el otro sostenía una ballesta humeante. Estaba de pie sobre una superficie rocosa y su gesto era triunfante. Su peinado era singular: llevaba la mitad del cabello muy corto y la otra mitad largo y con mechones amarillos que flotaban dándole una apariencia estelar. 

La niña estaba mirando el póster que tenía pegado en su armario. Solía pensar que de mayor sería como aquella guerrera espacial. Siempre que la miraba, trataba de imaginar lo que habría estado haciendo antes de llegar a aquel lugar. 

«—¡Como vuelva a tu habitación y no hayas acabado de recoger tu ropa, tendremos una conversación muy seria señorita!»

El grito de su madre desde el otro lado de la puerta la sacó de su ensoñación justo en el momento en el que se le iba a ocurrir el planeta del que provenía la guerrera. Algo enfurruñada contestó un: '¡Ya voy!'. Y, con el dolor de su imaginación, volvió a sus obligaciones...

domingo, 2 de octubre de 2016

123. Uno de vaqueros

«La Sociedad de Botones había organizado una competencia dentro del armario. Las prendas fueron cayendo de sus perchas conforme iban siendo llamadas a presentarse a concurso por categorías siempre y cuando cumplieran con el requisito de tener ojales. 
La categoría que todos estaban esperando era la de los pantalones vaqueros de un ojal. Aquellos botones metalizados despertaban una fanática locura en toda la afición. Pero uno de los pantalones vaqueros que se presentó en esa categoría tenía un botón normal; perdió el original durante el centrifugado de la lavadora y le pusieron ese. Entonces se inició una discusión sobre los estatutos entre los miembros de la Sociedad. 
—¿Sabéis que os digo? —Se impuso el valiente botón que no por simple era simplón. El silencio se impuso entre los presentes y él continuó—: Ahí os podéis quedar con vuestro concurso que yo me voy de paseo. 
La puerta del armario se abrió y una mano sacó a aquel pantalón vaquero de entre toda la ropa. 
La puerta volvió a cerrarse y allí se quedaron todas las prendas -boquiabiertas- en la montaña que acababan de formar.»

—Todo eso que me cuentas está muy bien, pero ahora haz el favor de recoger tu armario. Y evita darle cuerda a tu imaginación, o nunca acabarás de colocar tu ropa.

La madre salió de la habitación y al cerrar la puerta, tuvo que apoyar su espalda en ella para ahogar una risa. 
No quería que su hija pensara que podría librarse de poner orden a su caos.

sábado, 1 de octubre de 2016

122. Aleja la tristeza

«Hoy vamos a jugar. 
Hagas lo que hagas, vamos a jugar. 
Abre tu armario, saca una prenda cualquiera y póntela del revés. 
Sal a la calle y pega un salto cuando menos se lo esperen tus acompañantes. 
Coge un boli, garabatea sobre una hoja, fírmala, pégala con imanes en la nevera, y espera a ver la cara que pone quien la vea primero. 
Si estás haciendo algo que haces por rutina, imagina que es la primera vez que lo haces y que estás aprendiendo, así es que hazlo despacio y disfruta de cada uno de tus movimientos.»  

La hadita pequeña, que estaba leyendo una especie de manual de autoayuda, salió del armario con una de sus faldas y se la puso en la cabeza. 
Buscó un espejo para mirarse de cuerpo entero y, luego de reírse un poco de sí misma, ensayó un gesto serio y salió a dar una vuelta por el castillo. 
Estuvo a punto de soltar una carcajada por las risas de quienes la veían pasar, pero aguantó hasta que llegó donde sus hermanas y seriamente les planteó una propuesta:
—¡Hoy vamos a jugar!