lunes, 31 de octubre de 2016
152. Premonición
domingo, 30 de octubre de 2016
151. Tonalidades lúgubres
sábado, 29 de octubre de 2016
150. Pétalos de plástico
viernes, 28 de octubre de 2016
149. Croac-croac
jueves, 27 de octubre de 2016
148. Juego
El auditorio Interdimensional estaba a reventar.
El público, proveniente de los diez confines celestiales, estaba ansioso por ver la final del primer concurso pueril sobre conocimientos terráqueos.
El premio para el ganador –o ganadora– sería el permiso para hacer una trastada al planeta inferior.
Quedaban dos
finalistas: el señor de las aguas y la reina de la oscuridad.
―Antes de proceder con la última prueba, ―siguió el maestro de ceremonias
con su cabeza femenina― tenéis que apostar el uno por el otro. ¿Qué porcentaje
del premio final ganaréis si el otro acierta la mitad o más de las opciones en el
menor tiempo posible que es cero?
―¡Una ración de diluvio universal al cincuenta por ciento! ―dijo el señor
de las aguas.
Los vítores retumbaron en todo el auditorio.
La maestra de ceremonias, con
su cabeza masculina, miró fijamente al público hasta que todos quedaron en
silencio. Entonces, con una señal, cedió el turno a la reina de la oscuridad:
―Por mi parte me apuesto la nada, que es el inicio de todo.
El público estalló en alaridos.
―¡Entonces, que comience la prueba! ―gritaron a la vez la cabeza masculina
y la femenina elevando la voz por encima de los gritos y aplausos del
enloquecido y respetable público.
Decían que estaba loca como una __________. Cada día llegaba de la
__________, dejaba su _________ debajo de la _________ y procedía a hacerse un
__________. Del ___________ de la ___________ sacaba un bote de ______________
y lo vaciaba entero dentro del ____________, sobre lo que fuera que llevase:
_____________ del bueno, ___________ verdes sin freír, _____________ en
lonchas, _____________ a la pimienta o crema de ______________. Le daba igual
lo que fuera, por algo decían que le faltaba un ______________.
Y si te quedas con la duda de lo que va en cada línea, prueba a poner estas
palabras:
salchichón - mesa - pan - cocina - tornillo - queso - cabra - armario - tomates
- escuela - chocolate - chimichurri - paté - bocadillo - mochila.
La prueba acaba en tres, dos… uuuuu»
miércoles, 26 de octubre de 2016
147. Sin pistas
martes, 25 de octubre de 2016
146. El pergamino
lunes, 24 de octubre de 2016
145. Sherete y Mosha
domingo, 23 de octubre de 2016
144. Cambios
sábado, 22 de octubre de 2016
143. La sonrisa
viernes, 21 de octubre de 2016
142. De amores
jueves, 20 de octubre de 2016
141. La caja
Se sentó contra las puertas del armario, rendida, agotada de buscar su cámara de fotos.
Estaba segura de que la metió dentro de una de sus cajas de los olvidos.
Esa era su estrategia de orden: todo lo que no usaba lo metía en cajas.
La última vez que usó la cámara fue... No podía precisarlo pero le parecía
una eternidad. Ni siquiera recordaba si la había guardado vacía o con un
carrete a medio usar. “Un carrete”; sí, era ese
tipo de cámara. La última vez que la usó fue… ¡Eso era! ¡Poco antes de que
falleciera su abuelo! Puede que durante aquella última reunión familiar en la
que estuvieron todos. Había pasado más de veinte años desde entonces. Sintió
entusiasmo: si el aparato todavía guardaba un carrete, las fotos podrían formar
parte de ese recuerdo.
Su gato se acercó hasta ella, se restregó contra su brazo y la devolvió a su tarea. El pequeño peludo rascó las puertas del armario. Como era su costumbre, quería meterse a echar una de sus tantas siestas del día. Ella se hizo a un lado y le abrió las puertas. El gato afiló las uñas en el borde de una caja forrada con tela, se subió encima, dio un par de vueltas y se enroscó recostándose en la tapa. Esa caja contenía algunas cosas de invierno que incluían unos guantes de lana que pertenecieron a su abuelo. Entonces lo tuvo claro.
Subió al desván. Sacó una caja que llevaba sin abrir desde su última
mudanza. Allí estaba la cámara y tenía un carrete dentro. Su descuido podía haber
echado a perder las fotos, eso la inquietaba; pero, ¿y si se había conservado?
Esa idea la llenó de ilusión.
Llamó a uno de sus mejores amigos que, además de ser fotógrafo profesional, era un apasionado de los procesos fotográficos artesanales, un artista.
―No saques el carrete de donde está, lo haré yo ―apremió él antes de
colgar.
No lo había hecho. Vio el contador del carrete desde fuera: marcaba treinta y dos; quedaban cuatro fotos. Desde el primer minuto tuvo claro que no iba a cometer otra torpeza. Antes de hacer esa llamada, reemplazó la toalla, con la que en su día envolvió y guardó la cámara, con otra limpia. Metió el atado en su bolso con lo demás y una vez que tuvo todo listo, llamó. Sospechaba que su amigo le diría que fuera a verlo sin perder tiempo. Así fue y así lo hizo.
Fuera, llovía. El trayecto en coche fue tranquilo. Una hora escuchando música y recordando esa última reunión. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si no fue esa la última vez que usó la cámara? Después de tanto tiempo, no estaba segura.
Su amigo la recibió con algo de prisa. Desde que hablaron, no dejaron de llegar clientes a su tienda. Todos querían información sobre sus servicios para eventos: tres matrimonios, dos comuniones, un aniversario de bodas de plata, uno deportivo, y nada menos que cuatro culturales y todo eso hasta que ella llegó. Después la gente siguió entrando, algunos de vuelta pues se habían decidido y querían contratarle. Ella tuvo que dejar su preciado tesoro y regresar a casa algo decepcionada. Había imaginado que él podría… Pero también era verdad que aunque él hubiera cerrado la tienda para dedicarse exclusivamente a su encargo, ella le habría estorbado. Tampoco había caído en la cuenta de que su amigo sólo procesaba fotos digitales en la tienda; su estudio lo tenía en casa.
En el trayecto de vuelta se consoló pensando que, después de tantos años, ¿qué importaba unos días más?
Y los días se convirtieron en semanas.
Y las semanas en silencio.
Hasta que una madrugada, sobre las tres, la despertó una llamada.
Su amigo,
el fotógrafo, quería hablar, le urgía contarle algo importante, pero era
incapaz de articular dos palabras que tuvieran sentido. Hasta que por fin le
salió:
―Tienes que venir a ver las fotos.
―Bueno, iré mañana atontado, que son las tres. ―Le respondió algo gruñona
por eso de haber sido arrebatada del sueño.
―No, tienes que venir ¡ahora! ―y colgó.
Se vistió a regañadientes. Pensó que su amigo estaría pasando por alguna
mala racha, alguna de amores. No sería la primera vez que, por ese mismo tema,
exigía su compañía a deshoras. Lo de las fotos sería un pretexto. Se armó de
paciencia, de una botella de ginebra y del último paquete de croquetas congeladas
que devoraría nada más llegar, le estaban rugiendo las tripas. El gato la riñó
a maullidos: por despertarlo, porque quería algún premio, porque quería agua,
porque quería mimos, porque quería más pienso, porque quería que se quedara
acurrucada con él en la cama. Por ese “a saber por qué la reñía” hizo todo lo
que podría querer el gato y, aun así, el peludo le maulló tristón a la puerta
cerrada.
Algo menos de una hora después –porque no había tráfico– llegó a casa del
fotógrafo. Él la estaba esperando en el portal. Tiritaba como un condenado por
su propia necedad. Otra vez fue incapaz de articular palabra, en parte porque
le chirriaban los dientes y en parte porque parecía pálido, no por frío, por
miedo. El hombre entrelazó su mano helada a la suya y así, sin separarse de
ella, la condujo las cinco plantas escaleras arriba, dentro del piso, directo a
la mesa de trabajo. En ella había dos montones de fotos: la pila más grande
hacia arriba, las otras estaban volteadas boca abajo. Él señaló ambas y
retrocedió hasta caer sentado en el sofá. Ella tomó el primer montón y fue
pasando las fotos una a una.
―Sí, son las fotos de la última reunión de mi familia con mi abuelo ―dijo
aliviada. Y algo más seria, agregó: ― Pero no entiendo, ¿cuál es el problema?
Su amigo no respondió. Se había pasado la manta por encima y permanecía balanceándose,
mirando algún punto de la nada.
Ella le dio la vuelta a ese primer montón. Su amigo las había numerado y la última era la treinta y dos.
En ese momento, su corazón se aceleró.
Tragó saliva. Tomó el montón más pequeño, el que estaba boca abajo. La última estaba numerada como “cuatro”.
Cerró los ojos y les dio la vuelta sobre la mesa. Respiró y... Cuando miró, tuvo que retroceder.
Las cuatro fotos eran una secuencia
de un mismo momento. En primer plano ella sentada en el suelo apoyada contra el
armario, su gato restregándose en su brazo derecho y, de ese lado, también
sentado en el suelo, la imagen espectral de su abuelo sonriendo con dulzura a
la cámara.
miércoles, 19 de octubre de 2016
140. Monólogo
Esa fue la última frase que él le dijo. Ella, sumisa como era, le siguió hasta la cama y acarició su rostro. Lo hizo con la mayor ternura que pudo reunir. Hizo acopio de todo el amor propio que guardaba en cada una de sus células y le besó en la frente y en los labios. Él, complacido, se dejó caer en la almohada. Estaba cansado y todavía estaba un poco borracho, pero podría... Podría... Bostezó. Le estaba costando mantener los ojos abiertos y eso era una contratiempo porque le gustaba lo que estaba viendo. Ella sacó del armario el maletín de sus juguetes y le estaba mostrando el disfraz que se iba a poner para él. Volvió a bostezar. Se alegró porque fue capaz de contenerse. Si hubiese llegado a golpearla, ella se habría enfurruñado; en cambio, se había puesto juguetona y eso... Bostezó... Eso era...
Al día siguiente amaneció con las esposas puestas, atado a la cama de pies y manos, con la boca amordazada y una palabra escrita con carmín sobre su pecho. "Adiós".
Ella se había ido y nunca más la volvería a ver.
martes, 18 de octubre de 2016
139. Canción de cuna
lunes, 17 de octubre de 2016
138. Susto
domingo, 16 de octubre de 2016
137. Muñeco
Suponía que eso tenía que ver con el muñeco de la tarta, aquel que encargó a una artista que se dedicaba a hacerlos siguiendo las facciones reales de los novios.
sábado, 15 de octubre de 2016
136. Microscópicos
viernes, 14 de octubre de 2016
135. En la oscuridad
Imaginaba lo que encontraría fuera por lo que llevaba escuchando durante tantos milenios. Además, se hizo un incompleto mapa mental de la habitación en la que estaba gracias a lo poco que logró ver por las rendijas. Como se ocultaba cada vez que abrían las puertas, no tenía una referencia concreta del lugar al completo. Además, su mapa era un producto de su imaginación, el resultado de la unión de las visiones que le llegaban por entre las ranuras.
La noche en la que decidió que ya tenía suficiente, en la que se armó de valor enfundándose en todo lo que pudo para salir, no había nadie en la habitación, ni en la vivienda; o eso era lo que se suponía. De todos modos le preocupaba más el hecho de que tuviera que encontrar sin demora otro lugar para alojarse y, por lo poco que sabía, eso iba a ser lo más complicado porque ese era el mueble más grande de toda la casa.
jueves, 13 de octubre de 2016
134. Refugio
miércoles, 12 de octubre de 2016
133. Ecos
martes, 11 de octubre de 2016
132. Angelical o chulería
Pst... Y quien dice un armario, también dice un gato carita de garabato.
lunes, 10 de octubre de 2016
131. Un limón, medio limón...
domingo, 9 de octubre de 2016
130. El barco volador
sábado, 8 de octubre de 2016
129. Nostalgias de una rana
viernes, 7 de octubre de 2016
128. Sequía
jueves, 6 de octubre de 2016
127. Sin oscuridad...
El caudaloso río de La Incertidumbre divide el Valle Oscuro en dos partes
desiguales siendo el lado más profundo la orilla que baña las faldas de la
montaña de Lo Imposible.
El otro lado, aunque es menos profundo, es mucho más peligroso puesto que
las corrientes forman remolinos; las aguas que allí se encuentran parecieran
disputarse el privilegio de acariciar la orilla de las faldas de la montaña del
Amor Hermoso. Por ese lado, esa montaña parece inaccesible pues su terreno es
árido y escarpado, además de ser una pared vertical. Por el otro lado, esta
montaña es totalmente distinta empezando por el buen tiempo. Es aquí, en esta
parte, donde está el Castillo de los Sueños y el bosque de las hadas.
Casi nadie sabe que la montaña de Lo Imposible crece cada cierto tiempo; lo hace por su afán de ensombrecer a los habitantes del otro lado de la montaña del Amor Hermoso; pero ella, que todo lo puede, crece un poco más cada vez que esto sucede.
Es por este hecho que cada cierto tiempo las hadas y sus acompañantes, tienen que hacer expediciones al lado de la penumbra, para reparar los desperfectos que el crecimiento pudiera ocasionar en el sendero secreto, que las lleva desde un armario del castillo hasta la orilla de los remolinos.
El acceso a ese lado de la montaña del Amor Hermoso es importante para ellas porque en las rocas cercanas al río crece un tipo de hongo tan suculento que no sólo proporciona sabor y energía a la sopa de los inviernos, sino que también es el ingrediente principal de la poción de las visiones en el tiempo.
Es gracias a esta poción que pueden prepararse para recibir a un viajero o saltadora temporal que, sabiendo sin saber, cruzan el Valle Oscuro y llegan a esa ladera.
Y es en esas contadas expediciones cuando los habitantes del castillo y los del reino del bosque se detienen a apreciar el poder de la Luz.