La presunta víctima era la nueva inquilina de la
pensión para señoritas.
Se trataba de una mujer de piel clara, de cabello liso
y largo, de un castaño rojizo que bajaba en coloración hasta terminar en un
rubio dorado. Sus ojos, rasgados, eran de un negro profundo. Sus pómulos eran
fuertes y sus labios oscuros y carnosos. En general, sus rasgos eran
marcadamente amerindios, como los del resto de sus compañeras de pensión.
Pero,
cuando llegó, ellas sólo se fijaron en su piel y empezaron a llamarle ‘la gringa’.
Según les dijo, había viajado a esa parte de la
selva siguiendo indicios de sus orígenes, de su familia. Por su manera de
hablar supieron que era de la misma región, pero seguía siendo blancucha y no le quitaron el alias.
Ninguna de estas amigas, o compañeras de pensión, pudo referir su nombre.
Fuera
del solapado desprecio de llamarla por un apodo, hicieron buenas migas con ella
y pronto la incluyeron en sus actividades de ocio. Las veces que salieron, todo
había sido muy normal. Es decir, no la vieron hablar con ningún extraño ni
tampoco vieron que alguien, que resultara sospechoso, merodeara por los lugares a
los que iban.
La noche en la que ‘la gringa’ desapareció, todas
salieron en grupo, primero a cenar en una pollería y luego a bailar en una
conocida discoteca. Fue en este lugar en el que la muchacha, a la que
todas las demás llaman Yanasera –al parecer
por su marcada tendencia de hacerse amiga de todo el mundo y conocer a
prácticamente todas las personas de su edad– sitúa los siguientes
hechos:
«Estaba en la barra y un tipo, un moreno, se me
acercó. Le había visto antes en esa misma discoteca, pero de lejos. Quería
preguntarme si era “nosecuantitas”. Dijo
un nombre, pero en ese momento no lo escuché bien. Le contesté que nosotras le
llamábamos ‘la gringa’, pero que le iba a preguntar. Como sabía que ella estaba
buscando a su familia, pensé que igual ese señor, porque era un poco mayor para
nosotras, podía saber algo. Entonces me fui corriendo a hablar con ella. Le
dije: “Creo que ese pispacho te
conoce”, se lo dije así porque me dio vergüenza no saber su nombre y que el
otro me hubiese dicho uno que no había escuchado bien. Ella me contestó con
algo que me pareció muy extraño. Me preguntó si le había visto la sombra. No supe
qué decir, porque allí, en la discoteca, a esa hora, sólo había oscuridad. Como
me quedé callada, ella siguió: “Si alguna vez vuelves a encontrarte con ese
tipo, no vuelvas a hablarle. Huye. Él no tiene sombra.” Entonces,
instintivamente, me giré para intentar ver eso que me estaba diciendo, que aquel
tipo no tenía sombra. No pensé en lo que eso podía significar o en que hubiese
sido imposible por la poca luz del lugar. Miré entre la gente y al dar con el
lugar en el que le había dejado, vi que ya no estaba. Me volví hacia ella,
quería que me explicara lo que acababa de decirme, pero tampoco estaba. Pensé
que había querido tomarme el pelo, que le conocía, que se había ido a bailar
con él. O que no le conocía y que sólo se había ido a bailar. Pero no volví a
verla. Ni yo, ni ninguna de nosotras. La esperamos y buscamos lo más que
pudimos. Estábamos preocupadas y enfadadas con ella. Podía habernos dicho que se iba a dormir, o que se iba a pasar la noche con el que fuera. Volvimos a casa
y nos metimos en su habitación, por si estaba durmiendo. No había nada. La cama
estaba con las sábanas dobladas. El armario estaba con las puertas abiertas,
vacío. Tampoco había nada en los cajones. Fue como si no hubiese estado nunca
allí. Y, déjeme decirle que esa noche estuvimos en su habitación. Lo tenía todo
revuelto porque se estuvo probado todo lo que tenía, para salir. Además, todas
nos maquillamos allí y dejamos todo hecho un desastre. Dijo que no le importaba,
que lo limpiaría después. Lo más extraño es que la dueña de la pensión siempre
nos oye cuando volvemos. Nos cuida mucho. No sale de su habitación porque no
quiere vernos a esas horas, pero está como pendiente. Y como ella misma le
contará, no escuchó que la gringa
volviera a casa.»
Se desconoce si la mujer apodada como ‘la gringa’
fue víctima de algún tipo de secuestro o si su desaparición fue un acto
voluntario. Por otra parte, salvo sus compañeras y la propietaria de la
pensión, en el pueblo nadie la recuerda.
La investigación continuará siguiendo los datos
personales que la desaparecida proporcionó a la dueña de la pensión cuando
alquiló la habitación, pero a dos días de la denuncia, continuamos sin saber si
estos datos son reales.
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