viernes, 26 de mayo de 2017

359. Notas para un reportaje

La presunta víctima era la nueva inquilina de la pensión para señoritas. 

Se trataba de una mujer de piel clara, de cabello liso y largo, de un castaño rojizo que bajaba en coloración hasta terminar en un rubio dorado. Sus ojos, rasgados, eran de un negro profundo. Sus pómulos eran fuertes y sus labios oscuros y carnosos. En general, sus rasgos eran marcadamente amerindios, como los del resto de sus compañeras de pensión. 
Pero, cuando llegó, ellas sólo se fijaron en su piel y  empezaron a llamarle ‘la gringa’.

Según les dijo, había viajado a esa parte de la selva siguiendo indicios de sus orígenes, de su familia. Por su manera de hablar supieron que era de la misma región, pero seguía siendo blancucha y no le quitaron el alias. 
Ninguna de estas amigas, o compañeras de pensión, pudo referir su nombre. 

Fuera del solapado desprecio de llamarla por un apodo, hicieron buenas migas con ella y pronto la incluyeron en sus actividades de ocio. Las veces que salieron, todo había sido muy normal. Es decir, no la vieron hablar con ningún extraño ni tampoco vieron que alguien, que resultara sospechoso, merodeara por los lugares a los que iban.

La noche en la que ‘la gringa’ desapareció, todas salieron en grupo, primero a cenar en una pollería y luego a bailar en una conocida discoteca. Fue en este lugar en el que la muchacha, a la que todas las demás llaman Yanasera –al parecer por su marcada tendencia de hacerse amiga de todo el mundo y conocer a prácticamente todas las personas de su edad– sitúa los siguientes hechos:

«Estaba en la barra y un tipo, un moreno, se me acercó. Le había visto antes en esa misma discoteca, pero de lejos. Quería preguntarme si era “nosecuantitas”. Dijo un nombre, pero en ese momento no lo escuché bien. Le contesté que nosotras le llamábamos ‘la gringa’, pero que le iba a preguntar. Como sabía que ella estaba buscando a su familia, pensé que igual ese señor, porque era un poco mayor para nosotras, podía saber algo. Entonces me fui corriendo a hablar con ella. Le dije: “Creo que ese pispacho te conoce”, se lo dije así porque me dio vergüenza no saber su nombre y que el otro me hubiese dicho uno que no había escuchado bien. Ella me contestó con algo que me pareció muy extraño. Me preguntó si le había visto la sombra. No supe qué decir, porque allí, en la discoteca, a esa hora, sólo había oscuridad. Como me quedé callada, ella siguió: “Si alguna vez vuelves a encontrarte con ese tipo, no vuelvas a hablarle. Huye. Él no tiene sombra.” Entonces, instintivamente, me giré para intentar ver eso que me estaba diciendo, que aquel tipo no tenía sombra. No pensé en lo que eso podía significar o en que hubiese sido imposible por la poca luz del lugar. Miré entre la gente y al dar con el lugar en el que le había dejado, vi que ya no estaba. Me volví hacia ella, quería que me explicara lo que acababa de decirme, pero tampoco estaba. Pensé que había querido tomarme el pelo, que le conocía, que se había ido a bailar con él. O que no le conocía y que sólo se había ido a bailar. Pero no volví a verla. Ni yo, ni ninguna de nosotras. La esperamos y buscamos lo más que pudimos. Estábamos preocupadas y enfadadas con ella. Podía habernos dicho que se iba a dormir, o que se iba a pasar la noche con el que fuera. Volvimos a casa y nos metimos en su habitación, por si estaba durmiendo. No había nada. La cama estaba con las sábanas dobladas. El armario estaba con las puertas abiertas, vacío. Tampoco había nada en los cajones. Fue como si no hubiese estado nunca allí. Y, déjeme decirle que esa noche estuvimos en su habitación. Lo tenía todo revuelto porque se estuvo probado todo lo que tenía, para salir. Además, todas nos maquillamos allí y dejamos todo hecho un desastre. Dijo que no le importaba, que lo limpiaría después. Lo más extraño es que la dueña de la pensión siempre nos oye cuando volvemos. Nos cuida mucho. No sale de su habitación porque no quiere vernos a esas horas, pero está como pendiente. Y como ella misma le contará, no escuchó que la gringa volviera a casa.»

Se desconoce si la mujer apodada como ‘la gringa’ fue víctima de algún tipo de secuestro o si su desaparición fue un acto voluntario. Por otra parte, salvo sus compañeras y la propietaria de la pensión, en el pueblo nadie la recuerda.

La investigación continuará siguiendo los datos personales que la desaparecida proporcionó a la dueña de la pensión cuando alquiló la habitación, pero a dos días de la denuncia, continuamos sin saber si estos datos son reales.

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