miércoles, 24 de mayo de 2017

357. A salvo

—¡Peonzo! – Le gritaron los chiquillos por la calle sin venir a cuento y con ello se desató su tortura. Se alejó de la esquina en la que el grupillo de adolescentes estaba haciendo el vago y se fue fingiendo que no había escuchado nada. 
Pero sí, su alma escuchó aquel insulto y una marea de sensaciones empezó a marearle. Sus hombros se elevaron para que su cabeza se escondiera entre ambos. Dio unos cuantos pasos y tuvo que apoyarse en una pared para aguantar el eco de las burlonas carcajadas de esos mangantes. 
Entonces apareció su propia decepción: era evidente que todavía no era capaz de plantarle cara a cualquiera que se atreviera a meterse con él, con su carga de inseguridades. Esto le afectó tanto que cogió su móvil y tecleó un mismo mensaje que envió a las dos personas con las que tenía que verse: 
‘Ha ocurrido un imprevisto. Te llamaré mañana, sin falta, prometido.’ 

Volvió a casa, se metió en su habitación y se encerró en el armario. 
Las ideas que taladraban sus sienes le siguieron hasta ahí dentro y le recordaron cada una de las circunstancias que atenazaron su niñez. Desamor. Le gritaron que debía dejar de ser un pusilánime. Estaba avergonzado. 

En el pasado, sus compañeros de clase le menospreciaron insultándole de ese modo, llamándole 'peonzo' porque escupía las frases soltándolas a la carrerilla y de manera atropellada. Muchas veces se comía la pronunciación, las pausas y palabras. Pero lo peor era cuando se encontraba en una situación tan incómoda que empezaba a tartamudear. Al menos sus compañeros no se dieron cuenta de eso o le habrían humillado de otro modo. 

Y estaba avergonzado porque después de todo ese tiempo seguía sin poder dominar su lengua, hacer que se moviera siguiendo sus pensamientos, como cuando un bailarín se limita a ejecutar su coreografía sin interferir en la melodía que interpretan los músicos. Era desesperante. Y estaba agotado, tanto que se quedó dormido. 

Su refugio, como siempre, le brindó el abrazo que era incapaz de encontrar en otro ser humano… 

Durmió tan profundamente que cuando despertó, su espíritu se había renovado. Sólo había sido una crisis y la afrontó del único modo que para él daba resultado. 

Ya en la cocina, mientras untaba mantequilla en una tostada, recordó la mirada de uno de esos muchachos. En ella reconoció a un viejo compañero de escuela y pensó en que debía de ser su hijo. Pobre criatura. Se sintió afortunado porque las circunstancias que atenazaron su niñez eran mil veces más deseables que tener a un infame y pobre desgraciado como padre. Según sabía, el individuo en cuestión se dedicaba a tener problemas con la justicia. 

Mordisqueó la tostada y revisó su agenda. Todavía tenía un mes para terminar de montar la exposición. 

Apuntó los nombres de las dos personas a las que había cancelado el día anterior, su agente y la comisaria de la muestra, y fue a su taller. 

Les llamó desde ahí, mientras garabateaba a unos muchachos que estaban haciendo el vago en una esquina. 
Quedó para comer con ambas, tenía algunas nuevas ideas para introducirlas dentro del apartado dedicado a su oscuridad, a sus fantasmas, a sus monstruos, a sus muertes. 
No habían decidido cómo llamar a aquel espacio, pero su encuentro con aquel insulto del pasado le había hecho pensar en una instalación, en un lugar reducido pero confortable, que abrazara, que reconciliara al visitante con su derecho a no ser perfecto.

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