—¡Peonzo! – Le gritaron los chiquillos por la
calle sin venir a cuento y con ello se desató su tortura. Se alejó de la
esquina en la que el grupillo de adolescentes estaba haciendo el vago y se fue fingiendo
que no había escuchado nada.
Pero sí, su alma escuchó aquel insulto y una marea
de sensaciones empezó a marearle. Sus hombros se elevaron para que su cabeza se
escondiera entre ambos. Dio unos cuantos pasos y tuvo que apoyarse en una pared
para aguantar el eco de las burlonas carcajadas de esos mangantes.
Entonces
apareció su propia decepción: era evidente que todavía no era capaz de
plantarle cara a cualquiera que se atreviera a meterse con él, con su carga de
inseguridades. Esto le afectó tanto que cogió su móvil y tecleó un mismo
mensaje que envió a las dos personas con las que tenía que verse:
‘Ha ocurrido
un imprevisto. Te llamaré mañana, sin falta, prometido.’
Volvió a casa, se
metió en su habitación y se encerró en el armario.
Las ideas que taladraban sus
sienes le siguieron hasta ahí dentro y le recordaron cada una de las
circunstancias que atenazaron su niñez. Desamor. Le gritaron que debía dejar de
ser un pusilánime. Estaba avergonzado.
En el pasado, sus compañeros de clase le
menospreciaron insultándole de ese modo, llamándole 'peonzo' porque escupía las frases soltándolas a
la carrerilla y de manera atropellada. Muchas veces se comía la pronunciación, las
pausas y palabras. Pero lo peor era cuando se encontraba en una situación tan
incómoda que empezaba a tartamudear. Al menos sus compañeros no se dieron cuenta
de eso o le habrían humillado de otro modo.
Y estaba avergonzado porque después
de todo ese tiempo seguía sin poder dominar su lengua, hacer que se moviera siguiendo
sus pensamientos, como cuando un bailarín se limita a ejecutar su coreografía
sin interferir en la melodía que interpretan los músicos. Era desesperante. Y
estaba agotado, tanto que se quedó dormido.
Su refugio, como siempre, le brindó
el abrazo que era incapaz de encontrar en otro ser humano…
Durmió tan profundamente que cuando
despertó, su espíritu se había renovado. Sólo había sido una crisis y la
afrontó del único modo que para él daba resultado.
Ya en la cocina, mientras
untaba mantequilla en una tostada, recordó la mirada de uno de esos muchachos.
En ella reconoció a un viejo compañero de escuela y pensó en que debía de ser su
hijo. Pobre criatura. Se sintió afortunado porque las circunstancias que
atenazaron su niñez eran mil veces más deseables que tener a un infame y pobre
desgraciado como padre. Según sabía, el individuo en cuestión se dedicaba a tener problemas con la
justicia.
Mordisqueó la tostada y revisó su agenda. Todavía tenía un mes para
terminar de montar la exposición.
Apuntó los nombres de las dos personas a las
que había cancelado el día anterior, su agente y la comisaria de la muestra, y
fue a su taller.
Les llamó desde ahí, mientras garabateaba a unos muchachos que
estaban haciendo el vago en una esquina.
Quedó para comer con ambas, tenía
algunas nuevas ideas para introducirlas dentro del apartado dedicado a su oscuridad,
a sus fantasmas, a sus monstruos, a sus muertes.
No habían decidido cómo llamar
a aquel espacio, pero su encuentro con aquel insulto del pasado le había hecho
pensar en una instalación, en un lugar reducido pero confortable, que
abrazara, que reconciliara al visitante con su derecho a no ser perfecto.
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