domingo, 7 de mayo de 2017

340. Digestión

La tremenda, la enorme corneta que la monstruosa mujer tenía por boca, hacía pensar que era capaz de succionar a cualquiera, empezando por sus ideas hasta llegar a sus cráneos. 

Sus dientes eran pequeños, innumerables, tan apretados y filudos que no necesitaba de muelas para triturar los cráneos y huesos de sus víctimas. 

Esta dentadura se distribuía en espiral, desde la parte en la que su trompa, cual embudo, empezaba a estrecharse, hasta su boca humana. En ese punto de su masticación, sus víctimas llegaban hechas casi puré. Degustar, deglutir. 

Por su esófago, tubo rígido de barra americana, bajaba la pastosidad hasta llegar al armario que tenía como estómago. Allí, convertía a sus engullidos en rencor, en venenosa envidia. 

Y dentro del mueble sólo existía el vacío.

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