La tremenda, la enorme corneta que la monstruosa
mujer tenía por boca, hacía pensar que era capaz de succionar a cualquiera,
empezando por sus ideas hasta llegar a sus cráneos.
Sus dientes eran pequeños, innumerables,
tan apretados y filudos que no necesitaba de muelas para triturar los cráneos y
huesos de sus víctimas.
Esta dentadura se distribuía en espiral, desde la parte
en la que su trompa, cual embudo, empezaba a estrecharse, hasta su boca humana. En ese punto de su masticación, sus víctimas llegaban hechas casi puré. Degustar, deglutir.
Por
su esófago, tubo rígido de barra americana, bajaba la pastosidad hasta llegar
al armario que tenía como estómago. Allí, convertía a sus engullidos en rencor,
en venenosa envidia.
Y dentro del mueble sólo existía el vacío.
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