domingo, 31 de julio de 2016

60. Preámbulo

El ser debía de prepararse para convertirse en una entidad luminosa. El proceso se había iniciado y tenía que abandonar cualquier deseo, desligarse de todo aquello que interfiriera en su transformación. Había leído en los escritos del genio de los magos que es imprescindible que las alas se se construyan desde dentro, a través del pensamiento, de la imaginación.
Llevaba cierto tiempo considerando que debía deshacerse de su armario de la imposibilidad, aquel en el que guardaba las palabras no dichas. El mueble ocupaba gran parte de su interior, exactamente donde se alojaba el vacío de la angustia existencial. Lo arrancó de cuajo. Pudo sentir cómo las raíces se desprendían de sus entrañas. Se habían estado alimentando de sus afectos más intensos y al removerlas llegó a la conclusión de que éstos no se correspondían necesariamente con los más profundos.
El agujero que quedó era considerable, pero esto no le asustó. Imaginó que en aquel espacio podría crecer lo nuevo, continuar con su evolución. Entonces empezó a escuchar palabras que le llegaban desde fuera. Provenían de quienes más amaba. Los vacíos se llenaron con la luz que le transmitieron dándole la confianza, la seguridad de que el resto del camino que tendría que recorrer no lo haría en soledad. 

sábado, 30 de julio de 2016

59. Jota

"Jota", así le decían en el pabellón de adolescentes. Tuvieron que amputarle una pierna por un osteosarcoma y acababan de decirle que iban a hacer el mismo tratamiento en la otra pierna. La psicóloga del área, en cuanto lo supo, fue a verle; estaba enfadada porque no habían contado con ella para hablar con el chico. No estaba disgustada porque sintiera que su presencia fuese indispensable. No pretendía asumir responsabilidades que no le correspondían. Se sentía mal por no haber estado con el chico tal y como él se lo pidió durante una de esas tardes en las que solía acompañarle mientras los demás recibían las visitas de sus familiares. Él provenía de un caserío y sus padres se habían quedado en la chacra cuidando la pequeña plantación y sus ovejas. No era práctico que su padre o su madre le acompañaran porque ambos hablaban  quechua y muy poco castellano. Su hermano viajó con él, pero había logrado conseguir trabajo para costear parte de las medicinas y su propia estancia. Esa era la razón por la que Jota estaba solo durante las tardes de visita. Eso cambió cuando la psicóloga empezó su rotación en ese servicio. Hablaban de todo un poco pero casi nunca de lo que él pensaba o de lo que sentía. Ella nunca le forzó a decir nada que no quisiera. Una vez rompió ese silencio para pedirle que estuviera a su lado cuando le dijeran los resultados de la última prueba; sabía que su hermano no iba a estar y él no quería estar solo. Por eso ella tenía la sensación de haberle fallado; aunque lo que ella sintiese era lo de menos, eso lo sabía. Ignoró el nudo de su corazón y con entereza entró en la sala de actividades. Le encontró sentado en el sofá que más le gustaba, el que estaba en la esquina, junto al armario. Estaba mirando algo a través de la ventana, quizás el cielo. Ella acercó una silla y se sentó a su lado en silencio. Permanecieron así durante un largo rato, hasta que él por fin le dijo:
—Voy a ser una presencia, un kuku.
—¿Un kuku? ¿Eso no es un fantasma?
—Algo así señorita, perdona, quiero decir "Ele". Sí, es algo así. Mi abuelo lo explicaba de otra manera. Antes de morir me dijo que iba a fundirse con el apu, que así viviría para siempre protegiéndonos a todos. Me dijo que si me veía en necesidad vendría como un kuku, no para asustarme, sino para recordarme sus lecciones. Y eso ha hecho, he sentido su presencia y me ha dejado tranquilo. Antes de que mi doctor hablara conmigo estaba preocupado. Pensaba en mi mamá, en mi papá. Tenía planeado en mi cabeza hacerme una pierna de palo para irme a pastorear las ovejas. Pero si me cortaban la otra ¿cómo iba a poder ayudarlos? Además, yo no soy tonto seño... Que diga, Ele. Tú no las conociste pero hace tiempo estaban "Ka" y "Eme". Ellas... Sus brazos... La quimio. Aguantaron lo más que pudieron hasta que sólo se fundieron con el agua, que era lo que le gustaba a Ka y con el cielo, que era lo que pedía Eme. Sé que los doctores y las doctoras hacen lo que pueden por nosotros, pero somos pobres y las medicinas son caras. ¿Sabes? Antes pensaba que en la capital todos eran malos. Que aquí sólo había gente egoísta que nunca nos miraban. Pero esto me ha servido para conocer gente buena a la que le estoy agradecido. Aprendí que mis ideas de antes estaban equivocadas; quién sabe por qué se me habían metido en la cabeza. Eso es lo más importante que me llevo, haberlos conocido a todos, a ti, a las enfermeras, a mi doctor. Él estaba triste cuando me dijo que el resultado no era bueno... También me llevo a mis amigos y a mis amigas que ahora son como mis hermanos. Ya tengo un rato sentado aquí y todavía siento la presencia de mi abuelo que me dice que tengo que volver a mi tierra para contar lo que he aprendido, para que ellos sepan que aquí hay buenas personas. Me voy sano de mi espíritu, porque se me ha quitado el rencor que tenía por vivir aislado, como dicen allá "olvidados". Pero tengo que regresar para decirle a los mayores que es importante aprender, mandarnos a la escuela, no sólo a trabajar. Yo les voy a cuidar para que progresen. No necesito que me corten más Ele, ya estoy sano. Le diré a mi hermano que pida el alta voluntaria. Es mi mayor y se va a enfadar un poco porque él también ha hecho muchos sacrificios para que yo pueda curarme. Se va a enfadar pero luego lo va a entender. Sé eso porque mi abuelo me lo está diciendo. Ya sé que no me crees, que piensas que estoy loco. ¿Cómo sé que estás triste porque no estuviste conmigo antes, con el doctor? ¿Ves cómo mi abuelo me cuenta cosas? Dice que te quedes tranquila, que pasó así porque tenía que pasar así, para que yo dejara de ser un niño y me convirtiera en un hombre mayor. No me voy a olvidar de ti, de nadies.

Ele tampoco se olvidó de Jota. Aunque han pasado años desde la última vez que se vieron, ella sigue recordando a aquel maravilloso muchacho de la sonrisa generosa, del que aprendió más de lo que ella pudo darle nunca... Quizás por eso intenta evocar su mirada profunda cada vez que va a las montañas.

viernes, 29 de julio de 2016

58. Aprender

La maestra estaba aburridísima de la vida. La coordinadora académica la había llamado a su despacho para decirle que el rendimiento de su grupo de niños estaba por debajo de lo esperado; que no se mostraban animados y que tampoco se portaban bien. Ella escuchó todo mordiéndose la lengua. "¿Cómo van a estar motivados si el currículum, las materias transversales, la programación, la evaluación, los deberes y toda esa burocracia no me dan margen para crear experiencias que a los chicos les interese tanto como a las chicas y al revés?", pensaba mientras asentía dándole la razón a la mujer mayor que, seguramente, tenía mucha más experiencia en conseguir todo lo que le estaba exigiendo. Dejó de escucharla y empezó a observarla. Sospechó que esa mujer parecía mayor porque se había empeñado en volverse mayor y eso no tenía nada que ver con la edad, ni con las vivencias, más bien con la amargura. Le dio un poco de pena, pero tampoco le gustaba sentir eso por la gente. Prefirió pensar en su propia frustración: quiso ser maestra por vocación, pero estaba empezando a dudar del significado de aquella palabra. Sus chicos y chicas no se merecían la apatía en la que había entrado a causa de... Ni siquiera le hacía ilusión "tener que seguir" esos horrorosos libros de texto cuando ella prefería hacer su propio material; sin contar con el coste que esos libros suponía para los padres. La mediocridad de unos, su pereza, terminó rebotando en quienes amaban la docencia. ¿En qué momento ocurrió eso? No lo sabía. Suspiró. Su suspiro no pasó inadvertido para la coordinadora que se lo tomo a mal y de ahí a peor. Dejó de usar ese tono casi neutral, contenido, para mostrar su enfado abierto. A la maestra le dio igual cómo se pusiera aquella señora. Podía gritar, chillar y patalear y no por eso iba a tener razón. Sí, era cierto, ella había cometido una pequeña falta al protocolo al soltar el aire, que fuera interpretado como un resoplido,  como una muestra de hartazgo, no era cosa suya. Aunque, si lo pensaba un poco, sí era cierto que estaba harta. No soportaba la práctica "industrializada" de la educación: "¡Niños y niñas, a la cinta de producción que hoy os vamos a introducir unos cuántos contenidos!". La mujer acabó con su perorata no sin antes invitarla a un cambio de actitud y a una adhesión estricta a los objetivos, con una última vuelta de tuerca: que recordara que fuera había muchos maestros esperando por su plaza. Salió del despacho con una mezcla de rabia y determinación. ¿Quería un cambio de actitud, una adhesión estricta a los objetivos? La tendría. Iba a dejar la burocracia a un segundo, no, a un tercer plano e iba a enfocar toda su atención en lo que sus pequeños y pequeñas querían aprender. ¡Sólo tenían siete años y ya tenían que rellenar fichas de lectura que venían en los dichosos libros de texto! ¡¡¡Por favor!!! ¡Esa no era una actividad creativa! Fue a buscarlos al patio; todavía no acababa el recreo. Los observó jugar, correr, saltar, compartir sus meriendas... Algunas chicas se acercaron a ella. Estaban entusiasmadas porque acababan de ver un arcoíris y le preguntaron por qué se creaban. Sí, para su sorpresa usaron esa palabra "crear". Ella les sonrió y les pidió que esperaran un poco para poder hablarlo con los demás. Una vez en clase se dirigió al armario de materiales. Sacó unos cuantos folios blancos y un vaso de cristal que llenó con agua. El resto, os lo podéis imaginar. Esa mañana todos se convirtieron en científicos, en pintores, en escultores de plastilina; entre todos crearon un cuento y una poesía. Además descubrieron conceptos como "ángulo", "refracción", "onda" y "espectro visible". Adelantaron unos cuantos años lo que se suponía que debían saber y, lo mejor de todo fue que lo entendieron, a su modo, pero así fue. Esa mañana todos obtuvieron un sobresaliente y la maestra aprendió a soltar su imaginación en clase.  

jueves, 28 de julio de 2016

57. El libro

Tenía la mejor ocupación del mundo entero: era bibliotecaria. Dicho de otro modo, ella pensaba que no podía existir un oficio mejor que el suyo.

La historia de esta mujer es, cuanto menos, curiosa. Llevaba trabajando en la biblioteca desde que tenía unos veintidós años; entró como aprendiz y con el tiempo fue adquiriendo más responsabilidades. Poco tiempo después, consiguió convencer al director para que le permitiera ocupar la habitación del vigilante cuando éste tuvo que dejar su puesto porque le reclamaron de la reserva: la guerra tocaba las puertas de todos.

Sin que lo supiera el director, se llevó a su tía, la única familiar que le quedaba en el mundo, a compartir el habitáculo del sótano. Y la tía se llevó a su gato. Estarían bien porque nadie bajaba hasta allí. Ellas no necesitaban demasiado: compartían el incómodo catre, el diminuto baño que se componía de retrete y lavabo, una estufa y una hornilla que no usarían más que para calentar lo que tuvieran para comer. Ella procuraba conseguir provisiones que luego racionaban. La guerra no había explotado aún, pero la tía sobrevivió a una y olía en el aire lo que iba a pasar. Por eso se prepararon a consciencia y aprovecharon cada oportunidad. El gato, desde que llegó, se hizo dueño de cada rincón del húmedo sótano, cazaba su propia comida y sólo volvía en busca de un rincón cálido para dormir.

Cierto día, antes de que empezaran los bombardeos de la ciudad, mientras recorría el sótano en busca del felino, encontró una estantería muy distinta a las demás. Los libros que componían esa sección eran extraños; lo único que tenían en común era su rareza. Uno en particular llamó su atención. Intentó cogerlo, pero estaba pegado a la madera. Intentó sacarlo una, dos, tres veces, tirando cada vez más fuerte de él. Pensó en ir a por una herramienta que la ayudara pero, en cuanto terminó de formular esa idea en su mente, el libro saltó a sus manos. Supo que aquella publicación, encuadernada en cuero repujado y con cierre de broche, iba a ser decisiva en sus vidas.

Al abrirlo, una mezcla de estupor e incredulidad, recorrió su ser. Cerró la tapa y devolvió el libro a la balda. El gato maulló y fue a buscarlo. Estaba jugando con un ratoncillo. Le dejó en paz con su trofeo. Le interesaba más volver al libro. Abrió y cerró la tapa un centenar de veces. Le costó entender que lo que estaba viendo no era una ilustración. La tapa daba a unas escaleras que bajaban hacia un salón que tenía unos ventanales con increíbles vistas a las montañas. Aquel espacio era tan real como su propia respiración. Finalmente, la curiosidad pudo más que todas esas ideas que le rogaban prudencia, sensatez. Se quitó el anillo de su madre y lo dejó caer escaleras abajo… El sonido del metal chocando contra la madera de cada escalón, rodando por el suelo, dando giros hasta quedarse quieto bajo algo, le hizo sentirse segura.

El gato empezó a sobarse contra sus piernas; ella bajó la vista y vio un pequeño ratoncillo en su empeine. El gato se lo acababa de llevar de regalo. Cogió al pequeñuelo y se dio cuenta de que todavía respiraba. Algo la empujó a introducir la mano dentro del libro y depositar al moribundo en el peldaño más próximo. Se dedicó a observarle; no quería dejarle solo, no podía hacer nada por él, salvo ofrecerle su compañía. Así es que pudo ver el momento justo en el que el pequeño ratoncillo recobró las fuerzas y bajó las escaleras a toda velocidad. Ella fue detrás.

Dentro del libro, exploró, indagó y rebuscó hasta que se aseguró de que todo estaba bien. Recogió el anillo que fue a dar bajo una silla y fue a abrirle la puerta al ratoncillo que parecía esperarla pacientemente al lado. Fuera, la casa estaba rodeada de campo y a lo lejos se escuchaba el murmullo de un río. Era una casita pequeña aunque inmensa en comparación con la habitación del sótano y con el piso de su tía. En la cocina había provisiones de sobra. El salón tenía dos sillas frente a una chimenea y estanterías llenas de libros. Había un baño muy sencillo, pero tenía ducha. También dos habitaciones con las camas hechas y mantas mullidas. Ella escogió la del armario más pequeño; le gustó porque era azul. Abrió una lata de atún y llamó al gato. El olor debió de llegarle antes porque casi de inmediato lo tuvo dando vueltas entre sus piernas. Le dejó comiendo en la cocina, subió las escaleras, cerró el libro y lo llevó a la habitación.

Echó llave a la puerta desde dentro. Tranquilizó a su tía pues pensó que las habían descubierto. Ambas se sentaron en el catre y después de contarle lo mejor que pudo su descubrimiento, colocó el libro sobre el colchón y abrió la tapa. El gato roncaba plácidamente en una de las sillas del salón.

Desde entonces ambas empezaron a vivir dentro del libro. Pronto se dieron cuenta de que aquel lugar tenía un efecto singular en su salud y en su edad pues ambas dejaron de envejecer.   

Fuera, mientras la guerra lo permitió, ella siguió con su trabajo como bibliotecaria. Después de la guerra recuperaron el piso de la tía y se llevaron allí al libro. Nadie lo echó en falta cuando ella lo sacó en calidad de  “préstamo”.

Hoy en día ella sigue paseando por los pasillos de aquella biblioteca y de muchas otras más, pues no pierden ocasión para viajar. La tía retomó su oficio como artista y se dedicó a restaurar libros antiguos. En cuanto a ella, aprendió a usar las nuevas tecnologías y se dedica a vender y a comprar libros raros por la web.

…Y, mientras ellas entran y salen del libro, el gato y el ratón juegan a perseguirse por el campo y luego se echan la siesta juntos en una cesta que tienen en el salón.

miércoles, 27 de julio de 2016

56. Compañeros

Esa noche volvió a casa tarde, como siempre. Estaba cansado y hambriento. Lo único que quería era comer cualquier cosa, dejarse caer en donde fuera y dormir hasta el día siguiente. Pero al abrir la nevera observó que no había nada. Meneó la cabeza en actitud derrotista. ¿De qué le servía discutir con su compañero de piso si al final nunca reponía nada? Pensó en bajar y buscar cualquier sitio que estuviese abierto, pero a esa hora sólo atendían las máquinas expendedoras. Ni siquiera se iba a enfadar. Tenía que ahorrar fuerzas para ahorcar al susodicho en cuanto lo viese. Pero él tampoco solía estar en casa. A veces desaparecía durante días y se dejaba ver cuando menos lo esperaba. Alguna vez, creyendo que su compañero estaría en quién sabía dónde, llevó a una chica a su habitación. Al muy cretino le dio por fisgar y lo hizo para tocarle las narices, de eso estaba seguro. Solía reírse a costa suya. La verdad era que él también hacía lo mismo: ponía chinchetas en su cama, madrugaba sólo para meter sus pantuflas al congelador y luego las devolvía a su sitio, entre otras gamberradas. Lo de la comida era un golpe demasiado bajo. Tenían que hablar pero lo harían otro día, porque por esa noche había tenido suficiente. Se iría a dormir sin cenar, tenía demasiado sueño. Sin desvestirse se echó en la cama; por alguna razón le vino a la mente Anito, un compañero suyo de trabajo. Estaba preocupado por él porque llevaba una temporada silencioso. Él tenía la mirada profunda por lo que su silencio lo convertía en un ser solemne. Era la única persona con la que se sentía cómodo en el trabajo, el resto le daba igual. Si algún día, por alguna razón, tuviese que sacar la cara por alguien lo haría por él. De eso no tenía la más mínima duda. Se quedó dormido pensando en estas cosas, pero a eso de las dos de la madrugada, alguien lo destapó tirándole la manta al suelo. Saltó de su cama al instante y fue directamente a la habitación de su compañero. No había nada debajo o detrás de ningún sitio. «El armario», pensó y lo abrió con cierta agitación. Pero aquel mueble estaba vacío. ¿Se habría mudado? ¿Así, sin más? ¿Sin despedirse? ¿Sin dejarle la titularidad del contrato de alquiler? ¿O ya lo habían puesto a su nombre? Algo aturdido fue hacia el baño, se mojó la cara y se miró en el espejo. Detrás de su hombro estaba Anito, mirándolo con esa mirada suya, meneando la cabeza como si así pudiera darle toda su comprensión además de una pista: si quería comer tendría que recordar que su compañero de piso no iba a hacer la compra, entre otras cosas porque a ellos, los seres imaginarios, no les pagaban con dinero.

martes, 26 de julio de 2016

55. Presagio

Era la una de la madrugada. Llevaba horas sentada frente al ordenador intentando elaborar una historia gore en la que un personaje inspirado en su jefe, aquel inepto de traje y corbata, sufriría algún tipo de ensañamiento. Todo lo que imaginaba le hacía estremecerse. No se sentía capaz de cometer semejante atrocidad aunque sólo fuese desde la ficción. Era demasiado buena. 

Escribió tres o cuatro veces el párrafo de introducción hasta que le quedó así: "Todo en él era casposo salvo los impecables hombros de su chaqueta. Su secreto era la cantidad de gomina que usaba para peinarse hacia atrás. Así ocultaba su incipiente calva en la coronilla además de retener las escamillas blancas que se quedaban adheridas entre pelo y pelo. Pero no había truco para ocultar la casposidad de su personalidad, de su manera de hablar, del modo tan repugnante, ruin, zafio y machista con el que se dirigía hacia las dependientas que tenía a su cargo."

A la mañana siguiente no tendría que madrugar pero había quedado en verse a media mañana con su pequeño grupo de amigas y compañeras. Iban a pasar un día de merecido ocio: playa, cañas, risas y lo que surgiese. El relato quería llevarlo para amenizar la reunión, pero le estaba costando poner por escrito todas las imágenes de terror, sangre y torturas que bombardeaban su mente. Además, no estaba muy convencida de poder imprimir algo de humor en ese tipo de relato. Aún así lo intentó y empezó a escribir el segundo párrafo: "Nada le habría hecho presagiar que...". 

Tuvo que dejar de escribir porque en ese momento llegó un mensaje al móvil, al grupo de las chicas: "El casposo sufrió un accidente con la guillotina. La chica de seguridad me dijo que descubrieron la máquina dentro de uno de nuestros armarios, en nuestro vestidor, como si hubiese querido esconderla. Un inquietante rastro los condujo hasta allí desde el almacén, que fue donde lo encontraron inconsciente. Se está recuperando en el hospital. No creo que pueda caminar durante una temporada. Ahora ya sabemos la razón por la cual se quedaba haciendo horas extras."
Asustada, eliminó el archivo de texto de inmediato, cerró la tapa del portátil, apagó el móvil, encendió la tele y se acurrucó en el sofá. No podía quitarse de la cabeza que ella -y su imaginación- había tenido algo que ver con semejante hecho. 

lunes, 25 de julio de 2016

54. Madre

La bella señora estaba sentada en su mecedora y en su regazo tenía abierto el libro que siempre, invariablemente, leía al atardecer. Lo tenía abierto por el centro, en el lugar donde estaba la única ilustración, una xilografía en blanco y negro. Se trataba de una habitación en penumbra que tenía una cama, una mesita de noche, una ventana cerrada y al lado un armario con llave, nada más. 
La lectura que hacía aquella mujer era singular. Aunque sus ojos ya no veían como antes y las letras muchas veces le bailaban, aquel dibujo la serenaba y por eso se dedicaba a contemplarlo. Su día a día se había convertido en una letanía de recuerdos que provocaban que sus pensamientos vagaran por los rincones más remotos y emocionantes de su pasado. Los momentos buenos y malos se entremezclaban con su presente por lo que casi siempre se sentía confundida además de observada por los demás.
Lo que sucedía con aquella imagen estando en soledad era distinto porque no tenía que darle ninguna explicación a nadie sobre lo que ahí veía, más aún cuando las palabras también le bailaban. Así, sentada en su mecedora, veía que el papel de las paredes de la habitación del dibujo era granate con dorado, que las cortinas eran pesadas, que las ventanas estaban abiertas y que la brisa de la playa movía el tul que cubría la cama. También veía a la joven durmiendo la siesta y a su esposo entrar sigilosamente, descalzarse, recostarse a su lado. Los veía abrazarse, juguetear, perseguirse por la habitación, salir de ella. Los veía a través de la ventana corriendo hacia la playa y bañarse hasta que caía la noche. Los veía volver, abrir el armario, sacar un vestido y un traje. Pero lo dejaban todo tirado por el suelo porque no había tiempo, porque sus amigos los esperaban para cenar. Y después traían una mecedora, una cuna y a una bebé que creció de prisa. Y así entraba y salía el color de la habitación hasta que llegó otra niña... Y veía a los cuatro a través de la ventana abierta jugando en la playa...
Así pasaba la tarde, mirando aquella imagen con el corazón lleno de fortuna y lo hacía en silencio. Nadie iba a creer lo que le sucedía a aquella imagen delante de sus cansados ojos. 
Si alguien se fijara un poco en aquel dibujo, descubriría que no es blanco y negro. 
Si te fijas un poco en esa ilustración, verás que a través del cristal de la ventana cerrada se trasluce el cielo y que éste tiene un tenue azul celeste que pronto adquiere las tonalidades del ocaso.

domingo, 24 de julio de 2016

53. Exigencias

Philipo Philibuster O., el excelentísimo dictador, tenía una afición que escondía de la vista de todos en su armario transparente. Estaba dispuesto a ocultar cualquier diferencia personal no aprobada como aceptable en el código supremo del Partido del Pensamiento Unificado, que era la organización que lo había encumbrado como líder absoluto. Sus militantes tenían la determinación de construir una sociedad equilibrada y justa basada en la restricción de la libertad. Nadie que viviese bajo ese régimen tenía derecho a tener derechos, sólo deberes. La máxima ley era trabajar sin distracciones. No había tiempo para nada que no fuese lo estrictamente obligatorio. Es así como no había tiempo para la música, las letras, las artes, ni siquiera para la información. La educación se había reducido a la implantación de talleres productivos en los que los que se especializaba a los niños y niñas en el manejo de determinadas herramientas de acuerdo al tamaño de sus manos. Incluso la reproducción se había vuelto un asunto de estado: no más niños de los necesarios, ni menos niñas de las que fueran indispensables y al revés. Quienes nacían con algún impedimento o sufrían accidentes que provocaban una minusvalía eran llevados a zonas de producción especial de las que no volvían a salir. 
Y así fue hasta un buen día en el que Philipo Philibuster O. despertó por la madrugada. Como a esa hora no tenía nada que hacer, no podía dormir y estaba algo aburrido sacó de su armario transparente su afición: empezó a pintar. Y ya no paró de hacerlo. Llenó de color las paredes de la habitación que ocupaba en el Palacio de la Represión, siguió por los suelos, las escaleras, la fachada, el patio, la calle principal y los edificios secundarios. Toda la armada estaba alarmada y por ello se quedó paralizada en formación cuando el excelentísimo dictador pintó sus uniformes de rosa, turquesa, amarillo canario y toques de lavanda. Algunos de sus mandos quisieron detenerle alegando una repentina locura pero, para cuando quisieron reaccionar, toda la población había tomado las calles con pinceles, instrumentos musicales, recitales poéticos y muchas más actividades creativas que revolucionaron la sociedad y acabó con la dictadura.
Hoy en día Philipo Philibuster O. cumple condena por sus crímenes contra la humanidad en una cárcel modelo. Aquella institución se dedica a desterrar el delito del interior de sus perpetradores educándolos en valores humanos. Philipo recauda fondos para sostener escuelas de artes y ciencias, algo que deberá hacer por el resto de su vida, desde su celda, pintando cuadros espontáneos.

sábado, 23 de julio de 2016

52. La colección

La afamada arqueóloga y paleontóloga acababa de volver de un viaje a una excavación. 
Estaba exhausta, no sólo por el largo recorrido (vuelos, trenes, buses), sino porque había tenido un desencuentro con un colega suyo de profesión. 

En el intercambio de opiniones le achacó que ella estaba donde estaba por ser hija de quien era. Ella no le cruzó la cara porque era una señora, pero ganas no le faltaron. Aunque tuvo que tragarse la rabia, aquel comentario le dio pie para contestarle y quedarse tan a gusto: 
—Comprendo que intentes atacarme de este modo. Es lo que tiene quedarse sin argumentos. 
Fin de la discusión. 
Ella, mirada en alto, siguió con lo que tenía que hacer que era volver a su ciudad para continuar con la cátedra que dictaba.

Al llegar a casa estaba tan cansada que sólo quería dormir, pero no hacía otra cosa más que pensar en su padre. Él había sido un afamado paleontólogo y espeleólogo que desapareció veinte años atrás durante una expedición en las cuevas de unas montañas del norte. Nunca encontraron rastro alguno. 

Esa noche se quedó dormida pensando en lo que su padre le hubiera dicho sobre el señor orondo del incidente.

A la mañana siguiente despertó siendo pequeña. 
Estaba con su padre, en su despacho, mirando las piezas de su colección de fósiles que él estaba sacando de su armario. Mientras lo hacía, le iba contando la historia de cada una de las piedras, del modo en el que las había encontrado, dónde lo había hecho y alguna que otra anécdota. Ella estaba fascinada. Con cada una de las palabras de su padre ella abría aún más los párpados, si eso era posible. 

En un momento él dejó de hablar para observarla con gesto serio. Entonces, de uno de los cajones del armario, sacó una pieza asombrosa: tenía el mismo tono de azul como el del océano cuando se ve desde el espacio; además era una pieza transparente. 
—Es ámbar azul. 
Su padre guardó silencio durante un instante, el justo que necesitaba para saber si ella estaba interesada en que continuara con la historia. Cuando ella tomó la piedra entre sus manos, todavía tan pequeñas que le costaba sostenerla, continuó:
—Se supone que sólo se encuentra en una parte del mundo, pero yo la encontré en una montaña de aquí. Si alguna vez me pierdo, podrás encontrarme buscando esta misma piedra.

El recuerdo -o el sueño- había sido tan real que, en cuanto se ubicó en tiempo y espacio, fue a buscar la piedra al mismo armario. Lo conservaba tal y como él lo había dejado. Cuando dio con aquel fósil, también encontró un papelito en el que su padre tenía anotadas unas coordenadas. Coincidían con la montaña donde perdieron su pista. 
Además, tnía anotados otros números junto a unos símbolos. 
En ese momento tuvo la esperanza, la certeza de que iba a dar con él. 
Decidió que iría sola, sin más compañía que la luz de su casco y la brújula de pulsera. 
Esa confianza se la daba el haber llegado donde quería por mérito propio y tampoco necesitaba más reconocimientos. 

Lo más importante era que tenía la intuición de que su padre la estaba esperando y que ambos seguirían juntos con esa expedición.   

viernes, 22 de julio de 2016

51. Nudo de Kipu

En cuanto se despertó, Ámbar sacó su diario del armario y escribió:
«Hoy es el cumpleaños de mi abuela Rosa. Bueno, eso es lo que se supone porque así lo dijo Pacha alguna vez y así fue desde entonces. Tal y como lo cuenta, aquel último embarazo le duró cerca de dos años porque nunca antes había estado embarazada de una sola criatura. Hizo todo cuanto estuvo a su alcance para no caer en el aburrimiento, pero la mayor parte del tiempo le dio por dormir. Además, llegó a acostumbrarse tanto a su barriga que dejó de pensar en que, forzosamente, tendría que dar a luz. Los recuerdos que tenía sobre ese último embarazo eran esos, lo demás le resultaba demasiado nebuloso, probablemente porque la mayor parte de sensaciones de aquella época provenían de sus sueños. Lo que sí había guardado muy fresco en su memoria fue el momento en que empezaron los dolores. Estaba durmiendo, para variar, cuando experimentó la primera contracción. Aquello fue totalmente novedoso para ella porque si bien había parido infinidad de veces durante miles de años, nunca antes había tenido un cuerpo tan pequeño. Al menos esa fue la conclusión a la que ella misma llegó tiempo después. El parto duró horas y aunque estaba acompañada por Abril y Exia, ella no hacía otra cosa que mirar a los rosales que asomaban por la ventana que daba al huerto de la casa de Nara (no tengo ni idea de la razón por la cual estaba viviendo ahí). Cuando por fin vio a mi abuela descubrió que tenía un color parecido al de las flores en las que concentró su mirada y que, según cuenta, fueron las que le dieron fuerzas para aguantar. Acunándola entre sus brazos, le dijo: "Cariño, tú siempre serás mi Rosita preciosa." Y así fue como ocurrió. 
Pero, ¿y yo por qué empecé a escribir todo esto?... ¡Es verdad! Que hoy es su cumpleaños y que debo buscar el modo de hacerle llegar mis saludos."»

jueves, 21 de julio de 2016

50. Pereza

Dormitaba plácidamente bajo la sombra de una higuera del oasis, cuando un mico le robó sus sandalias. Él (o ella, en realidad eso no importa) despertó de inmediato y persiguió al travieso animalillo que le condujo en dirección al desierto. Antes de llegar, la criatura lanzó su botín hacia la incandescente arena, se volvió, le esquivó corriendo por entre sus piernas y chillando (o riendo) se perdió entre unos arbustos.
Ella (o él), se estaba preparando mentalmente a quemarse los pies, cuando se dio cuenta de que a lo lejos había una gigantesca estructura hecha de una impresionante piedra oscura. Se trataba de dos pilares unidos por un arco. De dos zancadas él (o ella) llegó hasta sus sandalias y se encaminó hacia la misteriosa puerta en mitad del desierto. 
Conforme se fue acercando, la puerta empezó a hacerse más y más pequeña. Pero no sólo eso, también se transformó ante sus ojos. Para cuando logró acercarse, el portal se había convertido en un armario con puertas de vidrio en cuya única balda interior había una llave envuelta en un cordón de cuero. 
Ella (o él) abrió la vitrina y cogió la llave. En ese momento, el armario se deshizo convirtiéndose en arena. 
Él (o ella) se colocó el cordón al cuello, regresó al oasis y bajo la sombra de la higuera se volvió a dormir.

Los ancianos y ancianas del lugar cuentan que esta escena se repite a diario. 
Aunque ella (o él) se esmera por llegar hasta la llave de su felicidad, se limita a colgársela en el cuello antes de volver a la fresca y seguir durmiendo. Al día siguiente, no es capaz de recordar que el preciado objeto estuvo en su poder.
La sabiduría de los mayores dice que puede ser que el cuento cambie cuando él (o ella) decida seguir adelante, atravesar los restos del armario y cruzar el desierto en busca de lo que realmente quiere.

miércoles, 20 de julio de 2016

49. El regalo

La visionaria se sabía una persona común y corriente, ni más ni menos que cualquier otro ser vivo del planeta. Pero había algo que la diferenciaba de la mayoría de homínidos de su especie: su mente y sus sentidos funcionaban como si fuesen una antena que recibía constantemente las proyecciones de los demás. Era capaz de percibir sus emociones, de hacerlas propias, de alegrarse con sus logros y acompañarles a levantarse de sus fracasos. Creía en el progreso, en el desarrollo personal, en la evolución humana. Por eso entregaba su atención, su compromiso, su tiempo a quienes le solicitaban su arte, que era saber ver las posibilidades del destino de quien tuviera delante. El precio que debía pagar por haber desarrollado esta cualidad era muy alto: su espíritu estaba expuesto a las atrocidades cometidas por otros seres, supuestamente, semejantes a ella. Se volvía incapaz de entender, justificar o exculpar cualquier delito contra un ser vivo, contra cualquier inocente. Esto le afectaba de tal manera que hacía suyo el dolor de quienes no podían describir con palabras su sufrimiento. En ocasiones se abría tal brecha en su interior que, aunque estuviese rodeada por personas maravillosas que la querían y que hacían lo indecible por protegerla, le costaba un gran esfuerzo recuperar la tranquilidad. 
Eran muchos, muchísimos quienes solicitaban audiencia con ella. Ese era el motivo por el que la mayor parte del año tenía que estar viajando. Solía hacer los trayectos sola, pero a donde llegara, tenía siempre un pequeño séquito esperándola. Es así que, durante sus viajes, la mayoría de las veces sólo podía disfrutar de sus momentos de soledad cuando se encontraba en la habitación del hotel. 
En uno de esos viajes le ocurrió algo inusual. Se disculpó con sus anfitriones y se fue a dormir pronto. El calor y el cansancio le habían provocado un fuerte dolor de cabeza. Durmió un par de horas y despertó sofocada, hacia media noche; había olvidado encender el aire acondicionado. Como se había despejado por completo y se le había pasado el dolor, además de verse libre de sus acompañantes, decidió tomar una rápida ducha fría y salir a caminar. A esa hora, en esa ciudad del sur, la gente hacía mucha vida. No era extraño encontrarse con algunos comercios abiertos. Durante la mañana y la tarde el calor ahuyentaba a todos. No era la primera vez que visitaba aquella localidad y tenía muchas ganas de recorrerla, de dar un solitario paseo nocturno.
Familias enteras disfrutaban de la ligera brisa y de una sobremesa que animaba las terrazas. En una esquina de esa calle céntrica, tan llena de gente, había un local que llamó su atención. Por la luz que provenía del interior pensó que se trataba de un pub, pero conforme se fue acercando, la luz verdosa fue oscureciéndose; para cuando llegó hasta allí, se había vuelto azul. Entonces se fijó en el rótulo de madera que colgaba de la puerta. Ponía: «Abierto para curiosos y curiosas que quieran conocer y crear, no comprar, otro mundo». Su recuerdo no registró que hubiese abierto la puerta y cruzado el umbral. Ni siquiera sabía si entró por curiosidad o por un impulso. Lo único que sabía era que estaba dentro de la tienda de antigüedades más extraña que había visitado jamás. Sólo por si acaso se quedó cerca, muy cerca de la puerta. Pero, conforme pasaban los segundos, se fue sintiendo más cómoda. Era como si hubiese estado antes en aquel lugar. Una voz danzarina le pidió desde el fondo que esperara un momento, que le atendería enseguida. En ese instante se dio cuenta de que conocía aquel sitio de una de sus visiones. 
—¡Bienvenida a mi rincón!— Le dijo la misma voz, sólo que esta vez sonó a su lado. ¿Pero, cómo? Si sólo se había distraído con un objeto... Se giró de inmediato y la vio. Era una mujer no mucho más alta que ella. Llevaba una especie de túnica azul que resaltaba su pelo rojo. Le sonreía mirándola directamente a los ojos. ¿La había visto antes? Le devolvió la sonrisa. Entonces su anfitriona prosiguió—: ¿Vienes a recoger tu encargo? Me parece que lo tengo listo.
—No, gracias. Sólo pasaba por aquí... —Había entrado en aquel lugar sin tener idea de lo que encontraría; tampoco era que estuviera buscando alguna cosa en particular. Sin dejar de sonreír encogió los hombros y siguió negando, sólo que esta vez lo hizo con la cabeza. 
—Entiendo, lo has olvidado. No pasa nada, eso es muy normal. Suele suceder con quienes vinieron en sueños. Tú has estado aquí antes... Por eso sé que en ocasiones sueles echarte al hombro el peso de lo terrible, de las monstruosidades que cometen ciertos seres.  —Dijo sin dejar de revolver las cosas que tenía detrás de un mostrador. Al cabo de un momento volvió a enderezarse y colocó sobre el mueble una pequeña cajita de latón. El objeto tenía unas líneas de relieve en la tapa. Volvió a buscarle la mirada y cuando consiguió su atención le dijo con voz triunfante—: ¡Aquí lo tienes!
Durante un breve momento quiso salir, huir del lugar. Pero algo, una sensación apacible hizo que se quedara, que confiase.
—¿Qué es eso?
—Lo que me pediste en tu sueño. No te preocupes, puedes llevártelo. A cambio me diste una palabra ¿la recuerdas? El objeto te mostrará su magia cada vez que la necesites. Llévatelo, es tuyo.
La visionaria cogió la cajita, dio las gracias, salió de la tienda y cruzó la calle. Estando en la otra esquina se giró para echar un último vistazo, pero el local había desaparecido. En su lugar había una pared, sin más. 
Se olvidó del paseo. Sólo quería volver al hotel, encerrarse en su habitación y examinar la cajita. No pensaba deshacerse de ella. Sabía lo que había vivido, lo que había visto en aquel lugar y lo que había sentido con aquella especie de ¿hechicera?
Una vez en su habitación pasó mucho tiempo intentando abrir la caja, pero no hubo manera. Cansada, se sentó en el suelo con su ordenador portátil y posó la cajita delante suyo. Empezó a revisar su correo y pronto se entretuvo con las noticias. Nunca faltaba alguno de esos terribles sucesos que solían abrirle la llaga interior. Suspiró y deseó tener un poco de paz. En ese momento, la cajita empezó a temblar, a estirarse y a contraerse hasta que se convirtió en un baúl-armario de viaje. Impresionada, lo observó por arriba y por abajo, por delante y por detrás. Ilusionada, abrió sus puertas. Ella, que solía evitar los espacios cerrados y pequeños, no dudó en meterse, en sentarse dentro y en estirar sus manos hacia el cosmos que había en el interior. Las galaxias estaban tan cerca que casi podía rozarlas con los dedos. Lo mejor fue respirar aquel sosiego. Su corazón, tan grande y bondadoso, encontró dentro de ese mueble un refugio, un lugar donde poder volverse invisible el tiempo que necesitara. Desde entonces la visionaria siempre viajó con su cajita de latón cuyo relieve, por cierto, era una salamandra.

martes, 19 de julio de 2016

48. Noche

Las tinieblas no le daban tanto miedo como encontrarse en una habitación a oscuras sabiendo que dentro había un espejo. Si algo así le ocurría, cerraba los ojos para tantear el interruptor de la luz. Pero aquella noche la electricidad se había ido en la mitad de la ciudad; por supuesto, en aquella mitad en la que se encontraba su casa. 
Estaba sola y el apagón la sorprendió haciendo los deberes en su habitación. Su madre la tenía castigada sin ordenador y sin móvil. Su primera reacción fue buscar este último, pero entonces se dio cuenta de que no lo tenía. Se reprochó por haber llegado con ese par de suspensos de sus últimos exámenes y acto seguido lanzó un sonoro «mierda», al tiempo que cerró los ojos.
Su falta de responsabilidad la había desprovisto de una herramienta absolutamente necesaria para ese momento, no sólo para alumbrarse, sino para llamar a su madre. Estaba aterrada. Tendría que salir y cruzar el pasillo de las escaleras para llegar a la habitación de sus padres, en donde había un teléfono fijo. "La habitación de sus padres". Aunque su padre había muerto, ella siempre llamaría de ese modo a esa estancia. Pensó en él, en que lo echaba de menos, en lo que le habría dicho para darle valor. Sí, eso era: su padre siempre se empeñó en que tuviera un pequeño neceser para emergencias y dentro tenía una linterna. Estaba segura de que él lo había guardado en... El armario.
Manteniendo los ojos cerrados, se levantó y caminó hacia el mueble. No tuvo dificultad en cruzar su habitación pero al llegar, se le ocurrió otro problema: para poder abrir el mueble, tendría que tocar los espejos. Esto le causó un escalofrío. Intentó tranquilizarse y recordó un juego que tenía con su padre. Él solía decirle: "Tu mano izquierda siempre será la derecha en un espejo y si no me crees, haz la prueba. A eso se le llama quilaridad." Entonces podían pasar un buen rato mirando los reflejos de sus manos o colocando un espejo delante de otro, a lo que llamaban "infinito". Su miedo hacia los espejos llegó después de que él falleciera, cuando sus amigas de la escuela la retaron a mirarse fijamente a los ojos en un espejo, sin parpadear y a oscuras. Le dijeron que podría ver al ángel o al demonio que llevaba en su interior. No quiso pensar en eso, prefirió centrarse en el juego que tenía con su padre y estiró la mano.
Unos cálidos dedos tocaron la punta de los suyos; esto la estremeció. Iba a retirar la mano, pero la voz de su padre la tranquilizó. Entonces abrió los ojos. El ambiente estaba lleno de luz. Aquella luminosidad provenía del otro lado del espejo, que era donde estaba su padre. Se veía apuesto con su uniforme de aviador. Él le tendió la mano y la llevó a dar un paseo en aquel lugar. Estuvieron ahí días, semanas, meses, años. Hablaron de todo lo que les había quedado pendiente y más, mucho más. Antes de despedirse le entregó una de sus medallas. «Mirarme en ti es como mirarme en un espejo, eres mi doble», le dijo y quedaron en que se volverían a ver siempre.
Cuando despertó, estaba en una sala de hospital y su madre estaba al lado. Ella le contó que volvió a casa en cuanto las luces de su despacho se apagaron. No quería dejarla sola en la oscuridad. No tardó ni los quince minutos que usualmente tenía que recorrer para volver a casa y que, cuando subió, la encontró desmayada al lado del armario. «Y tenías esto en el puño», terminó de decirle al tiempo que le entregó un objeto. Era la estrella que su padre le dio estando en el otro lado del espejo.







 

lunes, 18 de julio de 2016

47. Adecuar

«Puedes dar un paso adelante. ¡Venga que no tengo todo el día!  Ahora mira hacia abajo. ¿Qué sientes?»

Quedarse sin inspiración era como lo que le sucede a otros cuando abren sus armarios y no saben qué ponerse. Pero esa noche ni siquiera era su falta de motivación lo que le tenía mirando al vacío. De hecho tenía un personaje que era una mezcla de ingenuidad y crueldad. "Ingenuidad" por ciertas actitudes que carecían de doblez. "Crueldad" porque parecía ensañarse con quienes estaban bajo el poder de su dictadura. 

«Te haría lo mismo que nos haces a nosotros y empezaría por humillarte.»

Debía tener cuidado, mucho cuidado con las cosas que escribía, no fuese que se le escapara algo que no pudiese decir. La censura estaba a la vuelta de cada esquina y cualquiera podría denunciarlo. No debía fiarse de nadie. 
  
«Te empujaría sólo para comprobar si tu ego está dispuesto a elevarte. Tú no trabajas para el bien común, sino para satisfacer tu propia ansia de poder. Quisiera saber si tu inflada autoestima va a salvarte. Pero, querido represor, yo no soy como tú...»

Eso último era demasiado. Arrancó el papel de la máquina, lo arrugó y fue hacia su armario. Lo que tenía dentro del mueble era un abismo. Tiró la pelota de papel y se asomó para ver su recorrido. Vértigo. No podía ver el fin de aquel precipicio. Pero el valle que se abría, cubierto por la ingente cantidad de bolas de papel que había tirado y que parecía ser nieve, le daban una idea de lo mucho que había trabajado para pulir su prosa. Pero todavía le faltaba mucho para poder escapar del régimen.

domingo, 17 de julio de 2016

46. Escindir

El cuerpo apareció en la orilla. Estaba boca abajo, hinchado, amoratado. Sería más apropiado decir que el cuerpo estaba decúbito prono, porque no tenía boca ni cabeza. Tenía las manos atadas tras la espalda y los pies descalzos. Vestía una especie de túnica negra que el médico forense, todavía becario, apuntó en sus notas como "mortaja". No era el primer cadáver que aparecía en esas condiciones, con las mismas señales de tortura y otras cuantas pruebas que indicaban una misma autoría. Tampoco sería el último. Pero era el primer caso de asesinato para el joven y, por eso, sólo tenía que limitarse a hacer aquello que le ordenaban: observar, tomar notas, registrar pertenencias y poco más. 
El médico jefe interrumpió la autopsia porque tuvo que salir y el joven se quedó solo, revisando sus notas, sin ser capaz de asimilar la espeluznante escena de la playa. A medida que pasaba el tiempo, aquella sala empezó a volverse más fría. Trató de concentrarse en sus notas, de redactar un informe que no le habían pedido pero que le mantendría ocupado. Entonces escuchó una voz que sonó hueca. El ambiente se oscureció y él casi no fue capaz de seguir con su tarea. Aquella voz empezó a llamarle por su nombre. Le empezó a decir que tuviera el coraje de levantar la vista. Le preguntó si estaba dispuesto a sacrificar parte de su alma, a oscurecerla para poder resistir el lado ruin, perverso y cruel de los seres humanos. El joven se quitó las gafas y apretó los párpados. No quería ver de dónde provenía la voz hueca y tampoco quería escucharla. Empezó a hiperventilar. Ansiedad. Estuvo a punto de ponerse de pie, de salir corriendo de aquella sala...
Su jefe volvió a entrar y, de inmediato, abrió los ojos. El hombre mayor quiso entregarle un contenedor de refrigeración pequeño, destinado a órganos de trasplantes. Le dijo que unos agentes acababan de dejarlo. No le dio más explicaciones, pero tampoco fue necesario. Aunque el contenedor estaba cerrado, el joven supo exactamente lo que contenía porque la voz le preguntó si quería conocer su rostro. De inmediato se disculpó, se quitó la bata, sacó su abrigo del armario y se fue. No volvió nunca más.


sábado, 16 de julio de 2016

45. Algo nuevo

El lector estaba por tomar la decisión definitiva. 
Esa mañana despertó con una sensación que no había experimentado en mucho tiempo. No le resultó desconocida, de hecho, la había sentido mucho tiempo antes, cuando aún tenía sueños. Desde entonces quiso volver a sentir, a evocar aquella huella que experimentó su alma. Pero nada de lo que le rodeaba le significaba algo, siquiera, parecido. 
Esa mañana despertó y todo le supo a rutina. Su cama, su habitación, su casa, todo era demasiado pequeño, monótono, insustancial. Otra vez tener que alejarse de todo eso para sentir, para respirar un poco de vida. Las horas las sentiría pasar como si fueran siglos de ríos que recorrían sus venas. Así era siempre, cada día. Cada día. 
Esa mañana despertó y aquella fugaz sensación le hizo ver a sus circunstancias por encima del hombro. Ya había tenido suficiente de todas y cada una de ellas. Era el momento de dar ese último paso que tanto tiempo había estado rondando por su mente. 
Esa mañana despertó y fue hacia su armario. Dentro tenía su arma, su fiel compañera; por lo menos él pensaba que aquello era así. Respiró profundamente y abrió las puertas. Debajo de una pila de jerséis tenía escondida una caja de puros, la sacó. Miró su contenido y echó un último vistazo a esa habitación, a su cama, a lo que esos espacios significaban dentro del vacío constante de su interior. Sonrió. 
El lector sacó el libro que tenía guardado dentro de la caja. Aquel texto era el arma de su imaginación, de su esperanza. Ese libro le acompañaba desde joven, desde la primera vez que tuvo esa misma sensación que debía llenar con pasión. Lo abrió hacia la mitad, justo en una página que marcó siendo joven. Leyó un párrafo. Estaba escrito la idea exacta de lo que quería en ese momento. 
El muchacho que todavía habitaba en su interior le estaba gritando que había llegado el momento. Entonces cogió su maleta, metió lo indispensable y fue a encontrarse con su destino.

viernes, 15 de julio de 2016

44. La mejor medicina

"Traclaplam, traclaplam plat-plufpt" sonaban las ruedas del carrito-armario. Parecía un mueble de muñecas... Espera, no era tan pequeño como el que estás pensando. Digamos que tenía la altura de la silla en la que estás sentada o sentado, suponiendo que tu silla no es una silla gigantesca, y que tienes las posaderas sobre una, y que no estás tirado en el sofá o estirada en la cama.
El repartidor que lo empujaba, el buen doctor Periférico, ese día estaba un poco aquejado del pie. Así es que al usual ruido de las ruedas se le sumó la pisada paticoja, por lo que el sonido completo era algo así: "traclaplam, traclaplan plat-plufpt - pom, clac - pom, clac". 
Su compañera repartidora, la doctora Céntrica, empezó a escuchar el ritmo que acompasaba su llegada a la séptima planta del hospital para niños y niñas valientes y campeones. Casi sin venir a colación le entró la risa floja que también le aflojó los botones de la bata blanca que llevaba del revés. Como el doctor Periférico no se había vacunado contra la risa floja, se contagió de inmediato; además, le hizo gracia que su compañera intentara abotonarse sin parar de reír. 
Las niñas y los niños que les vieron no pudieron aguantar las ganas de esperar a que pasaran por sus camas, o que fuera la hora de la escuela para estar con ellos, así es que todos fueron a su encuentro. Por una vez, el doctor Periférico no tuvo que ir de sala en sala empujando el armario mientras la doctora Céntrica se quedaba sola en el aula de en medio (aunque a veces se aburrían y cambiaban).
Aquel fue un día diferente. La fiesta de las risas se instaló en la estación de enfermeras y enfermeros; ellos estaban encantados con la iniciativa. Hasta su jefa estaba partiéndose a carcajada limpia con uno de los libros de chistes sobre malhumorados que había en el carrito-armario. 
El doctor Periférico y la doctora Céntrica estaban contentos porque al final habían cumplido con su cometido: repartir felicidad en el hospital.   

jueves, 14 de julio de 2016

43. ¿Qué hay?

En una de las paredes laterales de la catedral de la Ciudad Olvidada, una fría mañana de domingo, apareció un armario empotrado. 
Cuando el mueble surgió entre las piedras, los únicos que pasaban por allí eran algunos borrachos y unos cuantos turistas madrugadores. A ninguno le extrañó. Los primeros estaban más interesados en encontrar algún sitio para seguir la fiesta. Los segundos sólo se fijaron en que las puertas, de lo que identificaron como un quiosco, estaban cerradas y no podrían comprar ningún souvenir
Las campanadas que llamaban a misa congregaron a los devotos fuera del recinto, en la calle lateral. Se quedaron allí como esperando a que se abriera lo que ellos entendieron como un nuevo púlpito. Tal era su expectación que la ilusión por ver a alguna eminencia, se transformó en el rumor de que el mismísimo Papa en persona iba a aparecer por allí. Los curiosos no se hicieron esperar y poco tiempo después la calle estaba atiborrada de gente. 
Una niña traviesa, o curiosa, o malcriada, o potencialmente científica, se coló entre los huecos de la multitud y abrió las puertas del armario dejando al descubierto su interior.
Algunos se santiguaron ante la visión, otros se echaron las manos a la cabeza, otros se rieron por lo bajo, otros se dieron de codazos, otros señalaban lo que había dentro con movimientos de cejas, narices, barbillas y dedos que pretendían ser disimulados. Por alguna razón, los cuchicheos dejaron de serlo y se convirtieron en verdaderas discusiones. 
Un señor mayor, de traje y sombrero gris, acercó la mano para cerrar las puertas. Rozó con las yemas uno de los tiradores de madera y, en el acto, una descarga eléctrica le produjo tal calambre que retrocedió de un salto. La multitud entera, al ver su reacción, también saltó hacia atrás en un sincronizado movimiento de masa. 
El séquito de tiranas pacatas del obispo, damas de alcurnia que se entretenían opinando sobre la moral de los demás feligreses, formaron un corrillo. Al término de su cónclave sentenciaron que aquel armario era producto de un maleficio y que la niña, inmune a su energía, debía ser la bruja que lo creó. Así fue como estas mujeres se dividieron para darle caza y hacer que pagara por su pecado. 
Pero a esas alturas de su travesura, o de su curiosidad, o de su malcriadez, o de su descubrimiento, la niña, que por cierto, era pelirroja, había desaparecido entre la multitud. 
Quizás se había ido porque tenía cosas más interesantes que hacer que quedarse a esperar a que la masa terminara de darle vueltas a algo tan absurdo como un armario empotrado en la pared de una catedral. Lo que no era tan absurdo era su contenido porque mostraba verdades verdaderas. 
Puesto que nombrar todo lo que había -y que todavía hay- dentro de aquel armario, sería un desplante para tu imaginación, dejaremos que la loca de tu casa termine de llenar ese espacio. 
La niña pelirroja lo habría querido así. Fin.

miércoles, 13 de julio de 2016

42. Prólogo

En esa selva no llueve, no.

Se cuenta que el hombre del sombrero llegó al pueblo durante la mañana más calurosa del verano del mil ochocientos quién sabe cuánto. En su carreta, que era tirada por una mula, llevaba un armario echado. Las gentes, cuando lo vieron de lejos, pensaron que llevaba un féretro. Su traje blanco, aunque polvoriento, le daba un aire espectral. A eso se sumaba que su piel estaba bermellón por el calor. Las voces alarmadas gritaron que el demonio en persona acababa de llegar para llevarse el alma de los jóvenes, si eran voces de viejos, o a los viejos, si eran voces de jóvenes. Todos corrieron a esconderse donde pudieron. Se armó tal alharaca que hasta el cura del pueblo se lo creyó y mandó a tocar la campana de la iglesia. Uno de los que alcanzaron a meterse dentro del santo recinto, sacó la mano por la puerta, tanteó hasta que cogió la soga y, tembleque, la sacudió tirando de ella unas tres mil veces por segundo. Sólo alcanzaron a sonar dos tímidas campanadas. Y lo de "campanadas" era un decir, porque aquel instrumento colocado cerca del umbral era más bien una campanilla. Para efectos más dramáticos, el cielo se oscureció en ese momento. De los gritos pasaron a los llantos, y de ellos a los sollozos y al silencio. Ni un alma se movió en todo el pueblo. Si alguno respiraba, el otro se alejaba sigilosamente para que el diablo no le viera a su lado. Un relámpago les hizo persignarse y un trueno descomponerse. Furtivas flatulencias se dejaron oir cual chillidos quejumbrosos de chiquillos castigados en los rincones; mejor no hablar de aquellas flatulencias que se dejaron oler, basta con decir que más de uno tuvo la certeza de que aquella hediondez era la prueba sulfúrica de la presencia del maligno. Entonces empezó a llover. 
El hombre se quitó el sombrero, miró hacia el cielo y se dejó empapar por el aguacero. No tardó en coger las riendas de la mula y conducirla bajo unos árboles. Él mismo se sentó casi debajo de la carreta, como si temiese a ser alcanzado por un rayo. Esto no pasó desapercibido para unos cuantos ojillos curiosos que no dejaron de observarlo. Los pobladores, poco a poco, fueron saliendo de sus escondites. Para cuando terminó de llover, todos estaban en medio de la plaza, mirando con atención la tienda ambulante que el forastero empezó a organizar con su carreta, el armario, unos palos y una tela que usó como toldo. Y en el armario sólo tenía sombreros.

En esa selva no llueve, no. Caen chaparrones.

martes, 12 de julio de 2016

41. Una semilla

El viento frío del norte transportó una semilla diminuta que fue a dar al tiesto de una terraza.

El niño y la niña vivían uno frente al otro, en los bloques de edificios de un barrio obrero. Aunque iban a la misma escuela, estaban en años diferentes, por lo que sólo se conocían de vista. 

Era un tiesto que sólo tenía tierra seca, agrietada. La semilla, empujada por el viento, rodó dentro de una grieta y allí pasó el invierno en soledad. 

La niña empezó a salir a la terraza cuando todavía hacía frío. De eso se dio cuenta el niño que la veía desde su ventana, mientras hacía sus deberes. Ella siempre se veía triste. Le hubiese gustado hacer algo para alegrarla, pero no sabía cómo; además, ella era un año mayor que él... 

El niño siempre estaba en su ventana, estudiando. Pensaba que eso era algo que ella quería hacer, aprender, pero en casa no la dejaban tranquila. Sus padres siempre discutían y cuando no estaban peleando entre ellos, ella se convertía en el blanco de sus críticas. La desaprobación era constante y la ausencia de aprobación era aún mayor. En la escuela no iba ni bien, ni mal... Hacía lo que podía y si se esforzaba, aunque sólo fuese un poco, era porque aprender la hacía olvidarse de esa sensación de inutilidad que tenía día tras día. Las únicas veces que sentía que sus padres la querían era cuando no estorbaba. La frialdad de la terraza era más cálida que lo que tenía dentro, en casa.


La lluvia de primavera humedeció la tierra del tiesto, lo justo para que la semilla despertara.

El niño la vio llorando en un pasillo de la escuela. 

Esa misma tarde él salió a su terraza para verla. Quería saber si ella estaba más tranquila. 

Pero no sabía qué cosa podía hacer allí fuera, mientras esperaba y le preguntó a su madre si podía ocuparse de las gardenias. 

Del armario de la terraza sacó la regadera, la llenó de agua y empezó a regar los tiestos. 

Uno de ellos llamó su atención: sólo tenía una plantita escuálida. Se la mostró a su madre y ella le enseñó a ponerle un apoyo para que creciera. 

Así fue como, esperando, empezó a interesarse por las plantas. 
Pero la niña no salió, ni aquella tarde, ni las siguientes. 

Tuvieron que pasar unos cuantos años para volverla a ver. 

Supo que era ella porque volvió a la misma casa, a la misma terraza. 

Aunque tenía cierto aire triste, la vio distinta. No, no era tristeza, se dio cuenta de que era serenidad. 

Evolución. 

Miró el tiesto. Su escuálida plantita se había convertido en un arbusto que quería ser un bonsai. Lo sabía, la planta se lo había dicho en sus interminables sesiones de cuidados en las que no dejaba de pensar en la niña de la terraza. No sabía su historia, como tampoco sabía la historia del modo en que la semilla de su planta llegó a ese tiesto. ¿Eso importaba? Le alegraba ver que, después de tanto tiempo, ella estaba bien. Le sonrió.

Y ella le devolvió la sonrisa.

lunes, 11 de julio de 2016

40. Sólo tienes que ponerte en su lugar.

La oscuridad era angustiante. Jadeaba. No sabía dónde estaba, ni la razón por la que no podía moverse. Aquel lugar le oprimía manteniéndolo en una única postura. Tenía algo viscoso en sus ojos y sed, mucha sed. Esa oscuridad empezaba a ser desesperante, sobre todo porque el ruido de lo que hubiese fuera del diminuto espacio que le oprimía por todos lados, le golpeaba en el corazón. Se meó. Estaba aterrado. 

De pronto le acertaron un golpe furioso, seco, inesperado, doloroso, en la cabeza. Al segundo siguiente, una cegadora luz le indicó una única ruta de escape al golpe, a la oscuridad, a su no poder moverse. El ruido, además de su incapacidad de ver a causa del sol y de aquella viscosidad en sus ojos, le enfurecieron. Estaba confuso, pero sabía que tenía que defenderse. Las sombras que se movían en torno suyo empezaron a picarle, a causarle daño, heridas. La sombra de luces que movía algo delante suyo le trajo un recuerdo.

La noche anterior había cenado con su esposa, con sus hijos y con toda su cuadrilla en el asador al que solían ir la noche previa a un encierro. Estaba seguro de que había estado con ellos, que todos habían coreado su llegada con un sonoro "Mataor". 

Pero los aplausos y los vítores que le llegaban en ese momento no eran para él, sino para el hombre que le estaba azuzando con el capote. No lo pensó y embistió con furia contra su propio oficio, contra ese arte que defendía a capotazo y espada. Sintió su respiración muy cerca de ese otro ser que vestía un traje muy parecido al que se suponía que él iba a usar esa misma tarde. Sacudió la cabeza y un sonido crujiente le indicó que se había librado de aquel hombre. En ese momento el aceite que todavía tenía en los ojos resbaló y pudo ver cara a cara a su usurpador: era él mismo.

Intentó decir su nombre, pero sólo pudo escupir sangre. El dolor era insoportable. Su cuello ya no respondía. El punzón acababa de atravesarle el músculo y de desgarrarle los nervios. Sus patas delanteras perdieron fuerza. Él sólo quería defenderse, gritarles a todos que él era...

Ahogado con su propia saliva, se sacudió. Agitado se sentó sobre la cama. Su esposa seguía durmiendo a su lado. Se puso de pie y fue hacia su armario. Sacó su traje de luces, el que se suponía que debía usar al día siguiente. Lo quitó de la percha y, respetuosamente, le ensartó unas tijeras y lo desgarró. Aquel fue el último acto de consideración que iba a tener hacia el oficio que le había dado el sustento. La vergüenza sustituyó al orgullo que había tenido hasta entonces.

La noche en la que el matador fue capaz de ponerse en el lugar de su víctima, de sentir su sufrimiento, comprendió que la crueldad es incompatible con el arte, con la vida. La noche en la que el matador supo lo que era tener el alma rota porque eso le divertía a otros, entendió que su deber era crear tradiciones nuevas que no se ensañaran, sino que enseñaran lo que era el respeto. La noche en la que el matador decidió dejar de torturar a seres inocentes, esa noche se convirtió en un verdadero MAESTRO y empezó a crear cultura.

domingo, 10 de julio de 2016

39. Nudo de Kipu

El armario de Fiona estaba hasta arriba de manuscritos sin editar. No tenía prisa. Sabía que cada uno de sus cuentos se gestaban solos, que tenían su propio ritmo de crecimiento, de madurez.
Los rincones de su casa en la Ciudad de la Muralla daban muestra de su dedicación a su trabajo, a sus plantas, a sus gatos y a sus perros. Aunque necesitaba la soledad para trabajar, siempre tenía tiempo para su familia y para sus amigos con quienes, además de compartir algunas tardes de tertulia, solía compartir tareas comunitarias. 
Uno de sus amigos era Fritz, el viejo jardinero que no siempre había sido viejo, ni jardinero y que llevaba años luz enamorado de Gladys, su esposa, a quien llamaban "la Gata". Como él se encargaba del mantenimiento de todos los jardines pertenecientes a la ciudad, también tenía que ocuparse de repartir el trabajo para sus colaboradores. A Fiona siempre le guardaba un puesto que estuviera cerca al suyo. 
En una ocasión estaban podando las rosas del jardín del acantilado del oeste, que era donde estaba el hospital. Llevaban un par de horas trabajando en silencio, cuando sin venir a cuento él empezó a hablarle:
—Nosotros tampoco tuvimos hijos, pero nuestro trabajo también es como el tuyo, nos dedicamos a dar vida. Tú lo haces desde la imaginación, desde tu capacidad de crear. Supongo que mi trabajo es más humilde, al encargarme de las flores, de los árboles, pero ellos también son vida.
Ambos volvieron al silencio.
Fiona sospechó que su amigo le dijo todo aquello como siguiendo una conversación que ya tenía unos años, de cuando ella les leyó un relato sobre su único embarazo... En aquella ocasión, Kelhde, Mikhen, Gladys y Fritz guardaron silencio. Aquel relato seguía guardado en su armario y era posible que se quedara ahí, sin editar.

sábado, 9 de julio de 2016

38. Nudo de Kipu

Saber envejecer debería ser considerado en este mundo como todo un arte. Sé que en mi familia eso es muy distinto que en el resto de especies, vamos a decir, "humanoides", por lo que no debería llenarme tanto la boca (en este caso, mi diario) con este asunto... Pero, aunque sea distinto, es un proceso que espero llevar como lo hacen mi madre, mi tía o mi abuela. Lo de mi bisabuela es un tema aparte, lo sé. Es muy probable que en su día ella tendrá una apariencia mucho más joven que la mía. Lo que yo quiero es envejecer como lo hace mi abuela. Ella, cuando sonríe, se ve radiante. Es como si en ese momento volviese a ser una niña, algo que, por cierto, jamás ha sido mi bisabuela. Lo que quiero es hacer lo que hace mi abuela a día de hoy. Ella abre su armario y vuelve a ser joven con sólo mirar sus vestidos de cuando, por ejemplo, bailó la primera vez con mi abuelo, o cuando tuvo a Fiona y a mi madre... Sé que los guarda porque vuelve a ponérselos en su mente y al hacer eso le brillan los ojos. Claro que yo no tendré un armario como el suyo porque no soy de andar con trapos. Imagino que lo mío será volver a leer mi diario.

viernes, 8 de julio de 2016

37. Nudo de Kipu

De tanto en tanto miraba el reloj.
Los segundos pasaban cual eternidad y de eso él sabía un poco. 
Un segundo. Intentó ponerse en el lugar de los humanos, imaginar cómo podían soportar pasar más de la mitad de sus vidas esperando. 
Dos segundos. Nunca tuvo demasiada paciencia... Pero Valeria le hizo una jugada inesperada y tendría que aprender a tener un poco de eso. 
Tres segundos. Miró su armario, todavía lo tenía como ella lo había dejado. O eso era lo que él creía. Lo abrió. 
Cuatro segundos. Más de una vez se había metido dentro para desmoronarse entre sus vestidos, mientras intentaba atrapar algo de ella, aunque sólo fuera una partícula de su perfume del que sólo quedaba un tenue hedor añejo. Desamor. Abandono. Olvido. 
Cinco segundos. No podía seguir allí, encerrado en esa ciudad de los recuerdos que atizaban sus paranoias. Tenía que marchar. Estaba decidido, tenía que irse a hacer ese curso. Ni siquiera era capaz de decir cuánto tiempo estaba sin ella. ¿Seis décadas? ¿Cuatro? ¿Dos?... ¿O eran siglos? 
Debía intentar distraer su incapacidad de conformarse. 
Christopher terminó de hacer la maleta y se tendió sobre su cama para esperar a que amaneciera, sin sospechar que una serie de causalidades le devolverían a su encierro.

jueves, 7 de julio de 2016

36. Nudo de Kipu

Pacha continuaba contemplando su piedra, pero no se atrevía a tocarla. 

La recordaba sin recordarla. Era una reminiscencia, una intuición sobre sus vidas pasadas.

La última vez que ella enterró sus pies en tierra fértil para iniciar su transformación, Christopher llevó la piedra a un joyero. Pero eso, Valeria se lo contaría después. De momento sólo podía mirar a su hija con ternura. No había pasado mucho tiempo desde su último despertar y le parecía que su espíritu seguía de viaje.

Esta vez será distinto...empezó Valeria mientras levantaba la cadena del medallón. 

Retiró hacia atrás el largo cabello liso de su hija y le puso el collar. Suavemente la ayudó a levantarse de la cama y la condujo hacia el armario, a mirarse en los espejos de sus puertas. 

Esta vez, Pacha estaba mucho más joven y pequeña que en su anterior evolución. 

Que tuviera una estatura menor que la suya era una sensación extraña. Hasta ese momento, nunca antes había podido apoyar su barbilla en el hombro de su hija. Así lo hizo y lo disfrutó.    

Mientras seguían mirando sus reflejos, Valeria continuó:

Esta vez será diferente porque los demás dejarán de percibirte como un ser amenazantele susurró al oído y la rodeó con sus brazos para agregar―: Quizás no lo recuerdes, pero en otra época no eras la única de tu especie. Viviste algunos disgustos porque la gente te trataba mal. Eso hacía que te sintieras sola, diferente. Pero no dejaremos que eso vuelva a pasar. También será de otra manera para nosotros, sobre todo porque podremos protegerte, cuidarte un poco mejor...

miércoles, 6 de julio de 2016

35. Nudo de Kipu

Pacha consideraba que los armarios eran fascinantes.

Puede que pensara así porque nunca necesitó ninguno. 

Llegaron a su vida con el tiempo y siempre los observó desde lejos. 

Le gustaba sentarse delante de ellos e imaginar su contenido de acuerdo a quienes fueran sus dueños.

En una ocasión se concentró tanto en intentar adivinar el contenido del primer cajón de uno de los armarios de su madre que cuando ella empezó a hacerle preguntas, Pacha sólo contestaba con un "Ajá"... 

Valeria estuvo tentada a tomarle el pelo preguntándole tonterías, pero entendió que su hija, a la que adoptó en su primer nacimiento como gigante, estaba extraña. 

Entonces abrió ese primer cajón, sacó una caja de madera oscura y, sentándose a su lado, la abrió.

Quizás no la reconozcas. No sé cuánto recuerdas de tu primer nacimiento, pero esta piedra se forjó dentro del primer árbol del que naciste...

martes, 5 de julio de 2016

34. Nudo de Kipu

Al principio, cuando su madre los llevó a vivir a la Ciudad de la Muralla, se quedaron en la casa de su abuela Rosa... 
Aunque Ámbar tenía amigos y amigas de su edad, cuando Samir la hizo a un lado por estar con Kyann, en casa se sentía muy solita. 
Rosa, al verla tristona, le enseñó su armario y le dio permiso para que jugara en él. 
Por fuera parecía un mueble empotrado cualquiera, pero por dentro era prácticamente otra habitación en la que guardaba con mucho cuidado vestidos y toda clase de accesorios que eran de otras épocas. 
La niña empezó a pasar las tardes allí metida. Pero un buen día, se quedó dormida. 
Soñó con un viejo gigante de barbas que se parecía a un guerrero y que la estaba señalando con su espada. Ella sólo pudo pensar en su hermano, en que tenía que avisarle... Entonces despertó y salió corriendo. 
Su hermano estaba bien, en algún lugar con su nueva amiga. Se quedó con las ganas de contarle su sueño... 
Tampoco volvió a jugar dentro del armario de su abuela. 

lunes, 4 de julio de 2016

33. Nudo de Kipu

Kyann abrió su armario y sacó el abrigo que más le gustaba.


Su acogedora vivienda ocupaba la mitad de la torre del faro que a su vez se adentraba en el acantilado del este, el más alto de la Ciudad de la Muralla. Nada de lo que tenía ahí le resultaba indispensable, ni siquiera sentía que algo de todo eso fuera suyo, salvo el abrigo. Y era que aquella prenda le daba cierta esperanza... La forma en que sus amigos nativos de Kalaij la confeccionaron demostraba que existían modos nada crueles de convivir con la naturaleza. Respeto. Terminó de vestirse y echó un último vistazo. Era muy posible que no volviera a ese lugar, menos bajo las mismas condiciones.


Antes de marchar, se acercó al ventanal y miró hacia la oscuridad del mar. Un ser oscuro, sin mirada ni rostro fue hacia ella. Parecía querer desafiarla. Ella le sonrió; no le tenía miedo. No era la primera vez que esta especie de espectros intentaban intimidarla, pero eso a ella no le generaba mayor impresión salvo cierta curiosidad por saber lo que querían de ella. Escuchó que Jade la llamaba, le decía que todo estaba listo. Ella le hizo un gesto al ente, como indicándole que ya se volverían a ver y éste desapareció.


Se volverían a ver, de eso estaba segura, aunque la próxima vez ella no fuese la jefa de los centinelas.

domingo, 3 de julio de 2016

32. Nudo de Kipu

Hubo una época en la que Pirata, como buen pirata, tuvo un loro. El ave llegó sola a su hombro y sola se fue. Lo acompañó en una de esas huídas suyas en las que abandonaba todo para adentrarse en tierras inhóspitas, lejos de todos, sobre todo de Exia.

Después de muchos días, o meses, sin toparse con nadie, una buena mañana su compañero plumífero empezó a volar delante suyo, guiándolo hacia una aldea. Los moradores, atemorizados al verlo llegar, se retiraron. Él no insistió. Estaba bastante harto de sí mismo y tampoco estaba buscando compañía, por lo que se retiró a una distancia prudente y descansó. Iba a recuperarse para deshacer lo andado y volver... Tenía que reparar el mástil de Gracia, contando con que su barco siguiese donde lo había dejado. Se durmió pensando en eso y cuando despertó, estaba rodeado de flores, fruta y mucha comida. En cuanto se sentó, el loro se posó en su hombro. Debía tener a casi toda la aldea observándolo y todos empezaron a reír. Durante las dos semanas que permaneció en la aldea, nunca comprendió la lengua de sus pobladores aunque ellos siempre parecían entenderle a él; sospechaba que el loro traducía sus palabras, pero nunca estuvo seguro. Lo que sí había notado era que siempre que parecía referirse a él, el loro decía una palabra que provocaba que todos soltaran risillas.

Nunca supo que esa única palabra, en la lengua de esa aldea, significaba "mentira, mentiroso y miente" a la vez, como tampoco supo que ese loro en realidad era una proyección de su esposa.

Él, como buen nostálgico -aunque niegue serlo- todavía guarda en su armario una pluma pequeña de aquella ave. Puede ser que uno de estos días ella, Exia, le cuente esa parte de la historia...

sábado, 2 de julio de 2016

31. Nudo de Kipu

Hacedoras y Hacedores solían acudir a Erie, el mundo protegido por Abril, cada vez que necesitaban recurrir al herbolario. Allí, xanas y trasgus compartían todo tipo de tareas para cultivar la mayor variedad de plantas medicinales que eran llevadas desde los rincones más apartados de todos los mundos. 
Un buen día, Xaey, una de las xanas más pequeñas, empezó a rechazar el néctar con el que se alimentaban. Por las noches no podía dormir y siempre estaba cansada, en parte porque tenía ataques de estornudos y en parte porque le costaba respirar. Ni siquiera Kidall, la reina madre de todas las xanas, sabía lo que le estaba ocurriendo por la sencilla razón de que los seres de su especie nunca enfermaban. 
Cuando Aibrean, que así era como conocían a Abril en su mundo, fue a ver lo que ocurría, encontró a Kidall paseando a Xaey. La estaba cargando con sus piernecillas apenas sujetas a su cintura y con el mentón apoyado en su hombro. Sus alas parecían quebradizas, mientras que sus ojos estaban como hundidos y con unas enormes ojeras. La pequeña xana parecía que estaba durmiendo y así, como en sueños, decía: "Acabó, acabó..." 
Aibrean mandó a todas las curiosas xanas y a los curiosos trasgus a salir de la enfermería del palacio invernadero, que era un edificio de tan grandes dimensiones que dentro cabían árboles. Echó un vistazo a lo que había en esa habitación y no encontró nada distinto a las plantas que solían tener en recuperación. 
—¿Ha venido algún hacedor o hacedora mientras yo estaba en Kalaij? —Preguntó Aibrean levantando una de sus pelirrojas cejas.
—No. En los últimos días, el único que llegó de fuera, a parte de ti, fue Saeruk. Él volvió de los mundos gemelos. 
—¿No traería la flor de Xeltax-Xatlex? ¿O sí?
—Sí, trajo un ejemplar que necesita para hacer un antídoto, pero lo tiene a buen recaudo, en la profundiad de su cueva de estudios. 
—Y hace muchos años que no teníamos una de esas flores en Erie... Es posible que nuestra pequeña Xaey sólo tenga una alergia. Espera...
Aibrean sacó de un armario un potingue hecho a base de tomillo y embadurnó a la criaturilla desde la cabeza hasta la punta de los pies. Xaey empezó a respirar con normalidad, dejó de estornudar y volvió a probar el néctar. Tuvo que usar ese potingue hasta que Saeruk terminó de elaborar el antídoto. Felizmente, la flor de Xeltax-Xatlex era la única planta, de las conocidas, que se había negado a ser cultivada en Erie, por lo que la xana no volvió a pasar por semejante suplicio. Aunque no fue el único incidente que la llevó a la enfermería, pero esa es una historia que forma parte de otro nudo.
 

viernes, 1 de julio de 2016

30. Nudo de Kipu

Fiona desarrolló su cualidad visionaria de manera independiente a su preparación. Durante los cientos de años que vivió en el mundo de fuera conoció a una cantidad incalculable de gente. Cuando todavía era una niña empezó a ver el interior de quienes se acercaban a ella. Al principio no sabía cómo manejar las sensaciones que recibía de los demás. Toda esa información sobrepasaba sus fuerzas; pero, con el tiempo, fue haciéndose capaz de contenerse y de separar sus emociones para comprender al otro poniéndose en su lugar. Así aprendió a abrir otro tipo de puertas dimensionales algo distintas a las que estaban acostumbrados en la Cuerda Amauta. Una de esas puertas que era capaz de ver era el talento ajeno. Cuando centraba su atención en esa dimensión, también era capaz de ver el futuro más probable para la persona que tuviese delante. Así fue como se hizo visionaria. Como con todo, también aprendió a mantenerse al margen. Al principio hacía sugerencias que, generalmente, no eran bien recibidas. Más adelante se limitaba a registrar sus impresiones, observar de lejos y ver lo que ocurría. Sólo algunas veces, si la persona en cuestión le generaba algún tipo de afecto, usaba sus anotaciones para escribir alguno de sus cuentos.
En una visita que hizo a su hermana, cuando sus dos últimos sobrinos todavía eran pequeños, tuvo una visión. Esa noche era imposible dormir por el calor y los cuatro salieron a la pequeña terraza de la cabaña, en lo alto del árbol. Ella y su hermana estaban en una de sus conversaciones divertidas mientras que Ámbar y Samir estaban tendidos, cabeza con cabeza, en el suelo de madera. Jugaban a inventarse nombres raros basándose en los nombres de las siete lunas de Kalaij que en esa noche brillaban cual faroles. Por alguna razón perdió la mirada en los movimientos que el niño estaba haciendo con los pies. Durante un momento, su mente se puso en blanco y de pronto tuvo esa visión. Vio a Samir, a su talento, a la dificultad que tendría para asumirlo y que ella estaría a su lado para apoyarle... Aquella imagen la guardó en su mente durante algún tiempo y cuando estuvo lista, la escribió. Dobló y guardó el papel dentro de un libro, en un cajón de su armario. Ahí se quedó durante años, hasta que ella vio que se acercaba el momento de dárselo a su dueño. Entonces empezó a trabajar en un pergamino en el que caligrafió el cuento y que adornó con acuarelas. Unas cuantas semanas después de haberlo terminado, Samir fue a buscar refugio en su casa. Pero aquella historia forma parte de otro nudo.