Al rinoceronte paracaidista, luego de finalizar
su jornada, le gustaba aterrizar en el balcón de su casa.
No lo hacía siempre,
pero era algo que a Golondrina, así se llamaba su esposa rinoceronte, le disgustaba.
Ella, que además de trabajar en diseño aeroespacial, se encargaba de los
pequeños y de la casa, tenía el tiempo justo para cada cosa.
Así es que, cuando
él hacía la gracieta de caer entre la ropa tendida y el mini huerto urbano, a ella
le daba un patatús.
Esto ocurrió hasta la vez en que Golondrina y los mellizos,
Lalo y Lola, libraron todo el día y tuvieron tiempo para escapar del
aburrimiento –que suele estar involucrado en muchas maldades– desarrollando un
plan para hacer que el padre dejara de pegarles esos sustos.
Entre los tres rebuscaron
dentro del armario hasta que dieron con el bañador de papá. Aquella prenda era
como cuatro o cinco tallas más grande que las que usaba a diario. Decía que le
gustaba sentirse libre cuando iba a la playa, o de campamento al río. Le
bastaba usar el enorme cordón para sujetarse los pantaloncillos a la cintura
porque el elástico apenas le servía.
Entre los tres ataron un extremo del
bañador al poste que estaba en la esquina de la casa y estiraron tanto la
cintura que tuvieron que atar el otro al árbol familiar de tal manera que quedó
como un toldo que cubría el frontal. Luego pusieron la escalera en el balcón y
subieron al tejado. Ataron parte de la cintura a la antena y para terminar de
abrirla usaron la base de cemento de la sombrilla del jardín.
La parte interior
del bañador, abierta al cielo, fue el segundo objetivo del plan. Compraron
crema de chocolate para untar y la esparcieron en el forro interior formando un
enorme palomino azucarado. Una vez que terminaron de hacer esto, cruzaron las
patas con la esperanza de que esa tarde el padre repitiera la travesura…
Y así
lo hizo.
La forma de su bañador fue visible desde las alturas y lo otro
también.
Entre el susto y el ataque de risa que le entró en pleno descenso, le fue
difícil controlar la dirección del paracaídas y estuvo a punto de convertirse
en un gran escombro.
Al final no volvió a repetir la travesura y su esposa y los mellizos no volvieron a comer crema de chocolate en los desayunos.
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