sábado, 31 de diciembre de 2016

213. Corto y cambio

Abrió el armario y salió un nuevo año que tenía esperanza en la mirada, buenos deseos para todos y una dulce carita de felicidad...

viernes, 30 de diciembre de 2016

212. La cuchara de palo

La cuchara de palo fue creada con un propósito definido: servir para la elaboración de suculentos potajes. 

Y aunque su entrega diaria, ese darlo todo entre los fogones, la llevó a quemarse, a golpearse, a gastarse, nunca se sentía satisfecha. 

Una tarde de mucho trabajo, decidió que había sido suficiente. En cuanto vio la oportunidad, saltó desde el armario hasta la ventana de la cocina y de allí, hasta el jardín. 

Cayó de pie, justo al lado de un rosal que acababan de plantar. 

La cuchara se enterró hasta que quedó firme y brindó su apoyo al pequeño arbusto, algo que duró hasta que ambos se confundieron con la tierra o se fundieron en ella. 

Fue así como la cuchara de palo cumplió con el destino que ella quiso para sí: hacer algo que la hiciera sentirse viva.

jueves, 29 de diciembre de 2016

211. Telón


Su madre le dijo que se quedara quietecita. La pequeña así lo hizo. Estaba acostumbrada a observar la actuación de su madre en silencio. Lo hacía cada noche desde su rincón, tras las bambalinas. 

Antes de bajar de la suite, su madre le dejó escoger su atuendo. Era la primera vez que le dejaba hacer algo de mayores. La niña sintió tal ilusión que tuvo mucho cuidado de no desordenar los cajones del armario.

Esa fue la noche en la que empezó a sentirse grande y a desear ser como mamá. Admiraba sus movimientos, su voz, su seguridad, la valentía, la fuerza con la que se enfrentaba a la oscuridad de la platea,  de todo el teatro. Mientras pensaba en estas pequeñas cositas sus ojos empezaron a cerrarse. Intentó luchar contra el sueño, pero el cansancio pudo con ella y al final…

La madre la encontró acurrucada en el suelo, cubierta con un extremo del cosmos, el telón principal. Alzó a la pequeña entre sus brazos y juntas subieron a las estrellas...


miércoles, 28 de diciembre de 2016

210. Repetición

Érase una vez un cuento de nunca acabar.

Empezaba en un armario. 

Sus puertas se abrían y conducían al laberinto que rodeaba la mansión del ensueño. 

La puerta principal de la mansión, era un armario que comunicaba con un recibidor. Aquel espacio tenía el suelo cubierto por baldosas negras y blancas que formaban un camino retorcido, lleno de recovecos y sendas que llevaban a ninguna parte. Sólo había una ruta correcta que llevaba a unas escaleras que subían o que bajaban. La multitud de espejos que coronaban el techo reflejaban las escaleras como si fueran un laberinto interminable que se repetía a sí mismo mientras un coro de inocentes cantaba el final que, como hemos dicho en un inicio, era una vuelta a empezar porque érase una vez un cuento de nunca acabar que empezaba en un armario...

martes, 27 de diciembre de 2016

209. Guerrera

La niña tenía la puerta de su armario empapelada con una imagen. 
Se trataba del poster de una princesa que no era ni de la vida real, ni de un cuento de hadas. 
En el mundo de fantasía, aquella mujer no estaba sentada esperando a que algo pasara, sino que ella era una de las protagonistas de una revolución. 
La pequeña niña, a la que no le iba muy bien en la escuela, pasaba horas mirando la imagen desafiante y guerrera de su heroína de ficción. Cada vez que lo hacía, se imaginaba a sí misma en el futuro, luchando sin amilanarse por ser chica. 
Esto la ayudó a sobrevivir al entorno social de la escuela y al universo caótico que le suponía su preparación académica. 
Terminó aquel capítulo como pudo y una vez fuera, dio un vuelco a la propia imagen que tenía de sí misma... 
Y todo gracias a una princesa que la revolucionó desde la ficción.

lunes, 26 de diciembre de 2016

208. George

Ella, que vivía en una dimensión libre, en un mundo igualitario, decidió, a sus siete años, que se llamaría 'George' y así fue como la conocieron desde entonces.

A George le gustaban muchas cosas: la música, la poesía, dibujar, leer cómics de aventuras galácticas, jugar al fútbol, hacer rebotar las piedras en el río, montar en bicicleta, subir a los árboles, hacer fogatas para asar castañas y muchas otras cosas más que podía hacer sola o con su mejor amiga y sus dos mejores amigos.

Pero, lo que más le gustaba hacer era pasar tiempo con su abuelo. 

Él le enseñó a reparar todo tipo de motores. 

Cuando cumplió los diecisiete, entre ambos ya habían construído la que sería la primera moto de George. 

El abuelo le regaló una chaqueta de cuero y ella se compró unas botas con aplicaciones de metal. 

Unos vaqueros desgastados, una camiseta negra y su pelo largo, liso y violeta, completaban su imagen.

George hizo su vida como quiso. 

Viajó, amó, trabajó, ahorró, despilfarró... Y siempre actuó con honestidad.

En un, arranque de dignidad, quemó su adorada chaqueta de cuero dentro del armario de una casa a la que nunca volvió. No le hacía falta para recordar a su abuelo. Ese sacrificio fue la única salida que tuvo para recobrar su libertad.

Su espíritu siempre tendrá el mismo ímpetu que tenía la primera vez que arrancó su moto y con ella se fue a recorrer el mundo.

domingo, 25 de diciembre de 2016

207. Una natividad peculiar

Un nacimiento ocurrido en un armario, cambiaría el destino de los habitantes de la tierra ratonil.

Acababa de nacer una ratona azul, destinada a liberar a su pueblo de las garras opresoras de los gatos juguetones.

Un foco, que hasta entonces parecía haber estado fundido, se encendió con tal intensidad dentro del armario que parecía ser de día. 

Unos ratones voladores y repartidores de regalos inauditos, se guiaron por esta luz para asaltar la cocina y volver sanos y salvos. Llevaron trozos de quesos, de bizcochos y de polvorones, que repartieron a todos los ratones que fueron a visitar a la pequeña ratona azul.

Cuando ella creció se hizo amiga de una gatita de ojos claros. 

El juego de ambas, que era limpio, sano y casi sin piques, enseñó a gatos y a ratones a convivir en paz...

Y mientras los gatos hacían guardia para alertar de la presencia de humanos, los ratones voladores les bajaban de las alturas de la nevera, las delicias que de otra manera no habrían podido probar. 

Fin.

sábado, 24 de diciembre de 2016

206. Utopía de solsticio

Érase una navidad venidera en la que todo el mundo tuvo paz.

Érase una celebración sin religiones ni consumismo de por medio.

Érase un tiempo en el que la infancia desconocía el miedo de vivir en medio de guerras y holocaustos sin sentido.

Érase un deseo de tarjeta de fin de año guardada en un armario... 

...Y tal parecía que allí se quedaría

viernes, 23 de diciembre de 2016

205. Desquiciado

El ununu rumiaba los suculentos secretos de quienes se atrevían a confesarle sus faltas. 

El arlequín vivía angustiado por uno de esos secretos que decidió contarle al ununu. Se trataba de un asunto baladí; de hecho quedó archivado en el armario de las confesiones pueriles. Pero, para el arlequín, aquel secreto era de vital importancia.

El ununu, desconocedor de ese detalle, pero atento observador, empezó a fijarse en la conducta esquiva del arlequín. Esto le hizo sospechar que podía encontrar algo aprovechable en la archivada confesión. La buscó en el armario y luego de encontrarla, se dedicó a estudiarla. 

Elaboró hipótesis, recopiló toneladas de información que le llevaron a abrir más de una línea de investigación. Siguió todos los hilos y ató todos los cabos. Se dedicó con tanto entusiasmo a desentrañar las profundidades de aquel secreto que olvidó las demás confesiones y su actividad rumiadora. Incluso llegó a olvidar que empezó a investigar esa confesión, movido por siniestras intenciones. Dejó de pensar en sí mismo y enterró el armario de las confesiones pueriles.

El arlequín llevaba tanto tiempo desquiciado por aquel secreto que la locura del ununu no le afectó ni para bien, ni para mal.

jueves, 22 de diciembre de 2016

204. Venganza

« —Si decías, porque decías. Si te quedabas callado, porque no decías nada. Total, que este hombre no se quedaba tranquilo y continuamente le buscaba los tres pies al gato. Lo hacía siempre y siempre terminaba empantanado en malentendidos de poca monta. Como se metía en muchos y variados líos, terminaba enemistado con medio pueblo. ¿Que qué? Repite. ¡Ah! ¿Que qué ocurría con el medio pueblo restante? Pues sucedía que no le querían tener cerca. Como se suele decir, preferían mantener las distancias. Una... Espera, que acabo de acordarme de una cosa, calla un poco y déjame contarte. Antes de que le sucediera aquello, apareció una pintada en el muro de su casa; ponía “munaizapa”. Sí, sí, eso mismo: “mu-nai-za-pa” ¡Anda, sabes lo que significa! A mí me costó una tarde entera en la heladería para enterarme que se estaban burlando de él. Allí, los viejos decían entre risas que la pintada debió de hacerla algún crío. Le echaban la culpa al nieto de uno que se estaba partiendo de risa. A la mujer no le hacía ninguna gracia que señalaran al nieto; aunque se ponía muy seria para defenderle, pronto se contagiaba de la risa del marido. Las demás mujeres se dedicaron, entre risas, a pinchar la teoría de los viejos. Les decían que ni los más jóvenes, ni los que venimos de fuera como nosotros, conocemos las palabras de sus raíces indígenas. Eso sí, todos se pusieron de acuerdo para reírse de mí, de mi ignorancia. “¡Que es un detalloso!”, dijo uno. “¡Eso tampoco lo entiende!”, le contestaron a coro y estallaron en carcajadas. “Que es un pretencioso”, me explicó con más calma la abuela que, entre indignada y risueña, me cogió por el brazo para apartarme a un lado. No supe qué quería decirme, porque en ese momento alguien más dio la voz de que el Munaizapa venía calle abajo. Entonces la mujer se apresuró en llevarse a su marido y ambos se fueron entre vítores y aplausos de los demás. ¿Qué? No, no, ese no. Te estoy hablando del hombre que compró la casa de la esquina, la que tenía ese jardín que todos los vecinos cuidaban y querían como propio, pero que cuando llegó él, levantó un muro y lo cercó. No, no; las autoridades no pudieron hacer nada. Tampoco pudieron hacer nada cuando cambió la puerta de la entrada por un armatoste que se parece más a un armario. No esa esquina, la otra. ¿No es él por quien preguntas? ¿Entonces? ¿Qué? ¿Estás seguro? ¿Al dueño de la casa de la otra esquina le sucedió lo mismo que a Munaizapa? ¡Qué dices! Pensé que… Espera, espera. Mejor voy a tu casa y me cuentas. Te llevo unas cervezas que tendremos para rato. Hasta ahora.»

Colgó el teléfono y se fue en busca del resto de la historia. No te preocupes, no te pierdes de nada. El desenlace es tan malo como el de chiste del niño del papelito. ¿Te acuerdas? Me lo contaste tú… Se suponía que todos marginaron al niño por lo que ponía el papelito, pero justo, al final de la historia, el dichoso papelito se borró.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

203. La habitación azul

Si la casa de las paredes de madera pudiera contar historias, quizás empezaría con el cuento de la habitación azul en la que ella, tan diva como divina, tenía un armario lleno de alegre nostalgia. 

Rondaba el arte por sus venas y los niños la seguían a donde fuera. 

Jugaban a los corros, a la liga, a las escondidillas, a las cosquillas no, a saltar a la cuerda y a reír a carcajada limpia. 

Pero el juego que todos esperaban con ansia era entrar en la habitación azul y que les dejara husmear en el armario.

Escogían prendas de vestir, zapatos, abrigos, pelucas y sombreros, y una vez disfrazados, jugaban al teatro. 

Ella, tan tía, tan abuela, les organizaba y luego de las meriendas, representaban sus obras a los mayores.

Si la casa de las paredes de madera pudiera contar historias, ella estaría en todas y en cada una de ellas. 

martes, 20 de diciembre de 2016

202. Pelos y madera

Érase una vez un gato radical y un armario desesperado.

El uno era muy libre, decidido e independiente. 
El otro era hueco, estático y estaba impaciente por sentirse útil, porque fue olvidado en el desván.

Un buen día el gato, que no aguantaba pulgas, se enfadó con sus humanos y decidió perderse en algún rincón. 
Así fue como llegó al desván y se hizo compañero inseparable del mueble al que adoptó como hogar y del que sólo se separaba para hacerle la pelota a sus humanos en busca de comida y poco más. 
Ellos, sus humanos, imaginaban que andaba cazando por ahí, entre amoríos felinos y aventuras gatunas, por eso nunca se tomaron la molestia de buscarlo por casa; y como tampoco echaban de menos la utilidad del armario...

Érase una vez y para siempre un gato radical y un armario acogedor que trabaron una curiosa y dormilona amistad. 


lunes, 19 de diciembre de 2016

201. El reloj de chimenea

Mamá era la primera en levantarse y la última en irse a dormir. 

Siempre estaba ocupada haciendo cosas tales como el desayuno, recoger el desorden, organizar las meriendas, llevar a los chicos al cole, pasar por la lavandería, hacer la compra, limpiar la cocina, los baños, las habitaciones... ¡toda la casa! 
Luego ayudaba a los chicos a hacer los deberes y escuchaba las dificultades que había tenido su esposo durante el día, cuando volvía cansado del trabajo. 
Como ella siempre estaba haciendo algo, todos pensaban que era inagotable, pero esto no era cierto.

Una mañana recibió un paquete. 
Era un regalo de una prima suya a la que todos tenían por bruja y que vivía al otro lado del océano. 

«Para que dejes de jugar a la casita de muñecas»

Era lo único que le puso en una nota. Estaba dentro de la pequeña caja, sobre las dos miniaturas envueltas en papel y plástico de embalaje. 

Se trataba de un reloj de chimenea y de un armario, ambos accesorios de una antigua casa de muñecas. 
Le hizo gracia la ironía de la nota. 

Colocó ambos objetos sobre la mesa de la cocina y se dispuso a observarlos con mayor detenimiento. 

En cuanto abrió las puertas del armario, la madre se volvió humo y quedó atrapada dentro. 

En ese momento el reloj de chimenea creció hasta llegar a un tamaño corriente. Al mismo tiempo, el pequeño armario se hizo aún más pequeño, tanto que encajó en una rendija en la madera que tenía el reloj justo en el centro, debajo del minutero que en ese momento marcaba las seis. 

Cuando el padre y los chicos llegaron del trabajo y de la escuela, respectivamente, encontraron la casa a medio hacer -eso fue lo primero que les extrañó-. 

Al cabo de un rato se dieron cuenta de que mamá no estaba y la empezaron a buscar por todas las habitaciones. 

Estaban hambrientos, cansados, llenos de deberes, de batallas que contarle. Pero mamá no estaba por ninguna parte. 

Intentaron llamarla, pero los teléfonos y los móviles dejaron de funcionar. 

Quisieron salir a preguntarle a alguna vecina, por si la habían visto, pero las puertas y las ventanas estaban cerradas. 

Intentaron encender el ordenador, el televisor, la radio, por si había alguna noticia que explicara su desaparición, pero nada funcionaba. Ni siquiera funcionaban las consolas de video juegos.

Uno de ellos, el padre, o el hijo mayor o el pequeño, descubrió el reloj de la cocina. 

Además de marcar la hora en la esfera principal, tenía dos esferas pequeñas a cada lado. Una marcaba los días y meses y la otra los años. En la parte trasera tenía una cuerda y al darle vueltas, salió un papel que ponía lo siguiente:

«Todo lo que hace mamá es de agradecer, 
y por eso ella volverá
cuando la palabra 'dignidad'
se termine de aprender»

Los primeros días hicieron las cosas como les dio la gana. 

Estaban enfadados. Acabaron toda la comida preparada, los dulces y otras cosas que había por ahí. 

Cuando quedó poco, o nada, empezaron a comer lo que aparecía en los estantes y en la nevera, que era pescado, fruta, verduras y poco más. 

Los primeros años vivieron sucios, apenas recogían o lavaban aquello que desordenaban o ensuciaban; ellos mismos no tenían ganas de ducharse. Ninguno envejecía, así es que les daba igual hacer o dejar de hacer lo que fuera. Se aburrían, se peleaban, dejaban de hablarse, de jugar. Se volvieron gruñones y sólo se quejaban de que mamá no estuviera con ellos. La echaban de menos, sí, pero porque todo era un desastre sin ella.

Pasaron un siglo así, hasta que un buen día, uno de ellos, el padre, o el hijo mayor o el pequeño, volvió a leer la nota que había salido del reloj. 'Dignidad' repitió en voz alta. Entonces los tres se preguntaron qué era lo que sería la dignidad para mamá. 

Hablaron sobre ello y, mientras lo hacían, empezaron a recoger y a limpiar todo el desastre. 'Mamá haría esto de este modo o de éste otro'. Pusieron lavadoras, plancharon, pasaron la aspiradora y muchas cosas más. 

Cuando terminaron, se sentaron y empezaron a echar de menos a mamá, pero esta vez de verdad, no por todo lo que hacía, sino por la persona que era para ellos. En ese momento el hechizo se acabó y mamá volvió al lado de los tres... 

A partir de ese día todos se dividieron las responsabilidades de la casa y mamá tuvo tiempo para redescubrir y retomar algunos talentos que había olvidado que tenía y que la hacían crecer, ser más fuerte como mujer y persona.

domingo, 18 de diciembre de 2016

200. El armario de los cuentos

En el armario de los cuentos trabajaba duramente una única neurona. 
Se dedicaba a manejar la compleja maquinaria destinada a organizar las palabras, ideas e imágenes que ahí se guardaban. Era tan tímida que se escondía cada vez que se abrían las puertas. A veces se asomaba para ver los rostros de quienes sacaban alguna de sus historias; ver sus reacciones era su única recompensa. Pero la sensación que esto le dejaba, le duraba muy poco y, cabizbaja, volvía a sus solitarias tareas.

Un buen día, otra neurona llegó al armario. 
Se dedicaba a empujar los muebles, a cambiarlos de sitio según las órdenes que recibía. 
Entró en aquel armario para comprobar si había algo o no. Ambas se encontraron de casualidad. 

La primera no se había dado cuenta de que las puertas habían sido abiertas. 

La segunda, en lugar de echar un vistazo y marcharse, se quedó a curiosear entre las imágenes que brillaban encajadas una contra otra, entre las ideas que hacían ebullición en medio de un complejo de tubos transparentes y entre las palabras que caían desordenadas desde los sacos que las contenían, los mismos que estaban apilados en estanterías que parecían no tener fin.

Al encuentro de ambas, siguió una larga charla. Hablaron de la soledad y de la relativa monotonía de sus trabajos. 
—Sabes, —dijo la segunda— a veces creo que sólo debemos seguir, que nuestro esfuerzo sí que será reconocido, pero debemos empeñarnos en continuar. Vendré a visitarte para que no te sientas tan sola y a ver si puedo ayudarte de algún modo.
—Vale. Pero no me has dicho tu nombre.
—Testaruda ¿y tú?
—Yo soy Fantasía.
A partir de ese encuentro, Testaruda se aficionó a las historias de Fantasía, y cada vez que la encontraba cabizbaja, se saltaba sus propias órdenes y empujaba un poco el armario, por si el cambio de sitio la ayudaba a animarse y a continuar... 

sábado, 17 de diciembre de 2016

199. Lo que no se ve

Mishky, el rico del pueblo, tenía un enorme barrigón. La gente decía que allí dentro era donde tenía que tener guardados sus millones en monedas de oro de la época de ñangué

Y es que él nunca iba al banco, sino que eran los gerentes del banco quienes iban a verle. 
El banco evitó la quiebra un par de veces en veinte o treinta años, gracias a su intervención. 

Aunque su casa era la más grande, vivía alejado de lujos y comodidades porque consideraba que existían otros quehaceres mucho más importantes que perder el tiempo en guardar las apariencias. El único bien que él consideraba como muy preciado era un viejo armario. 

El mueble no era una antigüedad renovada, sino que lo mantenía tal y como se lo había dejado su padre. Si alguien se interesaba en la pieza, él le contaba su historia y mientras lo hacía, abría sus puertas dejando ver que en su interior no había nada. 

«—"Mientras este mueble se mantenga en pie, ten la seguridad de que encontrarás el modo de resolver cualquier problema que te sea planteado." Eso era lo que me decía mi padre cada vez que me veía batallar con las lecciones de la escuela. Él no tenía estudios, sabe usted, y era por eso que quería que yo los tuviera.»

Así era como usualmente finalizaba la historia del mueble. Casi nunca le preguntaban más sobre el tema porque casi siempre lograba aburrir a los demás con lo que la antigüedad significaba para él. 

Quizás esa era su intención porque, cuando nadie le veía, abría el armario y contemplaba su fortuna.   

viernes, 16 de diciembre de 2016

198. Caja de recuerdos

En una caja de zapatos, una de esas que sirven de almacén de recuerdos, la maestra guardaba un sobre con unas cuantas fotos. 

Eran de sus ex-alumnos, de cuando eran peques, que fue la época en la que les enseñó. Entonces, unas cuantas madres tuvieron la delicadeza de dedicarle cuando, al final del curso, se despidieron de ella.
 
No necesitaba ver esas fotos para recordarles, para imaginarles entre achuchones y juegos, entre risas y pataletas. 

En ocasiones se preguntaba si en sus vidas adultas le recordarían; pero prefería pensar en que no era así. 

Alguna vez se encontró con alguno de ellos por la calle. Por su reacción se dio cuenta de que aquel niño no quería recordarla porque 'ya no era un bebé'. 

La inocente crueldad de la niñez a veces era así. Lo único que hizo fue aceptarlo. 

Le consolaba pensar que el cariño con el que les trató, sólo era parte de su profesionalidad, aunque eso sonara frío o distante. En cualquier caso, la verdad era que no estaba en el presente de aquellas criaturas. Punto. 

Una noche, en la que los sueños se confunden con lo cotidiano, vio salir a esos pequeños de sus fotos, de la caja, de su armario. 

Rodearon su cama y empezaron a decirle que ella había sido una de esas personas que sembraron, en sus pequeños seres, las semillas de la curiosidad. 

Despertó con la sensación de haber hecho algo pequeño, pero importante.

jueves, 15 de diciembre de 2016

197. Cuento de cumpleaños

La pequeña de los rizos oscuros saltaba de baldosa negra en baldosa negra, para no caer en el lago de las baldosas blancas; además debía evitar que se la comieran los cocodrilos que nadaban en las juntas. 

Podía estar horas en su habitación jugando a ser una saltimbanqui que sobrevivía a los mordiscos de los reptiles imaginarios porque eso era mejor que escuchar las constantes críticas de su malvada abuela a la que convirtió en una monstruo mutante de pies de franela y moño de trapo. Mientras la monstruosa abuela siguiera durmiendo la siesta en su mecedora, la niña podía seguir con su juego feliz. 

Un ruido que provenía de su armario detuvo sus saltos. 

La niña evitó las baldosas blancas hasta la puerta de su habitación, se asomó por el hueco, miró a un lado y al otro, cruzó el pasillo saltando y llegó hasta el salón. 

La radio estaba encendida. Sonaba una radionovela. 

Miró por debajo de las patas del mueble de la radio, que estaba junto a la entrada. 

Vio que los pies de franela de su abuela seguían meciéndolola en sueños… Un estrepitoso ronquido le confirmó que dormía profundamente.

Animada, la pequeña volvió de baldosa en baldosa a su habitación, fue directa hasta su armario y lo abrió.

—Aunque desde mi cumpleaños al tuyo hay ciento noventa y siete días, y entre tu nacimiento y el mío hay veintinueve años, tú siempre serás mi doble. ¡Feliz cumpleaños mi amorcita linda!

El aviador llevaba su traje de gala y su espada al cinto, tal y como iba vestido el día de su matrimonio (esa foto, la de él y su madre saliendo de la iglesia, la tenía enmarcada y envuelta en un pañuelo, guardada en el fondo de un cajón donde esperaba que las garras de su abuela no llegaran pues tendría que agacharse mucho para lograrlo).

Pero su padre no estaba en ninguna foto. Estaba de pie, aunque algo encorvado y apretujado dentro del armario. Y le estaba sonriendo. 

Sostenía con una mano una tarta de merengue cubierta de caramelos rellenos de chocolate y velas de colores. En la otra tenía un regalo envuelto con papel dorado y una cinta roja. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo para que la tarta no ensuciara los vestidos.

La sorpresa para la pequeña de los rizos oscuros no fue recibir su visita. 

Él iba a verla a diario a través del armario. 

Lo que le asombró fue que ese día fuera su cumpleaños. Si no hubiese sido por él, no se habría dado cuenta, como a su abuela no...

—¡Hagamos la fiesta entre los dos!— Le dijo él, como adivinando lo que estaba a punto de pensar. No iba a permitir que ella se pusiera triste, o enfadada, o que se aburriera... 

Salió del armario, puso la tarta en una mesita, quitó la cinta del regalo y abrió la caja dorada. 

Miles de globos de colores salieron, se elevaron y dispersaron por todo el techo. 

También salieron una docena de payasos, un cuarteto de cuerdas, un pintor de retratos, un trío de trapecistas, dos marionetas, un carrito de algodón de azúcar y manzanas de caramelo, otro de helados y un domador de monstruos que hechizó a la abuela para que fuera buena. Y, entre todos, montaron un circo-fiesta de cumpleaños que la niña, aún siendo muy mayor, nunca olvidó.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

196. Vendaval

Caminaba mirando hacia el frente, al pico de la otra montaña en la que estaba el final del cable. Sus pasos eran firmes; sus pies se amoldaban a la forma del acero. Iba concentrada, impertérrita, sin fijarse en el abismo que la rodeaba. Un golpe de viento, uno de esos que son inesperados y traicioneros, podía apartarla de su meta, de su propia vida. No pensaba en ello, tan sólo disfrutaba del momento, de la adrenalina que mantenía en alerta todos sus sentidos. Imaginaba que estaba jugando a hacer equilibrio entre los muebles del salón, o entre las sillas de la cocina, o entre su cama y el armario, tal y como hacía cuando era niña. De pronto, una ráfaga de aire frío la envolvió y la transportó a otra dimensión, a otro mundo.
Sintió vértigo justo antes de abrir los ojos. Vio las montañas, las nubes, el cable, sus pies, el abismo. La caída, aquel último recuerdo, apareció fugaz porque lo olvidó al instante. Y al abrir los ojos por primera vez, estaba en los brazos de una mujer que la miraba amorosamente. Reconoció su voz, la había escuchado durante todo el tiempo que permaneció creciendo en su vientre. 

martes, 13 de diciembre de 2016

195. Sentencia

El hombre con cabeza de búho presidía la mesa del tribunal. Parecía dormir acurrucado en su túnica, pero no era así. Como juez, estaba escuchando atentamente al fiscal cabeza de león. Él, en su alegato final, se estaba dirigiendo a los honorables miembros del jurado popular, que estaba conformado por todos los integrantes del burdel-gallinero. Ellas, las damas cabezas de gallina, estaban ataviadas con trajes de dos piezas de faldas o pantalones y chaqueta; además llevaban blusas abotonadas hasta el cuello. Ellos, los jóvenes chaperos cabezas de chorlito, estaban elegantemente trajeados y llevaban gemelos con las iniciales de su hogar y lugar de trabajo "BG". Según lo que les estaba diciendo el fiscal, ellos representaban a uno de los gremios más solidarios de la sociedad y por ello debían ser ejemplares a la hora de dictaminar la inocencia o la culpabilidad del acusado. Él, un hombrecillo enjuto con cabeza de peluche apaleado y ojos de botón, permanecía con los hombros hasta las orejas, escuchando todo lo malo que se decía acerca suyo. Cada poco meneaba la cabeza, como si con ello pudiera borrar las evidencias. Se tenía a sí mismo como un tipo mucho más listo que los demás, mucho mejor preparado que los demás, capaz de hacer todo cuanto quisiera, como inversiones a muy alto nivel. Que los demás le escucharan, le creyeran y le confiaran sus ahorros para que él los duplicara era una habilidad añadida a las que ya tenía. Que hubiese tenido que tirar de la enfermedad de sus hijos para recaudar fondos que le permitieran cubrir algunos agujeros ocasionados por alguna que otra mala inversión, sólo fue una mentirijilla que se le fue de las manos. 
—Señoras y señores miembros del jurado popular, este señor que tenemos ante nuestros ojos es, en toda regla, un carajaula. Es exactamente una jaula el único futuro al que debería aspirar y eso dependerá de la decisión que ustedes tomarán de acuerdo a todas las evidencias presentadas. —Finalizó el fiscal.
La sonrisa dibujada en la calabaza que el abogado defensor tenía por cabeza, parecía respaldar aquellas palabras. No movió ni una sola fibra de su cuerpo de paja en cuanto todos se pusieron de pie para despedir a los miembros del jurado que se retiraban a deliberar. Parecía que su presencia sólo era un adorno.

La sentencia que dictó el juez después de que el jurado determinara la culpabilidad del acusado, fue ejemplar: cadena perpetua dentro de un armario. Y es que este cantamañanas había asesinado, con ventaja y alevosía, al espíritu solidario de toda una sociedad.

lunes, 12 de diciembre de 2016

194. Abducción

Despertó dentro de un moco verdoso. Fue como si su cama se hubiese convertido en un enorme molde de gelatina. ¿Quién la habría mandado a leer 'La Metamorfosis' antes de irse a dormir? Miró hacia un lado para buscar el libro sobre su velador, pero apenas podía distinguir las formas a través de la viscosidad. Le hizo gracia, pero ya estaba bien de seguir soñando. Ese día tendría muchas cosas que hacer, empezando por un desayuno informativo. Intentó despejarse, moverse, patalear, gritar... Sentía su cuerpo pesado y en la boca tenía una especie de boquilla que mordió al intentar llamar a alguien para que la ayudara a salir de aquel desesperante estado. Entonces sintió que su cuerpo empezó a elevarse, a salir de aquella materia. Lo primero que vio fue un montón de ojos grandes y negros que la rodeaban. Poco a poco fue capaz de distinguir sus afilados rostros y sus enormes cráneos lampiños. Lo siguiente que vio fue el reflejo deformado de aquella escena en el techo cóncavo que parecía de metal. Vio como sacaron de su vientre un pequeño y verdoso ser que metieron en una especie de armario. La luz que colocaron encima de su abdomen, empezó a quemarle y sus párpados se cerraron.

Despertó enredada en su edredón de plumas. El despertador de su móvil estaba sonando, según vio, por tercera vez. Se incorporó de un salto y fue hacia la ducha. Iba a llegar tarde al desayuno informativo y no podía permitírselo, entre otras cosas porque era la jefa. Se ató el pelo en una coleta y dejó correr el agua de la ducha. Mientras esperaba a que se calentara, se cepilló los dientes. Al mirarse en el espejo, vio que tenía unas profundas ojeras. No había descansado lo suficiente. Llevaba meses así. Ya en la ducha, se fijó en que tenía una marca rosa a lo largo del vientre. De no haber sido porque le escoció al contacto con el agua, habría pensado que era producto del elástico del pantalón de pijama. Aquello se parecía más a una cicatriz. Le restó importancia. No tenía tiempo para fijarse en esos detalles. Además, debía espabilarse del cansancio. Las veces que dormía bien, solía acordarse de sus sueños y esa mañana estaba totalmente en blanco. Algunos decían que no recordar los sueños era mejor, que significaba que uno había tenido el descanso que necesitaba. Pero, por alguna razón, ella no se fiaba de los días en que no era capaz de recordarlos. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

193. Ñucnu

Del laberinto de su vida, nos interesa un momento, aquel en el que aun siendo un crío, sus compañeros del orfanato le encerraron en el sótano, dentro del armario en el que las monjas guardaban las cajas de galletas que vendían para ayudar a mantener la casa-hogar. Desde aquella cruel travesura empezaron a llamarle 'ñucnu', que significa dulce. Esto, lejos de resultarle grato, se convirtió en la gota que día a día incrementó un rencor que supo disimular tras su apodo.

Ese mismo año, justo antes de las fiestas navideñas, el orfanato sufrió un incendio del que ninguno de sus inquilinos pudo escapar. Mejor dicho nadie, excepto Ñucnu, a quien los bomberos encontraron encerrado en el armario de los dulces. La planta baja y el sótano no sufrieron grandes daños. El fuego se había iniciado en la segunda planta y subió hasta arrasar con la tercera.

Los bomberos le preguntaron al niño su nombre y él contestó con su apodo. El lugar donde lo habían encontrado dio consistencia al resto de la leyenda que se construyó en torno a su supervivencia: se había salvado por goloso.

Pero, como podrás imaginar, esto no fue exactamente lo que sucedió... 
   



sábado, 10 de diciembre de 2016

192. Lo que no se pierde

La Locura caminaba oronda por la avenida. Estaba entusiasmada con alguna cosa que le rondaba por la mente... Iba hablándose a sí misma y a quienes imaginaba que iban a su lado. Les contaba sus planes en un lenguaje que sólo ellos entendían. No quería que nadie más se enterase de lo que iban a hacer esa noche. 
Antes de llegar a su casa, alguien se cruzó por su camino y la miró directamente a los ojos. Durante aquel instante tuvo conciencia de sí misma. Quien se había cruzado con ella le devolvió un poco de alivio. 
En cuanto llegó a casa, fue directamente a su habitación y del armario sacó un vestido rojo. Mientras se lo probaba frente al espejo, pensó en su encuentro con la Dignidad. El contacto visual que intercambiaron fue breve pero intenso. Le agradó saber que, a pesar de su locura, ella todavía era su amiga. Eso la hizo sentirse... Olvidó lo que iba a decirse porque una de sus voces la llamó. Los invitados estaban por llegar y debía darse prisa. La fiesta iba a empezar.

viernes, 9 de diciembre de 2016

191. Pesadillas

La niña estaba soñando que era la noche de brujas. 
Había un millón de niños fuera de su casa, que estaban tocando a la puerta. Usaban la típica pregunta del 'truco o trato'. Les echó una mirada de disgusto; que ella supiera, aquella fiesta se había celebrado un par de meses atrás. Otra cosa que llamó su atención fue que los disfraces eran demasiado realistas: niños monstruos de jorobas imposibles, con un solo ojo, cabezones, con los dientes manchados de sangre o aquellos que estaban escupiendo cerebros. Todos se estaban acercando con ánimo decidido a hacer un trato, pero ella no tenía dulces preparados porque la noche de esa fiesta ya había pasado. Así es que, para no tener que arriesgarse a descubrir el truco con el que tendría que pagar su falta de previsión -que podría ser entregarles su propia cabeza-, les gritó: 
 —Sí, haré un trato con vosotros, os comeré. —Y salió a perseguirlos. Todos, aterrados, se dispersaron. Los niños-monstruos corrieron por todas partes y algunos, del miedo, empezaron a lanzarse por unas escaleras de piedra que bajaban hacia el parque. En cuanto se dio cuenta de que los pobres y asustados monstruos se estaban haciendo daño, abrió los ojos. ¡Eran niños! Sentada sobre su cama y todavía alterada por haberlos visto caer, trató de decirse que sólo había sido un sueño. Entonces, de su armario vio salir rayos de colores y humo... Gritó porque pensó que los monstruos-niños querían vengarse de ella. En ese momento la puerta se abrió y entró su madre. 
Después de haberla calmado y de haberle dicho que todo había sido un mal sueño, fueron a desayunar. Pusieron el telediario y mientras una untaba una tostada y la otra bebía zumo, vieron una noticia que les hizo pensar que estaban viviendo una pesadilla: la hija del dictador había vuelto.  

jueves, 8 de diciembre de 2016

190. La ranita feliz

Durante toda su vida, a la ranita le repitieron que su armario era un desastre...

Un buen día se hartó y lo ordenó todo tal y como los otros querían.

Ella, contenta porque por fin sería aceptada, saltó de alegría y llamó a los demás para mostrarles el fruto de su esfuerzo.

Los demás acudieron, lo miraron y entre burlas a media voz y meneos de cabeza le dijeron que su armario seguía siendo un desastre.

Ella estuvo a punto de enfurecerse pero no lo hizo.

En lugar de eso les sonrió y los mandó a la mierda.

A partir de ese día fue feliz.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

189. Heroínas

Cada vez que Super Mamá se miraba a los ojos en el espejo del armario, veía a su madre como si se tratara de un reencuentro diario. 
Al igual que ella, había desarrollado poderes asombrosos: era capaz de multiplicarse, de descubrir las verdades en un gesto, de dividirse, de dormir en guardia, de emitir un gruñido supremo por el cual no tenía que usar su puntería extrema con la zapatilla -que también tenía desarrollada-, además de otros poderes que tienen que ver más con la paciencia y el autocontrol.

Lo único a lo que nunca iba a acostumbrarse era a la invisibilidad de todo su trabajo. 

Pero esa era una batalla en la que no estaba sola. 

La rebelión de las Super Mamás invisibles y el poder del lado luminoso de su amor, sólo había empezado...

martes, 6 de diciembre de 2016

188. Añoranzas de una araña

La mayor de las arañas hacía tricot sentada en su mecedora, junto al armario para los ovillos de telaraña que tintaba de distintos colores. La añoranza marcaba su ritmo, que era tal que así:
'Puntada del derecho,
suspiraba,
mecía hacia adelante y hacia atrás,
detenía el movimiento...
Puntada del revés,
suspiraba,
mecía hacia adelante y hacia atrás,
detenía el movimiento...'
Mientras tejía, pensaba en sus otras vidas, las que había dejado atrás cada vez que el viento la trasladaba junto con sus telarañas, que fueron muchas. En esas épocas ella decía que se comería el mundo y creía en ello con firmeza. En aquel entonces podía ir de aventura en aventura, sin miedo a nada, sin importarle demasiado donde iba a dormir, como no le costaba mucho trabajo tejerse una casa nueva. Su presente era tan distinto...  Suspiró y volvió a dar una última puntada del revés. 
Entonces llamaron a la puerta. Eran sus amigas arañas. Se quitó el chal de los hombros, las gafas, guardó todo, se dio un retoque de carmín y se fue con ellas. Iban de fiesta, a comerse la noche y ninguna tenía miedo a nada.


lunes, 5 de diciembre de 2016

187. Sueños que sueñan

El chico era un dormilón que caía frito donde fuera. 
Su lugar favorito era el sofá que estaba en el salón pequeño de la entrada, junto al armario de los libros. En una tarde podían entrar y salir miles de personas, pero él no se enteraba. 
A nadie se le habría ocurrido que él, en realidad, estaba trabajando. 

'La familia se crea y se transforma, nunca se destruye', le decían las voces de sus sueños mientras construía los recuerdos del futuro que quería. Era importante estar seguro de aquello que se deseaba. Si algo le causaba dudas, podía hacer que su espíritu se desplazara, que viajara en el tiempo y en los espacios. También podía ponerse pruebas que debía realizar estando despierto.

Una vez quiso saber si sería capaz de cuidar a alguien más pequeño. A los pocos días, le pidieron que viajara con una de sus sobrinas, una niña insoportable. Su ser despierto aceptó el encargo sin chistar al tiempo que se preguntaba por qué diantres lo habría hecho. No recordaba que él mismo se había impuesto una prueba similar. Para su sorpresa, la dichosa niña se quedó dormida durante todo el trayecto. Aunque parecía haber caído en coma, él, que era un dormilón de campeonato, se tomó en serio lo del 'coma de la niña' y no quiso descansar. Sólo se quedó tranquilo cuando llegaron a casa y, por fin, pudo volver a su sofá. 

La niña, que era un incordio estando despierta, solía dormir cual si fuera un tronco. 
No tenía un lugar favorito, pero dormía mejor estando sentada. A nadie se le habría ocurrido que ella, en realidad, estaba trabajando en sus historias. Durante aquel viaje, sentada en aquella butaca, soñó que su tío iba a estar en uno de sus cuentos...

domingo, 4 de diciembre de 2016

186. Escondite

Uno, dos... 
Empieza un juego. 
Niños y niñas corrieron a esconderse. 
Unos salieron al patio, otros fueron escaleras arriba hacia las habitaciones, otros se quedaron en el salón, buscando algún escondrijo entre los muebles, mientras que los demás corrieron hacia el jardín.

Tres, cuatro... 
La más pequeña de todos, lejos de quedarse paralizada, siguió a una de las mayores. Ella se metió en la habitación de abajo y desapareció entre unas cortinas que cubrían un armario de pared. La pequeña, siguiendo su ejemplo, entró tras esas cortinas. Aquel armario sin puertas estaba lleno de trajes que olían a lavanda. 

Cinco, seis... 
La pequeña buscó a la mayor mirando por debajo de las prendas colgadas. Entonces escuchó que una puerta se cerraba y se quedó quieta. Pensó que habían entrado a buscarla. Metida entre los trajes, juntó los piececitos y despacio tanteó hasta que dio con el enchapado de madera de la pared. 

Siete, ocho... 
Una tabla cedió a la suave presión de su manita y una puerta se abrió. Salió directamente a unas escaleras de caracol que estaban a cubierto por un tragaluz. Nunca había estado ahí, pero supuso que la mayor habría subido y para arriba que fue.

Nueve y diez... 
El final de las escaleras llegaba a la azotea. La mayor estaba ahí, sentada sobre el borde de uno de los muros de seguridad, mirando al horizonte. La pequeña cogió la caja de frutas de madera que estaba apoyada contra el muro y se subió en ella para trepar al borde. A la mayor no le asombró su presencia; la estaba esperando.

sábado, 3 de diciembre de 2016

185. No te asomes

Si alguien tiene un poco de curiosidad...

La casa abandonada de la playa estaba a medio construir o derruir; a primera vista, nadie hubiese podido determinarlo. Aquel sitio era territorio de exploración para la muchachada que veraneaba con sus familias en el pueblo costero. Sabían que aquel era un lugar prohibido. La policía local les cazó en más de una ocasión y en más de una ocasión volvieron a casa en patrulla. Pero la reprimenda y los castigos, en lugar de disuadirles, avivaban aún más sus ganas de volver. 
Tampoco recibieron ninguna explicación convincente para no ir. 
Ninguno de los mayores sabía mucho más acerca de esa casa, salvo que la envolvía un halo de perversión. 
Cada vez que pasaban por aquel lugar... 
Ninguno de los adultos quería ir por ahí, aunque ninguno era capaz de dar una sola razón que sonara lógica.
Nadie sabía que aquella casa tenía un sótano. 
Si alguien se hubiera atrevido a bajar, a entrar en él, habría encontrado un armario cerrado con llave. Si alguien hubiera buscado la llave, la habría encontrado colgada en el clavo oxidado de la puerta. Si alguien se hubiera fijado en la puerta, se habría dado cuenta de que tenía una rajadura producida por la furia con la que clavaron y doblaron la oxidada pieza metálica. Si alguien se hubiera fijado en esos detalles, se hubiera detenido a pensar antes de abrir el mueble. 
Lo que hubiera encontrado dentro, habría sido una serie de imágenes, retratos de adultos en actitud de súplica. Al lado habría leído sus últimas palabras que fueron buriladas en la madera con sus últimos estertores. 
Para ver todo eso, para fijarse en estos elementos, habría tenido que alumbrar dentro, asomarse, sentir el frío que provenía del interior. Pero, para entonces, habría sido tarde y su imagen, mejor dicho, su última mueca de terror estaría siendo eternizada en el mueble, al igual que su última palabra.
Si alguien tuviese un poco de curiosidad en un lugar como ese... 
Si se trata de tu curiosidad, mejor no te asomes.  

viernes, 2 de diciembre de 2016

184. Don Ánimo

Don Ánimo va de la serenidad y el sosiego al laberinto precipitado de los segundos que, implacables, llegan pisando su voluntad. 

Él vive entre las hojas del otoño pintadas en el armario y las nubes de azúcar que guarda en sus bolsillos para repartir a sus pequeños. 

En su casita de invierno, que huele a leña y a humo de señoritas, planta su mirada profunda en quien quiera hacerle una visita. 

En sus recuerdos, las primaveras y los veranos mantienen viva su sonrisa y su increíble humor.

Y, por las noches, siempre escucha la canción que su niñita más chiquita le dedica y que le llega con la luz de las estrellas.

jueves, 1 de diciembre de 2016

183. Dentro de un abrazo

Érase una vez un armario expresivo.

Solía plantarse en mitad de la calle con uno de esos carteles que dicen “regalo abrazos”. 

Le habrás visto en la Puerta del Sol, o por la Cuesta de San Blas, o junto a las aguas del León Moribundo, o en cualquier otro sitio en el que te detuvieras a pensar que esto o aquello o lo de más allá era una injusticia para ti.  

Quienes le veían y se abrazaban a sus puertas abiertas, desaparecían.

El armario les transportaba a otras realidades en las que los derechos de las personas carecían de abrigo. 

Lo que aprendían durante esos viajes les hacía ponerse en los zapatos ajenos, o en la falta de los mismos, según se diera el caso.

Luego de visitar todos los lugares imaginables y de comprender las necesidades de sus gentes, el armario les devolvía a sus vidas a través de sus propios armarios. Es decir, sea donde fuere que te hubieran visto por última vez, la siguiente vez que los demás te volvían a ver, era en tu casa. Así estuvieras de vacaciones en la Conchinchina, allá por el río Mekong, te devolvía a tu habitación y aparecías colgado de una percha o doblado dentro de un cajón de tu armario. Una vez fuera, te sentías cambiado, distinto, como más contento con lo que tenías o dejabas de tener y al mismo tiempo, más preocupado por las necesidades de los demás y dispuesto a hacer lo que estuviera en tu mano para ayudarles.

Y es que aquel era un armario influyente, quizás porque era muy expresivo y contundente con sus abrazos.