sábado, 31 de diciembre de 2016
213. Corto y cambio
viernes, 30 de diciembre de 2016
212. La cuchara de palo
jueves, 29 de diciembre de 2016
211. Telón
Su madre le dijo que se quedara quietecita. La pequeña así lo hizo. Estaba
acostumbrada a observar la actuación de su madre en silencio. Lo hacía cada
noche desde su rincón, tras las bambalinas.
Esa fue la noche en la que empezó a sentirse grande y a desear ser como
mamá. Admiraba sus movimientos, su voz, su seguridad, la valentía, la fuerza
con la que se enfrentaba a la oscuridad de la platea, de todo el teatro. Mientras pensaba en estas
pequeñas cositas sus ojos empezaron a cerrarse. Intentó luchar contra el sueño,
pero el cansancio pudo con ella y al final…
La madre la encontró acurrucada en el suelo, cubierta con un extremo del
cosmos, el telón principal. Alzó a la pequeña entre sus brazos y juntas subieron
a las estrellas...
miércoles, 28 de diciembre de 2016
210. Repetición
martes, 27 de diciembre de 2016
209. Guerrera
lunes, 26 de diciembre de 2016
208. George
domingo, 25 de diciembre de 2016
207. Una natividad peculiar
sábado, 24 de diciembre de 2016
206. Utopía de solsticio
viernes, 23 de diciembre de 2016
205. Desquiciado
jueves, 22 de diciembre de 2016
204. Venganza
« —Si decías, porque decías. Si te quedabas callado, porque no decías nada.
Total, que este hombre no se quedaba tranquilo y continuamente le buscaba los
tres pies al gato. Lo hacía siempre y siempre terminaba empantanado en
malentendidos de poca monta. Como se metía en muchos y variados líos, terminaba
enemistado con medio pueblo. ¿Que qué? Repite. ¡Ah! ¿Que qué ocurría con el medio
pueblo restante? Pues sucedía que no le querían tener cerca. Como se suele
decir, preferían mantener las distancias. Una... Espera, que acabo de acordarme
de una cosa, calla un poco y déjame contarte. Antes de que le sucediera
aquello, apareció una pintada en el muro de su casa; ponía “munaizapa”. Sí,
sí, eso mismo: “mu-nai-za-pa” ¡Anda, sabes lo que significa! A mí me
costó una tarde entera en la heladería para enterarme que se estaban burlando
de él. Allí, los viejos decían entre risas que la pintada debió de hacerla algún
crío. Le echaban la culpa al nieto de uno que se estaba partiendo de risa. A la
mujer no le hacía ninguna gracia que señalaran al nieto; aunque se ponía muy
seria para defenderle, pronto se contagiaba de la risa del marido. Las demás
mujeres se dedicaron, entre risas, a pinchar la teoría de los viejos. Les
decían que ni los más jóvenes, ni los que venimos de fuera como nosotros,
conocemos las palabras de sus raíces indígenas. Eso sí, todos se pusieron de
acuerdo para reírse de mí, de mi ignorancia. “¡Que es un detalloso!”, dijo uno. “¡Eso tampoco lo entiende!”, le
contestaron a coro y estallaron en carcajadas. “Que es un pretencioso”,
me explicó con más calma la abuela que, entre indignada y risueña, me cogió por
el brazo para apartarme a un lado. No supe qué quería decirme, porque en ese
momento alguien más dio la voz de que el
Munaizapa venía calle abajo. Entonces la mujer se apresuró en llevarse a su
marido y ambos se fueron entre vítores y aplausos de los demás. ¿Qué? No, no,
ese no. Te estoy hablando del hombre que compró la casa de la esquina, la que
tenía ese jardín que todos los vecinos cuidaban y querían como propio, pero que
cuando llegó él, levantó un muro y lo cercó. No, no; las autoridades no
pudieron hacer nada. Tampoco pudieron hacer nada cuando cambió la puerta de la
entrada por un armatoste que se parece más a un armario. No esa esquina, la
otra. ¿No es él por quien preguntas? ¿Entonces? ¿Qué? ¿Estás seguro? ¿Al dueño
de la casa de la otra esquina le sucedió lo mismo que a Munaizapa? ¡Qué dices! Pensé que… Espera, espera. Mejor voy a tu
casa y me cuentas. Te llevo unas cervezas que tendremos para rato. Hasta ahora.»
Colgó el teléfono y se fue en busca del resto de la historia. No te
preocupes, no te pierdes de nada. El desenlace es tan malo como el de chiste
del niño del papelito. ¿Te acuerdas? Me lo contaste tú… Se suponía que todos
marginaron al niño por lo que ponía el papelito, pero justo, al final de la
historia, el dichoso papelito se borró.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
203. La habitación azul
martes, 20 de diciembre de 2016
202. Pelos y madera
lunes, 19 de diciembre de 2016
201. El reloj de chimenea
«Para que dejes de jugar a la casita de muñecas»
domingo, 18 de diciembre de 2016
200. El armario de los cuentos
sábado, 17 de diciembre de 2016
199. Lo que no se ve
viernes, 16 de diciembre de 2016
198. Caja de recuerdos
jueves, 15 de diciembre de 2016
197. Cuento de cumpleaños
La pequeña de los rizos oscuros saltaba de baldosa negra en baldosa negra, para no caer en el lago de las baldosas blancas; además debía evitar que se la comieran los cocodrilos que nadaban en las juntas.
Podía estar horas en su
habitación jugando a ser una saltimbanqui que sobrevivía a los mordiscos de los
reptiles imaginarios porque eso era mejor que escuchar las constantes críticas
de su malvada abuela a la que convirtió en una monstruo mutante de pies de
franela y moño de trapo. Mientras la monstruosa abuela siguiera durmiendo la
siesta en su mecedora, la niña podía seguir con su juego feliz.
Un ruido que provenía de su armario detuvo sus saltos.
La niña evitó las baldosas blancas hasta la puerta de su habitación, se asomó por el hueco, miró a un lado y al otro, cruzó el pasillo saltando y llegó hasta el salón.
La radio estaba encendida. Sonaba una radionovela.
Miró por debajo de las patas del mueble de la radio, que estaba junto a la entrada.
Vio que los pies de franela
de su abuela seguían meciéndolola en sueños… Un estrepitoso ronquido le confirmó
que dormía profundamente.
Animada, la pequeña volvió de baldosa en baldosa a su habitación, fue
directa hasta su armario y lo abrió.
—Aunque desde mi cumpleaños al tuyo hay ciento noventa y siete días, y entre tu nacimiento y el mío hay veintinueve años, tú siempre serás mi doble. ¡Feliz cumpleaños mi amorcita linda!
El aviador llevaba su traje de gala y su espada al cinto, tal y como iba vestido el día de su matrimonio (esa foto, la de él y su madre saliendo de la iglesia, la tenía enmarcada y envuelta en un pañuelo, guardada en el fondo de un cajón donde esperaba que las garras de su abuela no llegaran pues tendría que agacharse mucho para lograrlo).
Pero su padre no estaba en ninguna foto. Estaba de pie, aunque algo encorvado y apretujado dentro del armario. Y le estaba sonriendo.
Sostenía con una
mano una tarta de merengue cubierta de caramelos rellenos de chocolate y velas
de colores. En la otra tenía un regalo envuelto con papel dorado y una cinta
roja. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo para que la tarta no ensuciara los vestidos.
La sorpresa para la pequeña de los rizos oscuros no fue recibir su visita.
Él iba a verla a diario a través del armario.
Lo que le
asombró fue que ese día fuera su cumpleaños. Si no hubiese sido por él, no se
habría dado cuenta, como a su abuela no...
—¡Hagamos la fiesta entre los dos!— Le dijo él, como adivinando lo que estaba a punto de pensar. No iba a permitir que ella se pusiera triste, o enfadada, o que se aburriera...
Salió del armario, puso la tarta en una mesita, quitó la cinta del regalo y abrió la caja dorada.
Miles de globos de colores salieron, se elevaron y dispersaron por todo el techo.
También salieron una
docena de payasos, un cuarteto de cuerdas, un pintor de retratos, un trío de
trapecistas, dos marionetas, un carrito de algodón de azúcar y manzanas de
caramelo, otro de helados y un domador de monstruos que hechizó a la abuela
para que fuera buena. Y, entre todos, montaron un circo-fiesta de cumpleaños
que la niña, aún siendo muy mayor, nunca olvidó.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
196. Vendaval
Sintió vértigo justo antes de abrir los ojos. Vio las montañas, las nubes, el cable, sus pies, el abismo. La caída, aquel último recuerdo, apareció fugaz porque lo olvidó al instante. Y al abrir los ojos por primera vez, estaba en los brazos de una mujer que la miraba amorosamente. Reconoció su voz, la había escuchado durante todo el tiempo que permaneció creciendo en su vientre.
martes, 13 de diciembre de 2016
195. Sentencia
lunes, 12 de diciembre de 2016
194. Abducción
domingo, 11 de diciembre de 2016
193. Ñucnu
sábado, 10 de diciembre de 2016
192. Lo que no se pierde
viernes, 9 de diciembre de 2016
191. Pesadillas
jueves, 8 de diciembre de 2016
190. La ranita feliz
Durante toda su vida, a la ranita le repitieron que su armario era un
desastre...
Un buen día se hartó y lo ordenó todo tal y como los otros querían.
Ella, contenta porque por fin sería aceptada, saltó de alegría y llamó a los demás para mostrarles el fruto de su esfuerzo.
Los demás acudieron, lo miraron y entre burlas a media voz y meneos de cabeza le dijeron que su armario seguía siendo un desastre.
Ella estuvo a punto de enfurecerse pero no lo hizo.
En lugar de eso les sonrió y los mandó a la mierda.
A partir de ese día fue feliz.
miércoles, 7 de diciembre de 2016
189. Heroínas
martes, 6 de diciembre de 2016
188. Añoranzas de una araña
lunes, 5 de diciembre de 2016
187. Sueños que sueñan
domingo, 4 de diciembre de 2016
186. Escondite
sábado, 3 de diciembre de 2016
185. No te asomes
viernes, 2 de diciembre de 2016
184. Don Ánimo
jueves, 1 de diciembre de 2016
183. Dentro de un abrazo
Érase una vez un armario expresivo.
Solía plantarse en mitad de la calle con uno de esos carteles que dicen “regalo abrazos”.
Le habrás visto en la Puerta del Sol, o por la Cuesta de San Blas, o junto a las aguas del León Moribundo, o en cualquier otro sitio en el que te detuvieras a pensar que esto o aquello o lo de más allá era una injusticia para ti.
Quienes le veían y se abrazaban a sus puertas abiertas, desaparecían.
El armario les transportaba a otras realidades en las que los derechos de las personas carecían de abrigo.
Lo que aprendían durante esos viajes les hacía
ponerse en los zapatos ajenos, o en la falta de los mismos, según se diera el
caso.
Luego de visitar todos los lugares imaginables y de comprender las necesidades de sus gentes, el armario les devolvía a sus vidas a través de sus propios armarios. Es decir, sea donde fuere que te hubieran visto por última vez, la siguiente vez que los demás te volvían a ver, era en tu casa. Así estuvieras de vacaciones en la Conchinchina, allá por el río Mekong, te devolvía a tu habitación y aparecías colgado de una percha o doblado dentro de un cajón de tu armario. Una vez fuera, te sentías cambiado, distinto, como más contento con lo que tenías o dejabas de tener y al mismo tiempo, más preocupado por las necesidades de los demás y dispuesto a hacer lo que estuviera en tu mano para ayudarles.
Y es que aquel era un armario influyente, quizás porque era muy expresivo y contundente con sus abrazos.
