El vendedor ambulante iba de
pueblo en pueblo con su carga a cuestas. Llevaba un armario a sus espaldas y un
atado de herramientas al cuello. Su caminar era lento, pensativo, encorvado, no
sólo por el peso que llevaba, sino también porque iba mirando cada paso que
daba. Había memorizado todos los caminos, los de cemento que había en los pueblos
y los caminos de tierra que cruzaban el monte. Conocía cada bache, piedra y las
florecillas que crecen en los bordes. Cuando llegaba a los lugares en los que solía ponerse, descargaba
el mueble, se quitaba el atado de utensilios y empezaba el ritual de colocar su
puesto en el que, en realidad, no vendía nada. Quienes iban a verle le llevaban
sus preocupaciones y él, gustoso, las intercambiaba por verdades de futuro…
Todos marchaban felices, con la seguridad de que habían despejado sus dudas,
mientras que él, al terminar, se alejaba con todas esas preocupaciones metidas en el armario
que llevaba a cuestas, mientras que el sonido de los apechusques que llevaba al cuello
anunciaba su marcha…
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