jueves, 30 de junio de 2016

29. "Cadcajadaz"


En el callejón de la calle Tenebrosa se acumulaban los trastos viejos que los habitantes de la ciudad tiraban ahí cuando dejaban de usarlos. Allí, en un armario viejo, la basilisco mayor abrió una taberna a la que no puso nombre. 
Un par de ratoncillos que la noche anterior habían salido de fiesta, sin saber cómo, llegaron hasta aquel callejón. Despertaron debajo de unos cartones que estaban en medio del vertedero. Intentaron recordar lo que les había sucedido y al ver la taberna, pensaron que ahí podrían darles alguna indicación. No tenían ni idea de que en aquel lugar se reunían toda clase de serpientes. Ellas los miraron con descaro y lascivia: eran apetitosos bocadillos. 
Los ratoncillos se miraron de reojo. No sólo comprendieron el error que acababan de cometer, sino que ambos recordaron los sabios consejos de su abuelo. Entre las muchas cosas que les decía, había una que siempre creyeron que nunca iban a necesitar: "Si algún día llegáis a un nido de serpientes recordad que es muy probable que un basilisco ande cerca. Si sois astutos, podréis escapar de las serpientes, pero tendréis que ser más que eso para escapar de la mirada asesina y del aliento venenoso del basilisco". 
─No debemos tener miedo... ─Dijo uno al tiempo que sus dientecillos no paraban de castañear.
─Será mejor que nos vayamos de aquí. ─Susurró el otro dando un paso hacia atrás, hacia el agujero por el que entraron.
Las víboras, culebras, cobras y boas abrieron sus bocas en un multitudinario contagio de bostezos. Para suerte de los pequeños ratoncillos, ellas se habían hartado de comer y de beber en la taberna. Se dieron cuenta de que ellas estaban tan llenas y alcoholizadas que no iban a perseguirlos. Retrocedieron y cuando estaban a punto de salir, sintieron un aleteo que provenía de fuera. Rápidamente se escondieron tras unas latas que estaban al lado. Taparon sus hocicos con sus pañuelos fiesteros y se quedaron muy quietos. 
La basilisco mayor entró muy oronda. Tenía un alcornoque por corona y un sacacorchos por cetro que hacía las veces de bastón. Arrastraba una botella de vino que tenía enrollada en su cola. Y en su pico llevaba un silbato que, según entró por el agujero, empezó a soplar. Era hora de despertar al personal y de empezar una nueva ronda. La criatura abría las alas de tanto en tanto, como si con ello se ayudara a mantener el equilibrio. Los ratoncitos se dieron cuenta que al igual que sus compañeras, también estaba ebria. Era tal el ruido que estaba provocando que las serpientes se estaban desperezando, o eso les pareció. Sin necesidad de hablarse convinieron en un plan. En cuanto la base de la botella terminó de entrar, ellos salieron disparados. Sin mirar hacia atrás esquivaron todo lo que encontraron en su carrera hacia el inicio del callejón. Una vez que entraron en la calle Tenebrosa, miraron a un lado y a otro. No tardaron en orientarse y en correr hacia el norte, hacia su calle del centro, hacia la tubería por la que se metían al sótano de la chocolatería que era su hogar. Cuando por fin fueron capaces de respirar tranquilos, uno de ellos trajo un par de bombones. Estaban hambrientos.
─Creo que lo nuestro es meternos en aventuras que más se parecen a problemas.
─Edza medednoz egn advendudaz de báz ze badezen a bdobdemaz. Do doz vodzvedá a ocudidz adgo azí ─Contestó el otro con el dulce derritiéndose pegado a su paladar.
─¿Ghé? ─Preguntó el primero anonadado, luego de meterse el bombón a la boca.
─Didgo ghe edza... edza, no ez...
Ya no siguieron hablando. Se entenderían luego, después de que superaran el ataque de risa que les entró por la tontería.






miércoles, 29 de junio de 2016

28. Bueno y gris

El poeta muerto despertó en medio del campo de batalla. Se incorporó mientras los demás muertos le sonreían: él sería su voz, quien no dejaría que su muerte quedara en el olvido. Los harapos que vestía eran el residuo de todas las guerras, de todos los odios, de todas las indiferencias que asolaban ese mundo. Lo que quedaba de sus botas era poco, se le salían, le hacían daño. Descalzo, caminó sintiendo los cuerpos; algunos estaban fríos, otros todavía calientes. Sangre, vísceras, miembros mutilados de amigos y enemigos se mezclaban en una misma masa informe. Quiso ser respetuoso, evitar pisarlos; pero le fue imposible... Los muertos le hablaron para consolar sus lágrimas, para animarlo a que continuara porque a ellos no les estaba haciendo daño; habían dejado de sentir.
A los lados, las inexistentes paredes de los edificios dejaban ver los interiores. La cotidianeidad sorprendida por el terror, suspendida en el tiempo. Un armario llamó su atención: era lo único que tenía color en medio de toda la polvareda, entre todo el ambiente gris. El mueble tenía una tonalidad de verde que le hizo pensar en el bosque. "¡Qué bien se estaba entre los árboles!" pensó y siguió arrastrando los pies para no dañar a los cadáveres; pero éstos se fueron convirtiendo en ceniza a su paso. Los muertos que aún no se habían vuelto polvo le dijeron que fuera hacia el armario-bosque. Así lo hizo.
Aquel era un mueble extraño, no sólo por el color. Dentro no había nada salvo una barra de madera de las que colgaban unas perchas sin usar. Pero, lo que llamó su atención, fue el fondo que no era tal, sino otras puertas vistas desde dentro. Las empujó y salió a un lugar que no tenía nada que ver con el campo de batalla.  
Era una playa en la que no había ni un sola partícula de arena. En su lugar había hierba que cubría la orilla y se adentraba en las profundidades del mar. El contacto de sus pies, de su cuerpo con esas hojas le causó alivio. Tendido, mirando hacia las nubes, tomó una decisión. Escribiría los poemas de todas las historias que seguía escuchando de cada uno de sus hermanos y hermanas muertos. Es así como el buen poeta gris se sacudió el polvo de las barbas y recostado sobre la verde vida, decidió resucitar. 

martes, 28 de junio de 2016

27. Intimidad

La habichuela azul se sentía algo distinta, sobre todo entre sus amigos y amigas del cole. Había habichuelas verdes, rojas, negras, blancas, amarillas e incluso pintas, pero ella era la más pequeña de todas. Y así chiquita como era, tenía mucho genio, tanto, que los garbanzos de la clase de al lado se apartaban cada vez que pasaba. 
No se sentía distinta porque fuera azul, o pequeña o malhumorada. Se sentía distinta porque guardaba un secreto que escribía en su diario. Lo registraba en forma de palabras sueltas, dibujos, poesías, ideas o relatos. Todas las noches, antes de dormir, lo sacaba, le echaba una ojeada y escribía, dibujaba o garabateaba. Muchas veces se quedaba dormida con él sobre la cama, o debajo de su almohada, o entre ella y su mono de peluche, o en su mesita de noche; pero siempre, cada mañana, se aseguraba de guardarlo en su escondite del armario.
Pero un día, estando en clase, mientras la maestra Faba hablaba de nutrientes, se dio cuenta de que había dejado su diario encima de la cama. Estuvo toda la mañana aterrada porque su madre iba a encontrarlo y a descubrir su secreto. Lo pasó tan mal que sintió que se descomponía... A la salida fue corriendo a casa, a su habitación. Su madre le había hecho la cama y el diario estaba encima de su almohada. Tenía tanto, pero tanto miedo que se puso furiosa. Quiso enfrentarse a su madre, reclamarle por haberle tocado sus cosas... Pero ella se adelantó:
─ Que sepas que no he leído tu diario.
La habichuela azul, contrariada, puso cara de interrogación. No sabía si respirar más tranquila o inquietarse aún más.
─ ¿Qué te pasa? ¿Quieres saber la razón por la cual no lo he leído? Por la misma razón que dejo mi cartera encima de la mesita de la entrada; porque sé que no cogerás el dinero que llevo. Es una cuestión de confianza. Yo no voy a leer nada que tú no quieras que lea, así de simple. Y si un día quieres mostrarme algo, me lo darás. Y así con todo ¿comprendes?
A partir de ese día, la habichuela azul dejaba su diario encima de su cama.

¿Te quedaste con las ganas de saber cuál es su secreto? No sientas la tentación de leer dentro de su diario. Puede ser que algún día, la habichuela azul te lo cuente.

lunes, 27 de junio de 2016

26. Serenidad

Mamá loba estaba agobiada. Sus lobeznos no le estaban dejando ni un minuto de respiro. El más grande se había metido a dormir la siesta dentro de la cesta de la ropa que acababa de recoger del tendal. Sus dos lobeznas de en medio decidieron hacer jardinería: le podaron las gardenias, las rosas y los geranios hasta dejarlos pelados; sacaron la tierra de los tiestos, la convirtieron en lodo y lo dejaron todo tirado para perseguir a una lagartija. Mientras que el más pequeño, un enloquecido de la cocina, había decidido inventar un postre mezclando harina, mermelada y manzanas en rodajas.
La pobre madre, harta de ver la casa patas arriba, abrió las puertas de su armario, entró en la cueva y allí se quedó. En la oscuridad cerró los ojos y empezó a pensar en su vida. ¿Dónde se había quedado la época en que iba a su aire sin preocuparse por nada ni por nadie más que por ella misma? Hubiese querido aullar hasta quedarse dormida, pero entonces sus hijos habrían sabido dónde estaba. Siendo sincera, quería perderlos de vista, aunque sólo fuera por un rato. Estando en la oscuridad le ocurrió algo inusual: empezó a verse como si fuera otro ser. De pronto su necesidad de controlarlo todo se esfumó. Los lobeznos volverían a hacer de las suyas, como lo hacían todos los días; pero eso, desde donde se estaba viendo, carecía de importancia. La frustración que sintió antes, frente al desastre ocasionado por sus hijos, desapareció dejando en su lugar una sensación, una actitud frente a lo cotidiano, ataraxia. No había razón para sentir miedo de estar haciendo mal su trabajo como madre: sus hijos tendrían que irse, que seguir con sus vidas y ella los estaba preparando para valerse por sí mismos. De eso estaba segura. Lo estaba haciendo bien, lo demás no dependía de su voluntad. Con esa tranquidad, salió de la cueva y cerró el armario.
Halló a los cuatro lobeznos ayudándose a recogerlo todo. Según supo después, al no encontrarla por toda la casa, temieron haberla enfadado tanto que los hubiese dejado de querer... Ella, amorosa, les explicó lo que tenían que hacer con esa clase de ideas; pero eso lo hizo otro día.

domingo, 26 de junio de 2016

25. Protectores del alma

Todos los días, un ángel se posaba al borde de un barranco. Desde ahí vigilaba a los niños que jugaban en el parque de al lado. 
Una de esas veces, una de las niñas a las que protegía, se apartó del grupo y se sentó al borde del acantilado. Él se inquietó, fue hacia ella y se sentó a su lado.
–Te he visto; siempre te veo en ese sitio. 
Le dijo la niña mirándolo directamente a sus ojos invisibles. Estaba asombrado; nunca le había ocurrido algo así. Quiso responderle, pero en ese mundo, él no tenía voz.
–¿Me puedes hacer un favor? 
Como era evidente que ella podía verlo, asintió.
–No me dejes nunca.
Si hubiese tenido un corazón, habría sentido que se le encogía. Miró a los ojos negros de la niña; en ellos se reflejaba el cielo. Hubiese querido decirle tantas cosas... Pero sólo le sonrió.

Al día siguiente la niña fue a jugar al parque pero el ángel no estaba allí. Algo triste, se sentó en el mismo lugar en el que estuvo hablando con él. Si hubiese sabido las palabras que usaban los mayores, habría dicho que ese fue el momento en el que conoció la decepción. Pero aquello no fue necesario, ni siquiera años después, cada vez que sacaba de su armario un papelito en el que tenía dibujado algo que le hacía pensar en aquel instante. Un gato salido de ninguna parte fue hacia ella y se sentó a su lado, en el mismo sitio en el que se había sentado el ángel. Y el felino nunca la abandonó.

  

sábado, 25 de junio de 2016

24. Y catapún...

Caperucita sin Ton ni Son vivía en una ermita abandonada en lo alto de la montaña macabra. Su abuelita, la eterna señorita, solía cruzar el valle en su parapente para ir a visitarla. Esa tarde estaba distraída y no se dio cuenta de que volaba directa hacia el globo aerostático del lobo meteorólogo. La abuelita viró en el último momento pero el viento, en lugar de ayudarla, la empujó dentro de la barquilla. El lobo, del susto, perdió el control del artefeacto y comenzaron a caer... La suerte del lobo meteorólogo y de la abuelita, eterna señorita, fue que fueron a parar al río. El viejo lobo y la moderna abuela, aturdidos por el accidente, tardaron en reconocerse. Llevaban años coincidiendo en el mismo salón de baile; siempre se miraban de lejos pero nunca se atrevieron a acercarse. Después de arreglar un poco el enredo de telas, cables y demás estropicio, se acomodaron en la barquilla. El lobo, que además de científico era un galante caballero, abrió la cesta de su merienda, dividió todo su contenido por la mitad, y se lo ofreció a su avergonzada acompañante que no dejaba de disculparse con él. Ambos iniciaron una charla tan agradable y tan entretenida que se olvidaron de que iban a la deriva. No sabían si fue poco o mucho tiempo después que escucharon unas voces y se asomaron para ver lo que pasaba. Ton y Son les estaban llamando desde el armario que usaban de barca para cruzar el río cada vez que iban a visitar a su amiga. Esa tarde Caperucita no recibió ninguna visita en su ermita.

viernes, 24 de junio de 2016

23. Discurso

El maletín utópico estaba lleno de medidas arbitrarias. La clarividencia del portador de aquel desasosegado objeto estaba siendo atacada por ideas sin valor que, aunque no tenían ánimo de lucro, distraían su concentración. El tañido de una campana le recordó que "el que quería ser" estaba por iniciar su camino de retorno. 
Las alabanzas proferidas al statu quo disfrazado de esperanza se mezclaban con los vítores que la multitud dedicaba a su profeta. Su retórica tenía el poder de imprimir a su discurso un aire de prepotencia que enardecía aún más a sus seguidores. Querían que él fuera su nuevo dios.
El portador del maletín llegó a la torre de la campana. Su clarividencia lo condujo hasta el armario transgresor. Después de introducir el desasosegado objeto, subió hasta lo más alto y se aferró a la balaustrada. Sabía que en cualquier momento la campana volvería a retumbar. Mientras esperaba a que eso ocurriera, se fijó en la plaza: el profeta seguía rodeado por la multitud. El sonido de la campana le estremeció; lo que vio en la plaza le causó un incontrolable escalofrío.
Una puerta de luz se abrió. La Verdad, única moradora del armario transgresor, salió y colocándose detrás del profeta, posó sus manos sobre sus hombros. Su rostro, su piel, su cuerpo empezó a secarse y, como si fuera de barro, se cuarteó. Los trozos cayeron dejando al descubierto sus intenciones más sinceras. La muchedumbre se dispersó. 
Unos pocos se quedaron al lado de su dios. No querían creer en lo que habían visto. Los demás, cabizbajos, se dedicaron a llorar por las esquinas su mala suerte. Mantuvieron esa actitud hasta que uno de  ellos volvió a despertarles la ilusión. Aquel se dio cuenta de que podía alimentarse de las esperanzas de los demás, y quiso ser su profeta.

jueves, 23 de junio de 2016

22. Solsticio de verano

El día más largo ha llegado. Hoy volverá a ver a su novio. 
Algo ansiosa recorre los campos. Entre las cosechas se deja caer bajo el sol y se queda dormida. La lluvia interrumpe su siesta. La muchacha, aliviada porque sigue siendo el mismo día, retoma su vuelta al pueblo. Todavía falta para que sea de noche, pero no quiere arriesgarse a perder la noción del tiempo que ya no tiene.

La gente se congrega en la plaza. Todos se preparan para la que será la noche más corta del año. Corrillos, vino y charangas animan el ambiente de la fiesta. En el centro se levanta la hoguera que encenderán poco antes de medianoche. Cada cual tiene sus propios ritos, como quemar notas con lo que desean olvidar del año. El ritual de ellos es algo distinto.

Antes de salir de casa rumbo a la hoguera, sus manos gruesas, curtidas en la viña, sacan del armario la muñeca de trapo que ese año ha hecho su mujer. Con un rotulador y gran amor, dibuja el rostro sobre el  cáñamo. Cuando termina, introduce una nota dentro del relleno. Es el deseo de ambos: sólo piden volver a verla. Llevan algo más de cincuenta años repitiendo exactamente lo mismo. Ella cierra la herida de tela y luego salen a reunirse con todo el pueblo.

Pasada la media noche, la vanidad de la hoguera crece, se alza hasta sobrepasar el tronco más alto de la estructura. En ese preciso instante, ambos, esposo y esposa, arrojan la muñeca a las llamas. 
Litha emerge de la flama mayor y al clavar su mirada ardiente en ellos, les reconoce porque cada año le piden exactamente lo mismo. El espíritu de fuego abre su manto y entonces, la muchacha aparece entre las llamas. Ese instante les es suficiente. Los tres se quieren... Siempre se han querido.

El momento termina y la muchacha vuelve a recorrer las mismas calles llenas de música que recorría cuando respiraba. También están llenas de otros que, como ella, han ido a reencontrarse con ese mundo. En su compañía celebra haber vuelto a ver a sus seres queridos, sobre todo que ambos se reconstruyeran mutuamente después de haberla perdido. Él siempre será su novio y ella su mejor amiga.



miércoles, 22 de junio de 2016

21. Crianza

La ranita payasa del estanque tenía muchos lunares de colores y vivía en un biberón. Ella solía cantar por las mañanas para despertar con alegría a las ranotas que dormían panza arriba y tenían que empezar su día e irse a trabajar. 

La ranita soñadora del estanque era una rana rayada que vivía en una mamadera. Ella parecía algo altanera porque solía ser muy silenciosa y cuando estaba despierta se quedaba mirando a la nada. Pasaba que, a eso de medio día, le sonaba la barriga tan fuerte que salía de sus fantasías y se echaba a reír con tantas ganas que todas las demás se contagiaban de apetito y carcajada.

La ranita más lista del estanque era una rana albina que vivía en una tetina. Ella se dejaba ver por las tardes, antes de ir a sus conciertos y con la guitarra en la pata se ponía a ensayar. Croaba la canción protesta de unos críos que bien lloraban porque la leche estaba muy caliente o bien gemían porque la leche estaba muy fría. 

La ranita enamorada del estanque tenía un color azulado, vivía en un tetero y tenía un don adulador. Ella llegaba a medianoche con su voz melodiosa con la que hablaba despacio a todas las ranas para aliviar un poco la dureza de su día. Todas caían rendidas y a ella la enamoraba el verlas roncar. 

Al final de la jornada, tetero, tetina, mamadera y biberón iban a un baño caliente, de ahí al armario hasta el día siguiente y de vuelta a empezar. Y mientras todas estas cosas hacía, la mami somnolienta, volvía a pensar en las historias de las ranitas que la ayudaban a entretener a su bebé mientras le daba de comer.

martes, 21 de junio de 2016

20. Uno, dos y tres

Luna llena de junio ilumina un caldero. Un gato negro de traje añil con un atizador de hierro y con un soplador de cuero aviva la lumbre. La bruja Curuxa aparece en escena portando una vela, un libro y un atril. Coloca todo lo que lleva con una morisqueta y de un armario imaginario saca unos cuantos frascos. Preparar el elixir requiere un conjuro que, sin mucho apuro, en su recetario encuentra:

Dos gotas de sueños
diez dientes de risas
un soplo de brisa
y empieza a mover.

Si crees que puedes
tienes el poder.
Si crees que puedes
tienes el poder.

El pasado te enseña
a crear tu futuro
el fruto maduro 
te lo comes hoy.

Termina el brevaje
moviendo a la contra
que así se derrota
a la pereza tonta.

No es gran proeza
pero casi está listo
aún falta el secreto
que no escribiré.

La bruja Curuxa miró a un lado y a otro, cogió el frasco más pequeño, lo sacudió con esmero y acercando el gotero al caldero cantó hasta tres:
Esencia de vainilla
felicidad y maravilla
y si no lo pillas
me harás reír.
El gato miró a la bruja, se estiró un bigote y acabó este relato, que más se parece a un garabato sin rima y sin fin.




lunes, 20 de junio de 2016

19. Inmóvil

Tenía frío, mucho frío. Quise moverme pero no pude. Pensé que estaba en uno de esos sueños en los que hay alguien que te sujeta, que te empuja contra la cama mientras te echa su aliento de miedo; cuando tienes esos sueños, en el fondo sabes que aquel ser no es de los que respiran. Pero entonces abrí los ojos y supe que no estaba soñando. Aquella no era mi cama, sino una camilla metálica, de esas en las que echan a los muertos. Estaba segura que yo no lo estaba, que no estaba muerta quiero decir. A los muertos no los atan y yo tenía correas en los tobillos y en las muñecas. No sé por qué me alivió ver que no estaba desnuda, si lo que llevaba puesto era una de esas batas de hospital. Una luz enfocaba mi vientre; suficiente como para que pudiera verme. Lo demás, la oscuridad que me rodeaba, no me asustaba tanto como el silencio. En aquel lugar no había otra alma, no había otro corazón latiendo más que el mío.


Cierra los ojos. No tienes que ver lo que estoy a punto de hacer con este bisturí. Pronto acabará todo y tú estarás mejor, mucho mejor de como estás ahora. Llevo mucho tiempo siguiéndote ¿lo sabías? Pero tú nunca reparaste en mi. No importa. Sé que tu vida no es fácil. Es por eso que he pensado que lo mejor que puedo hacer por ti, el mejor regalo que puedo darte es acabar con tu sufrimiento. Te preguntarás la razón por la cual te he atado a la camilla. Lo hago por ti, para que no luches. Si lo haces, si te levantas, tendría que usar la fuerza contigo... Y yo quiero que tu piel se mantenga intacta. La haré aún más bella, dejaré que te desangres hasta que parezcas una muñeca de porcelana. No me mires con ese terror, ya te he dicho que haré esto por tu bien. Es mejor que cierres los ojos.


Con el bisturí hizo una última incisión con la que abrió la parte inferior del abdomen. Aquella mujer era demasiado joven para haber muerto de ese modo. Cada vez que tenía un cuerpo nuevo en su mesa, intentaba ser amable, tratarlo con respeto; pero, en su interior, no podía evitar dejar que su imaginación tomara el control. Mientras extraía las vísceras, pensó en que esa mujer bien podía haber sido víctima de algún psicópata. La imaginó a ella en un lugar parecido a la sala de autopsias, probablemente sobre una mesa metálica, sin saber lo que iba a ocurrirle. Imaginó a su verdugo dirigiéndose a ella, hablándole con una especie de devoción enfermiza. Lo imaginó como si fuera un tipo parecido a él mismo, tanto en modales y como en fisonomía. Le estremeció el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y se sacudió para despejarse. Tuvo que repetirse un par de veces que él era de los buenos. Examinó los intestinos hasta que encontró la causa de la muerte. De entre todos los sacos infectados había un divertículo que estaba limpio. Usó hilo de sutura para ahorcar los bordes de tal modo que no perdiera su redondeada forma, lo extrajo cuidadosamente y lo dejó a un lado, en la bandeja. De un armario sacó un frasco de cebollas encurtidas y lo metió dentro; solía tener antojos extraños cuando hacía el turno de medianoche. Un teléfono sonó fuera. Se quitó los guantes y salió por la puerta batiente. 


La puerta de la trastienda se cerró tras de si. El teléfono sonaba insistentemente. Si es que no podía permitirse estar más de diez minutos colocando los libros por la simple razón que, si se le ocurría abrir alguno, se le olvidaba lo demás. La librera estaba segura de que la estaban llamando para hacerle algún pedido. No sabía cuánto tiempo había estado leyendo aquel extraño libro de cuentos. Tenía hambre y asco al mismo tiempo. Descolgó su teléfono negro con marcación de disco que acababa de comprar en un rastro y contestó. Una voz fría, sin alma, le dijo: «no te muevas, que voy».




 

domingo, 19 de junio de 2016

18. Nostalgia


Un café. El ambiente lluvioso de una ciudad azul. Dos sillas.

En la planta alta, tres ratoncillos se divierten. Nunú, Ferlín y Gabolín entran y salen riendo de una caja de zapatos que está dentro de un armario de cartón.

La conversación versa sobre sueños compartidos. El futuro de los que vienen.

La caja se convierte en un cohete. Los tres vuelan al espacio y mordisquean la luna de requesón. 

El tiempo sopla. La hojarasca de ideas, arremolinada, se pierde en el infinito.

El cohete se convierte en un submarino. Los tres descubren un reino de algas en las profundidades marinas. Salen a flote y el submarino, convertido en un barco, los lleva a una isla habitada por monos que vuelan.

El café ahora está vacío. Añoranza y un deseo...

Las madres de los tres ratoncillos los llaman a cenar. Salen del armario de cartón, crecen y se van. No volvieron a encontrarse, pero su risas y sus juegos, en aquel armario de cartón, para siempre quedarán.

...Que una semilla se escondiera en la hojarasca y que un día de estos...



sábado, 18 de junio de 2016

17. Zorrería

Érase una palabra que, olvidada a su suerte, habitaba dentro de un armario. 
Hace mucho tiempo tuvo una época de esplendor. Un autor la rescató del olvido y gracias al capítulo en el que apareció, su fama se hizo mundial. Todavía se recuerda la escena en la que, algo tímida, se muestra hasta descubrir su significado. Convertida en un clásico del imaginario colectivo, dicha escena aún se sigue reproduciendo. 
Pero aquella palabra, junto a su compañera a la que fue asociada, perdió valor. Condenadas a la indigencia, ambas esperan para volver a cobrar vida y no en un cuento. 
Puede ser que cualquiera tenga a esas palabras viviendo en su armario. Pero hay que ser alguien para pronunciarlas y que suenen dignamente. Domesticar y Amistad tienen un significado tan valioso que no pueden, ni deben, usarse a la ligera. 

viernes, 17 de junio de 2016

16. Susurros


Su mirada, curtida por el tiempo, traspasaba universos y acudía al presente desde el olvido. La intensidad con la que su espíritu, con la que su inteligencia viajaba entre esos mundos, lo dejaba agotado y aparentemente confuso.
Quienes lo rodeaban no podían imaginar que él era un viajero dimensional. En esos otros mundos la juventud era cuestión de picardía y felicidad, así, sin más. La dificultad consistía en que el precio que debía pagar para vivir esas experiencias, era el silencio. Ni siquiera podía tranquilizar a quienes le echaban de menos. 
Pero él, tan listo como era, sabía que en cuestión de dimensiones podría encontrar la manera de comunicarles sus descubrimientos. Quería decirles, susurrarles, que el dolor, la angustia y la tristeza eran fantasmas a los que se podía espantar con el único elemento que permanecía inmarcesible en el tiempo, las distancias y en los universos: el amor.
Así es que ahora, que su armario vacío te lo ha contado, no permitas que sus descubrimientos caigan en el olvido, sobre todo porque entre sus amores también estás tú... 

jueves, 16 de junio de 2016

15. Desde el fondo

Llevaba horas sentada frente a su armario. La conversación se había vuelto insoportable; dicho de otro modo, aquella no era una conversación, era un monólogo. Necesitaba manifestar sus necesidades, su inconformismo, y esa sensación de abandono que la estaba desesperando. Habló hasta que se quedó sin palabras y lloró hasta que agotó los pañuelos desechables. Se recostó atravesada en la cama y guardó silencio. Mientras miraba el techo pensó en que tenía que hacer un cambio; se lo pedía el cuerpo, se lo pedía su vida, su espíritu rebelde. «Mañana», sentenció. Debía espabilar. Esa noche tenía una fiesta y no acababa de encontrar lo que iba a ponerse. Resopló. Tendría que volver a batallar. Estaba a punto de levantarse cuando escuchó que unas puertas se abrieron de golpe. No le dio tiempo de mirar porque algo oscureció su vista. Su reacción fue patalear hasta incorporarse. En cuanto lo consiguió, vio que sus vestidos, blusas, faldas, chaquetas, tacones, jerseys y un sinfín de prendas estaban siendo lanzadas desde dentro del mueble. Se sintió avergonzada. La bronca que le había echado a su amigo, a su fiel compañero, había sido excesiva. Seguía sosteniendo el trapo que le había caído en el rostro; era la misma prenda por la que se había vuelto loca de frustración al no poderla encontrar. Era su vestido negro, el de fondo de armario. Si es que la conocía mejor que ella misma y había sido tan injusta... El desquiciante orden era suyo. Tenía que compensar al mueble, se lo debía. Iría de compras y lo llenaría de mimos, de trapos y de zapatos nuevos; pero eso lo haría al día siguiente.

miércoles, 15 de junio de 2016

14. Un recuerdo

El caminante se detuvo. Acababa de llegar a la frontera entre la nada y el tiempo. Estaba exhausto. Su viaje había sido demasiado largo, pero por fin estaba donde quería. Sólo tenía que dar un paso más y... Miró sus pies: tenían llagas. Dolor. No tendría que volver a sentir. Estaba parado sobre una parcela de su pasado que no llegaba a ser un recuerdo significativo. Lo único que debía importarle en ese momento era lo que tenía delante. Aquel vacío se parecía a la incertidumbre, la misma que tan bien conocía. Fueron tantas las veces que apostó su ser al futuro que estaba harto de arriesgar para obtener a cambio exigencias, frustraciones, pérdidas y casi ningún reconocimiento. Iba a dar ese paso final, pero sus pies no le respondieron. La última ironía. Le habría hecho gracia, pero al mirar hacia abajo, vio que sus pies se estaban hundiendo en el recuerdo. Se trataba de una habitación que sólo tenía una cama y un armario; el niño que estaba durmiendo era él. En cuanto recordó que aquel era el armario de sus juguetes, cayó dentro del recuerdo. Se sentó en su cama, al lado de él mismo y se vio dormir. Estaba abrazado a un perro de peluche, su mejor amigo. Un montón de piezas de madera estaban desperdigadas por la cama y por el suelo; con ellas iba a construir una torre... Volvió a observarse y se vio soñar. Abrazó a su propia inocencia, a ese tiempo en el que ninguna exigencia le había sido impuesta, a esa época en la que podía llorar. Y así, abrazando a su pequeño yo, permitió que el llanto lo limpiara por dentro. Descubrió que había hecho ese viaje para rescatar a su inocencia y que tenía la ventaja de contar con la experiencia para defenderla e impedir que se la volvieran a arrebatar. Esa era la única coherencia que en adelante iba a necesitar.

martes, 14 de junio de 2016

13. Ser de luz

Cada noche, la madre sacaba del armario un enorme libro de cuentos, se sentaba con sus hijos y empezaba a leerles: 
«La reina de las mariposas mandó a construir una fortaleza con ramas de canela, miel y ralladura de limón. Quería proteger su casa antes de que la temporada de lluvias empapara desde la cocina hasta el salón. Estaba tan ocupada dando órdenes a los abejorros, que había olvidado que aquella era tarde de reunión. En casa de la abeja reina hacían punto; en casa de la reina de las hadas pintaban lienzos y en la suya hacían chocolate con un poco de almidón. Así es que, cuando llegaron sus amigas, se sorprendió. Esta vez no tomaron un aperitivo, ni iniciaron la charla en el salón. Fueron directas a la cocina y ahí, divertidas, se pusieron a parlotear. Entre risas y risas, no se dieron cuenta que fuera empezó a diluviar. De pronto, un rayo iluminó la estancia y ellas se abrazaron y empezaron a gritar... Luego del susto, llegaron las risas y el rubor. La mariposa, nerviosa, sacudía sus alas, mientras que la abeja no dejaba de tocar sus antenas, y...»

—¿Y qué pasaba con la reina de las hadas? — interrumpían los niños con entusiasmada ilusión.
—La flor púrpura que cubría la mitad de su rostro se iluminaba. Aquella flor era el símbolo de la nobleza de la reina de las hadas y anunciaba a todos los habitantes del bosque que ella era un ser mágico de luz...—Cerraba el libro y agregaba—: Mañana seguiremos con esa parte de la historia...
La madre devolvía el libro, arropaba a sus hijos y cerraba la puerta tras de sí. No sabía que en la oscuridad, una flor púrpura se encendía y velaba por el sueño de los pequeños.
 

lunes, 13 de junio de 2016

12. El Olvido

Extendió la mano y no lo pudo evitar, ya estaba dentro.

En el laberinto escogió la segunda entrada, la que estaba en el centro. Los setos se alzaban muy por encima de su cabeza. En el cielo, la luna llena. No esperaba que todavía fuera de noche. Miró hacia atrás, quiso volver por donde había llegado, pero los setos se movieron y cerraron la entrada. Se reprochó por no haber recordado el algoritmo y ya era demasiado tarde para dejar un rastro; aunque, visto lo visto, habría sido inútil aplicar esos enrevesados pasos que, dicho sea, tampoco recordaba... Miró sus pies descalzos y su camisón de dormir. Suspiró. Nunca le daba la gana de usar su albornoz ni sus pantuflas, así es que tendría que aguantar el frío del ambiente y la humedad del suelo de tierra. 

El laberinto, que cambiaba cada vez que se adentraba en una calle, le resultaba cada vez más inmenso, desesperante, agotador y eterno. Ella tuvo que alimentarse de las hojas y beber rocío. En aquel lugar, en el que nunca fue de día, ella se hizo anciana. Sus pies, sus manos, su piel, habían cambiado. Su cabello largo que ahora era gris y blanco, cubría lo que ya no cubría su raído y casi inexistente camisón. Había olvidado todo, hasta su nombre. En ocasiones acudían palabras o frases sueltas a su mente, pero todas carecían de lógica salvo una frase que se repetía constantemente: «Si algo tengo es muchosidad». Solía decirla en voz alta y echarse a reír. Aquella frase le proporcionaba algo de razón, cierta lucidez sobre su propio sinsentido. Feliz, volvía a retomar los caminos cambiantes del laberinto. Y ocurrió así durante siglos.

Una noche cualquiera, en la que todo era igual que siempre, escuchó una voz que le dio los buenos días. Se giró y vio que un hombre iba hacia ella. Era joven y apuesto. Entonces tuvo conciencia de su vejez, de su cuerpo marchito y entristeció. Los recuerdos volvieron a su mente, todos de golpe, todos gritándole desde su interior quién era él. Le había reconocido y no quería que la viera así, con esas pintas...
─Cariño, ¿por qué te has levantado tan pronto? ─Le dijo mientras iba hacia ella frotándose los ojos.
─Estaba... Tengo que prepararme para la reunión de la directiva ─contestó fijándose en que su mano estaba dentro del armario, cogiendo la percha con el traje que había preparado la noche anterior. Luego de un inevitable bostezo, continuó─: Quiero llegar pronto para terminar de organizar el laberinto de documentos que debo presentar.
─Lo harás bien, ─dijo abrazándola por la espalda. Levantó las cejas para obligarse a abrir los ojos y con una sonrisa agregó─: tú no has perdido tu muchosidad

domingo, 12 de junio de 2016

11. El espacio en blanco.

Suele caminar oronda entre líneas. Su poder permite que unos se eleven; mientras que a otros los fulmina con su mirada. Le complace ir matando espíritus y enterrarlos con su sonrisa. 
Pero hay espíritus que bajo sus pisadas no mueren del todo. Bajo su paso, bajo su peso, se hacen fuertes. Se levantan, a veces a duras penas, recogen los trozos que quedan de sus muertes y vuelven a sus rincones.
De sus armarios sacan la crudeza y la transforman hasta volverla apetecible. Se envuelven con lo nuevo que han creado, regresan para colocarse en su camino y la esperan. 
Ella llega, los ve y cae en la trampa. Traga con lo apetecible sin reparar en que no ha dejado de ser la misma crudeza que antes desaprobó. Entonces permite que esos espíritus, los mismos que antes despreció, se eleven. Y cada vez que esto sucede, que la creatividad conquista a la censura, nace el arte.

sábado, 11 de junio de 2016

10. Esperanza

Mirando el cuadro, un niño y una niña. Su madre les estaba contando que los hombres que veían pintados vivían confundidos y que habían perdido sus batallas frente a la bondad. Les dijo que esos hombres eran incapaces de entender que distintas especies podían convivir en paz.
 
En el cuadro, un torero y unos lanceros. Estaban mirando otro cuadro dentro del cuadro que era mucho más pequeño. Lo hacían como si trataran de descubrir un resquicio por donde meterse al otro lado. En sus rostros llevaban la frustración de no haber logrado cumplir con su... Sabían que sus días de impunidad estaban llegando a su fin. El toro al que debían haber sacrificado se había escapado de sus manos.

En el cuadro más pequeño, una puesta de sol. El paisaje era muy común: una playa, los colores pasteles de un atardecer, unas gaviotas volando en las alturas. Mejor dicho, el paisaje hubiese sido común de no haber sido porque cerca de la orilla había un armario con las puertas cerradas, un toro echado al lado como descansando y una mujer que, abrazándolo por el cuello, estaba mirando al mar. La sensación que transmitía esa parte del cuadro era de total serenidad.

La madre no les contó que la mujer del cuadro era ella. Lo haría tiempo después, cuando sus hijos empezaron a abrir portales dimensionales usando el amor y el viejo armario de la abuela.



viernes, 10 de junio de 2016

9. Pasarela

«Esta temporada, la tendencia estará marcada por Soledad. Ella lleva una elegante...» 
Se escuchaba en los altavoces mientras ella iniciaba su desfile por la pasarela que La Organización montó entre los dos cajones más altos del armario. 
Los operarios tuvieron que trabajar durante toda la mañana para subir la regla de madera que usaron para unir los bordes y cubrir el abismo que se abría entre esas gavetas. Aquella tarea fue más sencilla que lograr un consenso sobre el modo en que asegurarían el puente. Ganaron los partidarios de clavar alfileres, frente a aquellos que defendían el uso de cintas adhesivas. En lo que no pensaron fue en la seguridad de los laterales. Eso no era tan importante pues ninguno de ellos había visto una pasarela con pasamanos. Eso, definitivamente, no se llevaba. Además, las divas eran tan ligeras que se desplazaban como si estuvieran flotando. "Si alguien podía elevarse era imposible que cayese", era la norma en La Organización.
«... de un diseño minimalista que recuerda la individualidad como eje del...» 
A medida que avanzaba por la pasarela, fue animándose, sintiéndose querida por los destellos de las cámaras que provenían de los cajones. 
Soledad se detuvo hacia la mitad de su camino. Quiso ser agradecida y corresponder con un gesto a la atención que le estaban brindando. Miró a un lado y a otro: ninguno de los asistentes la estaban observando. Por un lado, bragas, tangas y sujetadores estaban haciéndose autorretratos con sus móviles al tiempo que, curiosas, tiraban de sus respectivas etiquetas y continuaban con sus chácharas. Por otro lado, cinturones, collares, relojes, gafas de sol y de leer estaban intercambiando sus datos de contacto como los accesorios de moda profesionales que eran. 
Al darse cuenta de que ese era el panorama, se sintió aún más sola. Comprendió que todo lo que su agente le había dicho, había sido mentira. Nunca se había interesado realmente por ella, por lo que podía crear desde su solitaria naturaleza. 
Los operarios abrieron las puertas del armario hasta que quedaron en paralelo y los espejos internos se miraron logrando un efecto de dramático infinito. Ella dejó de ver a la multitud y se fijó en su reflejo multiplicado.
Estaba enfadada con ella misma por haberse dejado influenciar, por haber dejado que la Envidia fuera su representante. Era la única que no le había quitado ojo de encima y estaba disfrutando con su derrota en medio de aquel absurdo teatro.
Desolada, Soledad caminó hasta que llegó al final de la regla de madera, hasta el punto marcado con un cero y, desde ahí, se dejó caer al vacío.
Lealtad se dio cuenta de inmediato y avisó a Honestidad, Humildad, Tolerancia, Respeto y Amor. Entre todos extendieron un fular que usaron como manta y se prepararon para recibirla. 
Aunque Soledad se alejó de ellos en busca de reconocimiento, la amistad entre todos jamás se rompió. La siguieron desde la lejanía a la que ella les relegó. Pero la conocían, la querían y no iban a dejar que se estrellara.
Su calidad de diva la hacía tan ligera que ella siguió cayendo mucho después de que los operarios desclavaron el último alfiler... Y sus amigos la seguían esperando (eso sí, con ayuda de Paciencia que se unió al grupo después de volver de la fiesta a la que fue con un botón).

jueves, 9 de junio de 2016

8. Amores que arropan

Fue como si su cuerpo hubiese estado flotando. 
Un ligero vaivén la llevó a pensar en el agua. Era agradable. 
Abrió los ojos y vio un cielo azabache. Miró a los lados y comprendió que no estaba flotando. Estaba echada sobre nieve pero no tenía frío, algo curioso porque llevaba puesto su pijama de verano. 
Volvió a mirar hacia el cielo. Las estrellas parecían lucecillas festivas, de esas que se apagan y se encienden, que se apagan y se vuelven a encender. 
Bostezó. 
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan relajada y no quería espantar aquel momento tratando de averiguar dónde estaba. Pero, como solía sucederle, en cuanto recordaba una milésima parte de su día, la poca serenidad que lograba conquistar, se iba a... 
Un viento suave, parecido a una cálida brisa, le acarició el rostro. 
Las estrellas dejaron de bailotear y permanecían en alerta, como si fuesen una multitud de ojos que la observaban sin parpadear. Entonces, en aquel cielo despejado, apareció una especie de nube alargada que se fue ensanchando y volviéndose añil y violeta y esmeralda. Esas luces se movieron hasta dar forma a un cuerpo, a un rostro que ella reconoció como el de su abuelo. Él no le dijo nada, sólo la miró. 
Lo que tanto la había estado angustiando se esfumó. Ella no iba a rendirse, iba a seguir luchando. 
Aquel momento no duró porque la autora boreal se disolvió y ella despertó. 
Se levantó, fue hacia su armario y cogió la camisa de franela de su abuelo. Siempre que necesitaba tenerlo cerca se la ponía; era su forma de volver a su niñez y sentirse arropada, querida, segura. Sólo que esta vez, como tenía calor, se abrazó a ella y volvió a dormirse.

miércoles, 8 de junio de 2016

7. La prisa.

     ─...La encontrarás en la cima de su montaña observando el horizonte, que es desde donde le vienen las imagenes del futuro. Al llegar arriba, mantén la distancia y espera; cuando ella sienta que es el momento, te llamará a su lado. No la interrumpas y, sobre todo, guarda silencio.─El viejo frunció el ceño, cruzó los brazos y escudriñó de arriba a abajo al muchacho que había ido a verle, según dijo, por recomendación de los viejos de su pueblo. Sonrió maliciosamente. El muchacho no había dicho nada pero algo en su actitud le mostró lo que quería saber. Entonces le hizo un ademán para que se marchara y volvió a su partida de ajedrez.
     El muchacho se fue diciendo un rápido "hasta luego". Llevaba más prisa que agradecimiento. No tardó en llegar a la ruta que conducía a la montaña y se perdió de vista entre los árboles.
     ─¿Por qué no le contaste lo que...? Otras veces te explayas más en los consejos que les das a los muchachos. ¿Qué te pasó con éste? ─Le preguntó el viejo que estaba jugando con él.
     ─Este chico no vino a verme para escuchar consejos del modo en que debería acercarse a ella. Sólo quería que le indicara el camino más rápido para encontrarla. Ese chico soy yo mismo con sesenta años menos; y yo no habría escuchado a nadie, sobre todo si querían indicarme alguna advertencia.
     ─Al menos tú te recuperaste...
     ─No fue fácil. ¿Sabes los años que tuve que dormir dentro de mi armario porque no tenía otro modo de aguantar la oscuridad? Tardé mucho tiempo en comprender que ella es sabia y en realidad me dio lo que yo necesitaba. Pero tuve que volver a enfrentarme a ella con otra actitud para poder regresar de sus entrañas. No todos logran hacer eso.


     El muchacho, después de algunas horas de caminata cuesta arriba, llegó a la cima y la vio justo como le habían dicho. Había hecho ese viaje porque no quería perder tiempo en buscar aquello que lo haría rico y poderoso. Así es que quería que ella le dijera lo que veía en su porvenir y, según eso, haría todo cuanto estuviese en su mano para conseguir sus deseos. Haciendo caso omiso a las palabras del viejo caminó hacia ella mientras, casi a gritos, le hacía sus preguntas. De un momento a otro, ella se giró hacia él. En sus ojos y en su boca no había nada. Nada. Él, espantado, quiso retirarse, pero ya era demasiado tarde porque ella, la locura, lo engulló.

martes, 7 de junio de 2016

6. Decisión.

Despertó de un sobresalto. Aquella voz volvió a retumbar dentro de la habitación que no tenía puertas ni ventanas. «Tienes que decir la palabra.», le decía como si le susurrara gritando. Sus ojos apenas podían ver, tampoco quería hacerlo, no iba a descubrir nada que no hubiese memorizado durante las primeras horas, durante los primeros días, años, o siglos de cautiverio. A ratos sentía que su ser se había fusionado con la silla de la que no había podido levantarse porque estaba atado a ella de pies y manos. Estaba agotado o se había rendido, ya no sabía muy bien la diferencia. Su voluntad, desde luego, había sido condicionada, reducida al mínimo movimiento, a la nulidad del deseo, a la evasión del pensamiento. Había memorizado las tonalidades verde, azul y gris que se mezclaban y separaban en las paredes, en el suelo y en el techo. Sabía hasta el hartazgo que detrás suyo había una caja enorme de madera, de la que sólo había podido observar su reflejo porque, aunque podía mirar hacia atrás, lo que él veía era el respaldo de su silla. Lo único que le daba cierto alivio era el movimiento giratorio del espejo de dos caras que levitaba delante suyo. Aquel objeto iluminaba la estancia a ratos. El lado que le mostraba su reflejo y el de la caja, era oscuro pero captaba la luz que provenía de la otra cara. Cuando la segunda cara quedaba de frente hacia él, la luminosidad solía hacerse más tenue. Ese lado del espejo le mostraba otra realidad, otro mundo, otro ser. Se trataba de una mujer que no terminaba de ser feliz. Él lo sabía porque lo veía en su mirada, que como todo en esa habitación, conocía de memoria. A veces quería hablarle, decirle que él estaba ahí, al otro lado; decirle que a pesar de su prisión, quería ayudarla y hacer algo por ella. Otras veces se obligaba a cerrar los ojos porque verla le dolía mucho más de lo que le dolía su propio ser. «Tienes que decir la palabra.» Esta vez la voz no lo sacó de quicio retumbando entre esas cuatro paredes; esta vez sonó como un verdadero susurro, despacio, como si le hablara de verdad al oído. El lado del espejo que no reflejaba su imagen estaba a punto de quedar frente a él. Sería por el susurro o por haber pensando en ella, el caso es que quiso verla. La voz volvió, le siguió hablando bajito, pero esta vez le dijo algo que no le había dicho nunca: «Tú sabes cuál es esa palabra, si la dices, te hará fuerte.» El movimiento del espejo, que llegó a pensar que era perpetuo, se detuvo. Ella estaba delante de él y desde esa otra dimensión, lo estaba mirando directamente a los ojos. La vio mover los labios, decir algo que no pudo escuchar. Entonces, sus grilletes se soltaron. De un impulso se puso en pie. No estaba cansado, ni le temblaban las piernas; todo lo contrario, se sentía fuerte, más fuerte que nunca. Tuvo una intuición y se giró. La caja se estaba separando por la mitad y estaba formando una entrada. No lo dudó, y de otro impulso, se metió. La caja se cerró detrás suyo de un golpe y él quedó en la oscuridad. No sintió miedo; si sentía algo, era tranquilidad. Una luz empezó a colarse; le venía de frente. Ese lado de la caja empezó a volverse traslúcido. No podía, no quería dejar de mirar. Ella apareció delante, mirándolo directamente a los ojos, como antes; le extendió sus manos y con sus dedos, tocó su rostro, pero él sólo sintió un ligero mareo. Cuando volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que él se había convertido en parte de ella y que ella se estaba mirando en el espejo del armario.
Esa noche, la mujer escribió de un tirón su primera novela. Su talento había cobrado vida y ella estaba empezando a ser feliz.

lunes, 6 de junio de 2016

5. En la pared.

—¡Las gracias las hará el mono! —dijo la joven maga de espaldas a su público. Estaba terminando de dibujar un grafiti de tiza blanca, en la pared de hormigón de la esquina.  Al decir aquello de aquel modo, causaba cierto estupor en quienes permanecían atentos a sus movimientos. Solía escucharse cierto rumor, como si entre todos se preguntaran si había dicho "dará" o "hará". Los cuchicheos no duraban porque casi de inmediato la gente prestaba atención al mono. Éste cogía la chistera de encima de la caja de cartón que, vacía y volteada, la maga usaba a modo de mesa. Llevaba el objeto con ambas manos y lo pasaba entre los espectadores para recaudar la voluntad. Les hacía morisquetas y reverencias logrando sacarles risotadas y, en ocasiones, un aumento en sus contribuciones. El espectáculo lo merecía. Ninguno de los que ahora eran una pequeña multitud agrupada en semicírculo habría imaginado que la muchacha de vaqueros gastados, playeros y camiseta blancos, con coleta de colegiala, tenía tal talento para el ilusionismo. Sólo su chistera y su capa relacionaban su aspecto con su oficio. Hizo un último trazo, se giró hacia su público, dio un par de pasos al frente, posó la tiza en la caja-mesa y lanzó una retahíla de besos al aire. De inmediato, el mono volvió a su lado, le entregó la chistera y se sentó. Con un ademán, ella mostró su dibujo al respetable: era un armario que tenía las puertas abiertas y estaba vacío. Se puso la chistera, volvió sobre sus pasos, pegó su espalda a la pared, se quitó la capa y se cubrió con ella. De un momento a otro, la capa cayó: ella había desaparecido y las puertas del armario, estaban cerradas. El mono corrió, recogió la capa, la arrastró, cogió la tiza y, sin girar la caja, metió la capa dentro y él fue detrás.
Unos minutos después, que fue lo que tardaron en reaccionar de la estupefacción, uno de los presentes se acercó a la caja y la levantó. Dentro no había nada, salvo un círculo de tiza dibujado en el suelo. Un repentino viento levantó la polvareda y se llevó los dibujos. No quedó nada del círculo ni del armario. La muchedumbre se disolvió. A los pocos minutos, todas esas personas habían olvidado lo que habían visto en aquella esquina. Ninguno tuvo la necesidad de volver, ni de hacerse más preguntas. 
Ninguno sabe que cada noche, en el callejón de al lado, aparece un grafiti de tiza: un armario con las puertas abiertas que está vació y que no tarda en ser borrado por el viento.

domingo, 5 de junio de 2016

4. La felicidad es...



Corazones rotos laten a la deriva...



Los ojos vidriosos del osito de peluche observaban, sin pestañear, la desesperación en los rostros de las personas.

Olas monstruosas embisten contra esas almas.


Su espalda es la única zona que tiene seca y es porque está pegada a un corazoncito que tiembla de frío y de miedo.

Miserable gentuza se lucra con sus vidas.


Él quisiera girarse, abrazar, consolar, decir algo, cualquier cosa que suene a esperanza. Pero sabe que, aunque pudiera hacer todo eso, el mar tiene sus propias normas y en ocasiones no perdona ni entiende de inocencia.

Personas tratadas como mercancía, olvidadas a su suerte, han sido condenadas a la muerte o al exilio.


Un grito desgarrador se alza por encima de los demás gritos desgarradores. El corazoncito que lo sostiene lo estruja aún más. Alguien ha caído.

Alaridos silenciados por la indiferencia de aquellos que les cierran sus puertas, sus fronteras.


Se da cuenta de que los gritos más fuertes son los de una madre y los de un padre… Silencio… La eternidad en un segundo.

Rugen los motores de una embarcación sin bandera.


Una luz se refleja en sus ojos. Los gritos cambian, señalan, ruegan, no por ellos sino por el cuerpecito que flota inerte.

Toda la humanidad se reduce a un puñado de hombres y mujeres que lo han dejado todo por rescatar a personas inocentes.


Desde la otra barca, un ángel grita: «¡Está vivo! ¡Está vivo!». El júbilo se apodera de todos, incluyéndolo a él, aunque no pueda demostrarlo.

Ideales de amor, de respeto al otro es lo que nos falta poner en práctica.


El afortunado final de aquella noche fue el inicio de una penosa e interminable espera. Por lo que pudo enterarse, otros no llegaban a tener la suerte de convertirse en “refugiados”.
Escoger entre el estigma o la muerte.
Siendo un objeto, él tenía más posibilidad de tener un futuro.
Sabía que si lo limpiaban un poco, sólo le haría falta un sello para cruzar esas fronteras que se cerraban cada vez más, sobre todo aquellas cuya lejanía era el candado perfecto.

Recuerda que se recoge lo que se da, ya sea indiferencia o bondad.


La familia a la que pertenecía tuvo la fortuna de no ser separada. Cinco personas malvivían en una sola habitación, en un piso muy básico, en el que habían sido colocados junto a otras dos familias.
Tumbaron el armario en el suelo y le quitaron las puertas, dejándolo como una cajonera en la que dormían los niños. Los padres usaban las puertas para aislarse del frío del suelo. No se quejaban, sabían que eso era todo un lujo… Todavía siguen ahí, esperando.

Él también tiene pesadillas, pero cuando sueña, se ve a sí mismo levantándose de ese armario para ponerse un sello y enviarse a un lugar donde pueda contarle al mundo la historia de su familia. Quiere contar que ninguno de ellos es un terrorista. Quiere decir que los padres son personas honestas, trabajadoras que, aunque no tienen nada material, están deseosos de compartir su tiempo para crear una humanidad mejor. Ese es el único legado que quieren dejar a sus hijos, quieren salvarles del rencor… Sólo así los pequeños podrán labrarse un futuro digno.
Y en ese mismo sueño se pregunta: ¿quién escucharía a un osito cuyos ojos vidriosos se han vuelto opacos, no porque sea malo, sino por la dureza de todo cuanto ha tenido que pasar?
Entonces se despierta, y convencido piensa: «No sé cómo, pero de algún modo me haré escuchar.»






sábado, 4 de junio de 2016

3. Desde las alturas.

Iba flotando en su nube, por encima de los tejados de la ciudad sin nombre. Ella, ajena al mundo cotidiano, se desplazaba siguiendo los sentimientos desoladores de los habitantes, sus frustraciones, sus desesperanzas. No se dedicaba a escuchar sus problemas, no. Lo que escuchaba era sus silencios.
El cometido de sus recorridos nocturnos era devolverle los sueños a quienes los hubiesen perdido, no por no poder dormir, sino porque se resistían a soñar... Aquello que los mantenía prisioneros, encerrados dentro de si mismos, podían solucionarlo en ese mundo al que le tenían miedo. Ella sólo les abría la puerta.
Una vez terminada su labor, su nube la devolvía a la ventana de donde la había recogido, directamente sobre el armario, que era donde le gustaba dormir. La placa dorada que colgaba de su collar ponía "Genia", peculiar nombre para una gata. ¿Sería que ella lo habría ronroneado a sus dueños mientras dormían?