El cuento se estaba preparando para darse a conocer.
Tenía el firme propósito de salir del armario y comerse el mundo. ¡Tenía tantas ilusiones!
Imaginó que fuera le esperaban una cantidad ingente de lectores con un ávido deseo de conocer sus palabras.
Se miró en el espejo interior y analizó cada uno de sus detalles. Corrigió la construcción de una oración, repasó una vez más la ortografía (a una palabra le faltaba una tilde) y la puntuación (cambió un punto y coma por un punto, mejorando el sentido de aquella frase). Se fijó en sus personajes, en sus características más llamativas, en sus relaciones, en sus desencuentros: todos eran tal y como debían de ser.
Se echó una última mirada y, confiado, empujó ligeramente la puerta.
Iba a dar un paso hacia afuera pero en ese momento un pensamiento perfeccionista, que llevaba toda la vida colgado de una percha, le agarró por la lingüística.
Tiró y le sacudió con tanta fuerza que le separó los significados de los significantes, o eso fue lo que sintió. Las garras que le sujetaban empezaron a izarle como si fuera una banderita de papel cometa e intentaron colgarle en la percha de la inseguridad, pero entonces, el cuento reaccionó.
Planteó su metáfora (o se plantó con su metáfora) y esta, como podía ser interpretada de infinitas maneras, dejó patidifusa a la idea perfeccionista que empezó a buscar el sentido exacto, el único, el verdadero.
El cuento aprovechó esto para recomponerse y escapar, olvidándose de sus detalles, de sus ilusiones, de su supuesto público. De pronto se encontró fuera, sin nadie que le leyera, que reparara en el empeño que había puesto para construirse a sí mismo, pero ¿qué era eso en comparación con el hecho de haberse librado de la molestia que le supuso estar entre las garras del pensamiento perfeccionista?
Poco a poco empezó a sentirse ligero y aprendió a moverse, a encontrarse de manera natural, casi personal, con sus lectores. Ellas le hacían ojitos cuando le leían; ellos también.
Así fue como dejó de interesarle eso de comerse al mundo y le encontró el gustillo a dejar que le descubrieran por casual causalidad, a dejar que le devoraran.
Y la verdad es que es un cuento de esos que nutren el alma de quienes tienen a bien leerle.