El viejo ‘ñahuizapa’ solía caminar con un bastón,
no porque le hiciera falta a sus pies cansados, sino porque sus enormes y
desorbitados ojos –de ahí que le llamaran de ese modo– le hacían desviar su atención y ver más allá de lo que cualquiera podría observar; esto, al
producirse de manera involuntaria y repentina, le hacía perder el equilibrio, de ahí que necesitara el apoyo.
En su aldea, él era respetado por viejo, sabio y visionario. Todos los días iba
a dar largos paseos por el monte y siempre iba acompañado por quien quisiera
hacerle alguna pregunta, pedirle un consejo o, simplemente, escuchar sus
reflexiones.
Una tarde, en lugar de empezar a caminar, fue a sentarse en el
puerto, a donde llegaban y salían las canoas, que era el modo en que se
comunicaban con el resto del mundo. Estaba en silencio, mirando algo sin
pestañear en el horizonte, quizás en la otra orilla del lago. El pequeño grupo
de personas que se habían reunido para acompañarle durante su paseo, lo observó
desde lejos. Sólo uno de ellos, un niño, se atrevió a acercarse y a sentarse a
su lado. El viejo empezó a hablarle:
—He visto un armario, como el que tiene tu madre
en su cocina, ese en el que guarda todo lo que usa para darte de comer. Dentro,
en lugar de utensilios, platos o vasos, había palabras. Todas eran malas. No
quiero decir que fuesen insultos, que también había; lo que quiero decir es que
todas esas palabras estaban llenas de una energía que no era buena, nada buena.
Y te he visto a ti empezando a ser mayor. Estabas deslumbrado con todas esas
palabras y querías usarlas, aunque no tuvieras idea de su significado, ni de su
poder destructivo. Y te he visto a ti, algo más maduro. Todo lo que salía de tu
boca era para hacerte el importante y lo que mejor sabías hacer era criticar a
los demás, como si tú fueras perfecto. He visto ese armario allá, detrás de las
casas del otro pueblo, en el monte, todavía es un árbol. Lo bueno es que tú
todavía eres un niño y puedes evitar que eso te suceda… El convertirte en una
persona amargada, quiero decir. Sólo tienes que corregirte día a día, incluso cuando tengas
tantos años como yo.
El niño fijó su mirada en donde el viejo le
indicó que estaba el árbol y en ese instante se hizo la promesa de evitar
convertirse en una persona de esas… Y lo logró.
Y el árbol, siguió siendo árbol.