martes, 31 de enero de 2017

244. El benjamín

El condenado caminaba despacio por el corredor, esposado de pies y manos, escoltado por dos guardias que le superaban en estatura y le doblaban en corpulencia. Nadie hubiera imaginado que acabaría así...

Durante su niñez y su juventud, vivió en la casa más grande, de la calle más rica de un pueblo que, en general, era muy pobre. 

Era el menor de trece -seis hermanos y seis hermanas-, y el preferido de su padre, un general retirado que poseía tierras de cultivo, una hacienda, algunos negocios y varios inmuebles a los que sabía sacar partido. Su madre, su pobre madre, sólo tenía ojos ciegos para él.

«Es hijo del demonio», solían decir en aquel pueblo tan dado a inventar historias, como entregado a sus creencias religiosas. Aquello se convirtió en toda una leyenda, iniciada por el relato de la vieja comadrona. 

Ella aseguraba que en la noche en la que atendió aquel parto, vio una sombra que salía de detrás del armario. Al principio pensó que se trataba del general que había vuelto a la habitación, algo que le pareció muy extraño, porque era de los que pensaban que el acto de parir era un asunto reservado únicamente para las mujeres. En los doce partos anteriores, él jamás dio muestras de preocupación alguna por su mujer o por su nuevo hijo o hija; de hecho, según sabía la comadrona, el general aprovechaba esos momentos para atender alguno de sus negocios. 

Esa noche no tenía por qué ser diferente y, en todo caso, él era el único que podía haber quebrantado la orden de no entrar, de no interrumpir lo que allí dentro se estuviera haciendo. Por algo él era quien mandaba. 

Así es que, cuando la vieja percibió por el rabillo del ojo un movimiento, se giró en el momento en que la sombra crecía y tomaba una forma humanoide que salió de la pared con la mirada enrojecida, unos enormes y enroscados cuernos, y una risa que sonó a cuchillos que se afilan. Aquella aparición duró un instante y cambió el destino de dos personas. Ella, la comadrona, no quiso volver a atender ningún parto durante la noche y su sobrina, que la asistía para aprender el oficio —y aún no había cumplido los dieciséis—, se asustó tanto que enloqueció. 

La madre parturienta no se enteró del grito, ni de la mirada encendida, ni de la sombra que la vigilaba, quizás porque estaba ocupada con sus propios gritos, o porque tenía los ojos cerrados, o porque sólo le preocupaba que su hijo llegara bien. 

—Aquí tienes a tu winsho, bautízalo cuanto antes —le dijo la comadrona con tono de enfado y le entregó a su recién nacido. 

La vieja estaba pálida y tenía el ceño fruncido; quizás se había disgustado con su sobrina que no dejaba de lloriquear. 

«Algo habrá hecho la mocosa», supuso la madre y nunca más volvió a pensar en ello, ni siquiera años después, cuando se enteró de las habladurías sobre la sombra, el demonio, la sobrina enloquecida y el retiro prematuro de la comadrona. Si hubiese prestado un poco de atención a ciertos indicios, habría podido evitar el devenir del benjamín. ¿Habría podido?

Todavía era un niño cuando empezó a deshacerse de sus hermanos. 

Logró hacer que todos se fueran de la casa, del pueblo, del país. Ninguno de ellos le quería, esa era una verdad como una catedral. No lo demostraban ante sus padres porque no querían hacerles sentir mal, sobre todo a su madre, que se desvivía por él. No se sentían apartados, no se sentían menos, no le tenían celos. Nunca hablaron sobre esto entre ellos; si lo hubiesen hecho, habrían descubierto que todos coincidían en una sospecha: que su hermano no tenía alma. Por eso, cada uno se marchó en cuanto vio la oportunidad. Los estudios en el extranjero y el prestigio social que eso otorgaba a la familia, fueron la coartada perfecta para huir de su presencia. Incluso ellas, en aquella sociedad machista, se las ingeniaron para convencer a su padre de estudiar fuera, en universidades que les permitieran conocer pretendientes extranjeros que, a la larga, pudiesen ser buenos contactos para sus negocios. Al principio les escribían interminables cartas y llamaban cuando el primer teléfono fue instalado en el pueblo; pero dejaron de hacerlo porque todo lo que les contaban sobre su pequeño hermano era tan surrealista, tan falto de dignidad, que dejaron de reconocerles. Su padre, un general que ponía el honor y la disciplina por delante de cualquier privilegio, se había doblegado ante los antojos de su hijito. Mientras que su madre, su pobre madre, solía reírle las diabluras y terminar disculpándolo con un «ya crecerá». Y ellos, sus hermanos, sabían perfectamente que él ya había crecido. Claro, ninguno sospechaba que en su último estirón, en el lugar donde la columna termina su casto nombre, además de pelos le había crecido una cola que más parecía un muñón y que él aprendió a guardarla en el único sitio que podía —y que le placía— esconder. Incluso si cualquiera de ellos, hermanos, hermanas, padre y madre, hubiesen tenido conocimiento sobre este pequeño detalle anatómico, no habrían sido capaces de relacionarlo con la leyenda que se sazonaba en el pueblo o de prevenir los delitos que cometería. Ni siquiera sabiendo todo esto, sus padres, sus hermanos o el pueblo entero, hubieran sido capaces de adivinar el sinsentido que sería capaz de esparcir bajo el amparo de ese sentimiento de superioridad que tuvo desde muy pequeño. 

Al menos, esto último ocurrió mucho después de que sus padres murieran -les habría partido el corazón- y de que él se hiciera con toda la herencia para irse fuera, al extranjero, por supuesto, lejos de sus hermanos y de sus hermanas. 

Pero también se fue lejos de la sombra de su verdadero progenitor, único habitante de la casa en decadencia y del viejo armario de tejo. Si el benjamín se hubiese llevado el mueble con él, quizás se hubiera librado de la cárcel y del corredor de la muerte. Quizás.

lunes, 30 de enero de 2017

243. Sueña, arlequín...

Rumiantes noches enteras, 

vestidas de tul y seda, 

pensando incesantemente 

en un arlequín pelucón. 


Sus rizos morados, 

alocados al viento, 

recuerdan la noche 

de un mundo mejor. 


Dulce noche, 

extraña y rumiante noche, 

ausente de sueños tranquilos 

y llena de opacas estrellas. 


Tendido en el suelo, 

un manto de terciopelo y amistad perdida, 

de esas que vuelan al olvido 

envueltas en hojarasca y pena, 

en miel y migas para no volver.


Rumiante noche 

de presentimientos profundos y amargos, 

salidos de un armario en extinción. 


Y el arlequín, 

cansado de no poder cerrar los ojos, 

sólo anhelaba poder dormir.

domingo, 29 de enero de 2017

242. Tuxa y Xentín

El priorato pagano de la sidra, sociedad secreta, se reunía una vez al año para admitir nuevos sacerdotes o sacerdotisas. 

En cada una de estas ocasiones sólo escogían a una persona que se consagraba a la creación del elixir.

Aquel año, la xana Tuxa y el trasgu Xentín recibieron las invitaciones para competir entre ellos. 

Él llevó una sidra de raíz de rábanos picantes y ella, una sidra de berza. 

Se suponía que sólo una de las dos botellas iba a ser guardada en el armario del honor pero, resultó que las dos eran tan fuertes que, en cuanto las descorcharon a la vez, acabaron con los sentidos de todos los presentes. 

Al final, ni la xana ni el trasgu pasaron a formar parte del priorato pagano de la sidra, sociedad secreta. 

No fue así porque no porque no lo merecieran, sino porque a partir de esa noche empezaron a competir con nuevas creaciones para poder entrar. 

¿Continuará?

sábado, 28 de enero de 2017

241. Amor y Libertad

Amor no duraba mucho tiempo en el mismo sitio. 

Le gustaba ir de un lado a otro, conocer lugares nuevos, aprender. 

No le tomaba mucho tiempo llenar su mochila con las cuatro cosas que tenía en el armario, e irse cada vez que sentía que no tenía nada más que hacer en donde fuera que estuviese. 

Tenía especial facilidad para olvidar su pasado, aquello que no le aportaba nada, despreocuparse por su futuro y respirar el presente. 

Pero una noche algo sucedió: un gato se cruzó en su camino y cambió su vida. 

Y es que el felino le llevó con Libertad, su ama. 

Y, desde entonces, permaneció al lado de ambos a donde fuera que fueran.

viernes, 27 de enero de 2017

240. Distancias

Marcus perdió el bolígrafo una, dos, tres veces... 

Tenía que escribir esa carta -era uno de esos raros especímenes que mantenían la lealtad al papel y al lápiz, en su caso a las libretas de notas y a los bic azules- que se había prometido que no pasaría de esa hora, de esa mañana, de ese día. 

Llevaba prometiéndoselo durante uno, dos, tres años... 

Tenía que escribir esa carta porque no se le ocurría otra manera de acercarse a ella, la chica más perfecta -era una de esas bellezas extrañas, que combinaba su aversión por los estereotipos con la naturalidad de su sonrisa y de su carácter alegre- con la que día a día compartía los mismos espacios de trabajo. 

Llevaba boicoteando cada oportunidad de acercarse, de hablar sobre alguna otra cosa que no fuera un asunto de la oficina, de quedar con ella sin que los demás estuviesen presentes.

Y lo llevaba haciendo durante una, dos, tres vidas... 

Se sentía tan lejos. Ella, sentada tan cerca de la puerta de la jefa. 
Él, sentado al lado del armario de los bolígrafos y de las libretas. 
Entre ambos, un par de compañeros. Suspiró. 
No quería perder la perspectiva que tenía en ese momento. 
La carta podría esperar un día. 

Y así sería durante dos años y tres vidas más...

jueves, 26 de enero de 2017

239. Hiesos

Hiesos, el anciano fabulador y mago espiritista, parloteaba con su sombra. Estaban planeando su fuga mientras caminaba midiendo su celda de cuatro pasos por cuatro.

—Llegaremos a Ftía durante la noche. Durante la noche. Tres días después de zarpar. Zarpa del león. Tenemos que contactar con Leonardo Ateo, el capitán de las siete naves cóncavas y efímeras; él nos llevará. ¿A dónde nos llevará? A casa, de vuelta a... Espera, tenemos que pensar en sobornarle o en pagarle, o en ambos. Le honraremos con una aljaba que haremos con la piel del celador, ese gordinflón. La piel del gordo. Será asqueroso curtirla, pero... Asqueroso, realmente asqueroso. Pero inútil. Entre tú y yo no podremos cargar con él hasta el otro lado de la muralla. Tendremos que pensar en otra cosa. Otra cosa. Saquearemos el armario del cocinero, aquel en el que guarda el pan de heno. De heno no, de centeno. Eso, una bala de heno de esas que parecen un pan gigante y que rueda por el campo. No veo la hora de llegar a Ftía. Y al mar. Robaremos al cocinero para pagarle al capitán. El cocinero guarda una guadaña de oro. Lo sé, porque la he visto, o la he soñado. Con ella cortaremos la personalidad del celador, aquel falandeiro de dos cuartos de nada. Y pagaremos el viaje al capitán. Y cegaremos el campo de heno...

El celador, que llevaba escuchando un buen rato los desvaríos del anciano, se asomó a las rejas y con socarronería, le dijo:

—Si te hace falta herramientas, algún arma, o las llaves de toda la prisión, lo que sea, me lo dices y lo conseguiré para ti. Sabes que eres un maestro para mí. 

Los compañeros del celador, que permanecían ocultos a los lados de la celda y que también habían estado escuchando al viejo, soltaron una risilla que no se tomaron la molestia en disimular. Pero al cabo de un momento se quedaron en silencio.

La expresión del celador se transformó en una mueca de horror.

Sus compañeros se adelantaron hacia él, pero se quedaron de una pieza cuando vieron que la sombra del anciano le estaba devorando. Se lo tragó de la cabeza a los pies y de un bocado.

El celador desapareció. 

¿Hemos dicho que Hiesos era un mago?

miércoles, 25 de enero de 2017

238. De vuelta al bosque

Lo primero que hizo el trasgo cuando entró en su bosque fue echarse a dormir una siesta a los pies de su carpe favorito. 
Estaba de vuelta del viaje que hizo al mundo de los humanos, uno mucho más largo de esos a los que solía ir con sus amigos para hacer trastadas. 

En su sueño vio todas esas cosas de las que se había enamorado con locura en aquel otro mundo; eran inventos que él deseaba construir para los suyos. 
Quería convencer a sus amigos para que lo ayudaran y, delante del armario por el que se colaban dentro de la casa de siempre, la del pueblo más cercano a su bosque, les habló: 
'La morbilidad de los que no se enteran de la misa a la media aumentará si no se toman medidas extraordinarias. Por eso es necesario que construyamos un cinematógrafo como el que está dentro de este mueble'. 
Entonces lo abrió y dentro había un mono dándole cuerda a un organillo.

Despertó porque sus amigos le tiraron una jarra de agua fría... Y al segundo siguiente pensó que le daba muchísima pereza inventar nada, prefería ir a hacer travesuras con sus amigotes.  

martes, 24 de enero de 2017

237. G. Garabato

G. Garabato, el mentecato vendedor de libros, tenía la desfachatez de probarlos todos antes de ponerlos en las estanterías. 

Las novelas tenían las páginas manchadas de mantequilla de cacahuetes, los ensayos estaban llenos de mermelada, los tratados de historia tenían las tapas embadurnadas de merengue y a ninguno le faltaban soberanas manchas de café entre sus páginas. 

En el armario que tenía al fondo de la librería, había una docena de libros impecables, impolutos. Pero esos no estaban a la venta. ¡Ni siquiera parecían haber sido abiertos! 

Para el librero, aquellos libros eran su religión: todos eran de recetas de cocina. 

G. Garabato solía vender todos sus libros a muy buen precio, aunque no siempre los vendía completos; algunos salían de su tienda con mordiscos. 

Aun así eran muy valorados entre la gente que decía que leía. 

Los querían para tomarles fotos que colgaban en sus redes antisociales. 

Al menos, el librero mentecato era mucho más honrado a la hora de devorar un poco de cultura...  

lunes, 23 de enero de 2017

236. Mujer estrella

La mujer estrella asomó su mirada al infinito. 

Vestida de luz y de oscuridad, salió del armario y desfiló por la pasarela del tiempo, atravesando el deseo, el dolor, la carne, el vacío, el misterio de la vida y la gloria alcanzada después del último aliento. 

La pacífica multitud la observó elevarse, alejarse, perderse en la inmensidad del cosmos. 

Estaban tan absortos en contemplar su estela, que no se dieron cuenta de las alimañas rastreras que salieron a causa de su luz; pero la envidia de estos insignificantes seres duró muy poco entre los involuntarios pisotones. 

Para la multitud fue mucho más gratificante admirar la dignidad, la humanidad que se elevaba por encima de sus mentes, que lo demás se lo dejaron al olvido. 

Y así, la mujer estrella alcanzó el infinito.

domingo, 22 de enero de 2017

235. Por un helado

Desesperanza tenía la dulce Domitila 
de encontrar el amor en una canción, 
en un vagón de tren, 
en un armario puesto del revés, 
o envuelta en su mantón de Manila.

La Casualidad la llevó de paseo por la playa 
y fue allí donde, 
en un amanecer sin sol, 
el amor la encontró a ella, 
aunque, 
como estaba más pendiente de su helado de piña
y de vainilla 
no se dio ni cuenta de que a su lado se había sentado.

Esto no supuso un dolor irreparable

Como había perdido la esperanza...

sábado, 21 de enero de 2017

234. De vuelta a la cama

En la frontera entre la Ciudad del Sueño y Pesadilla Ciudad Capital, había un armario sin fin. Sus paredes interiores, el suelo y el techo, estaban cubiertos por espejos. La barra del perchero era semicircular y automática. Cada vez que se abrían las puertas, la barra acercaba una percha de plata que, de no necesitarla, continuaba su camino hacia el fondo que no llegaba a verse. Los padres y las madres usaban estas perchas cada vez que sus pequeños se volvían repelentes durante algún paseo a la capital; les colgaban de ellas y las perchas desaparecían a las criaturas en el interior. La velocidad de las perchas aumentaba cuando estaban a punto de llegar a los armarios de sus habitaciones; éstos, que no aguantaban berrinches, escupían a los infantes hacia sus camas y éstas, que no tenían que esperar demasiado a verles roncar, les arropaban para que no cogieran frío.

viernes, 20 de enero de 2017

233. Dispara el disparate

Érase una loca chiflada salida de un armario disparatado que había sido escrito en un cuento de nunca acabar.
Cuentan que cuenta la leyenda que ella acabó loca perdida porque estaba harta y aburrida del compromiso de tener que guardar formal decoro entre los miembros selectos del exclusivo club de narizones y narizonas de una pata coja y la otra no tanto. ¡Estaba hasta las narices de las interminables sesiones del tirar la flecha al arco! Así fue como comenzaron sus desvaríos y...¡Un momento! Ya que estamos con formalismos, hay que tener en cuenta que aquello sólo era un rumor y, dado que queremos dar la impresión de tener un mínimo de educación y un máximo de cortesía, no deberíamos mencionar dicha habladuría. Ni siquiera deberíamos juzgar a alguien, en este caso a una dama, que ni siquiera conocemos o que nunca existió. 

jueves, 19 de enero de 2017

232. El lago amarillo

En el lago amarillo llovía de lado, de frente y de costado. En el fondo había una carreta, un armario, una vitrola, tres monedas de oro y una de plata que eran de un juego de mesa llamado 'Palabritas-Palabrotas', un invento que hizo el dueño de todo lo demás. Se trataba de un señor viajero, de barbas y medio sombrero, aficionado a jugar a las damas, al ajedrez, a las cartas, al backgammon, al mahjong, al go y a cuanto juego cayera en sus manos. Era un coleccionista. Le maravillaba descubrir la enrevesada lógica que estaba detrás de cada una de estas creaciones. Quería probarse a sí mismo que era capaz de desarrollar un pensamiento laberíntico y por eso dedicó sus ratos libres a trabajar en su proyecto. Mezcló ideas y conjuros hasta que consiguió acabarlo. 

En el pueblo más cercano al lago amarillo llovía siempre de arriba hacia abajo. Allí no soplaba el viento y, si lo hacía, nunca era cuando llovía. En aquel pueblo se escuchaba la historia de un viejo loco que decía que había desarrollado un artilugio con el que era capaz de abrir puertas a otros mundos, sólo le hacía falta alguien, otro jugador, para poder cruzar al otro lado y volver. Pero nadie quiso jugar con él y, después de un tiempo, dejaron de verle. 

Los habitantes de este pueblo no tenían idea que en el fondo del lago estuvieran todas esas cosas. No sabían la razón por la que en esa parte de la montaña lloviese de lado, de frente y de costado, como tampoco sabían a qué se debía la coloración amarillenta de sus aguas. El viajero, coleccionista y curioso, podría haberles contado algunas cuantas cosas sobre todo esto, pero él estaba en otro mundo y ni falta le hacía volver a un lugar en el que nadie quería jugar con él.  

miércoles, 18 de enero de 2017

231. El copo de nieve

En una tarde tardía, cuando el invierno se tornó crudo y despiadado, un estruendo crujió el espacio convirtiéndolo en un vacío cruel e insoportable. 
El tronco del único y último árbol, se rajó desde la copa hasta la raíz. Su madera se volvió azul y celeste y gris. Murió de pie y de pie se quedó.
Alguien, un oportunista, elevó su voz por encima del llanto de la multitud. Todos, menos él, estaban consternados ante la irreparable pérdida. Cuando se escuchó el fuerte ruido, había estado cortando leña; mejor dicho, se encontraba despedazando los pocos muebles que le quedaban, una silla, un armario y una mesilla de noche, para usarlos como combustible.
—¡Dejaos de boberías! ¡Debemos aprovechar sus restos para calentarnos!
Blandió el hacha por encima de su cabeza, como si con ello pudiera cortar el silencio que le rodeó, y avanzó en dirección al árbol. En ese momento, un viento gélido detuvo el tiempo y apagó el movimiento. 
Un ser de hielo y nieve descendió desde la copa del árbol y se paseó por entre el petrificado bosque humano. Puso un dedo sobre el filo del hacha y ésta se convirtió en nieve que no tardó en deshacerse y en caer. Entonces sopló hacia la multitud y desapareció. 
Todos volvieron a caminar, a correr, a volver a sus casas despavoridos. 
El único que se quedó en el sitio, petrificado, condenado a abonar las tierras en las que nacería un nuevo bosque, fue el oportunista. Un único y diminuto copo de nieve se quedó entre sus dedos como recuerdo del hacha. Su resistencia a dejarse caer, a derretirse, duró hasta los primeros días de la primavera. Aunque era más pequeño que una gota de rocío, su peso fue suficiente para tirar abajo el cuerpo momificado del hombre que no tuvo la decencia de mostrar un poco de respeto hacia el árbol milenario.

martes, 17 de enero de 2017

230. Entre cipreses

En la buena hora, en la precisa y buena hora, la estatua de la quimera cobraba vida y descendía de su pedestal. Recorría las calles del recinto hasta el armario en el que el cuidador guardaba sus herramientas; con su aliento abría el candado y sacaba el utensilio que necesitara. 

En aquella ocasión cogió una navaja de injertar, echó la cerradura al mueble y volvió a su parcela con la misma parsimonia con la que había llegado hasta la caseta de la entrada. A esa hora no había nadie y la vigilancia nocturna no era necesaria, no en un pueblo como aquel cuya oscuridad dejaba ver las constelaciones. 

Una vez de vuelta, dedicaba toda su atención y esmero a sus rosales. Los arbustos eran suyos porque los había plantado y cuidaba de ellos cada noche, desde que la estrella polar asomaba entre los cipreses de la puerta del cementerio hasta que se ocultaba tras la cripta que la quimera custodiaba como estatua. Entonces, a esa buena y precisa hora, ella volvía a su pedestal y a su vigilante sueño.

El cuidador se había acostumbrado a encontrar en el mismo sitio las herramientas que desaparecían de su armario, pero prefería no saber lo que ocurría con ellas. 


lunes, 16 de enero de 2017

229. Po

En un rincón del armario, de cuya balda no quiero acordarme, habitaba una ingeniosa polilla de aspecto shepeco, alargada sombra y vuelo perturbador. 
Aquel diminuto ser tenía una misión: cuidar y proteger a los habitantes de la Ciudad Durmiente de los malhechores que saqueaban sus casas amparados en la oscuridad de la noche. O ese era el deber que la buena polilla deseaba tener, pues, ninguno de los malhechores con los que se había cruzado desde que dio inicio a su alocada empresa, le había hecho caso. Sucedía que esta espontánea heroína era invisible en las tinieblas. 
Pero una noche en la que sobrevolaba la ciudad, observó unas extrañas luces que se movían en el cielo. Como buena polilla, no pudo evitar su naturaleza de ir tras una luz y, sin la más mínima precaución, fue tras el objeto que las emitía. No tuvo que volar demasiado porque las luces atraparon su debilucho ser. 
La nave alienígena la llevó a dar un paseo sideral, del que regresó un poco cambiada. 
La pequeña se las había ingeniado para trabar amistad con sus secuestradores y ellos accedieron a transformar su código genético. A su vuelta, cada vez que volaba encima de algún malhechor, era capaz de dejarle su sombra marcada, como si se tratara de un tatuaje. En muy poco tiempo esta marca causó terror entre el mundo del hampa, pues se trataba de una radiación de polonio cuyos efectos son más que conocidos.


domingo, 15 de enero de 2017

228. La casa

La primera impresión que tuvo sobre la casa fue que era tétrica.

Aquello era exactamente lo que buscaba. La compró sin dudarlo, ante el gesto pasmado del agente inmobiliario. 

Empezó a trabajar en la reforma de inmediato. No quería la casa para ella, sólo era un pasatiempo, algo en lo que ocupar su mente.

Pero esa casa la atrapó. 

Le atrajo hasta un armario en el que sólo había un paraguas. En cuanto lo cogió, el suelo que tenía bajo sus pies se abrió y se la tragó. 

sábado, 14 de enero de 2017

227. Civilización

En el mundo subterráneo imperaba la ley del menor esfuerzo. No era de extrañar porque todos sus habitantes seguían las enseñanzas de los inspiradores. Ellos se turnaban para repetir las inscripciones del armario que contenía el objeto de su devoción que era la 'caja sagrada'. 
Esas inscripciones decían cosas tales como: 'Eduardo estuvo aquí', 'la pereza es la madre de todas las ciencias', 'audiovisuales',  'Josy ama a Fran', 'clase de 1969', 'no rayes el mueble', 'chicas pantis', y algunas otras hendiduras que aún estaban por ser descifradas. 
Los inspiradores lo harían a partir de la sabiduría de las imágenes que aparecían en la caja sagrada y que también debían interpretar porque en ocasiones se veían algo borrosas, aparecían a la mitad, se movían de arriba hacia abajo o se volvían puntos.
La calma que proporcionaba aquel sistema se vio gravemente afectada el día en que la caja sagrada dejó de funcionar. Todos empezaron a pelearse. Culparon a los inspiradores por la falta de orden y esperanza. Cada inspirador fundó su propia escuela de interpretación. Las escuelas se pelearon entre sí por la custodia del armario con la caja sagrada, supuestamente destinada a la verdadera y única escuela. Quienes se dedicaban a rebuscar alimentos en el vertedero -cuyas profundidades llegaban hasta el túnel principal- dejaron de hacerlo. Y un montón de etcéteras más que estuvieron a punto de destruir aquella forma de vida. 
El caos reinó hasta que un grupo de niños, que estaban muertos de hambre, fueron por sus propios medios hasta el vertedero. Uno de ellos, o de ellas, encontró un cesto de fruta que estaba medianamente podrida. En el fondo descubrieron unas viñetas sobre un perro, un gato, una abeja y una extraña raza de hombrecillos diminutos y azulados. Aquel hallazgo se convirtió en la salvación del mundo subterráneo: las viñetas fueron consideradas como las nuevas escrituras sagradas.  

viernes, 13 de enero de 2017

226. El masticador

El masticador real estaba empezando a sufrir de preocupaciones esporádicas, hiper-valoración y somnolencia comparada debido a una circunstancia particular: en la corte corría el rumor de que los enemigos de la reina de escarcha de azúcar estaban preparando algún tipo de travesura gastronómica con la que querían desprestigiar al cocinero mayor.
Él, gracias a su oficio, tenía razones de sobra para estar saturado en sales, grasas y otras sustancias que, aunque ralentizaban su metabolismo, aceleraban su disgusto situacional. No sólo tenía que probarlo todo y elaborar los bolos alimenticios con los que daban de comer a la corte entera -aquello no sólo era una costumbre, sino también una moda nada pasajera-; también tenía la presión de encontrarse, en cualquier momento, con alguna trastada orquestada. Con todo esto, su paladar estaba algo aburrido. El único consuelo que tenía era un bote de mantequilla que escondía en uno de los armarios de la cocina real, a la que diariamente asaltaba antes de empezar con su labor. 
Esa mañana, justo antes del almuerzo, el masticador inició su ritual: tocó cinco veces el pomo de la puerta de la cocina, estornudó una vez, se limpió los pies antes de entrar, luego de entrar, dio tres pasos hacia adelante, dos hacia atrás, dio un paso con el pie izquierdo y fue al fregadero, se sirvió un vaso de agua que tiró por encima de su hombro derecho, sacó una llave de su bolsillo y saltó en un pie hasta el armario. Pero al abrir sus puertas y rebuscar dentro, descubrió que su preciado bote había desaparecido... Así es que se declaró en huelga de tenedor y cuchara caídos, pero nadie le hizo caso, salvo la reina de escarcha de azúcar. 
Ella, entristecida porque llevaba unas horas sin alimentarse, habló con el masticador sobre todas y cada una de sus preocupaciones. Estaba decidida a ayudarle a poner fin a sus angustias, pero entonces pasó una mosca y ella se fue detrás. 
A partir de aquí, los hechos que siguieron difieren en los pergaminos reales y esto es así porque los historiadores son incapaces de ponerse de acuerdo. Lo único en lo que todos convergen es que el bote de mantequilla apareció sano y salvo en el armario de la reina y que gracias a ese hallazgo, el masticador se convirtió en rey.
    

jueves, 12 de enero de 2017

225. Sin rumbo

El espíritu deambulaba por las rutas que usaban las caravanas para cruzar el desierto. No sabía hacia dónde se dirigía. Si iba siguiendo ese rumbo era porque necesitaba cruzarse con los viajeros para pedirles su colaboración en la colecta que estaba realizando. Llevaba un armario con forma de hucha, o una hucha con forma de armario. En ella metía todas las palabras que buenamente le donaban. No las quería para sí, sino para crear historias que plantaba en la arena. Tenía la delirante esperanza de que un buen día empezaría a llover y que sus cuentos enterrados crecerían hasta alcanzar tal altura que le marcarían un camino a seguir.    

Y en su delirio olvidó absolutamente todo.

No sabía por qué caminaba por aquellas rutas. No sabía para qué llevaba a cuestas semejante carga. No tenía idea de la razón por la que todos esos viajeros depositaban palabras dentro de su hucha-armario.

Algo, un dolor, fue creciendo en medio de su pecho. Pero siguió y siguió hasta que no pudo más. Allí, en medio del desierto, sin nadie que pudiera escuchar su lamento, miró hacia el cielo y gritó con todas sus fuerzas. 

Entonces, todo se puso del revés. 

Desde el suelo llovió arena y con ella cayeron sus cuentos inundándolo todo con las palabras que otros le habían regalado. 

El espíritu también cayó, o creyó que lo hacía, porque se vio flotando al lado de la arena y de la tinta de cada letra. Tardó un poco en descubrir que se elevaba hacia el firmamento. 

Acababa de encontrar su rumbo.

miércoles, 11 de enero de 2017

224. De pared a pared

El recuerdo dormía entre paredes de ladrillos desnudos. Se revivía a sí mismo constantemente, arrinconado, prisionero entre la irracionalidad y el poder del odio. Soñaba con la libertad que le fue arrebatada a sus hijos y a sus hijas, que también eran sus padres y sus madres. Siempre despertaba entre las pesadillas que le provocaba verse a sí mismo. La dureza del suelo, su frialdad, terminaban por despejarle. Entonces, sus ojos cansados se clavaban en la pared del extremo del barracón, en una especie de armario sin puertas que alguien había trazado con tiza a modo de burla, una broma cruel. Y siempre, invariablemente, el recuerdo se ponía en pie. Recorría el espacio con dificultad. La crueldad, el desprecio, la intolerancia y la prepotencia se atenazaban a sus extremidades y debía arrastrarlas cual cadenas. Al llegar al otro lado, recogía la tiza del suelo y escribía una única palabra en el centro del grafiti; pero al terminar de escribirla, la ocultaba tras unas puertas que garabateaba con prisa, como si alguien le estuviera vigilando. Agotado, caía en el sitio y volvía a dormirse. 
El recuerdo despertaba aterrado de sus pesadillas, siempre con la sensación de no haber hecho lo suficiente para evitar sus propios errores. Miraba los ladrillos de su encierro y no se sentía a salvo. Entonces se daba cuenta de que al otro lado del barracón, alguien había dejado escrita una palabra: «amor». No sabía si aquello era un sarcasmo, una provocación o un mensaje de esperanza. No importaba, no tenía tiempo. La angustia se colgaba a su cuello y tenía que cargar con ella hasta llegar al otro lado. Entonces recogía una tiza y cubría aquella única palabra con un armario que siempre dejaba sin puertas porque a esas alturas se encontraba agotado y sólo deseaba tirarse en el frío suelo para dormir.

martes, 10 de enero de 2017

223. Cachirula, Cachirulo.

Hacía mucho tiempo que Cachirula dejó de ser una mujer ingenua. 

Lo curioso era que, aunque se empeñaba en esperar que los demás le hicieran daño, no dejaba de sentirse infinitamente triste a causa de su soledad. 

Su armario estaba lleno de abrigos, vestidos, tacones y demás atuendos cuyos diseños parecían haber sido inspirados en la desconfianza o que, en todo caso, al llevarlos puestos acentuaban su actitud de continua suspicacia hacia el resto del mundo.

Por el contrario, Cachirulo nunca dejó de perseguir a los amoríos ilícitos que le hacían sentirse como una especie de súper hombre. Lo curioso era que, aunque se empeñara en decir y creer lo contrario, hacía mucho tiempo que estos amoríos habían dejado de perseguirle a él. 

En su armario sólo guardaba una chaqueta desgastada con la que fardaba de ser un tipo irresistible y a la moda, que estaba por encima del resto de los mortales. 

El destino, que a veces es un poco canalla, les presentó. 

Desde entonces Cachirula volvió a ser ingenua, aunque sólo lo era hacia él. 

Desde entonces Cachirulo volvió a ser un amante infiel, aunque sólo fuese en su imaginación. 

Mientras que el resto del mundo, el resto de los mortales, no tenían dudas de que ambos eran tal para cual.

lunes, 9 de enero de 2017

222. Matrioska

La ilustradora estaba trabajando en varias ideas que tenía en mente. 

Sobre su tablero tenía un par de bocetos avanzados, unas cuantas pruebas de color, dos guiones de secuencias garabateadas, una libreta de apuntes y un dibujo que empezó como un intento de distraerse. Le estaba quedando algo extraño, pero le gustaba. 

Era la imagen de una mujer que le hacía pensar en una de esas muñecas rusas, una matrioska; su silueta le había quedado como si se tratara de una botella, una de esas que casi no tienen cuello. Le dibujó un abrigo en cuyo estampado imitaba a un armario vintage. La mujer sostenía en los brazos a tres patitos, como si los acunara y estaba mirando hacia ellos. El resto del espacio estaba en blanco.

La ilustradora no estaba segura de si debía ubicar a aquel personaje en un paisaje natural, como en medio de un bosque, en uno urbano, como en medio de una calle futurista, o inventarse un espacio interior. Estaba pensando en esto cuando la matrioska levantó la vista para mirarla directamente y empezó a hablarle:

—Escógeme como portada de un libro de cuentos. No me importa lo que puedas dibujar alrededor mío, ni lo que cuentes sobre mí. Lo único que deseo es ser lo primero que los lectores verán antes de abrir y empezar a leer el libro. Si eso cuenta como ambición, te autorizo a que cuentes que soy ambiciosa.

La matrioska ocultó su mirada fijándola en los tres patos que, hasta ese momento, estuvieron moviendo sus cuellos, mirando de un lado a otro, como si tomaran parte de la conversación. 

La quietud volvió al papel mientras que una agitación, mezcla de entusiasmo e incredulidad, se apoderó del espíritu de la artista. 

Nunca supo si aquel momento fue un producto de su imaginación, un sueño o algo más que escapaba a su entendimiento. Lo que fuese, le dio un soplo de inspiración que, al cabo de un tiempo, plasmó en su primer libro de cuentos del que ya conoces la portada. 

domingo, 8 de enero de 2017

221. Ranita cuentacuentos

El regreso de la rana cuantacuentos sería a lo grande. 

Volvería por el mismo sitio por el que desapareció la primera vez (y la segunda, y la tercera...), es decir, cruzaría la puerta del armario cargada de historias para contar.

Pero la pequeña rana no volvería esa noche porque sufría de desgano común, algo que se le quitaría con una buena sopa de apio, perejil y zanahorias, una manta, el sofá y una película sobre la vida de sus primos alienígenas en el espacio sideral. 

Sus cuentos necesitaban de un largo y reparador sueño para llenarse de vida y de algo de magia.  

El regreso de la ranina no sería hoy, pero puede que sea mañana.

sábado, 7 de enero de 2017

220. Dominó

El tiempo, ese ladronzuelo, le arrancó los últimos pelos de la nuca y la poca lealtad que le quedaba en el alma. 

A esas alturas de su vida, sus cicatrices invisibles le escocían, pero sólo si se acordaba de ellas. 

Lo bueno de vivir su vejez en soledad era que no tenía que hablar de sus recuerdos con nadie, por lo que no tenía que rascarse muy a menudo. 

De vez en cuando escuchaba que su maldita estupidez de juventud le llamaba desde dentro de su armario, esa culpable. 

A veces, sólo a veces, le abría cuando le apetecía algo de compañía para jugar al dominó pero, por alguna razón, no se fiaba de ella.

viernes, 6 de enero de 2017

219. La hormiguita feliz

La hormiga flipaba con su nuevo estilo de vida.

Desde que vivía en aquel hongo, todo le resultaba fácil. 

Casi no necesitaba emplear ningún esfuerzo para acercarse a la cocina desde su sofá, vaciar las despensas, descolocar el armario, o pasar de hacer la cama, eso sin contar con la limpieza.

Desde que la inocente hormiguita vivía dentro de aquel hongo alucinógeno, casi todo le resultaba fácil, salvo mantenerse despierta, pero ella no se daba cuenta de eso... 

Ni falta que le hacía.

jueves, 5 de enero de 2017

218. Noche de tradición y de olvido

¡Ay, la morriña! Esa sensación lejana, aunque presente. El deseo de seguir siendo pequeñina en la noche de reyes. Esa nebulosa de recuerdos desde la que sólo puede sacar en claro unas muñecas y la necesidad de esconderse para jugar dentro del armario… Porque hay otros… Unos hermanos deseosos de arrebatarle sus indefensas figuras de trapo para usarlas en el tiro al blanco. Y hay algo más, una sensación de huida, de desarraigo, un dolor impreciso que no consigue dar forma y que sólo logra calmar cuando ayuda a los demás. Ese es su refugio, uno en el que no tiene que permanecer encerrada.

Ser una xana y tener a unos cuantos trasgos como hermanos era incomprensible para los habitantes del reino del bosque. 

Esa fue la razón por la que se fueron, para intentar rehacer sus vidas junto a los humanos. 

Adoptaron sus costumbres, sus fiestas, sus tradiciones, sus juegos… y se vieron obligados a crecer. 

Antes de salir del bosque usaban su imaginación para divertirse, eso era lo único que les hacía falta. Pero, desde que estaban en ese otro mundo, empezaron a necesitar juguetes.

¡Ay, la morriña! Hacía mucho tiempo que ella se había olvidado de la vida entre los árboles, de esa vida en libertad.

También olvidó que ella era un ser inmortal que se vio obligada a crecer, a convertirse en una humana más. Ni siquiera recordaba a sus hermanos, ni ellos sus orígenes. 

Dispersos y errantes. Vidas cambiantes y anónimas. 

¿De qué otra manera podrían haber sobrellevado su inmortalidad sino? 

Tampoco eran conscientes de que llevaban más de un siglo teniendo la misma edad, plantados en los cuarenta quizás; era un poco difícil de calcular.

¡Ay, la morriña! El único recuerdo vago era ese, de cuando era pequeñina y de sus primeras noches de reyes. No importaba si ya no tenía dónde esconderse. Lo único posible era el olvido y la eterna entrega a los demás.

miércoles, 4 de enero de 2017

217. En la vieja fábrica

La adivina vivía en la segunda planta de la vieja fábrica de muebles, en lo que antes había sido una oficina. 

La primera planta la dividió en cuatro espacios: la esquina en la que recibía a sus clientes, la esquina en la que recibía a sus invitados, la esquina en la que meditaba y la esquina de almacenaje en la que arrinconó todos los muebles que encontró en la fábrica y que estaban sin terminar. 

Ella, que también era muy manitas, dedicaba parte de su tiempo a restaurarlos. 

A veces sus clientes se interesaban en alguno de estos muebles y se los vendía; otras veces los subía a su casa, según cambiaban sus necesidades. 

Llevaba casi toda la vida pensando en la reencarnación de la anchoa, porque el problema de la inmortalidad del mosquito lo había resuelto durante su primera infancia. Básicamente ese era el único asunto que dominaba su pensamiento: mientras leía la fortuna en las cartas para sus clientes, cuando tomaba el té y galletitas con sus visitas, durante sus sesiones de meditación y cuando trabajaba en algún armario, o estantería, o mesa, o silla...

Tenía una vida de la que no se podía quejar. Era tranquila y a la vez interesante, porque con su trabajo como adivina conocía a mucha gente y siempre tenía algo nuevo que contarle a sus amigas. 

Pero sentía que le faltaba algo muy importante y eso pasaba por tomar una decisión. Así es que cerró su consulta, se despidió de sus amigas durante una temporada, dobló el tiempo de sus sesiones de meditación, el del trabajo en sus muebles y el resto, se dedicó a tomar notas sobre sus teorías acerca de la reencarnación de la anchoa. 

Luego, cuando terminó, había escrito todo un tratado.

Además, adivinar y conversar se le dio mucho mejor.

martes, 3 de enero de 2017

216. Propósitos

Esa mañana despertó algo angustiada. 

Tuvo un sueño que le dejó una extraña sensación. De tener que describirlo con una palabra, usaría "imposibilidad", aunque en el fondo ese es un concepto que ella desconoce.

En sus agendas anuales suele escribir dos listas de cosas por llevar a cabo: 
aquello que quiere y aquello que debe hacer. 

Desde que empezó a hacerlo, cumplía todos sus propósitos. Ese nuevo año no sería distinto.

Sacó su agenda del armario, se sentó en la cama, abrió la libreta donde tenía su nueva lista y la repasó:

1-Recitar un poema del revés, bajo una lluvia de meteoritos o sencillamente bajo la lluvia, lo que ocurra primero.

2-Enamorarse de un rayo de sol durante un paseo en bicicleta.

3-Probar una lista de al menos cinco platos exóticos en sus lugares de origen, o sencillamente hacerlos en casa, decorarla convenientemente e invitar a sus amigos para compartir la experiencia.

4-Inventar y patentar un detector imaginario de peinaovejas. 

5-Reclutar voluntarios para repartir abrazos en las plazas, parques y paradas de trenes, o sencillamente reclutarse a sí misma, hacerlo, y ya se vería si otros se apuntaban a tan noble misión... 

6-Escribir un libro de pie y otro de sueños y lejanas conquistas amorosas, preferiblemente intergalácticas.

7-Cavar un pozo de dicha y otro de gozo.

8-En un tejado, esperar sentada un amanecer y hacerlo desde el atardecer del día anterior.

Se dio cuenta de que ese año estaba haciendo una única lista del querer y tener que hacer. Le dio igual. Le pareció que lo que llevaba apuntado era muy poco. 

Se sacudió la angustia que le quedaba del sueño y empezó a escribir unas cuantas ideas más. 

Luego de la ducha, se pondría manos a la obra. 

lunes, 2 de enero de 2017

215. Minúscula

Estaba impaciente, sentada en una silla que plantó delante de la puerta principal. 

Ellos le dijeron por teléfono que esperara, que la entrega llegaría en cualquier momento. Ella no dejaba de mirar el reloj que estaba encima del armario.

Los segundos empezaron a volverse lentos, casi podía sentirlos pasar a través de sus sienes.

La habitación empezó a hacerse más grande y ella se volvió pequeña. 

Su cuerpo llegó a ser tan diminuto que cuando por fin tocaron el timbre, sus pies no llegaron ni al borde de la silla, mucho menos al suelo. 

Gritó lo más alto que pudo para decir que estaba ahí, que la esperaran, que el paquete que tenían que entregarle era urgente, que lo necesitaba para seguir con su trabajo... 

Pero nada más ocurrió y se quedó tal y como estaba. 

Al menos los segundos dejaron de traspasar sus sienes, era demasiado minúscula como para sentirlos.

domingo, 1 de enero de 2017

214. La llave del maestro

El ñañito mayor nació bajo el sino de los astros que estuvieron en conjunción el primer día de una nueva década.
Su abuelo, un reputado mago, maestro alquimista y astrólogo, reconoció en su llegada al mundo todas las señales que mucho tiempo atrás había vaticinado sobre su sucesor.
Durante años el abuelo le transmitió sus conocimientos, sin que él supiera que le estaba preparando para convertirse en un reputado mago, maestro alquimista y astrólogo.
Antes de transmutar su ser al cosmos, el viejo mago le dijo al niño algo al oído, le entregó la llave del armario en el que guardaba todos sus libros, estudios, cuadernos de anotaciones y otros secretos.
Al ñañito mayor le asustó lo que su abuelo le dijo y en cuanto llegó a su casa, escondió la llave y, desconsolado, lloró hasta que se quedó dormido. Soñó tanto y tan profundamente que cuando despertó, había olvidado su miedo, la llave y las palabras de su abuelo.
Pero es posible que en cada nuevo cumpleaños recuerde todo esto, recupere la llave y haga uso de los poderes que el mago, alquimista y astrólogo le obsequió.