martes, 31 de enero de 2017
244. El benjamín
lunes, 30 de enero de 2017
243. Sueña, arlequín...
domingo, 29 de enero de 2017
242. Tuxa y Xentín
sábado, 28 de enero de 2017
241. Amor y Libertad
viernes, 27 de enero de 2017
240. Distancias
jueves, 26 de enero de 2017
239. Hiesos
Hiesos, el anciano
fabulador y mago espiritista, parloteaba con su sombra. Estaban planeando su
fuga mientras caminaba midiendo su celda de cuatro pasos por cuatro.
—Llegaremos a Ftía
durante la noche. Durante la noche. Tres días después de zarpar. Zarpa del
león. Tenemos que contactar con Leonardo Ateo, el capitán de las siete naves
cóncavas y efímeras; él nos llevará. ¿A dónde nos llevará? A casa, de vuelta
a... Espera, tenemos que pensar en sobornarle o en pagarle, o en ambos. Le
honraremos con una aljaba que haremos con la piel del celador, ese gordinflón.
La piel del gordo. Será asqueroso curtirla, pero... Asqueroso, realmente
asqueroso. Pero inútil. Entre tú y yo no podremos cargar con él hasta el otro
lado de la muralla. Tendremos que pensar en otra cosa. Otra cosa. Saquearemos
el armario del cocinero, aquel en el que guarda el pan de heno. De heno no, de
centeno. Eso, una bala de heno de esas que parecen un pan gigante y que rueda
por el campo. No veo la hora de llegar a Ftía. Y al mar. Robaremos al cocinero
para pagarle al capitán. El cocinero guarda una guadaña de oro. Lo sé, porque
la he visto, o la he soñado. Con ella cortaremos la personalidad del celador,
aquel falandeiro de dos cuartos de nada. Y pagaremos el viaje
al capitán. Y cegaremos el campo de heno...
El celador, que llevaba escuchando un buen rato los desvaríos del anciano, se asomó a las rejas y con socarronería, le dijo:
—Si te hace falta
herramientas, algún arma, o las llaves de toda la prisión, lo que sea, me lo
dices y lo conseguiré para ti. Sabes que eres un maestro para mí.
Los compañeros del
celador, que permanecían ocultos a los lados de la celda y que también habían
estado escuchando al viejo, soltaron una risilla que no se tomaron la molestia
en disimular. Pero al cabo de un momento se quedaron en silencio.
La expresión del celador
se transformó en una mueca de horror.
Sus compañeros se
adelantaron hacia él, pero se quedaron de una pieza cuando vieron que la sombra
del anciano le estaba devorando. Se lo tragó de la cabeza a los pies y de un bocado.
El celador desapareció.
¿Hemos dicho que Hiesos era un mago?
miércoles, 25 de enero de 2017
238. De vuelta al bosque
martes, 24 de enero de 2017
237. G. Garabato
lunes, 23 de enero de 2017
236. Mujer estrella
domingo, 22 de enero de 2017
235. Por un helado
sábado, 21 de enero de 2017
234. De vuelta a la cama
viernes, 20 de enero de 2017
233. Dispara el disparate
jueves, 19 de enero de 2017
232. El lago amarillo
En el lago amarillo llovía de lado, de frente y de costado. En el fondo
había una carreta, un armario, una vitrola, tres monedas de oro y una de plata
que eran de un juego de mesa llamado 'Palabritas-Palabrotas', un invento que
hizo el dueño de todo lo demás. Se trataba de un señor viajero, de barbas y
medio sombrero, aficionado a jugar a las damas, al ajedrez, a las cartas,
al backgammon, al mahjong, al go y a cuanto
juego cayera en sus manos. Era un coleccionista. Le maravillaba descubrir la enrevesada
lógica que estaba detrás de cada una de estas creaciones. Quería probarse a sí
mismo que era capaz de desarrollar un pensamiento laberíntico y por eso dedicó
sus ratos libres a trabajar en su proyecto. Mezcló ideas y conjuros hasta que
consiguió acabarlo.
En el pueblo más cercano al lago amarillo llovía siempre de arriba hacia
abajo. Allí no soplaba el viento y, si lo hacía, nunca era cuando llovía. En
aquel pueblo se escuchaba la historia de un viejo loco que decía que había
desarrollado un artilugio con el que era capaz de abrir puertas a otros mundos,
sólo le hacía falta alguien, otro jugador, para poder cruzar al otro lado y
volver. Pero nadie quiso jugar con él y, después de un tiempo, dejaron de
verle.
Los habitantes de este pueblo no tenían idea que en el fondo del lago
estuvieran todas esas cosas. No sabían la razón por la que en esa parte de la
montaña lloviese de lado, de frente y de costado, como tampoco sabían a qué se
debía la coloración amarillenta de sus aguas. El viajero, coleccionista y
curioso, podría haberles contado algunas cuantas cosas sobre todo esto, pero él
estaba en otro mundo y ni falta le hacía volver a un lugar en el que nadie
quería jugar con él.
miércoles, 18 de enero de 2017
231. El copo de nieve
martes, 17 de enero de 2017
230. Entre cipreses
El cuidador se había acostumbrado a encontrar en el mismo sitio las herramientas que desaparecían de su armario, pero prefería no saber lo que ocurría con ellas.
lunes, 16 de enero de 2017
229. Po
domingo, 15 de enero de 2017
228. La casa
sábado, 14 de enero de 2017
227. Civilización
viernes, 13 de enero de 2017
226. El masticador
jueves, 12 de enero de 2017
225. Sin rumbo
El espíritu deambulaba por las rutas que usaban las caravanas para cruzar el desierto. No sabía hacia dónde se dirigía. Si iba siguiendo ese rumbo era porque necesitaba cruzarse con los viajeros para pedirles su colaboración en la colecta que estaba realizando. Llevaba un armario con forma de hucha, o una hucha con forma de armario. En ella metía todas las palabras que buenamente le donaban. No las quería para sí, sino para crear historias que plantaba en la arena. Tenía la delirante esperanza de que un buen día empezaría a llover y que sus cuentos enterrados crecerían hasta alcanzar tal altura que le marcarían un camino a seguir.
Y en su delirio olvidó absolutamente todo.
No sabía por qué caminaba por aquellas rutas. No sabía para qué
llevaba a cuestas semejante carga. No tenía idea de la razón por la que todos
esos viajeros depositaban palabras dentro de su hucha-armario.
Algo, un dolor, fue creciendo en medio de su pecho. Pero siguió y siguió hasta que no pudo más. Allí, en medio del desierto, sin nadie que pudiera escuchar su lamento, miró hacia el cielo y gritó con todas sus fuerzas.
Entonces, todo se puso del revés.
Desde el suelo llovió arena y con ella cayeron sus cuentos inundándolo todo con las palabras que otros le habían regalado.
El espíritu también cayó, o creyó que lo hacía, porque se vio flotando al lado de la arena y de la tinta de cada letra. Tardó un poco en descubrir que se elevaba hacia el firmamento.
Acababa de encontrar su rumbo.
miércoles, 11 de enero de 2017
224. De pared a pared
martes, 10 de enero de 2017
223. Cachirula, Cachirulo.
lunes, 9 de enero de 2017
222. Matrioska
domingo, 8 de enero de 2017
221. Ranita cuentacuentos
sábado, 7 de enero de 2017
220. Dominó
viernes, 6 de enero de 2017
219. La hormiguita feliz
jueves, 5 de enero de 2017
218. Noche de tradición y de olvido
¡Ay, la morriña! Esa
sensación lejana, aunque presente. El deseo de seguir siendo pequeñina en la
noche de reyes. Esa nebulosa de recuerdos desde la que sólo puede sacar en
claro unas muñecas y la necesidad de esconderse para jugar dentro del armario…
Porque hay otros… Unos hermanos deseosos de arrebatarle sus indefensas figuras
de trapo para usarlas en el tiro al blanco. Y hay algo más, una sensación de
huida, de desarraigo, un dolor impreciso que no consigue dar forma y que sólo
logra calmar cuando ayuda a los demás. Ese es su refugio, uno en el que no
tiene que permanecer encerrada.
Ser una xana y tener a unos cuantos trasgos como hermanos era incomprensible para los habitantes del reino del bosque.
Esa fue la razón por la que se fueron, para intentar rehacer sus vidas junto a los humanos.
Adoptaron sus costumbres, sus fiestas, sus tradiciones, sus juegos… y se vieron obligados a crecer.
Antes de salir del bosque usaban su imaginación para divertirse, eso era lo único que les hacía falta. Pero, desde que estaban en ese otro mundo, empezaron a necesitar juguetes.
¡Ay, la morriña! Hacía mucho tiempo que ella se había olvidado de la vida entre los árboles, de esa vida en libertad.
También olvidó que ella era un ser inmortal que se vio obligada a crecer, a convertirse en una humana más. Ni siquiera recordaba a sus hermanos, ni ellos sus orígenes.
Dispersos y errantes. Vidas cambiantes y anónimas.
¿De qué otra manera podrían haber sobrellevado su inmortalidad sino?
Tampoco eran conscientes de que llevaban más de un siglo teniendo la misma edad, plantados en los cuarenta quizás; era un poco difícil de calcular.
¡Ay, la morriña! El único recuerdo vago era ese, de cuando era pequeñina y de sus primeras noches de reyes. No importaba si ya no tenía dónde esconderse. Lo único posible era el olvido y la eterna entrega a los demás.