La palabra, subida al
techo de su prisión, se contorsionaba en movimientos lentos pero fluidos,
siguiendo el silbido del viento que sonaba a mantra.
Había sido desterrada a
aquel desierto y condenada a habitar en un armario de ilusiones, de espejismos. Salir
cada mañana, elevarse sobre su encierro y practicar la rutina de formas que
dibujaba en el aire, eran su forma de rebelarse contra lo absurdo de su
castigo.
Y así vivió durante una eternidad, sustentándose de la energía que era
capaz de generar para sí con cada uno de sus ejercicios, con su disciplinada
forma de mantener la cordura.
Quizás llegue un tiempo en que será liberada,
pero hasta que eso suceda, sólo puede ser dentro de su propio significado.
La
pista para dar con ella está al inicio. Y esa palabra es, querido lector, la
que crees que te falta para terminar o empezar a ser libre.
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