En la calle de abajo, en la casa más alta y más estrecha, habita el carpintero más afamado de toda la comarca.
Algunos dicen que está loco, pero sólo lo hacen por pura envidia porque a él, y sólo a él le encargan las reparaciones del palacete que es propiedad de un conde segundo.
Aquello empezó cuando le mandaron a reparar el armario que ocupaba una pared entera de la biblioteca.
A la talla de madera que coronaba el mueble y que representaba la cabeza de Medusa, se le desprendieron unas cuantas serpientes. Además, un par de baldas necesitaban refuerzos porque estaban cediendo por el peso de las enciclopedias.
Pero, contrario a lo que piensa la gente sobre aquel encargo, no fue una experiencia del todo agradable para él.
Para empezar, se vio obligado a comer las puntas de nabo que le pusieron. Odiaba con todas sus fuerzas aquel plato y tuvo que tragárselo sin chistar para no ofender a la cocinera que, por cierto, le gustó desde el primer momento.
Entre tontería y tontería que ambos intercambiaron durante la comida, él no sabe hasta el día de hoy ni el cómo ni el por qué terminó aceptando reparar el grifo. De pronto se vio a sí mismo bajo el fregadero, dando golpecillos a las tuberías, sin tener ni puñetera idea de lo que tenía que hacer allí abajo para arreglar el dichoso grifo que estaba allá arriba.
Y entre golpecito allí abajo y golpecito allá arriba, rompió un azulejo, uno de esos caros carísimos que sólo se veían en las casas de los ricos.
Su frente, sus sobacos, y su rabadilla se empaparon de un sudor tan frío como el hielo.
Del apuro surgió el ingenio y usó la cola de pegar madera para arreglar el desastre que cubrió como pudo con algún plato sucio que vio por ahí y que, como supo mucho después, también se pegó contra la pared…
Aquel apaño le sirvió para darse tiempo y pensar en algún modo de escaquearse de allí.
La mejor idea que se le ocurrió fue liarse con la cocinera, que sí, le gustaba, aunque no tanto como para amarrarse a ella de por vida. Pero... dada su puntería con el martillo, se vio obligado a casarse con ella.
Aunque lo peor, lo peor de esa experiencia fue que desde entonces ella le prepara las dichosas puntillas de nabo como si fuesen su plato preferido.
Los de la comarca ya pueden sentir mucha envidia de él, porque, según su parecer, eso es lo mejor que pudo sacar de aquel encargo.
Sí, va a ser que los del pueblo tienen razón. Además de estar un poco loco, también es un bobo de atar.
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