El loro Rolo era un apasionado escandaloso. Su
amigo Inmenso, el oso, aunque le tenía mucha paciencia, estaba más que aburrido
de aguantar la lata que le daba con su perorata de siempre. Porque el loro
tenía por costumbre salir a la ventana y desde allí gritarle a doña Ana que
podía ver sus bragas colgadas en el tendal. Doña Ana siempre picaba con el
asunto y terminaba increpando al oso por dejar salir al loro a la ventana;
furiosa gritaba que ya estaba muy harta y que iba a llamar a la policía, y si
no lo hacía era por el respeto que le tenía. Y eso lo decía porque el oso era
todo un señor.
Esa situación se daba día sí, día también, hasta
que en una buena mañana, en la que el oso amaneció algo torcido, justo en el
momento en que el loro empezaba a chillar su matutino “Doña Ana, desde aquí
puedo verle las bra…”, cogió a su amigo de las plumas y le encerró en el
armario. El loro empezó a gritar pidiendo socorro. Decía: “¡Ay que me ahogo! ¡Sácame
de aquí, que sufro del corazón, no seas cacho cab…” El repentino silencio no
cogió al oso desprevenido, que conocía bien a su amigo y sus trucos de
manipulación.
—Te llevaré donde doña Ana, que tiene ganas de
convertirte en plumero. Por tu bien espero que, cuando abra las puertas, estés
más que tieso, de lo contrario sufrirás lo tuyo cuando ella te arranque las
plumas una a una y te deje en puro pellejo. ¡Te lo mereces por no saber cerrar
el pico, con lo fácil que es tener la fiesta en paz con toda la vecindad!
—¡Ay no sea usted malandro! —Resucitó el
desmayado desde el otro lado y con voz arrepentida, siguió—: Le prometo
mantener la compostura, pero ayúdeme con mi chifladura y cierre la ventana con
candado, hasta que me haya acostumbrado a no coquetearle a doña Ana de
semejante manera. Hágame usted el favor…
—Si lo pides por favor, sé que no andas de farol.
A partir de ese día, el candado en la ventana
solucionó las faltas del loro a doña Ana. Pero el loro coqueto, y su necesidad
de anunciarlo a viva voz, tuvieron que mudarse al cuarto de baño en donde
encerrado a cal y canto, y con la ducha a toda potencia, pudo seguir chillando
sus odas apasionadas a las bragas de la vecina. Y mientras tanto, el amigo oso
que era un señor y un caballero, se ofreció a acompañar a doña Ana a la compra,
a ayudarla con las bolsas y a la vuelta, la llevaba de paseo por el parque y a
comer helados de vez en cuando. Y he aquí la diferencia entre ser
galante y ser bribón…
No hay comentarios:
Publicar un comentario