viernes, 30 de septiembre de 2016

121. La chocolatería fina de Lu

Según terminó de ver la película de la tarde de sábado, lo tuvo claro. Ella y su alma de empresaria decidieron montar una fábrica de chocolates -y otros dulces caseros- en el garaje de su casa.
Tenía todo pensado: usaría su paga del mes para invertirla en su negocio. Lo demás lo cogería de casa y lo devolvería con sus primeras ganancias. Tomó el dinero y fue a la tienda de barrio de la esquina antes de que cerraran. Compró todo el chocolate para derretir que tenían, unas cinco barras, y un kilo de azúcar. A la vuelta, armó la mesa de ping-pong en el garaje -era el único lugar de la casa donde cabía-, la limpió, le puso un mantel de esos que su madre no usaba y dispuso todas las bandejas que encontró. Esa sería su cadena de montaje, a la que volvería con la masa lista para colocar las porciones de las galletas con chispas de chocolate. Luego, cuando estuvieran listas, usaría la misma mesa de montaje para empaquetarlas, aunque todavía no tenía muy clara la presentación. Tendría que hacer etiquetas e inventarse un logo en el que se leyera claramente: 'Chocolatería fina'. Sí, ese sería el nombre de su compañía. En su mente podía ver el letrero de su primera tienda que abriría ahí mismo, en el garaje.
Ilusionada se metió a la cocina y sacó todo lo que se le ocurrió que necesitaría de la despensa, de la nevera y del armario. A saber: harina, levadura, recipientes, batidora, licuadora, cacerolas, sartenes, mantequilla y huevos, porque de esos había que tener a mano sí o sí...
Antes de poner sus manos a la obra, tomó 'prestado' el recetario enharinado de su madre, un libro verdoso que se parecía a un ladrillo hecho de engrudo. Lo abrió en la receta de las galletas y dio inicio a la danza de ingredientes... Pero, cuando llegó a la parte donde ponía 'levadura', una mancha de harina, de esas que no faltaban en todo el libro, tapaba la cantidad. Como había usado toda la harina, que era algo así como dos kilos además de una bolsa que su madre tenía empezada y que no se le ocurrió pesar, hizo unos cálculos rápidos y, basándose en lo que ponía en la caja de la levadura, echó todo su contenido. Según amasaba iba agregando más agua, hasta que obtuvo una consistencia que le pareció que era la correcta. Tapó los dos recipientes con unos trapos de cocina, para que reposara la masa y fue al garaje a untar de mantequilla las bandejas. De momento, el sistema que había ideado estaba yendo bien. En cuanto terminara con las bandejas, recogería y limpiaría la cocina. Después encendería el horno, pero se aseguraría de que la primera tanda de galletas estuviera en la bandeja, listas para entrar en él. Se paró en seco: 'le faltaba hacer la mezcla para hacer las chispas de chocolate'. No le importó. Era un poco tarde... Aunque su madre estaba con sus hermanas en una fiesta de cumpleaños de alguna compañera de escuela, a la que no estaba obligada de asistir. Y su padre estaba de viaje. Así es que tendría tiempo suficiente para acabar con su tarea y hacerse algo de cenar. Ellas no volverían con ganas de comer nada, eso era seguro.
Pensó en todo esto mientras untaba de mantequilla las bandejas y en cuanto terminó, volvió a la cocina. Entonces empezó su pesadilla: una masa mutante había succionado los trapos que cubrían los recipientes y se estaba desbordando por la mesa. Recogió toda la masa que pudo en platos, tazas, sartenes y cacerolas, pero aquello no paraba de crecer. La masa empezó a caer al suelo y avanzó hacia las puertas metiéndose en el comedor y en el garaje. Quiso correr, cerrar las puertas, pero sus piernas estaban atenazadas por la masa que a esas alturas le llegaba a la rodilla. Quiso gritar, pedir ayuda, pero entonces todo el barrio iba a saber que había metido la pata con la receta y sus amigos del parque le tomarían el pelo durante el resto de su vida. Quiso moverse, pero la masa le llegaba a las axilas. Entonces recordó lo que debía hacerse si se caía en arenas movedizas y se preparó para echarse hacia atrás, al menos eso le había funcionado al de la película. Apretó los ojos y se hundió en un abrazo cálido que olía a la loción de afeitar de su padre.
Sorprendida, abrió los ojos. Estaba recostada en el sofá y su padre se estaba sentando en su silla del salón. Acababa de quitarle el mando de debajo de la pierna, que era donde solía dejarlo para no perderlo cuando veía la tele. Supo que se lo había quitado porque estaba poniendo el fútbol. Aliviada, miró a su alrededor. Su padre no se había ido de viaje, pero su madre sí que estaba con sus hermanas en un cumpleaños.
—Papi, me acaba de entrar un antojo. Voy a hacer unas galletas con chispas de chocolate. ¿Quieres que haga para ti también?
      

jueves, 29 de septiembre de 2016

120. Conexiones III

Las pequeñas hadas jugaban en el río, muy cerca de donde tenían el campamento. 

Estaban felices porque estaban estrenando su bandera. Le acababan de bordar una nueva estrella que representaba la excursión que estaban haciendo. 

La bandera abrió un debate: unas opinaban que debían poner más estrellas, por todos los campamentos que habían hecho, pero otras decían que la bandera era como hacer un 'borrón y cuenta nueva.

Las mayores, por su parte, no entraban en la discusión. Ellas escuchaban a ambas partes y se divertían con los momentos de pique.

Lo mejor del debate era recordar los campamentos pasados. En esos momentos, las propulsoras del 'borrón y cuenta nueva' parecían ablandarse y ceder ante la nostalgia.

Aquella tarde retomaron la discusión llevándola a una espontánea batalla de salpicaduras de agua que amenizaban con cánticos improvisados en los que se metían las unas con las otras.

De pronto, aquel barullo se apagó para los oídos de la reina de las hermanas hadas. 

Se silenció todo salvo unas pisadas que provenían del bosque que estaba detrás. Se giró como en un acto reflejo y vio a una mujer que no era de ese mundo, pero tampoco del mundo en el que se sueña. La miró a los ojos, pero ella no se dio cuenta. Durante el segundo en el que se fijó en sus pupilas, vio una habitación muy sencilla: una silla, una cama, una mesita de noche con una lámpara de hadas y un armario. En la cama, una niña humana estaba quedándose dormida mientras su madre le leía un cuento.

La reina no hubiera sabido decir si la mujer del bosque era la madre o la niña de la visión. Hubiese querido salir a su encuentro, hablar con ella, darle la bienvenida al bosque; pero la mujer había desaparecido. Iba a dar un paso para ir en su busca, pero la visión volvió con más fuerza y la detuvo.

Las palabras que leía la madre dibujaban una escena festiva en un bosque de hadas. 

Esta algarabía contrastaba con el interior de una de ellas, el de la reina. Ella –decía la madre– se estaba preparando para abandonar esa dimensión. Lo único que le preocupaba era dejar a sus hermanas, las pequeñas y mayores, y a todos los que formaban parte del reino, con la convicción de que ella, de alguna forma, seguiría allí.

Entonces, la madre desde la visión y la reina de las hadas, se miraron directamente a los ojos y compartieron algo parecido a un momento de paz.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

119. Conexiones II

La viajera empezó a abrir los ojos. 

La voz de su madre y entrenadora sonaba lejana, pero no podía saber la razón. 

La luz, aunque era tenue, le molestó tanto que tardó un momento en afinar la vista. 

Cuando logró ver, se dio cuenta de que, quien estaba a su lado, era la persona que acompañaba a la mujer de la imagen; supuso que sería la madre. Entonces supo que lo que estaba experimentando era estar en la piel de la mujer de su visión. 

Se trataba de un cuerpo agotado, aunque guardaba una gran fortaleza. 

Volvió a cerrar los ojos pues tenía que comenzar con su labor que era imaginar a la mujer por dentro. 

Empezó por las células de su estructura ósea, desde el calcáneo hasta el cráneo. Luego siguió con las células de cada sistema y terminó con las de la piel. Aquel fue un proceso largo, lento, pero en el camino fue descubriendo algunos puntos que necesitaban ser reparados desde el amor. 

La viajera, en su mochila que guardaba en el armario, siempre llevaba todo su instrumental de precisión quirúrgica para casos especiales de sanación desde el imaginario. 

Dicho así, podría pensarse que cargaba con un estuche o con una caja de herramientas. No era tal cosa. 

Se trataba de unas gafas de realidad virtual, una especie de imán y unos frascos de gel que contenían millones de nano robots capaces de reparar las células una a una, o eliminar las que no podían recuperarse. 

Con las gafas supervisaba el trabajo de los nano robots. Con la especie de imán los recuperaba de entre los fluidos segregados y los introducía en un gel especial que contenía extracto amoroso con el que los alimentaba para que recuperaran su energía. 

Aquel era un trabajo minucioso y pausado, pero no imposible.

martes, 27 de septiembre de 2016

118. Conexiones I

La viajera decidió atravesar el espacio tiempo y acudir a la realidad de la imagen que no cesaba de aparecer durante sus entrenamientos. 

Sentía como si aquella circunstancia la estuviera llamando. 

Cerró los ojos y evocó lo poco que recordaba de aquella visión. 

Su mente entró en la habitación de la mujer que estaba durmiendo.

Le sorprendió la quietud del ambiente. 

Pensaba que encontraría algún tipo de prisa, dada la insistencia con la que su representación mental solía asaltarla mientras realizaba sus ejercicios. 

Una mezcla de risas y cánticos rompió el silencio. 

No fue un ruido estridente, más bien fue como un susurro caótico que provenía del armario que era muy parecido al suyo... 

Al abrirlo, el sol brillaba del otro lado. 

Entró a un bosque y lo primero que vio fue lo que le pareció que era un caminito hecho de retales. 

Escuchó un riachuelo. Las risas y los cánticos provenían de allí. Se acercó sigilosamente y...

No pudo seguir adentrándose en aquella escena porque su entrenadora la despertó.

lunes, 26 de septiembre de 2016

117. Causalidad

La viajera del espacio-tiempo estaba experimentando un hecho insólito: una imagen recurrente asaltaba su mente de manera fugaz durante sus ejercicios de meditación. 
Ella, que dominaba el arte de dirigir su pensamiento y entrar en trance a voluntad, estaba intrigada por encontrar algún significado a la escena que, sin más, aparecía en su imaginación.

Alguna vez intentó proyectar esa visión en su interior, observarla con detenimiento y analizar su contenido. 
Pero lo único que lograba distinguir era un armario sobre el que casi siempre recaía su atención porque se parecía al suyo. 
Como se sintió incapaz de darle sentido a esa especie de 'aparición' mental, pensó en que lo mejor sería ignorar su existencia.

Una madrugada despertó a causa de un sueño que había sido extremadamente real. 
El cuerpo en el que habitaba no era el suyo, sino el de una mujer de aspecto débil. 
La lucha que aquella mujer estaba librando, aunque en el sueño permaneciera quieta, requería de enormes dosis de energía. Reconoció el escenario como el mismo de la imagen que la asaltaba estando en estado de concentración. Supo que aquella mujer era real, que necesitaba de sus conocimientos para obtener una mejoría

Cuando despertó de aquel sueño lo hizo diciendo en voz alta: 
"Estas mejor, mejor y cada día vas a mejor. Tu sanación es un hecho que nadie podrá cuestionar ni negar". 

domingo, 25 de septiembre de 2016

116. Abracadabra


Una luna enorme y naranja decoraba los dos paneles corredizos de su armario. 
La pintó con aerosol durante toda una noche, en un arranque de creatividad y nostalgia. 
Quería volver a la época en la que creía en los sueños, en la que era capaz de hacerlos realidad. 

Una noche despertó por una luz muy potente. 

Se levantó de su cama, de su cuerpo, cruzó su habitación y caminó directamente hacia el satélite que giraba con el infinito cosmos como fondo. 

Alargó la mano y entró en aquel espacio. 
Lo hizo sin dudas, sin miedos. 

Se dio cuenta de que lo que dejaba atrás sólo eran frustraciones, anhelos que ni siquiera eran suyos. 

Llegó a un cráter en el que encontró a todas sus ilusiones, a todos sus sueños. 

También estaban sus gatos, gatas y su perra, que ya no vivían con ella. Entonces tuvo una larga y reveladora conversación con todos. 

Al día siguiente despertó y, sin recordar nada de lo que vivió la noche anterior, volvió a crear la magia que sólo ella sabía crear...

sábado, 24 de septiembre de 2016

115. Indispensable soledad

El laberinto de piedras que estaba en mitad de un desierto era la nueva prueba que la viajera del espacio tiempo tenía que superar. 

La dificultad consistía en no desesperarse cuando las paredes empezaban a deshacerse y a convertirse en espejos que generaban aún más confusión. 

A su paso se fueron formando montículos de arena que atrapaban enormes tablas con cristales por ambas caras. 

Aquellos que, por su posición, se reflejaban entre sí, creaban infinitos de insoportable luminosidad. 

La viajera cerró los ojos y dejó que su mente se elevara. Confianza. Su caminar se volvió pausado y su ruta más certera. 

No se molestó en contar el tiempo que le tomó salir de la maraña de calles y encrucijadas. 

Sólo tomó nota del profundo nivel de silencio al que tuvo que llegar para lograrlo y volver a su habitación a través de su armario.

viernes, 23 de septiembre de 2016

114. Esbozo

Suenan las campanas. 

El atolondrado imitador del tiempo ha empezado a correr contra el viento. 

Las nubes se abren cual plumas sacudidas por una gallina y una nave ahuevada desciende desde las alturas. 

El ruiseñor, que no entiende de nimiedades, te mira fijamente: 'ha llegado el momento de ayudar', esa es su sentencia. 

La nave se abre y, sin inmutarte, subes en ella. 

Por dentro parece un armario transparente y puedes verlo todo. 

Tus pies parecen flotar conforme te vas elevando pero no sientes vértigo. 

Agradeces que el ruiseñor vuele junto a la nave, y aunque te olvidas de su presencia, sigues recordando aquello que te transmitió. 

Pensándolo bien, te parece un poco extraño porque nunca dejaste de echar una mano a quien le hiciera falta. 

Ibas a pensar en algo más a lo que podía haberse referido pero en ese momento volvió a sonar tu despertador...

jueves, 22 de septiembre de 2016

113. Todo puede conseguirse si...

Las circunstancias que rodearon su niñez fueron difíciles, incluso podría decirse que fueron poco afortunadas y mucho más duras de lo que ella podía recordar. 

Y no lo recordaba porque durante aquella época fue inmensamente feliz.

Nunca se fijó en las oportunidades que no tenía, o en las cosas que otros niños y niñas tenían y ella no. 

Nada de eso le interesaba.

Lo que más anhelaba cuando llegaba la hora de meterse en la cama era escuchar los cuentos que su hermana inventaba para ella.

Cada noche sacaban una caja de zapatos del pequeño armario que compartían; en ella guardaban una infinidad de retazos que su madre desechaba de los arreglos que hacía para mantenerlas. 

Cada uno de esos trocitos de tela eran los vestidos de unas hadas, de unos elfos, de unos gnomos y de una multitud de personajes con cuyas historias se divertían. 

No necesitaban más juguetes que los retales y la magia que su hermana creaba para ella. 

Y de esa magia nació su presente y su futuro...

Ella guarda en el escritorio de su elegante y sencillo despacho una bolsa de tela con unos cuantos vestidos de hadas que saca cada vez que se enfrenta a esos problemas que, vistos por encima, parecen imposibles de solucionar. 

Al tenerlos entre sus dedos, su mente es capaz de observar los puntos débiles de aquello que debe resolver. 

El resto es coser y cantar.

Un día de estos le dirá a su hermana lo agradecida que está con ella por haber hecho que su infancia fuera tan dichosa.

Entre tanto, los fines de semana, seguirá haciendo magia con niños y niñas cuyas circunstancias no son, precisamente, fáciles. 

Lo hace porque quiere darles un poco de la luz que su hermana le dio.

Ella siempre le decía: 

«Todo puede conseguirse si lo empiezas a hacer en tu imaginación»

miércoles, 21 de septiembre de 2016

112. Estrellas

La reina de las hermanas hadas encargó al capitán de los elfos que bajara la bandera de la torre más alta del castillo de sueños. 

Las demás hadas estaban en el bosque recogiendo bayas mientras cantaban una canción cuya letra iban inventando. 

Cuando la más pequeña advirtió lo que el capitán de los elfos estaba haciendo en lo alto de la torre, todas se giraron a verlo. 

No sabían la razón por la que estaba quitando el emblema pero, desde luego, no les sentó nada bien. 

Presurosas volvieron al castillo y fueron directas a ver a la reina. 

Para cuando llegaron, la reina estaba sentada en su mecedora, junto al armario de los hilos; tenía una labor en sus manos y regazo. Se dieron cuenta de que estaba bordando algo en la bandera y todas se quedaron sin saber que decir.

—¿Qué os pasa? —Les preguntó la reina sin dejar de mirar la puntada que estaba haciendo.

Se miraron las unas a las otras y, como siempre, dieron un pequeño empujón a la segunda de todas. Por algo, después de la reina, era la mayor.
 
—Vimos al capitán arriando el emblema, pero no supimos la razón. Nos asustamos y vinimos corriendo...
—¿Os habéis asustado porque el capitán bajó la...?  —La reina soltó una risita burlona y mirando a sus hermanas continuó—: Os asustasteis porque pensasteis que me habían otorgado mis alas de polvo de oro y que me volví invisible sin avisaros. Si es que sois... A ver mis amores, sucede que se me ocurrió que, a partir de hoy, en nuestra bandera vamos a contar todas las veces que vayamos de campamento y lo haremos bordando una estrella, como la que estoy poniendo ahora. ¿No os parece que una bandera de dos colores es un poco aburrida? La llenaremos de estrellas de diferentes tamaños...
—¿Y colores? Yo haré unas turque-verdes. —Dijo la más pequeña, que nunca se decidía si le gustaba más el turquesa o el verde.
—Y yo unas rojas —Gruñó la más soñadora... Se enfadó porque quería hablar primero pero la otra le ganó. Estaba acostumbrada a que su imaginación fuera más rápida que su lengua si tenía que hablar, o que su mano, si tenía que escribir. 
—¿Dices que a partir de hoy? —Se adelantó la seguinga. Sabía que su hermana mayor no había terminado de hablar...
—Sí. Me apetece hacer uno de nuestros campamentos. ¿A vosotras no? ¿Qué decís?

El entusiasmo las desbordó a todas y corrieron a organizar todo lo que necesitaban para acampar al lado del río.

martes, 20 de septiembre de 2016

111. Tres palitos

La niña tenía tres palitos en una mano y en la otra sostenía unas maracas. Lo más bonito de aquellas maracas era su carácter versátil. Solían amoldarse a la mano de quien las cogía, a su forma de sacudirlas, a la fuerza con que lo hacía y siempre, o casi siempre, su sonido ocasionaba el mismo efecto: despertaba sus ganas de moverse siguiendo el ritmo. 
Y ahí estaba la niña, con tres palitos en una mano y en la otra con esas maracas que la estaban haciendo bailar. La pequeña miró el armario de los instrumentos que estaba en una esquina del salón, observó sus manos llenas y se giró para ver a su madre que la esperaba sentada en la mesa para ayudarla con sus manualidades. Colocó los tres palitos en el sofá y empezó a tocar un ritmo alegre con las maracas. 
Sin que los viera, los palitos se pusieron en pie, formaron un corro y cantaron al compás. En su canción decían que no querían vivir pegados a un cofre que olvidarían en algún rincón. Ellos querían ser simples palitos de madera, felices y libres para mover su endurecida estructura al son de esas o de otras maracas marchosas. 
La madre llamó a la niña, le dijo que se diera prisa y ella corrió hasta el armario y guardó los instrumentos. Cuando fue al sofá a recoger sus palitos, ellos habían desaparecido. Dejaron una nota que ponía: «Tu canción libera el alma de los seres más inanimados, no dejes de tocarla. Firmado: los tres palitos.»

lunes, 19 de septiembre de 2016

110. Paz y ciencia

El ermitaño repetía para si, cual si fuera un cántico o un mantra de poder, dos palabras que, al decirlas reiteradamente, parecían una. Adquirió esa costumbre cuando su maestro, un sabio y calvo peregrino, le dijo que para lograr el propósito de su retiro, lo primero que debería lograr era ciencia de la paz.

En su habitáculo, tan rústico como básico, tenía un camastro, una mesa, una silla, una estufa que también usaba para cocinar y un armario en el que guardaba todo: la manta para las noches más frías, unas velas, los frutos que recolectaba, una cacerola, un jarrón, una palangana, un jabón, su libro de estudios alquímicos, sus anotaciones, pluma y la tinta que fabricaba usando bayas. Todo eso era lo único que necesitaba para comprender y describir el proceso de la transmutación, el modo en el que los deseos atravesaban el éter y encontraban su correspondencia física en el mundo material. 

Llevaba años realizando aquella labor y cada vez que sentía que estaba a punto de lograr su cometido, algo fallaba y tenía que volver a empezar. Se fijaba en sus anotaciones, cambiaba todo lo que analizaba que era conveniente modificar y comenzaba un nuevo experimento. Lo único que no variaba era la repetición de su mantra. 

Una buena mañana, en la que empezó su rutina algo tarde porque el viento no le había dejado dormir bien, estando todavía somnoliento, repitió en voz alta sus palabras y lo hizo lentamente. 

La respuesta a todas sus preguntas llegó como un rayo que iluminó su rostro. 

No la encontró en las fórmulas, en la variación de las cantidades o de las condiciones de las experiencias sino en lo que había estado repitiendo durante todos esos años. 

Aquel estado inmaterial era lo que explicaba la naturalidad con la que un deseo encontraba su correspondiente en el mundo físico. 

domingo, 18 de septiembre de 2016

109. Pescadito

El primer hombre, aquel que rompió sus ataduras y aprendió a amar, la recibió entre sus brazos. 

Aquel instante atrapó su corazón revelándole la verdadera naturaleza de la eternidad. 
La miró a los ojos y pensó en que le dedicaría su vida, sus esfuerzos, su deseo de crecer como persona. La protegería enseñándole a protegerse a sí misma, a valorarse, a no conformarse con lo primero que pasara por su camino... Y en ese momento le prometió estar a su lado tanto en sus errores como en sus aciertos, sin condiciones. 
La indefensión que tenía entre sus brazos despertó su sensibilidad y su coraje. 
Su cuerpo pequeño, escurridizo y sus ojos enormes le hicieron pensar que se trataba de un ser al que debía sostener con ternura y firmeza. Pasó un índice por su mejilla y su nariz todavía cubiertas de vérnix caseosa, la besó en la frente y la llamó por su nombre. 
La esencia de aquel encuentro, él la grabó con buril y fuego en la madera del armario en el que sigue trabajando. 
Hay una escena que tiene especial relevancia dentro de este grabado pero que pocos son capaces de ver y es la de un pescadito que un niño sostiene entre sus brazos. Cada vez que ve esas figuras imagina que el niño está pensando en devolver al escurridizo y pequeño ser al agua para que pueda seguir viviendo. Y aquel pensamiento le da tranquilidad.
El primer hombre, aquel que rompió sus ataduras y aprendió a amar, la recibió entre sus brazos y se convirtió en padre. 

sábado, 17 de septiembre de 2016

108. Vidas

En el armario sólo había una caja de madera dentro de la cual había una bailarina de porcelana. 

Cada noche ella se despertaba con el sonido de un piano.

La melodía se había quedado perennizada en la madera que recubría las paredes de la estancia. 

Ella salía de la caja, abría el armario y danzaba hasta el amanecer en esa habitación vacía. 

En cada giro, en cada movimiento, pensaba en el mundo de fuera. 

Lo conocía de oídas, por las conversaciones de quienes habían habitado en esa casa. ¿Qué habría sido de ellos? 

Era mejor no saberlo, no quería confirmar sus sospechas. 

Prefería imaginar que al bailar despertaba sus recuerdos y que esa habitación volvía a llenarse con sus existencias. 

Y era consciente de que ella sólo era una pequeña bailarina de porcelana... 

viernes, 16 de septiembre de 2016

107. Discusiones imaginarias

Observar la reacción de su madre, la abuela, fue como presenciar una explosión de destellos, de rayos multicolores. 

La verdad era que la silueta de su hija en aquella foto y vista desde lejos, hacía pensar en que la niña de sus ojos estaba haciendo toples. 

Ella, la madre, al ver las tonalidades tornasoladas que el rostro de su propia madre, la abuela, fue adquiriendo al entrar en el salón comedor, la llevó a creer que estaba sufriendo algún tipo de malestar estomacal vísceral producido por el enfado. 

No imaginó que la abuela pudiera reaccionar así por esa foto. De haberlo previsto, esa misma mañana no la habría puesto dentro del armario de vitrina. 

La ayudó a sentarse y fue, presurosa, a buscar un vaso con agua. 

Pero determinó como válida que esa era la causa cuando, de vuelta con el agua, la encontró con el marco en la mano, las gafas en la punta de la nariz y su rostro pegado al cristal.

—Nuestra chiquilla sale preciosa ¿no crees? 

La madre, que conocía un poco a su propia madre, decidió chincharla un poco. 

Los destellos en su mirada volvieron a aparecer y estuvo a punto de dirigirlos a ella, de decir algo que no tenía ganas de escuchar, así es que siguió hablando:

—Deberías estar orgullosa de tu nieta. La niña ganó un concurso en su escuela de diseño de modas con este bikini hecho de cocos y de la corteza de la palma. Te lo traeré para que lo veas, lo tiene en su habitación, ahora vuelvo.

La madre dejó a la abuela sola con su avergonzado ser... O eso era lo que pensaba ella.

No podía imaginar que su madre se quedó pensando en ella misma cuando tenía la edad de su nieta y en todas esas historias que nunca le iba a contar a su propia hija. 
No la entendería, no como la entendía su nieta. 
Por eso, tampoco iba a decirle que, por petición de su nieta, la ayudó a confeccionar la prenda ganadora del concurso. 

Y esto fue así empezando por la idea. En realidad era suya . Se inspiró en uno de sus recuerdos, en una travesura de juventud. 
Definitivamente entre ella y su hija había un abismo generacional que sólo pudo llenar con la existencia de su nieta.

Divertida, se quedó pensando y aguantando el malestar estomacal que le produjo la comida en aquel italiano. 

El queso de la lasaña no le sentó nada bien...

jueves, 15 de septiembre de 2016

106. Adivi - aznan

Esa noche iban a ranicoc una atecer tradicional. 

Sacaron una nétras y una alorecac del armario de la anicoc y se pusieron manos a la obra. 

De pronto, alguien sacó un nómil

Se hizo un silencio espeluznante. 

Pero la madre levantó su arahcuc de palo y todos volvieron a la labor. 

El final, por supuesto, fue de miedo: todos sentados alrededor de la asem, odnaroved lo que puede que estés pensando en este momento... 

Si por tu mente pasó el zorra con oveuh otirf te acabas de ganar el grandioso premio de escoger una palabra para un próximo cuento.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

105. Almas de artistas

«La tortuga, la gran creadora de todos los universos conocidos y por conocer, recorría tranquilamente el sendero que iba imaginando conforme daba cada paso. Majestuosa, imponente y extremadamente lenta, así era Casiop... Tragaleg... (Así era la diosa tortuga universal... "¿Diotortuni?"). Ella pensaba en que era prioritario crear seres que fuesen mágicos para que inventaran un mecanismo por el cual ella podría moverse... Ella pensaba en que debía andar menos y levitar más (sí, eso era lo que pensaba) pero...» 

La pequeña hermana hada dejó de leer en voz alta porque unas risitas empezaron a sonar fuera del armario, que era donde se había metido para escribir. Secó la tinta de su pluma, la colocó dentro de su diario a modo de marcador y guardó todo bajo el cojín en el que estaba sentada. Entonces abrió las puertas de golpe, con todas sus fuerzas. Quería pillar infragantis a quienes se estaban atreviendo a espiarla. 

Lo que no esperaba era encontrarse a dos elfos y a un gnomo, los tres pequeños, tirados en el suelo con un millón de pajarillos sobrevolando en círculo sus cabezas. 
Bueno, lo de los pajarillos fue una licencia de su imaginación que la llevó a atacarse de risa justo durante un minuto antes de atacarse de los nervios por verlos tendidos e inconscientes. 
Aquella situación podría ser el primer gran problema que enfrentaría su diosa tortuga: 
Esos mocosos serían humanos pretenciosos, sí, de esos que suelen burlarse de los proyectos ajenos porque creen que los propios son únicos y maravillosos...

Al tiempo que pensaba en todo esto, una de sus hermanas mayores entró en la habitación y observó la escena: 
Los dos elfos y el gnomo estaban tirados en el suelo con chinchones en la frente, como si estuviesen sufriendo algún tipo de metamorfosis para convertirse en unicornios. Sentada al lado, la pequeña de las hermanas hadas, eufórica, tomaba notas en su diario a toda prisa. La reina de las hermanas hadas les organizó, siglos atrás, una muestra de cine humano. En ese momento su pequeña hermana parecía uno de esos científicos chiflados que hacían experimentos estrafalarios en esas películas. Eso fue exactamente lo que pensó y acto seguido se le ocurrió una idea: tenía que pintar esa misma imagen. Sería la primera de una serie con las que haría un cuento. Sí, sí, eso iba a hacer. Y acto seguido, salió corriendo a buscar su libreta de garabatos.

Y así iban, cada una de las hermanas hadas con su propio cuento... Mientras que los de la cornamenta de pueriles unicornios durmieron su travesura sin mayor consecuencia que la risa de los demás, cuando aparecieron con las pruebas en sus frentes de haber estado metidos en alguna travesura de las suyas.

martes, 13 de septiembre de 2016

104. A lo lejos

«─Traza una línea. Llámala 'horizonte'. Si eres imaginativa, tal y como me han dicho que eres, tendrás resuelto el resto del espacio en blanco. Como he dicho, sólo tienes que empezar por prolongar un punto.

La maestra sacó un folio del armario y lo puso sobre el pupitre de la muchacha. Luego acercó su silla y la colocó delante. 

La muchacha estaba contrariada. Aun así, cogió el lápiz y esbozó algo en el centro del papel. No era muy grande, si acaso medía medio centímetro. Tampoco era una línea, más bien parecía un bigote diminuto. 

Entre ofuscada y desafiante, giró la hoja, dejó el lápiz encima, se cruzó de brazos y prácticamente se desparramó en la silla. 

─Muy bien. Veo que acabas de dibujar una ciudad en miniatura que se ve a lo lejos. Puede que esos picos sean rascacielos. Una metrópoli muy moderna, me gusta. Sigue trabajando, empezaste muy bien...»

Cada vez que la pintora se enfrentaba a un nuevo lienzo recordaba aquella escena. 
El espacio en blanco le provocaba vértigo y unas ganas locas de salir corriendo. 
Pero aquella imagen del pasado le devolvía la tranquilidad, la confianza de saber que todo empezaba por un punto. Que lo demás consistía en tener un poquito de empeño. 

Por medio de su arte era capaz de transformar sus frustraciones en equilibrio, de acercarse al desconcertante mundo que la rodeaba, de sobrevivir a sus injusticias y de hacer algo por aliviar el sufrimiento de otros. 

Así es que cada lienzo en blanco le traía el lejano recuerdo del momento en el que su maestra le salvó la vida.

lunes, 12 de septiembre de 2016

103. Promesas III

«...Cuando Derk recobró el conocimiento se dio cuenta de que Vania estaba corriendo entre los cuerpos de centauros y amazonas. A cada uno les iba poniendo sobre el pecho el hacha de su madre. Eso bastaba para despertarlos.

—¿Te vas a quedar tirado, quejándote por tus cuatro rasguños, o vas a venir a ayudarme de una vez?

El centauro intentó moverse, contestar, pero todavía estaba bajo los efectos de lo que fuera que lo llevó al suelo. 
Sólo pudo seguir observando, mirando los movimientos certeros de la amazona. 
Recordó algo que ella le dijo tiempo atrás, durante alguna de sus batallas: 

"Aunque tenga mil años, el día que tenga que morirme, lo haré de pie. Puedes dar por hecho que jamás esperaré a la muerte lamentándome por lo que sea, mucho menos sentada en un rincón.  ¡Levántate, que tampoco permitiré que tú lo hagas! Tenemos muchas promesas que cumplir y lo haremos juntos, apoyándonos el uno al otro como siempre lo hemos hecho. ¿Me escuchaste o es que la ociosidad te ha vencido? ¿Es eso? Si al final va a ser que tú..." 

En aquella ocasión lo hirieron en una pata trasera. Además, la caída le dislocó un hombro. 

Pero ella no cesó de incordiarle hasta que consiguió enfurecerle. 

Así fue como su compañera logró sacarlo de la zona del conflicto.

Respiró. 

Pensó en la visión que tuvo antes de abrir los ojos, en conseguir que su mente vibrara hasta llevarlo a la acción. Se concentró en un pensamiento con tal intensidad que ni él mismo se dio cuenta del momento en que se levantó.  

—Bien. Ahora ven y ayúdame a alejar a todos de aquí. Aturdí a las máquinas con la inscripción del hacha, pero debemos darnos prisa. No sé cuánto tiempo tenemos para esconder a todos...»


—Pero, mis queridos roncadores, tal parece ser que esta aventura la continuaremos mañana. 

La reina de las hermanas hadas susurró esto para no despertar a los elfos que se quedaron profundamente dormidos. Mientras guardaba el libro en el armario, pensó en que quizás debía cambiar de historia... Pero eso era algo que preguntaría a los elfos al día siguiente.

domingo, 11 de septiembre de 2016

102. Promesas II

«... Derk inició la carrera para alcanzar a sus compañeros, pero amazonas y centauros empezaron a caer. 
No estaban siendo atacados por nada que pudieran ver. Aun así frenó y giró para volver sobre sus pasos. Pero un calambre que empezó en sus patas traseras, pronto se extendió al resto de su cuerpo. Paralizado por el dolor, cayó de lado llevándose a Vania con él. 
En ese momento pensó en que el peso de su cuerpo recaería en la pierna izquierda de su compañera y eso fue lo que más le angustió. 
Lo único que pudo hacer fue proteger su cabeza con el escudo, antes de chocar contra el suelo. Antes de perder el conocimiento, en su mente estalló un sonido de crujidos.

Vio a Vania en un lugar tan extraño para él, que no habría podido describirlo. 
Era una habitación impoluta cuyo único mobiliario era una cama, una mesita, una silla y un armario. 
Aunque físicamente no eran ellas, reconoció a la guerrera amazona que parecía estar durmiendo; también reconoció a la madre, que estaba sentada a su lado. 
Supo que la inmovilidad de ambas era aparente. 
Sus cuerpos físicos, sus mentes y sus espíritus estaban vibrando con la misma intensidad. 
Reconoció esa energía como la que experimentaban durante la batalla, sólo que aquella estaba orientada a recuperar el orden, a crear un equilibrio. 
Serenidad. 
Descubrió que esa visión le estaba comunicando lo que tenía que hacer para levantarse. 
Ambos, él y Vania, tenían un pacto que cumplir: envejecer juntos. 
Tenía que despertar, ponerse en pie y continuar...»

sábado, 10 de septiembre de 2016

101. Promesas I

La reina de las hermanas hadas sacó el libro de cuentos del armario. 
Los pequeños elfos estaban esperándola en sus camas. Como nunca, estaban en silencio.

—¿Habéis imaginado la continuación de la historia? —Miró a los ojos de cada uno y, conforme lo hacía, ellos agachaban sus miradas y negaban con la cabeza. Sonrió. Abrió el libro por la página marcada con la cinta y empezó a leer:

«La guerrera amazona, el centauro y los demás viajaron durante una semana. 
El camino fue duro, sobre todo por la desolación que encontraron a su paso. 
Lo más difícil que Derk y Vania tuvieron que afrontar fue descubrir que la morada del maestro forjador de hierro había sido destruida y que él había desaparecido. 
Durante sus vidas aprendieron mucho de él, de su sabiduría, de la habilidad de su brazo con la espada. 

"Tú eres una luchadora, sobre eso no cabe la más mínima duda. 
Pero tu arma no es la espada; no porque no puedas sostener una o desarrollar esa habilidad. Puedes y debes entrenarte con ella. 
Lo que te digo es que tus armas naturales son el arco y la flecha. 
Tienes un don y debes sacarle partido. 
Lo mismo que tu madre con el hacha. 
Ella no soltaría su arma ni estando dormida ¿lo sabías?"

Recordó aquella conversación y empezó a darle vueltas al hecho de que en ese momento tuviera el arma de su madre atada al cinto, la misma que se suponía que no soltaría ni estando dormida. 

—Estás demasiado silenciosa. ¿Se puede saber en qué estás pensando? Desde que salimos de la villa estás... No sé, rara. —Derk disminuyó el trote, dejando que los demás les adelantaran. Conocía a Vania y sabía que su mente estaba muy lejos de donde tenía que estar y eso no era bueno para ambos. Se necesitaban el uno del otro para sobrevivir. Lo que les estaba esperando en los límites del mundo de leyenda no les daría tregua para solucionar nada.
—Hay ciertos detalles que no tienen sentido. No sé explicarlo, pero tengo la sensación de que no deberíamos continuar. No me mal entiendas, no estoy diciendo que no luchemos, sino que hay algo más detrás de esta guerra. Debemos descubrirlo antes de perder a alguien más.
—¿De qué estás hablando? Si... 
Un potente silbido le interrumpió.

Sus miradas, atónitas, siguieron el vuelo de una bola de fuego que cruzó por encima de sus cabezas y que fue a estrellarse en los restos del poblado que acababan de dejar. 
Pudieron ver que en el horizonte había unas máquinas monstruosas, descomunales, que avanzaban con torpeza hacia ellos. 
No había tiempo para charlas, la batalla acababa de encontrarles...» 

viernes, 9 de septiembre de 2016

100. Cien

«...El respeto se lo ganaría luchando. No el de los demás, el propio.

—No entiendo otro modo de afrontar la vida —gruñó Vania, al tiempo que metió una última flecha en su carcaj. 
Besó con ternura a su niña y a su niño, pero no pudo hacer lo mismo con su madre. 
La anciana no se lo permitió. La miró con fiereza y sin decir una palabra le entregó su hacha de guerra. Eso fue todo. 
La amazona colgó el hacha al cinto con el que se ataría a la montura durante la batalla. Colocó su carcaj y su arco entre su pecho y su espalda. 
Mientras descendía del árbol en el que estaba su choza, pensó en la reticencia de su madre. Ella misma le enseñó a luchar y jamás le había impedido cumplir con su deber como guerrera, eso habría sido un deshonor. 
Intuyó que existía algo más en la actitud de su madre, algo que no lograba descifrar. 
Derk, el centauro de pelaje azabache y piel bronceada, la estaba esperando justo debajo de la liana por lo que sólo tuvo que sentarse y atarse a la montura. 
Su compañero y amigo llevaba puesto el casco que el mismo remató con un buen puñado de cerdas de su cola, en un brazo cargaba su escudo y la espada la llevaba enfundada al dorso. 
Estaban listos para unirse a los demás.
Mientras se alejaban, Vania sintió en su nuca la mirada de sus hijos y la de su madre, pero no se giró para verlos.»

—¿Qué más? 
—¡Sí! ¿Qué más? 

Los pequeños elfos, como nunca, permanecían con los ojos como platos. Estaban atentos al relato y no mostraban ni una pizca de sueño.

—Mañana seguiremos con la historia, ahora debéis intentar dormir, que es tarde. —La reina de las hermanas hadas cerró el libro de cuentos y lo guardó en el armario de la habitación. 
—¿Mañana? —dijo el más pequeño— Cuéntanos más, por favor.
—Haremos una cosa. Que cada uno de vosotros imagine lo que seguirá en la historia y mañana me lo contáis antes de seguir con la lectura. Pero tendréis que hacerlo usando cien palabras ¿Qué os parece? ¿Podréis hacerlo?

Los pequeños no estaban muy convencidos, aun así accedieron. Siempre aceptaban los retos, aunque casi nunca se daban cuenta. En cuanto la vela se apagó y la puerta se cerró, ellos empezaron a imaginar a la amazona y al centauro... Y no tardaron en quedarse dormidos.

jueves, 8 de septiembre de 2016

99. Melodía

Este era un armario de dimensiones gigantescas y que por dentro tenía un mecanismo espectacular. 

Su dueño era un anciano que vivía en un túnel olvidado bajo los edificios modernos de la ciudad. Él se las arregló para sobrevivir sin penurias y con la mayor dignidad que le era posible procurarse. 
En aquel subterráneo no le hacía falta nada. 

Lo único a lo que le guardaba cierto apego era a ese mueble cuya maquinaria desconocía porque nunca la tuvo que arreglar. Ni siquiera tuvo que engrasar la cadena de bicicleta con la que hacía funcionar aquel enorme artilugio de música cuyas puertas eran, en realidad, un enorme parlante. 

La máquina era su compañera, la única que le escuchaba con su silencio y que le animaba con cada disco que ponía. Era como si ella, la máquina, lo escuchara de verdad y supiera exactamente la música que debía escoger para hacerle sentir mejor. 

El anciano no sospechaba -ni sospecha, ni sospechará, a menos que se lo cuentes- que el complejo mecanismo, que bajaba y subía una cantidad exagerada de discos de vinilo de cuarenta y cinco, era mantenido por un grupo de elfos. 

El mueble tenía en su interior una portezuela que lo comunicaba con el reino de los sueños. 

El anciano no sospechaba que los elfos lo llevaron a su reino en más de una ocasión. 

Puede ser que esta noche quieran hacer lo mismo. 

Puede ser que esta noche te dispongas a acompañarlos... 

Sólo tienes que cerrar los ojos y tratar de escuchar la canción que tú quieras escuchar, aquella que te hace sentir mejor.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

98. Poder

«Si te ubicara en un cuento, en algún lugar de la hoja en blanco, lo haría al principio, para no dejar ninguna duda de que tú, mi niña, eres la protagonista. Si te colocara en una ilustración, en algún lugar de la lámina, lo haría en el centro y la destinaría a ser la portada. Pero, si lo hiciera yo, te acostumbrarías a que otra persona escriba tu historia, a que alguien más dibuje tu destino. Todo eso, cariño mío, debes de hacerlo tú. Tienes derecho a escoger ser quien tú quieras ser.» 

La niña cerró el libro y se quedó pensativa. No hacía más que repetirse: 'tengo derecho a escoger ser quien yo quiera ser'. 

Según empezó a repetir esa idea, cayó en la cuenta de que no estaba muy segura de quien quería ser, salvo 'buena persona'. 

Pero había algo más, algo muy importante que no lograba definir, quizás porque le faltaban palabras para hacerlo. 

Se puso de pie y, decidida, empezó a sacar los libros que su madre tenía en el armario de la biblioteca.

—¿Qué haces cariño? —Le preguntó su madre.

Estaba asombrada por ver a la niña saqueando la estantería más alta, aquella que reservaba para los libros existencialistas, fuesen teóricos o de fantasía.

—Buscarme a mí misma.
—Pero... A ver... Explícame eso... 

La madre hablaba de manera entrecortada. Estaba entre asombrada e ilusionada. Su niña tenía diez años y estaba preocupada por encontrarse.

—El abuelo me dijo una vez que descubriste lo que querías ser en estos libros. No quiero esperar a ser mayor para saber lo que quiero ser. 
—De acuerdo... Pero... ¿Me permites hacerte una sugerencia? 

La madre trató de no mostrar su entusiasmo, pero enseguida se puso a buscar un libro que estaba en la estantería inferior. el de las puertas con cerrojo. 

La niña no se dio por enterada; siguió metida entre los libros sin percatarse de que las misteriosas puertas por cuyos agujeros solía fisgar, estaban abieras de par en par. 

Tampoco se dio cuanta del gran esfuerzo que tuvo que hacer su madre para levantar el libro y llevarlo hasta la mesa., ni del ruido que hizo aquel bodoque contra la madera. 

La madre tuvo que repetir la pregunta y esperó pacientemente a que la niña apartara los libros. Entonces abrió la hebilla que cerraba la tapa de cuero repujado con la figura de un árbol celta.

—Estos son los cuentos de las hadas que habitan en la montaña del Amor Hermoso. Ellas serán tu primera guía en esa búsqueda que, estoy segura, será toda una aventura. Y, si necesitas que te ayude a comprender cualquier cosa que no entiendas, estaré aquí para que lo hablemos. ¿El abuelo te contó que él fue mi entrenador? Cada vez que él me regalaba un libro, me decía: 'En cuanto lo abras, te convertirás en una viajera del espacio-tiempo y yo seré tu guía, tu entrenador espiritual. Adelante guerrera, adéntrate en una nueva aventura. Tú tienes el poder de atravesar las dimensiones que separan las historias de los sueños y a éstos de las realidades. Así aprenderás a usar la libertad que no es otra cosa que tu poder de tomar decisiones para tu vida'.

Ambas, madre e hija, desde ese día desarrollaron un vínculo más fuerte que la unión física que alguna vez tuvieron.

martes, 6 de septiembre de 2016

97. Rubor

El despistado duende corría calle abajo. 

Estaba desesperado por encontrar la casa de cuyo armario salió por error. 

Estaba jugando a las escondidas con las hadas, elfos y demás habitantes del reino. Por eso se metió al árbol hueco de los trucos traviesos. 

Pero en lugar de aparecer tras alguna puerta del castillo, fue a dar a una habitación del mundo en el que se sueña. Como todo estaba oscuro, tanteó el lugar hasta que se vio en la calle. 

Una vez fuera, los perros del vecindario le persiguieron. No tuvo más alternativa que correr cuesta arriba hasta que llegó a un parque y a un árbol. Subió hasta la rama más alta. Allí esperó a que cayera la noche. 

La imponente luna iluminó la calle como si estuviera amaneciendo y él despertó de su letargo. 

El despistado duende corría calle abajo mientras los perros perseguían su olor a miedo.

Estaba a punto de darse por vencido cuando una pequeña luz le guio por una vereda, un jardín, unas escaleras, una portezuela para mascotas, una escalera, una habitación y un armario en el que se metió sin pensárselo dos veces. 

Al salir del árbol hueco de los trucos traviesos, la tez verduzca del despistado duende ¡estaba más colorada que un tomate pintón! 

Todos en el reino feérico lo estaban esperando y estallaron en carcajadas en cuanto le vieron aparecer...

lunes, 5 de septiembre de 2016

96. Trébol

A partir de aquella tarde, cada vez que quería conectar con la naturaleza -desde dentro- iba al desván y sacaba las alas de hada del armario de los disfraces. Un minuto con ellas puestas significaba una semana entera en el castillo de los sueños, en lo alto de la montaña del Amor Hermoso. Las hadas, elfos y los demás habitantes la recibieron, desde el principio, como una más del reino. 
En más de una ocasión, ella quiso explicarles quién era, lo que le sucedía al ponerse las alas, el lugar en el que vivía y que echaba de menos a su perro, aunque sólo hubiese pasado cuatro minutos sin él, que equivalía a un mes desde su perspectiva como hada. Pasaba que siempre que quería iniciar esa conversación con cualquiera de las hermanas hadas, ellas le soltaban alguna evasiva, como si no quisieran que les contara nada que las apartara de la idea que crearon sobre ella y su inusual presencia.
Durante una de esas visitas fue a recoger setas y tréboles con la más pequeña.
—Dicen los libros que un trébol azul es una señal. Se supone que un espíritu humano anda cerca. —La pequeña de las hermanas dijo esto mientras recogía un trébol azul.  Luego de un silencio, prosiguió—: A mi me gustaría viajar al mundo de los que sueñan, pero las únicas hadas que pueden hacerlo son las mayores y la reina. Si pudieras, ¿me llevarías?
—¿Quieres decir que sabes que yo...?
—No tienes las orejas en punta. Además, tu forma de hablar es distinta...
—Haremos una cosa. Preguntaremos a la reina si me deja llevarte conmigo. Te gustará conocer a mi perro.
—Eso estaría bien. Pero no me lleves a la isla Bikini, por favor. Me da mucha tristeza...
—A la isla ¿qué?...  —Soltó una carcajada y cuando pudo, agregó—: No te preocupes que no está en mis planes llevarte tan lejos.  

domingo, 4 de septiembre de 2016

95. Tarea infinita

La ratona emprendedora quería analizar hasta la última palabra de todos los libros que tenía en su biblioteca. Sólo le quedaba por sacar los que estaban en la estantería más alta del armario. Tenía todos los libros abiertos: sobre el escritorio, en el suelo, unos encima de otros, unos dentro de otros como si fueran marcadores y llenos de papelitos con anotaciones. No es que quisiera leer todos sus libros, sino que quería comprender cada palabra, sin importarle demasiado el contexto. Se había obsesionado con encontrar la palabra generadora, aquella que estuviera en el inicio del universo. Cuando la encontrara, la usaría en 'la frase demoledora' con la que iniciaría un negocio de camisetas, libretas, muñecos, bolígrafos y demás objetos conmemorativos. Pero la ratona tenía una pequeña dificultad: le costaba un mundo -o dos- concentrarse, por lo que cada poco olvidaba su objetivo. Lo bueno era que su imaginación no tenía límites y cada vez que se olvidaba de lo que tenía que hacer, se inventaba una nueva tarea. Ahora, por ejemplo, está tratando de encontrar la palabra más chistosa. Quiere usarla para crear una línea de maquillaje exclusiva para payasos. A saber qué será lo que buscará mañana...

sábado, 3 de septiembre de 2016

94. Segundos que caen

El cuentagotas marca cada segundo de su permanencia entre esas cuatro paredes. No le ha contado a nadie que es capaz de escuchar la caída de cada una de las gotas del veneno que la deja hecha añicos. A veces piensa que en ese encierro está sola, que nadie sabe lo que llega a sentir, a soportar. Pero suele apartar esas ideas de su presente porque algo en su interior le dice que no es cierto, que no está sola, que más de uno se cambiaría por ella sin dudarlo. Ella sospecha que esos pequeños respiros que a veces tiene se dan porque alguien, en algún lugar, logra hacer esa metamorfosis y cargar, aunque sólo sea por un momento, con aquel peso, sobre todo cuando éste se vuelve abrumador. Y sus sospechas no carecen de fundamento pues más de una persona, desde su imaginación y sus sueños, ha logrado conectar con el éter llevándole una buena porción de fortaleza cada vez que van a visitarla desde dentro. Saben que su vida está comprometida con todas las vidas que la rodean. Por eso no van a dejar de estar allí, a su lado. 
Al ver el cuentagotas desde su cama, sabe que ese líquido también lleva el amor de toda esa tropa de guerreros que viaja atravesando el espacio y el tiempo para estar con ella... No le ha contado a nadie que es capaz de ver sus rostros como si estuvieran esculpidos y encapsulados dentro de cada una de las gotas del veneno. Esa tropa que no la deja, ni la dejará nunca. Son su antídoto. Le divierte sorprenderles con su sonrisa. ¿Cómo no va a sonreír si sabe lo que cada uno es capaz hacer?
Sus pestañas le pesan mientras ve las gotas caer. 
Así, entre sueños, escucha que la puerta del armario se abre. 
Unos elfos la ayudan a incorporarse mientras que unas hadas cubren a su madre que duerme a su lado. Los conoce de sobra porque siempre van a buscarla para llevarla a una de sus fiestas...

viernes, 2 de septiembre de 2016

93. Secreto

Las mudanzas eran un suplicio para ella. 

Si decía que en su vida se había mudado un millón de veces no exageraba, todo lo contrario, se quedaba corta. 

Pero aquella iba a ser la mudanza definitiva: era la primera casa que compró, el fruto de su trabajo.  

Por eso quería que fuera la última mudanza. Bueno, por eso y porque tardó casi dos años en encontrarla. 

Era una casa de indianos con un amplio jardín. Estaba en una montaña, tenía un bosque detrás y al frente, desde esa altura, se podía ver el mar. 

Su plan era renovarla poco a poco y convertirla en un hospedaje, una casa rural. 

Mientras adecentaba cada rincón, ella y su perro se instalaron en una habitación que estaba al lado de la cocina. Juntos recorrían la casa y mientras él dormía, ella revisaba cada una de las cosas que adquirió con el inmueble.

Una tarde fueron al desván. Tenía muchas ganas de fisgar en profundidad todo lo que vio arriba, en el momento en que le enseñaron la casa, justo antes de firmar los papeles. Desde entonces no tuvo un momento para subir, por lo que decidió dedicar ese día al altillo abuhardillado.

Entre todas las cajas, maletas viejas y otros objetos antiguos, lo que más la cautivó fue el armario. 

Tuvo que abrir un camino para llegar hasta él y una vez que lo consiguió se quedó maravillada. 

El mueble estaba lleno de disfraces de carnavales. Con ellos tendría entretenimiento para sus próximos veinte años. Estaba imaginando todo lo que podría hacer con ellos cuando encontró unas alas de hada que eran de su talla. No se lo pensó dos veces y se las probó. 

Akita, su perro, empezó a ladrar enloquecido cuando la vio empequeñecerse hasta volverse diminuta. 

Las alas soltaron un polvo dorado que hizo estornudar al can y no vio cuando su ama -o el hada- desapareció. No tuvo que esperarla demasiado: en cuanto terminó de estornudar, su ama estaba a su lado y tenía las alas del disfraz en la mano. 

Y aquí va su secreto: esa fue la primera vez que se las puso...

jueves, 1 de septiembre de 2016

92. Aire


«Escoge un objeto de tu infancia.» Le dijo la hechicera mirándola fijamente a los ojos. 

Observó que la muchacha, tal como le dijeron los padres, no parpadeó. 

Llevaba días sin cerrar los ojos, ni siquiera lo hacía para dormir. Sabían que entraba en un sueño profundo porque dejaba de hablar o de reír. Al principio se comunicaba con coherencia: describía lo que le ponían delante o se dirigía a quien le estuviera hablando. Pero hacia el segundo día empezó a hablar como si estuviera en otro lugar. En ocasiones contestaba con cierta lógica a lo que se le preguntaba, pero esto se parecía más a cuando se interroga a cualquier persona que habla entre sueños. Eso sí, mantenía los ojos bien abiertos, sin siquiera parpadear. 

La familia siguió el consejo de los médicos de mantener sus ojos hidratados con gotas y paños oscuros y húmedos... Pero ellos no supieron darles una explicación, ni una solución, a pesar de todos los análisis y las pruebas que no dejaban de hacerle.

Sus amigas les contaron que se quedaron de cháchara después de clases cuando, de pronto se quedó así, con la mirada clavada en un punto fijo. Al principio pensaron que se trataba de una broma; por eso intentaron darle sustos aplaudiendo delante de su rostro. Pero de las risas iniciales pasaron a la preocupación y la acompañaron a casa. 

Sus padres, hartos, decidieron llevársela al pueblo. Allí vivía una tía abuela que tenía fama de saber comunicarse con la naturaleza y con los espíritus.

«Aquel objeto está en tu mente y te está llevando a un recuerdo. Era algo que te gustaba mucho porque te hacía sentir grande, fuerte, poderosa.» La hechicera cogió una atado de hierbas que metió en un líquido que sacó de un armario y que olía a aguardiente. 

Usando el atado, esparció el líquido por encima de la cabeza de la muchacha, por sus hombros, sus brazos y el resto de su cuerpo. 

Cuando acabó, cogió las dos velas que encendió al empezar. Las sopló una a una, justo delante de sus ojos. El humo acarició sus córneas y ella, por fin, cerró los párpados y durmió durante un día entero.