Tenía todo pensado: usaría su paga del mes para invertirla en su negocio. Lo demás lo cogería de casa y lo devolvería con sus primeras ganancias. Tomó el dinero y fue a la tienda de barrio de la esquina antes de que cerraran. Compró todo el chocolate para derretir que tenían, unas cinco barras, y un kilo de azúcar. A la vuelta, armó la mesa de ping-pong en el garaje -era el único lugar de la casa donde cabía-, la limpió, le puso un mantel de esos que su madre no usaba y dispuso todas las bandejas que encontró. Esa sería su cadena de montaje, a la que volvería con la masa lista para colocar las porciones de las galletas con chispas de chocolate. Luego, cuando estuvieran listas, usaría la misma mesa de montaje para empaquetarlas, aunque todavía no tenía muy clara la presentación. Tendría que hacer etiquetas e inventarse un logo en el que se leyera claramente: 'Chocolatería fina'. Sí, ese sería el nombre de su compañía. En su mente podía ver el letrero de su primera tienda que abriría ahí mismo, en el garaje.
Ilusionada se metió a la cocina y sacó todo lo que se le ocurrió que necesitaría de la despensa, de la nevera y del armario. A saber: harina, levadura, recipientes, batidora, licuadora, cacerolas, sartenes, mantequilla y huevos, porque de esos había que tener a mano sí o sí...
Antes de poner sus manos a la obra, tomó 'prestado' el recetario enharinado de su madre, un libro verdoso que se parecía a un ladrillo hecho de engrudo. Lo abrió en la receta de las galletas y dio inicio a la danza de ingredientes... Pero, cuando llegó a la parte donde ponía 'levadura', una mancha de harina, de esas que no faltaban en todo el libro, tapaba la cantidad. Como había usado toda la harina, que era algo así como dos kilos además de una bolsa que su madre tenía empezada y que no se le ocurrió pesar, hizo unos cálculos rápidos y, basándose en lo que ponía en la caja de la levadura, echó todo su contenido. Según amasaba iba agregando más agua, hasta que obtuvo una consistencia que le pareció que era la correcta. Tapó los dos recipientes con unos trapos de cocina, para que reposara la masa y fue al garaje a untar de mantequilla las bandejas. De momento, el sistema que había ideado estaba yendo bien. En cuanto terminara con las bandejas, recogería y limpiaría la cocina. Después encendería el horno, pero se aseguraría de que la primera tanda de galletas estuviera en la bandeja, listas para entrar en él. Se paró en seco: 'le faltaba hacer la mezcla para hacer las chispas de chocolate'. No le importó. Era un poco tarde... Aunque su madre estaba con sus hermanas en una fiesta de cumpleaños de alguna compañera de escuela, a la que no estaba obligada de asistir. Y su padre estaba de viaje. Así es que tendría tiempo suficiente para acabar con su tarea y hacerse algo de cenar. Ellas no volverían con ganas de comer nada, eso era seguro.
Pensó en todo esto mientras untaba de mantequilla las bandejas y en cuanto terminó, volvió a la cocina. Entonces empezó su pesadilla: una masa mutante había succionado los trapos que cubrían los recipientes y se estaba desbordando por la mesa. Recogió toda la masa que pudo en platos, tazas, sartenes y cacerolas, pero aquello no paraba de crecer. La masa empezó a caer al suelo y avanzó hacia las puertas metiéndose en el comedor y en el garaje. Quiso correr, cerrar las puertas, pero sus piernas estaban atenazadas por la masa que a esas alturas le llegaba a la rodilla. Quiso gritar, pedir ayuda, pero entonces todo el barrio iba a saber que había metido la pata con la receta y sus amigos del parque le tomarían el pelo durante el resto de su vida. Quiso moverse, pero la masa le llegaba a las axilas. Entonces recordó lo que debía hacerse si se caía en arenas movedizas y se preparó para echarse hacia atrás, al menos eso le había funcionado al de la película. Apretó los ojos y se hundió en un abrazo cálido que olía a la loción de afeitar de su padre.
Sorprendida, abrió los ojos. Estaba recostada en el sofá y su padre se estaba sentando en su silla del salón. Acababa de quitarle el mando de debajo de la pierna, que era donde solía dejarlo para no perderlo cuando veía la tele. Supo que se lo había quitado porque estaba poniendo el fútbol. Aliviada, miró a su alrededor. Su padre no se había ido de viaje, pero su madre sí que estaba con sus hermanas en un cumpleaños.
—Papi, me acaba de entrar un antojo. Voy a hacer unas galletas con chispas de chocolate. ¿Quieres que haga para ti también?