domingo, 21 de mayo de 2017

354. Y si…

La bardo, una duendecilla lista e inquieta, estaba comiendo con desgano. Lentejas. Las había sacado del recuerdo de la cocina de mama Sole que estaba en alguna página del pasado. Tenía una mano en puño que hundió en la mejilla y en el pómulo. El codo de ese brazo lo enterró en la mesa para sostener el peso de su cabeza, de sus agotadores pensamientos. La otra mano, ajena a todo, revolvía el contenido del cuenco con la cuchara de palo y, de vez en cuando, recogía una porción y la llevaba a la boca. Lentejas frías. Estaba a punto de darle vueltas, tanto en su cabeza como en el cuenco, a una única idea cuando la Mediocridad tocó su puerta. La reconoció por su manera insistente de llamar: primero eran toques seguidos de golpes que pronto se convertían en empujones, como si se estrellara contra la madera para derribarla. Al principio quiso ignorarla pero en cuanto vio que la manija estaba a punto de ceder, se apresuró a empujar el armario que estaba al lado. Apoyó la espalda contra el mueble y durante siglos se quedó encerrada en su choza, con una lenteja fosilizada en una de sus comisuras y sus pensamientos taladrando su cabeza. 
«¿Y si en lugar de encerrarme le hubiese hecho frente a la Mediocridad?», pero por alguna razón nunca encontró el modo de responder a esa pregunta…  

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