La bardo, una duendecilla
lista e inquieta, estaba comiendo con desgano. Lentejas. Las había sacado del
recuerdo de la cocina de mama Sole que estaba en alguna página del pasado. Tenía
una mano en puño que hundió en la mejilla y en el pómulo. El codo de ese brazo
lo enterró en la mesa para sostener el peso de su cabeza, de sus agotadores pensamientos.
La otra mano, ajena a todo, revolvía el contenido del cuenco con la cuchara de
palo y, de vez en cuando, recogía una porción y la llevaba a la boca. Lentejas
frías. Estaba a punto de darle vueltas, tanto en su cabeza como en el cuenco, a
una única idea cuando la Mediocridad tocó su puerta. La reconoció por su manera
insistente de llamar: primero eran toques seguidos de golpes que pronto se
convertían en empujones, como si se estrellara contra la madera para
derribarla. Al principio quiso ignorarla pero en cuanto vio que la manija
estaba a punto de ceder, se apresuró a empujar el armario que estaba al lado.
Apoyó la espalda contra el mueble y durante siglos se quedó encerrada en su
choza, con una lenteja fosilizada en una de sus comisuras y sus pensamientos
taladrando su cabeza.
«¿Y si en lugar de encerrarme le hubiese hecho frente a la
Mediocridad?», pero por alguna razón nunca encontró el modo de responder a esa
pregunta…
Lindo!!
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