miércoles, 30 de noviembre de 2016

182. Cuento soñado

Al caer la noche, los sueños de latón salen del armario para elevarse por encima del tiempo y de las pesadillas. 

Recorren millas de campos sembrados de ideas geniales, falsas, verificables, retorcidas, minuciosas, exitosas, negociables, paranoicas, existenciales... 

«La cosecha será, por lo menos, interesante», dicen a coro y siguen con su viaje. 

Llegan a un terreno escabroso, el de los recuerdos sobre relaciones tóxicas. 

Lo único que brota de aquel lugar son sombras ácidas e insanas que se alargan cual tentáculos ciegos para atrapar lo que sea que esté por encima. 

Se alejan a prisa. 

En el horizonte aparece el amanecer. 

Los sueños de latón se detienen en medio del tiempo y su fragorosa caída despierta a quien los ha estado soñando.

martes, 29 de noviembre de 2016

181. Funambulista de sueños

El equilibrista sonámbulo era la atracción principal del Círculo de Bellas y Extrañas Artes Espaciales. 

Su entrenamiento era intensivo, diario y nocturno. 

El alambre que cruzaba su habitación estaba atado a la parte superior del armario y a lo alto de la barra de la estación de bomberos -porque vivía en una antigua estación, que remodeló y adecuó a sus necesidades de entrenamiento-.

Todas las mañanas volvía a repetir su más grande triunfo: 
despertar después de una noche entera paseando de un lado a otro, por encima de su cama-red elástica.

Cuando sus dos niñas y su niño bajaban por la barra para el desayuno, él ya estaba en pie, con la cocina recogida, las fiambreras listas y él preparado para acompañarlos a la escuela. 

Llevaba bastante bien lo de ser padre soltero, sobre todo porque lo de hacer equilibrios era su especialidad.

lunes, 28 de noviembre de 2016

180. El sendero cencerro

Los excursionistas, perdidos en el frío de la montaña, arrastraban un cencerro. 
Lo llevaban a modo de campanilla, para comunicarse con quienes suponían que vendrían a su rescate. 
Era lo único que rescataron del campamento. 

Lo abandonaron todo, incluyendo a sus abrigos. Caminaban uno pegado al otro para darse calor. 
Seguían asustados por la visión que tuvieron sobre esa especie de armario que se abrió ante ellos y que quiso absorberles. 

Llegaron a la mitad del bosque y no pudieron más. 
Sólo uno consiguió escapar, pedir ayuda... Pero fue demasiado tarde. 

Los cuerpos formaban una única escultura de personas mirando tranquilamente hacia el cielo. Estaba esculpida en una pidra verdosa y cubierta por una capa de hielo que, curiosamente, conservaba sus facciones al detalle. El único superviviente pudo reconocer a cada uno de sus compañeros.

En aquella montaña, muchos años después de aquel suceso, los excursionistas siguen escuchando los pasos de aquella cuadrilla. Saben que son ellos por el sonido del cencerro. Pero cuando lo oyen, son conscientes de que deben ponerse a cubierto, esconderse en los árboles, a los lados del sendero. 

Entonces, petrificados, escuchan los ecos de la leyenda: el vibrante sonido de una luz verdosa que desde las alturas rastrea el terreno en busca de nuevos especímenes para experimentación. 

Ahora puedes creer lo que quieras, esta sólo es una advertencia.

domingo, 27 de noviembre de 2016

179. Locurita

Una especie de nube negra cubrió la vieja casona justo en el momento de su nacimiento. 
A partir de esa noche, el destino de su familia quedaría marcado por un terrible sino: el razonamiento enrevesado que desarrolló.

Todos los negocios, inversiones, trabajos, amistades, viajes, absolutamente todo cuanto era de interés para ellos, lo enredaba hasta tal punto que terminaban perdiéndolo. 
Y en ocasiones sólo bastaba una palabra, un gesto o un tono suyos para que se torcieran los planes.

Si la expresión 'tener la cabeza amueblada' significa algo así como estar en posesión de, por lo menos, un aceptable sentido común, podría decirse que él -o ella- tenía el armario revuelto, mejor dicho, tenía todos los muebles patas arriba.

Pero a su familia no le importó demasiado aquel sino. 

Le amaban tanto que decidieron enloquecer. 

Esa fue la única decisión que pudieron llevar a buen término. 

Era una familia singular... 

sábado, 26 de noviembre de 2016

178. 'Upa'

Desde que era jovencito, los de su pueblo empezaron a decirle 'Upa' que para ellos significaba sordo. 

Siempre pensaron que nunca se enteraba de nada porque la mayor parte del tiempo permanecía absorto, mirando al infinito. 
Pero en realidad él era una persona callada que continuamente estaba aprendiendo en silencio.

Su casita era de madera, la construyó él mismo en un terreno pequeño. 
No era carpintero, pero aprendió por su cuenta. 
Si alguien le hubiera hecho una visita, habría descubierto que dentro, sólo tenía una mesa y una silla, nada más.
Pero nadie le visitaba. Y él no esperaba visitas. 
Unas gruesas paredes, una mesa y una silla eran suficientes.

Un día, unos chicos del pueblo entraron a su casa, porque se les ocurrió que sería una travesura digna de recordar. 
A partir de esa ocasión su apodo creció porque empezaron a decirle 'Upa el tonto'. 
Como podrás imaginar, se corrió la voz de que él vivía sólo con una mesa y una silla. 

Todos pensaban que dormía en el suelo o en la hamaca que tenía en la huerta.

Los muchachos no se dieron cuenta de que las paredes eran más gruesas de lo normal. Tampoco que la mesa y la silla estaban adheridas a una trampilla. 

Y es que nuestro amigo construyó un gran armario dentro de las paredes. 
El resto de su casa era tal que así: la cocina, el baño, la sauna, la habitación, el laboratorio, el salón de juegos, el taller, la biblioteca y el salón de informática estaban escaleras abajo. Él sólo tenía que levantar la mesa y la silla para bajar. 

A nuestro amigo no le interesaba que todo el mundo supiera sobre sus habilidades. 
¿Para qué? 

No eran más que sordos que no escuchaban más allá de las limitaciones que ellos mismos se imponían.  

viernes, 25 de noviembre de 2016

177. Tres momentos

El primero ocurrió en alguna hora muy temprana, puede que a las ocho y media. 
Las prisas propias de esa hora le impidieron escuchar los suaves golpes que provenían de algún lugar de la habitación. 
Lo último que hizo antes de marchar de casa rumbo al trabajo fue llenar -con pienso y agua- los dos cuencos del gato.

El segundo sucedió justo antes de la hora y media que tiene para comer. 
Suele quedar con un par de compañeras en el bar que está cruzando la calle. 
Pero en aquella ocasión decidió volver a casa, porque tuvo una sensación repentina: sentía que se había olvidado de algo.

El tercer momento le llegó por la noche como un flash.  
Ya estaba en pijama, metida en la cama, leyendo un libro. El gordinflas de su gato estaba echado en su regazo. Ronroneaba intensamente después de su felino día de meditación. 

Ella estaba pensando en ponerlo a dieta porque cuando volvió al mediodía, lo encontró panza arriba en el sofá. Y cuando ella entró en la cocina, el gato se sentó llorando junto a su cuenco vacío, como pidiéndole más. 
Tenía todo esto en mente cuando unos suaves golpes la despertaron de su ensimismamiento. 
El sonido provenía del armario. Lo abrió. Entonces ocurrió...
Un destello de luz y un fuerte viento hizo que retrocediera hasta que cayó encima de su cama. 
Entonces el gato se metió entre sus piernas, se volvió enorme, gigantesco y entró de un salto al mundo que se abrió dentro del armario. 
Ella, sentada en el cuello del felino y aferrada a su pelaje, se olvidó de todo y disfrutó del aire fresco que golpeaba su rostro. 
Y en aquel lugar multicolor, durante el tiempo que durara aquel inesperado viaje, ella fue feliz...

jueves, 24 de noviembre de 2016

176. Vicky, la niña mala.

Vicky era una niña mala, muy mala.

Era tan mala que su personaje favorito de 'Caperucita roja' era la malvada madrastra. Cada vez que llegaba la parte en la que la vil bruja perdía la partida, empezaba a berrear, a protestar, a patalear y a chillar hasta que conseguía que sus padres cambiaran el final. Entonces reía imaginando a Caperucita sometida a mil vejaciones; sobra decir que ninguno de los finales inventados podía repetirse, o las protestas se multiplicaban por mil millones. Con el resto de los cuentos ocurría más de lo mismo.

Cuando Vicky empezó a ir a la escuela, aprendió muy pronto a ser muy buena con la maestra. Pero, cuando ella se daba la vuelta, se dedicaba a martirizar a todos sus compañeros. Los tenía sometidos.

El profesorado en general la tenía como una líder nata. 

No tenían ni idea que se dedicaba a imponer sus antojos a todos y a cada uno de los chicos de su clase. 

Los más listos –o más tontos, según se mire– formaban parte de su séquito y ella se sentía como la reina –mala– del cuento. Pero ni ellos la querían; sólo la seguían por puro instinto de conservación.

Y esto ocurrió así hasta que una buena mañana llegó una niña nueva. 

Para darle la bienvenida, Vicky, la voluntariosa, mandó a su séquito a que la metieran en un armario. Pero la niña nueva tenía algo tan especial, que ninguno se atrevió a tocarla. Estaban embobados con ella y eso que no había dicho una sola palabra.

Vicky se enfadó tanto que al terminar las clases, siguió a la niña. Cuánto más prisa se daba en ir tras ella, la pequeña se alejaba más. Y así pasaron por el camino de la escuela a las casas, y de ahí a la ruta que llevaba al río, y de ahí al bosque. Cayó la noche y a ninguna de las dos se las volvió a ver.

Una generación después, Waldo, un niño muy malo que tenía por costumbre hacer lo mismo que hacía Vicky (sólo que para entonces ya nadie la recordaba), estaba en la cumbre de su tiranía. 

Pero entonces llegó una niña nueva a la que quiso dejarle claro quién mandaba. La persiguió hasta el bosque y… ¿Adivinas qué pasó?

Si conoces a alguien, niño o adulto, que se dedique a hacerle la vida imposible a los demás, cuéntale esta historia pero omite el final. 


Por cierto... 

Si te estás preguntando por el cuento favorito de Vichy, sus padres, deliberadamente, cambiaron los personajes de sitio, de un cuento a otro, forzándose así a modificar los finales -que la niña a su vez les obligaba girar hacia la oscuridad-. 

Esto lo hicieron así por lo que vivieron cuando fueron niños. 

Por aquel entonces también desapareció un niño muy malo. Sólo recordaban que su nombre empezaba por U. 

Lo que recordaban perfectamente era una leyenda que corrió como la pólvora entre todos los niños de la escuela. Se trataba de una niña del bosque que acudía en auxilio de los padres desesperados y entristecidos por haber tenido a un hijo malo. La única manera en que ellos podían invocarla era haciendo la prueba de intecambiar las historias de los cuentos...

miércoles, 23 de noviembre de 2016

175. Hogar dulce hogar

Los recién casados iban a estrenar vida nueva en un no tan nuevo lugar. Uno de ellos -no diremos cuál para preservar el anonimato de la pareja- había heredado la casita de la colina. La remodelaron con los ahorros de ambos y quedó lista justo a tiempo. Pasaron sus cosas una semana antes de la boda y decidieron esperar para entrar a vivir en ella después de la luna de miel.

A la vuelta del viaje les esperaba la rutina y los nuevos hábitos que les inspiraba su nuevo hogar. Toda esa actividad los mantuvo ocupados durante unos días. Casi no tuvieron ningún problema para organizarse con las tareas de la casa, sobre todo porque estaban fuera la mayor parte del tiempo.

Una de esas noches, la esposa, la llamaremos Adela, llegó pronto a casa. Había recibido un paquete en su oficina y estaba ansiosa por verlo. Quería esperar a su esposo, lo llamaremos Bernardo, para abrirlo, pero pudo más su curiosidad. Sabía de sobra lo que era, pero le hacía mucha ilusión ver como había quedado su álbum de boda. El papel kraft que envolvía la caja tenía un sello de cera en el que ponía las iniciales de la empresa: "A.B.P." -este es un detalle que en realidad no aporta demasiado a nuestra historia, aunque trajo de cabeza a los investigadores hasta que cerraron el caso-. 

Cuando sacó el álbum, Adela se quedó maravillada. Era una virguería, una verdadera obra de arte. Iba a disfrutar el momento. Abrió una botella de vino blanco, se sirvió una copa y subió a la habitación. Su rincón de leer estaba junto al armario. Colocó la copa en la mesita, encendió la lámpara de ese espacio, se acomodó en el sofá con una manta y abrió el álbum sobre su regazo. Las fotos eran impresionantes y estaban tan bien... Ella misma no hubiese podido describir sus sensaciones con una palabra, salvo que se sentía feliz, muy feliz. 

Estaba tan entusiasmada que la primera vez que el frío pasó por su costado, sólo atinó a acurrucarse más en su manta, a beber un sorbo del vino y a seguir devorando las fotos, las escenas, la compañía de aquel inolvidable día. Pero no pudo ignorar la segunda vez que el frío pasó por su lado porque una voz acompañó aquella sensación: «Ya es tarde, demasiado tarde». El estremecimiento la obligó a cerrar el libro de golpe. No se puso en pie, no sólo porque se enredó en la manta, sino porque las piernas empezaron a temblarle. El libro, como si tuviera memoria, se abrió de golpe en las mismas páginas en las que se había quedado. Las figuras empezaron a bailar delante de ella, a moverse como si estuviera viendo un vídeo en lugar de unas fotos impresas en los mismos folios que componían aquel recuerdo. Y las personas que estaba viendo, su familia, sus amigos, ella y su esposo, empezaron a sangrar por los ojos. Los trajes, los vestidos, los manteles, los platos, todo empezó a llenarse de sangre. Era tanta la sangre que empezó a brotar a través de las páginas. Manchó sus manos, la manta, el sofá... Y ella no podía moverse, ni gritar. Escuchó la puerta de la calle. Tenía que ser él, Bernardo. Tenía que avisarle, decirle que no subiera o sí, que lo hiciera, que la sacara de allí. Pero él tenía la costumbre de llamarla en cuanto cerraba la puerta tras de sí y no lo había escuchado. Quizás también era tarde, demasiado tarde para él y el frío ya le habría dado el encuentro.

Los investigadores cerraron el caso sin encontrar a ningún culpable. No les fue posible acusar de asesinato a ninguno de sus sospechosos. La sangre de la habitación y la que había en la entrada era suficiente como para tener indicios de que habían asesinado a dos personas, pero no encontraron ningún cadáver. 

Y el etéreo ser sigue vagando por aquella casa. 
Es su hogar, su dulce hogar. 

martes, 22 de noviembre de 2016

174. ¡A comer!

La ratona estaba encima del armario revisando su discurso y ensayando para la disertación que tendría en su escuela. 
«Lo último que se pierde es la esperanza...» esa era la última frase, pero no estaba muy convencida de querer usarla. No sabía si era muy apropiada para el tema, que era la política internacional. 

—¡A comer! —Llamó su madre desde la cocina que estaba al otro lado de la casa. 

La ratona se alegró de poder alejarse un rato de sus deberes. Le vendría bien darse un respiro y comer algo. Bajó lo más rápido que pudo y cruzó la estancia corriendo.

¡¡¡Zaaaap!!! Una zarpa la sacó del camino y la llevó a dar un par de vueltas en el aire antes de empezar a caer. No quiso abrir los ojos. Pensó en que al menos ya no tendría que pensar en una nueva frase para su discurso. Cogió su último aliento y... ¡¡¡Plafff!!! ¡Cayó sentada sobre el lomo de su gato! Sí, sí, su gato. ¡Aquella fue una inesperada sorpresa! Estaba feliz porque el felino había vuelto. Llevaba toda la semana sin aparecer. En casa llegaron a pensar que no volvería; pero allí estaba, jugando con ella. 

—¡A comer! ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? —Volvió a gritar mamá, pero esta vez asomó por la puerta de la cocina. Al ver al minino le cambió la cara para mejor. Volvió a meterse en la cocina y llenó un cuenco con el pienso del peludo. Él podía ser muy brusco jugando, pero jamás les haría daño. 

Era un gato vegano y el pienso, pues también.

lunes, 21 de noviembre de 2016

173. Justicia poética

El hombrecillo cuadriculado tenía toda su vida encajada en un cajón rectangular de su muy particular armario de odio. 

Había logrado esconderse de su propia memoria y escapar de su verdadero ser, la raíz de su aversión.

Aquel hombrecillo va por ahí sembrando odios con su enloquecida risa y su insana moralidad religiosa. 

Pero llegará un día en que aquel hombrecillo será sepultado por las innumerables toneladas de la cosecha de aquello que sembró. 

Y el infierno que hoy crea para otros le será devuelto, multiplicado por todas esas vidas que condenó.

Si alguna vez te encuentras con un personaje como este, procura mantener la distancia. 
Su influencia podría robarte el alma.

domingo, 20 de noviembre de 2016

172. ¿Normalidad?

Su solitaria manera de ver el mundo le hacía parecer un zopenco delante de quienes se consideraban 'normales'. Esto le daba igual. No le importaba que se metieran con él, que le provocaran con mil y una frases humillantes o que en sus desesperados intentos por lastimarle, llegaran a agredirle de una forma u otra. Siempre se colocaba las gafas, se sacudía la chaqueta, volvía a ponerse en pie y les sonreía. Quienes se consideraban 'normales', creían que era una sonrisa tonta; no eran capaces de ver la ironía en aquel gesto. Cuestión de tiempo.

Una buena mañana sacó una mochila de su armario, la llenó con unas cuantas cosas que había preparado la noche anterior y fue en busca de quienes le molestaban. Se plantó delante, les sonrió por última vez, se dio media vuelta y se fue. En su marcha dejó caer un sobre que alguien recogió.

La noticia le explotó en toda la cara. La explosión alcanzó la cara de los demás. 

El muchacho, al que creían y trataban como si fuera un tonto, acababa de ser admitido en una de las facultades más difíciles. 

Se convertiría en científico. 

Y a toda esa gente que se reía de él, les esperaba futuros patéticos, demasiado 'normales'.

sábado, 19 de noviembre de 2016

171. Amor felino

Érase una gata un tanto voladora. 


Se subía al armario y desde ahí saltaba a la cama para asustar a presentes y ausentes.

Y esa gata maullaba una tonadilla que decía algo así:
'Yo me acoro
de tantos te quieros
y tus muchos te adoro'


Una noche la gata voló y se instaló a vivir en las estrellas.

Y quienes la siguen queriendo y adorando tienen su ausencia tan presente que todavía cantan:
'Yo me acoro
por echarte de menos
nuestro dulce tesoro'


Érase una gata un tanto voladora que se instaló a vivir para siempre entre dos corazones...

viernes, 18 de noviembre de 2016

170. Ángel negro

En la residencia era una persona muy querida. 

Los abuelos, pero sobre todo las abuelas, la consideraban como una profesional muy dedicada. Siempre tenía una sonrisa, un buen gesto y buenas palabras. Las veces en las que se mostraba mucho más preocupada era cuando alguno de los residentes fallecía; entonces derrochaba ternura con quienes le habían sido más cercanos. En general se la veía muy paciente, sobre todo con quienes tenían un carácter, digamos, un poco más difícil. 

La única persona que lograba hacer que torciera el gesto era una mujer que sólo era desagradable con ella, pues con el resto de las enfermeras no tenía esa actitud. 

Y es que esta señora, que era una aficionada a las novelas de misterio, tenía algunas sospechas sobre la enfermera en cuestión. Las muertes de sus compañeros las tenía como atravesadas con una espina que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Aunque todos tenían sus respectivos achaques, estaban siendo controlados, recibían una excelente atención y tenían una muy buena calidad de vida. Además, 'coincidentemente', todos murieron durante la noche, las veces que a esta enfermera le tocaba estar de guardia. Y esto sin contar con que la primera impresión que tuvo esta señora cuando conoció a la enfermera fue que no debía fiarse de ella. Había algo en su amabilidad que le resultaba falso. No, no le gustaba.

La noche en la que todo acabó, la abuela se había retirado a dormir mucho antes de lo habitual. Algo no le había sentado bien durante la cena. Se disculpó con sus compañeros de mesa y fue a su habitación. Aunque se había preparado mentalmente por si ocurría, no pudo evitar que el terror recorriera su cuerpo cuando sintió que alguien le cubría la cara con una almohada, dejándola sin respiración. El estallido del disparo terminó por sacudirla. Se sentó sin esfuerzo y en su primera bocanada de aire, también respiró el olor a pólvora. El golpe seco del cuerpo sobre el suelo la hizo reaccionar. Gritó y gritó hasta que unas enfermeras entraron y encendieron la luz. 

Entonces vieron a la enfermera inmóvil, tendida sobre un charco de sangre. 

La abuela, en cuanto empezó a sentirse mal, le dio por pensar que en la comida le pusieron alguna sustancia extraña. Por eso salió del comedor, para ir directamente al baño de su habitación. Allí vomitó todo dentro de un frasco de vidrio, el más grande que pudo conseguir. Sacó esa idea de una de sus novelas negras. Una vez hecho esto y sintiéndose mejor, lo tuvo claro. Buscó el arma que su difunto marido le regaló y nadie sabía que tenía guardada en su armario.  Ya sólo tenía que esperar despierta, muy despierta. Y esperó. 

Los investigadores no dudaron de su palabra, ni de las pruebas que fueron apareciendo durante la investigación acerca de aquella enfermera a la que apodaron 'el ángel negro'. 

La historia de la vida de esta asesina de ancianos da para toda una novela. Y es la abuela quien la está escribiendo...

jueves, 17 de noviembre de 2016

169. A despertar...

Esa mañana la maestra no tenía ganas de despertar. 

Abrió un ojo y miró la hora en su móvil: las seis menos cuarto. Quería dormir un poco más e iba a hacerlo, pero una enanita salió gruñendo de debajo de la cama y se metió dentro del armario. La visión alejó a su pereza de sí misma, se puso en pie y fue detrás de la pequeña renegona. Intentó abrir las puertas del mueble, pero algo, desde dentro, se lo impidió.

—¡Déjame tranquila! ¡Vuelve a dormir si quieres! —Protestó la vocecilla que sonaba a pito.

—¿Quién eres? —Preguntó la maestra intentando mantener la tranquilidad.

—Si te hubieses levantado cuando sonó el despertador estaría contenta. Tenía muchas ganas de ir a la escuela contigo. ¡Pero te conozco! ¡Ahora te vas a quedar dormida y no iremos, no! —Ese “no” sonó al “jum” de un puchero que está a punto de estallar en llanto. 

—Pero ya estoy despierta y puedes ir conmigo a la escuela. Seguramente que mis peques van a estar muy felices por conocerte. Les gustará enseñarte sus libros y podrás jugar con todos, si es que te gusta jugar, claro. Pero tendrás que decirme tu nombre para poder presentarte...

—Si te digo mi nombre, ¿me prometes que vas a despertar y a llevarme contigo a clase? 

—Te lo prometo.

—Está bien. Soy Voluntad. Tu Voluntad...

La maestra se dio cuenta de que acababa de prometer que iba a despertar. 

Entonces miró su cama y se vio a sí misma que seguía durmiendo.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

168. Olvido

La ranita atolondrada saltaba de armario en armario. 
En la mueblería tenían todo tipo de armarios: para la concentración fugaz, para las emociones fuertes, para las percepciones extra sensoriales, para la memoria eidética, para el conocimiento intuitivo... 
El abuelo búho, con sus gafas a medio pico, la observaba atentamente mientras leía su periódico y hacía anotaciones en él. 
—Abuelo, ¿por qué existe un armario para el olvido? A mí no me gusta olvidarme de las cosas. —Preguntó la pequeña ranita haciendo una pausa a sus saltos para atender un poco mejor a la respuesta del abuelo búho.   
—¿Tú sueñas? —Preguntó el búho ajustándose las gafas al pico.
—Claro, como todos.
—Te gustará saber que cuando sueñas visitas otras vidas que tienes en otros mundos y que están ocurriendo, que ya ocurrieron y que ocurrirán, todo esto a la vez. Ahora bien, si fueras capaz de recordar todas y cada una de esas vidas, te volverías un poco más loca de lo que ya estás. ¿Comprendes?
La ranita miró al abuelo con expresión de asombro y luego de pensar un poco siguió:
—Es decir que si olvido hacer mis deberes, no es que lo olvidara yo, sino que... ¿Es mi otro yo que vive en otro mundo que me ha soñado y por eso ha tenido que olvidar que debía hacer mis deberes?
—Creo que tú comprendes lo que te conviene comprender... 
El abuelo búho dejó el periódico en su mesa y sobre él, sus gafas y el bolígrafo. 
En una esquina del periódico acababa de dibujar a una niña con boina y mandil que estaba sentada en un pupitre, completamente atenta a lo que decía su maestra con gafas a media nariz. En los ojos de la niña dibujó el reflejo de la ranita saltarina.

martes, 15 de noviembre de 2016

167. Seguir remando

Madre e hija surcaban un sueño. 
Navegaban sentadas dentro de un armario sin puertas que tenía remos de abedul. 

En la lejana orilla, unas criaturas monstruosas se contorneaban de tal manera que ellas, lejos de asustarse por su presncia, se echaron a reir. Las criaturas siguieron bailando -porque eso era lo que estaban haciendo- mientras les decían 'adiós' con sus garras.

Apareció un águila que llevaba en su espalada a tres gatitos: uno gris, uno blanco y uno negro. Se sobresaltaron al pensar que los pequeños caerían, pero el águila los llevó hasta donde estaban ellas y saltaron a sus regazos. De inmediato sacaron un cajón del armario y los pusieron dentro. Los tres se enroscaron y se quedaron dormidos. Ellas, más tranquilas, volvieron a remar, cada una con un remo, de un lado y del otro, y en la misma dirección. 

La madre miró hacia atrás. 
Un detalle en la estela de espuma que estaban dejando a su paso le hizo sospechar que... ¡No! Aquello en lo que estaba pensando era casi imposible. Dejó de darle vueltas a esto cuando llegaron al punto en el que el sueño desembocaba en un océano de calma. Dejaron los remos a un lado y sacaron los pies fuera del armario. 

Disfrutaron con la espuma haciéndoles cosquillas en las plantas de los pies, mientras contemplaban la puesta del sol. En aquel horizonte el futuro se pintaba brillante, sólo tenían que seguir remando. No era muy difícil, incluso podría ser que les resultara divertido. 

La madre, con los pies todavía metidos en el sueño, confirmó sus sospechas: habían logrado llegar hasta ese punto remando a contracorriente. 
La hija, como adivinando sus pensamientos, le sonrió. 
Y siguieron remando...

lunes, 14 de noviembre de 2016

166. Museo de inventos raros

Se trataba de un armario buchizapa porque en lugar de que las puertas fueran rectas, éstas tenían una curva hacia fuera, como si se tratara de una gran barriga. 

El ebanista que lo creó era un bromista y con el mueble quería tomarle el pelo a su mujer, pero tardó demasiado en construirlo. 

Empezó cuando ella estaba en su primer embarazo y lo terminó un mes antes de que saliera de cuentas de su tercer embarazo. 

Durante ese último, el hombre se agobió muchísimo. No dejaba de pensar en que si no terminaba su proyecto de mueble, se iban a llenar de hijos. 

Pero el mueble no se quedó con la familia porque alguien lo vio en el taller y le ofreció una indecente cantidad de dinero. 

Gracias a esa venta, pudieron mudarse de pueblo, de provincia, de país.  

Muchos años después, durante uno de sus viajes, en una visita a un museo, encontaron al armario buchizapa. 

Estaba expuesto junto a un armario idéntico salvo por su tamaño. Era un poco más pequeño y parecía ser su hijo.

La leyenda del expositor rezaba lo siguiente: 

«Cada siete años, el armario más grande se abre y expulsa siete armarios idénticos, salvo por su tamaño. El armario que acompaña al de mayor tamaño es el último de la última expulsión que ocurrió hace seis años, once meses, y veintiocho días. 
ATENCIÓN: Se pide mantener la distancia de seguridad. En cualquier momento ambos armarios expulsarán otros siete cada uno. 
Si usted tiene la fortuna de presenciar este raro acontecimiento, podrá adquirir uno de estos catorce muebles participando en nuestra subasta anual de inventos raros. 
El precio base para la puja de estas piezas de coleccionista está marcado por el mismo precio que en su día pagó el propietario del armario matriz. Solicite más información a cualquiera de nuestros guías.»

domingo, 13 de noviembre de 2016

165. Saludable afecto

La triste Tristeza tocaba su puerta y parecía estar ansiosa por entrar. 

La Ternura, que siempre era acogedora, sintió el impulso de abrir inmediatamente, pero se detuvo. 

Buscó un papel, un boli, garabateó una pregunta, abrió la puerta y entregó a la Tristeza la nota junto con el bolígrafo. Cerró la puerta y esperó.

Al cabo de un rato -porque la Tristeza se tomó su tiempo lento-, la nota volvió de vuelta por debajo de la puerta. 

La Ternura leyó la nota, fue a su armario y sacó un abrigo rojo. 

De vuelta, abrió la puerta y mirando directamente a los ojos de la Tristeza, le dijo:

—Ten. Es lo único que tengo que es de tu talla.

La Tristeza hizo un gesto de decepción. Con esa misma actitud se puso el abrigo y se fue sin decir nada, ni gracias.

La Ternura se sintió un poco cruel, casi casi culpable...

El abrigo era del Coraje. 

En cuanto él se lo viera puesto a la Tristeza, la iba a meter tanta caña que la mantendría ocupada durante una buena temporada, quizás tanto que olvidaría lo triste que estaba. 

Pero, borró la culpa de su ceño porque en realidad, acababa de hacer exactamente lo que le pidió la Tristeza.

En la contestación a ese "¿qué puedo hacer por ti?", la Tristeza le escribió que tenía frío y que necesitaba un poco de atención.

Tal y como lo veía la Ternura, acababa de ayudarla a cubrir ambas carencias ¿o no?

sábado, 12 de noviembre de 2016

164. La segunda planta

Las hermanas gemelas del segundo piso eran hijas de un tipo que hizo fortuna en algún lugar de Centro América y de una mulata cuya belleza no fue lo único que hechizó al marido, pues era heredera de los secretos de alguna religión espiritista del Caribe.
 
Ambos vivieron rodeados de lujos y de derroche, pero eso cambió cuando él decidió volver a la madre patria. 

En un inicio ella creyó que podía tener el mismo estilo de vida que tuvo en su tierra, pero el dinero se fue diluyendo conforme pasaron los años y unas malas inversiones terminaron por arruinar la fortuna de la familia. De no haber sido por un único edificio que mantuvieron en propiedad, se habrían quedado sin tener un modo de subsistencia. Vendieron la mayoría de los pisos, se quedaron con un par para tener una renta y con uno más que fue a donde se mudaron.

Pero la madre, lejos de conformarse, introdujo a sus hijas en la parte oscura de su religión caribeña. Además, se dedicó a hacer la vida imposible a su esposo, quien murió enloquecido por el miedo. 

La mujer también empezó a meterse con sus inquilinos y vecinos que comenzaron a encontrar cosas extrañas en el edificio. En una ocasión apareció un bote con ojos de ternera en una cocina. Otra vez, dentro de un armario, encontraron patas de pollo colgadas en cada percha. Dentro del ascensor padecieron de un tufo insoportable que duró una semana entera, hasta que alguien encontró un trozo seco de excremento en la rejilla de la luz del techo. Cada cierto tiempo la correspondencia de cada familia aparecía abierta dentro de los buzones. Estos sólo son unos cuantos ejemplos de todas esas extrañezas que llegaron a sacar de quicio a toda la comunidad. 

Cuando por fin murió la madre, todos pensaron que aquellos hechos iban a dejar de ocurrir, pero se equivocaron. 

Fue cuestión de tiempo que las hijas maduraran sus artes oscuras y las pusieran en práctica. En ese momento se desató el verdadero horror en la calle Independencia. 

Las hermanas siguen viviendo en uno de los pisos de la segunda planta, pero no diremos cuál es el edificio.

viernes, 11 de noviembre de 2016

163. Una creepypasta

Al vampírico niño de los ojos huecos le gustaba vivir en los armarios de la gente. 

Paseaba por la ciudad durante las noches de luna llena hasta que encontraba una casa que le llamaba la atención para colarse. Una vez dentro, buscaba el armario más atiborrado de ropa, el más mullido, aquel que le permitiera esconderse muy bien. 

Permanecía oculto durante el tiempo que durara su sueño, que podía ser días, años o siglos. No tenía prisa por crecer. Eso sí, cuando despertaba solía estar muy hambriento...

Si alguna vez has sentido una presencia en tu habitación, es posible que él esté durmiendo dentro de tu armario. 

Quizá sea buena idea que aligeres el mueble deshaciéndote de esa ropa que ya no usas. Sólo por si acaso.

jueves, 10 de noviembre de 2016

162. Singazapa

'Singazapa' era un entrometido de tres pares de narices. 

Le decían así por su descarada desfachatez y no por su prominente nariz, que era lo que él creía pues, en su pueblo, ese era el significado de su apodo.

Él caminaba lentamente con ayuda de su bastón. Recorría las calles desde su casa hasta la casona del centro, un lugar abierto al público y que, en su interior, tenía un café, jardines, una biblioteca y un salón de juegos. En el camino iba haciendo pequeñas paradas, apoyándose en bancas, farolas, paredes, puertas, escalinatas, alguna silla en el café, algún armario del salón, alguna estantería de la biblioteca... Pero no era descanso lo que buscaba; eso sólo lo pensaban quienes no le conocían de verdad. 

Como hemos dicho, Singazapa era un entrometido, un sinvergüenza que iba buscando gente a la cual arrimarse, conversaciones que pudiera escuchar, lástima que pudiera recoger y algún que otro favor que su falsa cojera pudiera otorgarle.

Siempre procuraba conseguir “algo más”. Así, los chismes que recogía le servían para entretener a sus conocidos además de sacarles alguna invitación a lo que fuera, o como moneda de cambio con aquellos que pudieran estar interesados en la información.

Aquel era su modo de vida; mejor dicho su forma de sobrellevar su existencia, entre otras cosas, porque no se había tomado la molestia de mirar hacia su interior, de hablar consigo mismo, de procurarse el bien e irradiarlo hacia los demás.

Un buen día Singazapa desapareció del pueblo y nadie, lo que se dice nadie, le echó en falta. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

161. Un sistema perfecto

El dictador fue elegido en democracia. 

Ni siquiera quienes le dieron su confianza sospecharon lo que iba a hacer, no podían, estaban embelesados con su discurso. 

Tampoco se podía esperar demasiado de sus seguidores porque eran las personas más olvidadas y menos instruidas de todo el país. Siempre eran los que menos importaban, excepto en época de elecciones...

Lo que nadie sabía sobre el dictador, ni siquiera sus colaboradores más cercanos, era que el consorcio de empresas -tecnológicas, científicas, laboratorios, etc.- que le respaldaban le enviaban un obsequio cada cierto tiempo. 

Ninguno de sus colaboradores tenía modo de saber que un nuevo contenedor llegaba después de una última visita del médico de cabecera del dictador. 

Tampoco sabían el contenido de los contenedores. 

Cada uno llevaba una especie de armario de metacrilato en el que llegaba un clon del dictador que estaba listo para ser activado... 

Y ya llevaban unos cuantos.

martes, 8 de noviembre de 2016

160. Un amor chiquitito

El chirriclés estaba completamente enamorado de ella. 
Cada mañana, casi a la misma hora, él se subía al armario del cuarto de costura empezaba a cantar el "cucurrucucú". 
En cuanto cruzaba la puerta que daba al patio, ella escuchaba el saludo matutino del lorito y se unía a su canto. 
Entonces le nacía la sonrisa que tendría durante el resto del día, aunque su jornada se convirtiera en un no parar.
La complicidad entre ella y el pequeño plumífero duró lo que dura la eternidad: en ese patio todavía se puede escuchar sus melodías.

lunes, 7 de noviembre de 2016

159. Proyecciones

Año dos mil ciento quince. 

Reconoces tu armario en una exposición de arte contemporáneo. 

Una pintora de renombre -la más cotizada- ha incluido el mueble en uno de sus óleos. Lo muestra con las puertas abiertas, como parte del mobiliario de un retrato antiguo. Esa es su especialidad: envejecer sus creaciones no sólo con el uso de elementos 'de época', sino con el tratamiento que le da al lienzo. 

No conoces a la protagonista de aquella imagen pero eso te da igual. 

Tu atención se centra en observar con añoranza una prenda que asoma de su interior. Se trata de una chaqueta muy especial para ti porque cuando la usabas, experimentabas esa libertad que te hacía sentir tu vida latiendo a flor de piel. 

Entonces te preguntas por qué y cómo llegaste hasta allí. Aquello te estremece pero sabes que esa sensación corresponde a un recuerdo de tu corporeidad. 

Hemos dicho que estamos en el año dos mil ciento quince. ¿Recuerdas?

domingo, 6 de noviembre de 2016

158. Tarde

El alienígena caminaba por el centro de la ciudad. 
Empujaba un carrito de la compra en el que llevaba lo que iba recolectando: ropa usada, cartones, zapatos, libros, comida, todo cuanto la buena gente le quisiera dar. 
Colocaba cada cosa de tal manera que su nave espacial (un artefacto parecido a un trompo de hojalata, de esos que estaban de moda en los ochenta) siempre quedaba al centro y arriba del todo.

Una vez terminada su jornada de recolección, empujó el carrito de vuelta al muelle. Allí, debajo de un puente, sacó las cosas, las pasó por el convertor de tamaños (un aparato parecido a un escáner de mano para códigos de barra), y las miniaturas resultantes las fue dejando debajo de la luz transportadora que provenía de su nave. 

Más o menos cuando estaba a punto de terminar oyó una voz que provenía de su nave: "¡Apúrate que ya es tarde!" 
Entonces el alienígena abrió los ojos y vio el batín de su madre que se alejaba de la puerta de su habitación. 
Le tomó un momento recordar su nombre, darse cuenta de quien era. Bostezó perezoso. Sacó de su armario su equipo de entrenamiento y se arrastró con todo hacia el baño. 
Sólo le quedaban veinte minutos antes de que pasaran a buscarle para llevarle al entrenamiento...

sábado, 5 de noviembre de 2016

157. Tríptico

El armario tenía dos puertas. Al abrirlas aparecía un tríptico: dos imágenes angostas en las puertas y una más ancha y oscura en el fondo. 

Lo que mostraban era la historia de cualquier persona, de quien quisiera ver su vida reflejada en una pintura que alguien, un hombre muy loco o una mujer muy cuerda, hizo en un rato de cordura o de locura, respectivamente. 

Hay quienes veían una pista de patinaje, un pozo sin fondo, una especie de submarino con pinchos, un arpa lúgubre, la esperanza en el horizonte o un horizonte desesperanzador. 

Las figuras surgían como si fueran apariciones de otros mundos que cada cual debía interpretar según sus propias experiencias. 

Pero al final, lo que sea que cada cual veía era lo que cada cual quería ver.

No dejes de abrir ese armario, puede que esta noche antes de dormir. 
Lo encontrarás dentro, junto al botón de los sueños. 

Y no te preocupes, nunca es tarde para ver lo que tú quieras ver...

viernes, 4 de noviembre de 2016

156. ¿Contestas?

Su intención era dormir todo el fin de semana. 

Dormir, ver películas, picotear antojos, vuelta a dormir, a ver películas y a picotear antojos. 
Ese era su gran plan y nadie se iba a interponer entre ella, su sofá, el mando de la tele, su manta y la nevera. 
Nada iba a interponerse entre ella y las bolsas de dulces y salados que almacenó en el armario de la cocina durante toda la semana. 
Pero su plan perfecto se vino abajo poco antes de la medianoche del viernes.

Estaba a media luz, escogiendo una película de esas que dan miedo, cuando una sombra pasó por delante de la puerta del salón. Al principio pensó que había sido idea suya, pero una llamada a su móvil la estremeció: era de su número fijo y ella tenía el aparato delante. 
Recordó que existía otra toma de teléfono en su habitación. 
Se armó con su mando, por armarse con algo, cogió un cojín-escudo y se dedicó a encender las luces que a su paso le iban quedando a mano. 

Se suponía que estaba sola en casa, que su compañero de piso se había ido de fin de semana. 
Él no le jugaría una broma de ese tipo. 
Ambos pactaron no dejarle la llave a nadie que no fueran sus madres y esto era por tener una copia en caso de urgencia. Y ninguna de ellas se tomaría la molestia de salir un viernes por la noche, con ese frío, con el objetivo de volverla loca. 
Quien fuera que estuviera tomándole el pelo se iba a enterar. 

Antes de llegar a la puerta, una corriente fría le rozó el cuello. 
Pegó un respingo porque en ese momento el teléfono fijo y el móvil sonaron a la vez. Recibió un mensaje de un número oculto que decía 'cógelo que te estoy llamando'. Recordó la película que había pensado ver y empezó a temblar. Descolgó el teléfono y quitó el cable de la toma. Intentó bloquear el número oculto pero el móvil se apagó.

Ese fin de semana casi no durmió.
Además del miedo que tenía metido en los huesos, el teléfono fijo sonaba cada poco. 
Y ella no lo había vuelto a conectar. 

jueves, 3 de noviembre de 2016

155. ¿Una costilla?

«Illurro»

Así es como se hacía llamar el asesino en serie que traía de cabeza a más de una jefatura de policías. 

Fue casi una casualidad que los criminalistas se dieran cuenta de las marcas que dejaba a sus víctimas en las plantas de los pies. 

Eran líneas rectas, hechas con un cúter. Aunque no estaban del todo de acuerdo en que esas líneas formaban esa palabra, los cortes que hacía de una piel a otra eran idénticos. 

Antes de establecer esa relación y determinar que esa era su firma, encontraron dos detalles que relacionaba a los cadáveres entre sí: que todos aparecían dentro del armario de sus propias habitaciones y que a todos, fuesen hombres o mujeres, jóvenes o mayores, les faltaba una costilla flotante y el respectivo trozo de piel. 

Si los investigadores se hubieran tomado la molestia de descubrir el significado de su firma y la procedencia de esta palabra, habrían salvado más vidas de las que podían imaginar. 

Al asesino le gustaba viajar casi tanto como matar. Lo que él buscaba era deleitar su paladar con la variedad. 

Porque en el lugar del que procedía este asesino, un “illurro” es “aquel al que le gusta la carne”. Nadie podrá saber cuántas costillas humanas guarda la memoria de su paladar desde que salió de su selva natal.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

154. Muñequitas

La muñeca rota tenía ganas de bailar un foxtrot pero no tenía con quien hacerlo. 

Fue a buscar un compañero en la cesta de los balones pero se agobió porque todos empezaron a hacerle la pelota y no le dejaron plantear su propuesta. 

Lo intentó con el pato de goma del baño pero él estaba más interesado en mirar algo que estaba detrás de ella. Por más que intentó ponerse delante suyo, el muy cretino se las apañaba para esquivarla. Al final no le dijo nada. 

Se dirigió a la figurilla de cerámica que estaba en la repisa, pero el payaso de la sonrisa inquietante la miró de tal modo que se alejó de él. 

Algo descorazonada regresó a su armario pero lo hizo usando la otra puerta. 

En cuanto entró se encontró con otra muñeca rota con la que alguna vez compartió algún juego. 

Hablaron de los viejos tiempos, de las tacitas de té; de la música que la tía abuela les ponía durante las meriendas de a mentirijillas. Recordaron los peinados que la niña les hacía cuando dejó de ser una niña. Que desde entonces las mantenía arrinconadas, olvidadas y que las sacaba únicamente con propósitos experimentales. O para desfogarse con ellas en sus arranques histérico-adolescentes.
 
También hablaron de sus roturas, de su sentirse incompletas y de lo bien que se encontraban estando en esa mutua compañía. 

Una sacó agujas e hilos, la otra consiguió pegamento y pintura, y así, entre charla y charla, empezaron a recomponerse. 

Y suelen bailar juntas el foxtrot, el swing y el charlestón.

martes, 1 de noviembre de 2016

153. Incrúspida e Incríspida

Las hermanas siniestras suelen dar paseos nocturnos. 

Cuando menos las esperas, aparecen en cualquier camino del pueblo. Hacen esto sobre todo porque a esas horas se supone que deberías estar durmiendo. 

Si te encuentras con ellas procura no ser descortés pero tampoco las mires a la cara. 
No sé cómo explicarte... 

Cuando pases por su lado debes tratar de darles las buenas noches y hasta puedes sonreírles, pero, por lo que más quieras, no las mires a los ojos. 

Y contrólate porque son capaces de oler tu miedo casi con la misma facilidad con la que, si bebiste, olerán tu alcoholizado aliento.
 
En ese caso recuerda que deberás saludarlas con un gesto. 
Ni se te ocurra decir una palabra porque entonces te darán conversación y no querrás saber a dónde querrán llevarte con su labia...
 
Incrúspida e Incríspida son coleccionistas de almas perdidas que recogen durante sus paseos y guardan en un armario de su casa.

Así es que, si una mañana después de una juerga sientes que te encuentras sin energía, puede ser que te hayas cruzado con ellas y no lo recuerdes. 

Que te devuelvan tu alma dependerá de otro asunto que aquí no te contaré.