Nudo de Kipu
De la libreta de Ámbar
«El tren está llegando a la estación» Eso fue lo
último que escribí aquel día, antes de encontrarme con ella. Desde entonces
Kyaan y yo…
Por cierto, desde que tuve que interrumpir mi viaje de formación he
alterado el contenido de esta libreta. He pasado de escribir sobre lugares,
itinerarios, personas que conocía y experiencias en general, a convertir estos
folios en una especie de diario personal. Tengo que reconocer que me ha servido
para aclararme. Suele pasarme eso, quiero decir, escribir me ayuda a mirar las
cosas desde otra perspectiva.
A lo que iba. Desde que bajé de ese tren, mi
mundo con Kyaan ha cambiado. Y está bien, es un cambio que me
ilusiona. Pero sucede que por momentos siento que mi hermano y ella vuelven a
pasar de mí, igual que cuando éramos niños. Es cierto que estamos en un, vamos
a decirlo, momento extraño. Esto de tener que viajar en el tráiler, con ella,
con mi hermano, con Drago y con Leo, me está causando algún tipo de trastorno.
Probablemente habría sido peor si Pacha hubiese venido con nosotros, pero
felizmente prefirió quedarse con Abril. ¡No es la primera vez que estoy con ellos,
pero me encuentro extraña! Además, los cuatro son como una odiosa familia
feliz. Saben lo que va a decir el otro, lo que les gusta o deja de gustar. En
medio de ellos soy como un pegote. ¡Y no es la primera vez que convivo con los
cuatro! No sé, supongo que también es un poco de envidia por mi parte. Ellos se
formaron en equipo, en cambio mi formación como hacedora fue y sigue siendo distinta…
Y digo ‘envidia’ por el modo en que se complementan y porque, antes de que
llegara Kyaan, yo tenía algo así con Samir.
Recuerdo una tarde en la que los tres estábamos
en casa de mi abuela Rosa. No sé por qué estábamos juntos porque ellos solían
estar a su aire. Puede ser que mi abuela les obligara a merendar conmigo, no lo
sé. El caso es que me crucé y me enfadé con él. Me acuerdo que le llamé ‘alérgeno
de molusco’, que por la época era mi insulto preferido. No tenía idea de lo que
significaba eso de ‘alérgeno’ pero me sonaba a una palabra muy mala, a un
insulto, porque una vez se la escuché decir a mi madre hablando con mi tía y no
quería que yo la escuchara. Así es que esa palabra, junto a la otra que de por sí, a
mis ¿cinco años? me parecía gráficamente insultante,‘molusco’, tenía
que ser una ofensa extrema. Así es que se la dije a Samir con toda la rabia que
pude sacar de mi pequeño ser. Él también se enfadó, no sé lo que le habría
hecho antes, pero me respondió llamándome ‘viruela loca’, algo que tampoco
entendía pero que me sonó a tirón de los pelillos que están junto a la oreja y
quise pegarle. A todo esto, Kyaan y sus ojazos abiertos, empezaron a partirse
de risa. Supongo que nuestros insultos le sonarían a estupidez, o la discusión
en sí. Pero para nosotros eran palabrotas inmensas e imperdonables. Mi abuela
me debió de atrapar en el aire, porque yo sentía que volaba directamente al
cuello de mi hermano que me esperaba con los puños en alto. Nunca, jamás,
habíamos tenido una discusión semejante. Pasamos de adorarnos en Kalaij, a
distanciarnos cada vez más en La Ciudad Puerta de la Muralla, y eso que allí,
durante una temporada, mi hermano sólo fue capaz de comunicarse conmigo. Claro,
eso fue antes de que llegara Kyaan. Total, que mi abuela me retuvo, me obligó a
sentarme en su regazo y a los tres nos mandó a guardar silencio.
—Os va a
quedar la boca de algorfifa. –Nos dijo
y se quedó tan ancha, como si no estuviéramos prestos a ampliar nuestros
respectivos repertorios de insultos. Pero claro, más adelante me explicó que
esa palabra se refería a un simple trapo sucio y entonces ya no me pareció tan
digna de considerarla como una palabrota. Luego de un largo silencio de dos pucheros
en trompa y otra que ya no sabía dónde mirar para no reírse, mi abuela nos
contó un cuento que le contaba mi abuelo:
«En una ciudad muy pequeñita vivía un niño que
había aparecido de la nada. Nadie sabía quién era su madre, ni su padre, ni su
familia. Él tampoco podía saberlo porque era tan pequeño que apenas sabía
sentarse. El alcalde le llevó a su casa, pero su mujer no lo
quiso porque su piel era más oscura que la de sus hijos. Así es que el alcalde
le llevó a la casa de las monjas y allí lo criaron hasta que pudo ir al
internado de los curas. Allí solían castigarle por lo que fuera, tanto si hacía
como si dejaba de hacer. Le habían mandado tantas veces a
arrodillarse sobre el suelo de guijarros del patio que dejó de sentir dolor por
esto. En lugar de lamentarse o mostrar debilidad, algo que habría sido peor
durante estos castigos, aprendió a concentrarse y a pensar en el futuro. Se
decía: “soy hijo de la nada, de la nada he surgido a la vida y nada me cuesta
ser agradecido”.
Esto era lo que más recordaba cuando por fin salió de aquel
infierno de internado, eso y su formación como carpintero ebanista. Llegó
siendo un niño apadrinado de lejos por el alcalde y salió con una camisa, unos
pantalones y una caja de herramientas que él mismo se había hecho. Su padrino,
el alcalde, consiguió colocarle en un taller en el que, con el tiempo, su
trabajo le valió el reconocimiento. Pero para eso tuvo que aguantar la envidia
y las zancadillas de sus compañeros. Entonces se decía: “llegué a este mundo de
la nada, nada tengo, salvo mis manos y trescientos sesenta y cinco días para
decir gracias, sobre todo a quienes son como esos guijarros que me enseñaron a
ser fuerte de niño”. Por aquel entonces estaba trabajando en un armario y ese
fue el primer mueble que al terminar grabó en una esquina discreta los números
tres, seis y cinco, además de la letra ge en mayúscula.
Aquella marca se
convirtió en sinónimo de calidad y pronto se hizo tan conocida, que los clientes
empezaron a pedirle a él como maestro ebanista. En este punto tuvo la buena
fortuna de que el maestro dueño del taller apreciaba tanto su trabajo y a él,
que le propuso venderle el taller a pesar de su propio hijo, que era un bueno
para nada en el oficio. Otra vez no fue fácil porque apenas tenía ahorros y ya
para entonces tenía una familia que mantener. Así es que volvió a decirse: “al
ser hijo de la nada, aprendí a crear de la nada y de la nada saldrá el dinero
suficiente para que pueda seguir adelante, así es que empezaré por darle las gracias
a las puertas que hice con estas manos y alguna se abrirá”… Y eso fue lo que
ocurrió.
Encontró a más de una persona que le respaldó económicamente para
hacerse con el taller. Las razones podían ser muchas pero la principal era que su
trabajo hablaba por él y que nunca dejó de ser grato con estas personas a las
que miró siempre de frente, con la honestidad por delante. Y es por todo esto
que cuando sus hijas ponían la mesa y se olvidaban de poner cucharas para tomar
la sopa, lejos de enfadarse, él bromeaba diciendo “¡Ah pobreza!” y ellas corrían
a buscar lo que faltaba. Porque, según les enseñó, nunca se es tan pobre como
para perder la dignidad, el orgullo de hacerse a sí mismo de la nada y en eso
consistía la gratitud hacia la vida»
—Vosotros no habéis nacido de la nada y os tenéis
el uno al otro. Haced el favor de comportaros bien el uno con el otro. No seáis
guijarros entre vosotros. Venga, tú empezaste, dile algo a tu hermano.
A ver, aquí tengo que decir a mi favor que por
aquel entonces tenía unos cinco años. El cuento me lo sé de memoria porque mi
abuela me lo debió de repetir ‘n’ veces durante ‘x’ años. Pero de aquella le
presté poca o nula atención. Supongo que mi cabecita sólo fue capaz de
acariciar una única y novedosa palabra.
— ¡Algoooorfifa! –Me salió sin más. ¡Mi abuela me
había dicho que le dijera ‘algo’ a mi hermano! ¡No tenía la culpa de que se me
pegara el resto!
—¡Climaronte! –Respondió mi hermano, tan o más
picado como antes, porque yo había tenido la osadía y la oportunidad de decirle
un súper insulto recién aprendido, nada menos que de los labios de mi abuela.
Y Kyaan volvió a reír, pero esta vez porque lo de
‘climaronte’ se lo había enseñado ella y no era ninguna ofensa. Le contó que
cuando era pequeña, era una apasionada de las historias de dinosaurios y que cuando
su padre Mikhen metió la pata al contarle que ‘extinguidos’ significaba ‘muertos
para siempre’, su otro padre Kelhde intentó explicarle lo de las inclemencias
del clima, y de ahí, en su cabecita, nació el intemporal e implacable saurio ‘Climaronte’.
Mi abuela, entre nosotros que volvimos a
insultarnos y la otra que no paraba de reír, nos mandó a cada uno por nuestro
lado y dijo que no volvía a tenernos juntos en su casa, por lo menos hasta que
no aprendiésemos a ser agradecidos de lo mucho que teníamos que era y es el tenernos a
nosotros.
¿Y a qué iba yo con todo esto? ¡Ah! Sí, a que
vuelvo a sentirme como una islita minúscula en el mar de la amistad de esos cuatro… Pues
nada, agradeceré esa sensación como si fuesen guijarros en las rodillas de mi
orgullito y a ver si puedo superarlo.
Lo dicho, he convertido mi libreta de viaje en un
diario de ñoñerías ilustradas.