jueves, 1 de junio de 2017

365. Trescientos sesenta y cinco gracias

Nudo de Kipu

De la libreta de Ámbar

«El tren está llegando a la estación» Eso fue lo último que escribí aquel día, antes de encontrarme con ella. Desde entonces Kyaan y yo… 

Por cierto, desde que tuve que interrumpir mi viaje de formación he alterado el contenido de esta libreta. He pasado de escribir sobre lugares, itinerarios, personas que conocía y experiencias en general, a convertir estos folios en una especie de diario personal. Tengo que reconocer que me ha servido para aclararme. Suele pasarme eso, quiero decir, escribir me ayuda a mirar las cosas desde otra perspectiva.
A lo que iba. Desde que bajé de ese tren, mi mundo con Kyaan ha cambiado. Y está bien, es un cambio que me ilusiona. Pero sucede que por momentos siento que mi hermano y ella vuelven a pasar de mí, igual que cuando éramos niños. Es cierto que estamos en un, vamos a decirlo, momento extraño. Esto de tener que viajar en el tráiler, con ella, con mi hermano, con Drago y con Leo, me está causando algún tipo de trastorno. Probablemente habría sido peor si Pacha hubiese venido con nosotros, pero felizmente prefirió quedarse con Abril. ¡No es la primera vez que estoy con ellos, pero me encuentro extraña! Además, los cuatro son como una odiosa familia feliz. Saben lo que va a decir el otro, lo que les gusta o deja de gustar. En medio de ellos soy como un pegote. ¡Y no es la primera vez que convivo con los cuatro! No sé, supongo que también es un poco de envidia por mi parte. Ellos se formaron en equipo, en cambio mi formación como hacedora fue y sigue siendo distinta… Y digo ‘envidia’ por el modo en que se complementan y porque, antes de que llegara Kyaan, yo tenía algo así con Samir.
Recuerdo una tarde en la que los tres estábamos en casa de mi abuela Rosa. No sé por qué estábamos juntos porque ellos solían estar a su aire. Puede ser que mi abuela les obligara a merendar conmigo, no lo sé. El caso es que me crucé y me enfadé con él. Me acuerdo que le llamé ‘alérgeno de molusco’, que por la época era mi insulto preferido. No tenía idea de lo que significaba eso de ‘alérgeno’ pero me sonaba a una palabra muy mala, a un insulto, porque una vez se la escuché decir a mi madre hablando con mi tía y no quería que yo la escuchara. Así es que esa palabra, junto a la otra que de por sí, a mis ¿cinco años? me parecía gráficamente insultante,‘molusco’, tenía que ser una ofensa extrema. Así es que se la dije a Samir con toda la rabia que pude sacar de mi pequeño ser. Él también se enfadó, no sé lo que le habría hecho antes, pero me respondió llamándome ‘viruela loca’, algo que tampoco entendía pero que me sonó a tirón de los pelillos que están junto a la oreja y quise pegarle. A todo esto, Kyaan y sus ojazos abiertos, empezaron a partirse de risa. Supongo que nuestros insultos le sonarían a estupidez, o la discusión en sí. Pero para nosotros eran palabrotas inmensas e imperdonables. Mi abuela me debió de atrapar en el aire, porque yo sentía que volaba directamente al cuello de mi hermano que me esperaba con los puños en alto. Nunca, jamás, habíamos tenido una discusión semejante. Pasamos de adorarnos en Kalaij, a distanciarnos cada vez más en La Ciudad Puerta de la Muralla, y eso que allí, durante una temporada, mi hermano sólo fue capaz de comunicarse conmigo. Claro, eso fue antes de que llegara Kyaan. Total, que mi abuela me retuvo, me obligó a sentarme en su regazo y a los tres nos mandó a guardar silencio.  
 —Os va a quedar la boca de algorfifa. –Nos dijo y se quedó tan ancha, como si no estuviéramos prestos a ampliar nuestros respectivos repertorios de insultos. Pero claro, más adelante me explicó que esa palabra se refería a un simple trapo sucio y entonces ya no me pareció tan digna de considerarla como una palabrota. Luego de un largo silencio de dos pucheros en trompa y otra que ya no sabía dónde mirar para no reírse, mi abuela nos contó un cuento que le contaba mi abuelo:
«En una ciudad muy pequeñita vivía un niño que había aparecido de la nada. Nadie sabía quién era su madre, ni su padre, ni su familia. Él tampoco podía saberlo porque era tan pequeño que apenas sabía sentarse. El alcalde le llevó a su casa, pero su mujer no lo quiso porque su piel era más oscura que la de sus hijos. Así es que el alcalde le llevó a la casa de las monjas y allí lo criaron hasta que pudo ir al internado de los curas. Allí solían castigarle por lo que fuera, tanto si hacía como si dejaba de hacer. Le habían mandado tantas veces a arrodillarse sobre el suelo de guijarros del patio que dejó de sentir dolor por esto. En lugar de lamentarse o mostrar debilidad, algo que habría sido peor durante estos castigos, aprendió a concentrarse y a pensar en el futuro. Se decía: “soy hijo de la nada, de la nada he surgido a la vida y nada me cuesta ser agradecido”. 
Esto era lo que más recordaba cuando por fin salió de aquel infierno de internado, eso y su formación como carpintero ebanista. Llegó siendo un niño apadrinado de lejos por el alcalde y salió con una camisa, unos pantalones y una caja de herramientas que él mismo se había hecho. Su padrino, el alcalde, consiguió colocarle en un taller en el que, con el tiempo, su trabajo le valió el reconocimiento. Pero para eso tuvo que aguantar la envidia y las zancadillas de sus compañeros. Entonces se decía: “llegué a este mundo de la nada, nada tengo, salvo mis manos y trescientos sesenta y cinco días para decir gracias, sobre todo a quienes son como esos guijarros que me enseñaron a ser fuerte de niño”. Por aquel entonces estaba trabajando en un armario y ese fue el primer mueble que al terminar grabó en una esquina discreta los números tres, seis y cinco, además de la letra ge en mayúscula. 
Aquella marca se convirtió en sinónimo de calidad y pronto se hizo tan conocida, que los clientes empezaron a pedirle a él como maestro ebanista. En este punto tuvo la buena fortuna de que el maestro dueño del taller apreciaba tanto su trabajo y a él, que le propuso venderle el taller a pesar de su propio hijo, que era un bueno para nada en el oficio. Otra vez no fue fácil porque apenas tenía ahorros y ya para entonces tenía una familia que mantener. Así es que volvió a decirse: “al ser hijo de la nada, aprendí a crear de la nada y de la nada saldrá el dinero suficiente para que pueda seguir adelante, así es que empezaré por darle las gracias a las puertas que hice con estas manos y alguna se abrirá”… Y eso fue lo que ocurrió. 
Encontró a más de una persona que le respaldó económicamente para hacerse con el taller. Las razones podían ser muchas pero la principal era que su trabajo hablaba por él y que nunca dejó de ser grato con estas personas a las que miró siempre de frente, con la honestidad por delante. Y es por todo esto que cuando sus hijas ponían la mesa y se olvidaban de poner cucharas para tomar la sopa, lejos de enfadarse, él bromeaba diciendo “¡Ah pobreza!” y ellas corrían a buscar lo que faltaba. Porque, según les enseñó, nunca se es tan pobre como para perder la dignidad, el orgullo de hacerse a sí mismo de la nada y en eso consistía la gratitud hacia la vida»
—Vosotros no habéis nacido de la nada y os tenéis el uno al otro. Haced el favor de comportaros bien el uno con el otro. No seáis guijarros entre vosotros. Venga, tú empezaste, dile algo a tu hermano.
A ver, aquí tengo que decir a mi favor que por aquel entonces tenía unos cinco años. El cuento me lo sé de memoria porque mi abuela me lo debió de repetir ‘n’ veces durante ‘x’ años. Pero de aquella le presté poca o nula atención. Supongo que mi cabecita sólo fue capaz de acariciar una única y novedosa palabra.
— ¡Algoooorfifa! –Me salió sin más. ¡Mi abuela me había dicho que le dijera ‘algo’ a mi hermano! ¡No tenía la culpa de que se me pegara el resto!
—¡Climaronte! –Respondió mi hermano, tan o más picado como antes, porque yo había tenido la osadía y la oportunidad de decirle un súper insulto recién aprendido, nada menos que de los labios de mi abuela.
Y Kyaan volvió a reír, pero esta vez porque lo de ‘climaronte’ se lo había enseñado ella y no era ninguna ofensa. Le contó que cuando era pequeña, era una apasionada de las historias de dinosaurios y que cuando su padre Mikhen metió la pata al contarle que ‘extinguidos’ significaba ‘muertos para siempre’, su otro padre Kelhde intentó explicarle lo de las inclemencias del clima, y de ahí, en su cabecita, nació el intemporal e implacable saurio ‘Climaronte’.
Mi abuela, entre nosotros que volvimos a insultarnos y la otra que no paraba de reír, nos mandó a cada uno por nuestro lado y dijo que no volvía a tenernos juntos en su casa, por lo menos hasta que no aprendiésemos a ser agradecidos de lo mucho que teníamos que era y es el tenernos a nosotros.
¿Y a qué iba yo con todo esto? ¡Ah! Sí, a que vuelvo a sentirme como una islita minúscula en el mar de la amistad de esos cuatro… Pues nada, agradeceré esa sensación como si fuesen guijarros en las rodillas de mi orgullito y a ver si puedo superarlo.
Lo dicho, he convertido mi libreta de viaje en un diario de ñoñerías ilustradas.

miércoles, 31 de mayo de 2017

364. El cuento que salió del armario

El cuento se estaba preparando para darse a conocer. 
Tenía el firme propósito de salir del armario y comerse el mundo. ¡Tenía tantas ilusiones! 
Imaginó que fuera le esperaban una cantidad ingente de lectores con un ávido deseo de conocer sus palabras. 

Se miró en el espejo interior y analizó cada uno de sus detalles. Corrigió la construcción de una oración, repasó una vez más la ortografía (a una palabra le faltaba una tilde) y la puntuación (cambió un punto y coma por un punto, mejorando el sentido de aquella frase). Se fijó en sus personajes, en sus características más llamativas, en sus relaciones, en sus desencuentros: todos eran tal y como debían de ser. 

Se echó una última mirada y, confiado, empujó ligeramente la puerta. 

Iba a dar un paso hacia afuera pero en ese momento un pensamiento perfeccionista, que llevaba toda la vida colgado de una percha, le agarró por la lingüística. 

Tiró y le sacudió con tanta fuerza que le separó los significados de los significantes, o eso fue lo que sintió. Las garras que le sujetaban empezaron a izarle como si fuera una banderita de papel cometa e intentaron colgarle en la percha de la inseguridad, pero entonces, el cuento reaccionó. 

Planteó su metáfora (o se plantó con su metáfora) y esta, como podía ser interpretada de infinitas maneras, dejó patidifusa a la idea perfeccionista que empezó a buscar el sentido exacto, el único, el verdadero. 

El cuento aprovechó esto para recomponerse y escapar, olvidándose de sus detalles, de sus ilusiones, de su supuesto público. De pronto se encontró fuera, sin nadie que le leyera, que reparara en el empeño que había puesto para construirse a sí mismo, pero ¿qué era eso en comparación con el hecho de haberse librado de la molestia que le supuso estar entre las garras del pensamiento perfeccionista? 

Poco a poco empezó a sentirse ligero y aprendió a moverse, a encontrarse de manera natural, casi personal, con sus lectores. Ellas le hacían ojitos cuando le leían; ellos también. 

Así fue como dejó de interesarle eso de comerse al mundo y le encontró el gustillo a dejar que le descubrieran por casual causalidad, a dejar que le devoraran. 

Y la verdad es que es un cuento de esos que nutren el alma de quienes tienen a bien leerle.

martes, 30 de mayo de 2017

363. El final

El armario estaba proyectando imágenes en la blanca pared que tenía en frente. 

Las contemplaba entre apenado y distraído. 

Se preguntaba lo que ocurriría después, cuando su interior dejara de mostrarle todo eso que llevaba por dentro. 

«Esta será la despedida, pero ¿a quién o a qué tendré que decirle adiós?», pensó y al instante olvidó el pensamiento, la pregunta. 

Trató de fijarse en los personajes, en los escenarios de esa especie de pase de diapositivas, pero a la vez le llegaban tantas ideas que empezó a mezclarlo todo. 

Por un lado se sentía responsable de las verdades que guardaba, por otro lado le divertía disfrazarlas de mentiras, lanzarlas al mundo y olvidarse de sus existencias.  

«¿Alguna vez has sentido angustia cuando estabas a punto de terminar de leer un libro y no querías que acabara? ¿Alguna vez disfrutaste tanto de un viaje que cuando tuviste que volver sentiste un gran vacío, como si dejaras abandonada una parte de ti? ¿Alguna vez sentiste nostalgia por todo aquello que te quedó por decir? Algo así es lo que…», iba a seguir pensando pero le entró sueño. 

Entonces apareció una última imagen. Supo que lo era porque ponía “fin”.

El armario bostezó y cerró sus puertas sin importarle saber si las volvería a abrir.

lunes, 29 de mayo de 2017

362. María y Marco

En aquel hospital, durante el tiempo en que trabajé como enfermera, coincidieron tantas historias que me sería difícil escoger una sola como la que más me conmovió. 

Pero hay una que suele aparecer sola en mi memoria: 

María llegó del norte. Lo que tenía da igual, pero basta con decir que la metieron en aislamiento según la internaron. La única persona que iba a verla era su hermano, que fue quien la acompañó durante el viaje. Al principio iba todos los días pero pronto tuvo que buscarse un empleo para poder pagarse la estancia en la capital y parte de las medicinas para su hermana. 

Marco llevaba mucho más tiempo en el hospital. Él llegó de oriente y le operaron de… Tampoco importa. Lo que sí he de decir es que durante una temporada tuvo que ir en silla de ruedas y después tuvo que aprender a usar muletas. 

María llegó en la época en que Marco empezó a moverse solo usando la silla, dando vueltas por toda la planta. 
Así fue como se conocieron, porque él iba a visitar a todo el mundo y a ella le vino bien tener un amigo con el que poder hablar de cualquier cosa que alejara su mente de todo lo que les rodeaba.
—¿Qué es lo que más extrañas? Digo, de tu tierra. Yo mataría por un helado de aguaje. ¿Y tú?
—No sé… Creo que me comería un chumbeque.
—¿Un chumbeque? ¿Qué es eso?
—Si me dices lo que es un aguaje, te cuento lo que es un chumbeque.
—¿En serio? ¡Qué huambrilla eres! Pero está bien, te lo diré. Es un fruto, de una palmera.
—Un chumbeque es un dulce, algunos dicen que es un turrón norteño. ¿Y huambrilla?
—Niña.
—¡Ah! Entonces tú eres un churre.
—Eso no te lo discuto, un churro sí que soy… Un churro algo sipucho por la medicina, pero eso me hace más interesante. ¿A que sí?
—¿Interesante? Supongo que ahora me toca preguntarte lo que significa eso ¿no?
Y así se pasaban las horas, enseñándose el uno al otro las palabras propias de sus respectivas regiones y contándose muchas otras cosas que no interesan contar aquí.
Lo que más me enterneció de su historia fue que, cuando recogieron el armario de Marco, encontraron una libreta en la que había registrado todas esas palabras, sus pensamientos hacia María y una carta para ella… Una carta que nunca llegó a leer.
Pero eso ya no importa. Me gusta imaginar que ahora, ambos están juntos, y siguen charlando de sus cosas y son libres… por fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

361. El bañador

Al rinoceronte paracaidista, luego de finalizar su jornada, le gustaba aterrizar en el balcón de su casa. 

No lo hacía siempre, pero era algo que a Golondrina, así se llamaba su esposa rinoceronte, le disgustaba. 
Ella, que además de trabajar en diseño aeroespacial, se encargaba de los pequeños y de la casa, tenía el tiempo justo para cada cosa. 
Así es que, cuando él hacía la gracieta de caer entre la ropa tendida y el mini huerto urbano, a ella le daba un patatús. 
Esto ocurrió hasta la vez en que Golondrina y los mellizos, Lalo y Lola, libraron todo el día y tuvieron tiempo para escapar del aburrimiento –que suele estar involucrado en muchas maldades– desarrollando un plan para hacer que el padre dejara de pegarles esos sustos. 

Entre los tres rebuscaron dentro del armario hasta que dieron con el bañador de papá. Aquella prenda era como cuatro o cinco tallas más grande que las que usaba a diario. Decía que le gustaba sentirse libre cuando iba a la playa, o de campamento al río. Le bastaba usar el enorme cordón para sujetarse los pantaloncillos a la cintura porque el elástico apenas le servía. 

Entre los tres ataron un extremo del bañador al poste que estaba en la esquina de la casa y estiraron tanto la cintura que tuvieron que atar el otro al árbol familiar de tal manera que quedó como un toldo que cubría el frontal. Luego pusieron la escalera en el balcón y subieron al tejado. Ataron parte de la cintura a la antena y para terminar de abrirla usaron la base de cemento de la sombrilla del jardín. 

La parte interior del bañador, abierta al cielo, fue el segundo objetivo del plan. Compraron crema de chocolate para untar y la esparcieron en el forro interior formando un enorme palomino azucarado. Una vez que terminaron de hacer esto, cruzaron las patas con la esperanza de que esa tarde el padre repitiera la travesura… 
Y así lo hizo. 
La forma de su bañador fue visible desde las alturas y lo otro también. 
Entre el susto y el ataque de risa que le entró en pleno descenso, le fue difícil controlar la dirección del paracaídas y estuvo a punto de convertirse en un gran escombro.

Al final no volvió a repetir la travesura y su esposa y los mellizos no volvieron a comer crema de chocolate en los desayunos.

sábado, 27 de mayo de 2017

360. Un verbo, una acción

El problema planteado por la maestra alquimista decía:

«A mayor compasión, mayor desprecio. Elimina ambos y hurga entre sus cenizas. Si lo haces con ojos ciegos encontrarás la partícula brillante. Entrégala a quien hayas ofendido con tu compasión, con tu desprecio. Entonces el armario abrirá sus puertas hacia el abismo y el firmamento. A continuación conocerás la diferencia entre caer y volar. Tanto si caes como si vuelas, deberás olvidarte de tu ser para seguir siendo. ¿Cómo lo harás sin tener que abandonar lo aprendido? Esa es la pregunta que deberás responder mucho antes de aventurarte a compadecer o a despreciar a un semejante. Esta es la dificultad deberás afrontar eludiendo o eludir afrontando. En ambos casos es la misma acción, el mismo verbo, el que tendrás que poner en práctica»

El aprendiz, con esto en mente, se retiró al desierto para meditar sobre este asunto y volvió al cabo de unos años con la respuesta... 

viernes, 26 de mayo de 2017

359. Notas para un reportaje

La presunta víctima era la nueva inquilina de la pensión para señoritas. 

Se trataba de una mujer de piel clara, de cabello liso y largo, de un castaño rojizo que bajaba en coloración hasta terminar en un rubio dorado. Sus ojos, rasgados, eran de un negro profundo. Sus pómulos eran fuertes y sus labios oscuros y carnosos. En general, sus rasgos eran marcadamente amerindios, como los del resto de sus compañeras de pensión. 
Pero, cuando llegó, ellas sólo se fijaron en su piel y  empezaron a llamarle ‘la gringa’.

Según les dijo, había viajado a esa parte de la selva siguiendo indicios de sus orígenes, de su familia. Por su manera de hablar supieron que era de la misma región, pero seguía siendo blancucha y no le quitaron el alias. 
Ninguna de estas amigas, o compañeras de pensión, pudo referir su nombre. 

Fuera del solapado desprecio de llamarla por un apodo, hicieron buenas migas con ella y pronto la incluyeron en sus actividades de ocio. Las veces que salieron, todo había sido muy normal. Es decir, no la vieron hablar con ningún extraño ni tampoco vieron que alguien, que resultara sospechoso, merodeara por los lugares a los que iban.

La noche en la que ‘la gringa’ desapareció, todas salieron en grupo, primero a cenar en una pollería y luego a bailar en una conocida discoteca. Fue en este lugar en el que la muchacha, a la que todas las demás llaman Yanasera –al parecer por su marcada tendencia de hacerse amiga de todo el mundo y conocer a prácticamente todas las personas de su edad– sitúa los siguientes hechos:

«Estaba en la barra y un tipo, un moreno, se me acercó. Le había visto antes en esa misma discoteca, pero de lejos. Quería preguntarme si era “nosecuantitas”. Dijo un nombre, pero en ese momento no lo escuché bien. Le contesté que nosotras le llamábamos ‘la gringa’, pero que le iba a preguntar. Como sabía que ella estaba buscando a su familia, pensé que igual ese señor, porque era un poco mayor para nosotras, podía saber algo. Entonces me fui corriendo a hablar con ella. Le dije: “Creo que ese pispacho te conoce”, se lo dije así porque me dio vergüenza no saber su nombre y que el otro me hubiese dicho uno que no había escuchado bien. Ella me contestó con algo que me pareció muy extraño. Me preguntó si le había visto la sombra. No supe qué decir, porque allí, en la discoteca, a esa hora, sólo había oscuridad. Como me quedé callada, ella siguió: “Si alguna vez vuelves a encontrarte con ese tipo, no vuelvas a hablarle. Huye. Él no tiene sombra.” Entonces, instintivamente, me giré para intentar ver eso que me estaba diciendo, que aquel tipo no tenía sombra. No pensé en lo que eso podía significar o en que hubiese sido imposible por la poca luz del lugar. Miré entre la gente y al dar con el lugar en el que le había dejado, vi que ya no estaba. Me volví hacia ella, quería que me explicara lo que acababa de decirme, pero tampoco estaba. Pensé que había querido tomarme el pelo, que le conocía, que se había ido a bailar con él. O que no le conocía y que sólo se había ido a bailar. Pero no volví a verla. Ni yo, ni ninguna de nosotras. La esperamos y buscamos lo más que pudimos. Estábamos preocupadas y enfadadas con ella. Podía habernos dicho que se iba a dormir, o que se iba a pasar la noche con el que fuera. Volvimos a casa y nos metimos en su habitación, por si estaba durmiendo. No había nada. La cama estaba con las sábanas dobladas. El armario estaba con las puertas abiertas, vacío. Tampoco había nada en los cajones. Fue como si no hubiese estado nunca allí. Y, déjeme decirle que esa noche estuvimos en su habitación. Lo tenía todo revuelto porque se estuvo probado todo lo que tenía, para salir. Además, todas nos maquillamos allí y dejamos todo hecho un desastre. Dijo que no le importaba, que lo limpiaría después. Lo más extraño es que la dueña de la pensión siempre nos oye cuando volvemos. Nos cuida mucho. No sale de su habitación porque no quiere vernos a esas horas, pero está como pendiente. Y como ella misma le contará, no escuchó que la gringa volviera a casa.»

Se desconoce si la mujer apodada como ‘la gringa’ fue víctima de algún tipo de secuestro o si su desaparición fue un acto voluntario. Por otra parte, salvo sus compañeras y la propietaria de la pensión, en el pueblo nadie la recuerda.

La investigación continuará siguiendo los datos personales que la desaparecida proporcionó a la dueña de la pensión cuando alquiló la habitación, pero a dos días de la denuncia, continuamos sin saber si estos datos son reales.