Llevaba las gafas del revés y el ánimo también.
Debía hacer un encargo; ella y su vestido de encaje y terciopelo no tenían
ganas ni fuerzas para levantarse de la alfombra, ducharse en el armario,
desayunar sentada en el inodoro, enfundarse el vestido con un calzador,
calzarse con los pimientos que tenía en la lista de la compra, escurrirse por el
ascensor hasta su coche y levitar a todos los sitios a los que tenía que ir
incluyendo el del bendito encargo que, mientras cruzaba el primer semáforo, se dio
cuenta que se había dejado dentro del horno. Si hubiese sido algo suyo, le
habría dado igual. Pero era un favor que le había pedido… ¿Quién se lo había
pedido? Ya lo recordaría. Puso sus gafas del derecho y mandó al coche a que la
devolviera a su cama… Y entonces sonó el despertador.
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