La Duda, fascinante y salvaje, salió del armario de una vez y para siempre… Recorrió páramos y praderas, selvas y desiertos, pueblos y ciudades, mundos conocidos y desconocidos, con un único propósito: buscar a la Verdad. En su camino se encontró con unas cuantas mentes intransigentes, aburridas, e incompatibles con cualquier tipo de aprendizaje. La Duda, que era libre –y algo traviesa– se divertía con este tipo de mentes porque solían ser caldo de cultivo para resentimientos fósiles. Pero luego no podía evitar dudar de sus intervenciones. Lo curioso era que cuando hacía estas cosas, sentía que la Verdad asomaba, que casi podía verle a la cara. Eso le daba aliciente para seguir haciendo lo que hacía cada vez que se encontraba con ese tipo de mentes que eran demasiado mundanas para su gusto.
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