La pequeña somnolienta se sentaba a la mesa, cada
mañana, con un ojo cerrado y el otro a medio abrir.
Su madre, cada mañana, le
tenía el desayuno preparado: su enorme tazón de leche con chocolate y a la gran
Matilde.
Así llamaron al bote de galletas con forma de señora bondadosa y
sonriente que ofrecía una bandeja de galletitas recién horneadas de cerámica.
El tarro era un recuerdo que se trajeron de un viaje a Lisboa y era tan grande
que no cabía en el armario de los desayunos, por lo que lo mantenían como
adorno en la encimera.
Una buena mañana, la pequeña somnolienta –y sus
ojazos verdes que no terminaban de abrirse– se sentó frente a Matilde y le dio
los buenos días, pensando que saludaba a su madre o a su maestra que todavía le
estaba hablando desde el otro lado de sus sueños.
La mujer de cerámica le
sonrió.
–¡Buenos días mi niña! ¿Quieres una galleta? –le preguntó
Matilde y enseguida soltó una carcajada.
La pequeña somnolienta se frotó los ojos hasta
que los abrió por completo. Volvió a mirar la figura de cerámica. Ésta le guiñó
un ojo y volvió a su quietud.
A partir de aquella mañana, todos los desayunos fueron parecidos. Los ‘buenos días Matilde’ por un lado, el ‘si quieres galleta’
por el otro, y las risas por ambas partes.
La madre, mientras tanto, disfrutaba observando el divertido soliloquio que su pequeña dormilona mantenía a diario.
Lindo recuerdo!
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