jueves, 23 de marzo de 2017

295. El reloj

La señal del Impaciente Cabeza de Pollo –que así llamaban al jefe de la banda– sería rascarse el bigotillo con la uña larga del meñique, peinándolo de un lado al otro. Petardo Sabueso y Lanoca –La Mano Mágica–, miraban al jefe de reojo desde el otro lado de la barra, esperando su señal para actuar. El atraco sería sencillo. El viejo envidioso jefe de la mafia P.A.T.R.O.N.A.L-S.A. –Pillos, Asesinos, Trapicheros y Raterillos Organizados del Norte, con Armas sin Licencias-Sociedad Anónima– les había contratado para que robaran el reloj de pared del bar. Se trataba de una antigüedad que tenía una característica peculiar: cada noche, a las doce en punto, el péndulo se detenía y con él se paraba el tiempo de quien lo contemplara fijamente, de tal modo que su espíritu se libraba de su cuerpo para viajar durante años y volver en el momento en el que el reloj, por sí mismo, volviera a ponerse en marcha, algo que ocurría al segundo siguiente de haberse detenido. Los malhechores planearon esperar a que el local estuviese casi vacío para someter a sus dueños con amables amenazas. Lo tenían todo estudiado, habían estado observando sus movimientos. Esto ocurriría poco antes de la medianoche. Tendrían los minutos justos para ejecutar su plan. Petardo Sabueso empujaría con su fuerza brutal el armario de los manteles, cubiertos y demás servicio; el mueble estaba a unos escasos centímetros del reloj, por lo que no tardaría demasiado, ni haría mucho aspaviento, por si pasaban transeúntes que pudieran percatarse del suceso –el Impaciente Cabeza de Pollo pensó que usar mesas y sillas para tal fin podría despertar las suspicacias de cualquiera que pudiera verles desde la calle–. Una vez que descolgara el reloj, que debía pesar lo suyo, Lanoca lo cubriría con una tela que llevaba al cuello a modo de pañuelo. No querían arriesgarse a que el péndulo pudiese obrar algún truco desconocido; lo poco que sabían de aquel instrumento era suficiente como para desconfiar de todo aquello que desconocían de él. Mientras ellos hacían su parte, el jefe mantendría a raya a los dueños del bar, amenazándoles con que, si se movían les introduciría su afilada uña mugrienta donde menos se lo esperaran. Ninguno de los tres contó con las habilidades de la hija de la pareja. La niña estaba en una de las mesas del fondo, terminando sus deberes de vacaciones. Ella estaba esperando a que fuese medianoche para acercarse a contemplar el reloj. Conocía de sobra sus poderes y aprendió algunos trucos. El que mejor le salía era el de detener el tiempo de los demás, de quien ella quisiese y hacerlo a voluntad. Eso fue lo que hizo, detuvo el tiempo de los tres malhechores y junto con su padre y su madre, se divirtieron a su costa. Incluso llegaron a averiguar quién estaba detrás de semejante encargo… La sorpresa que prepararon para el viejo envidioso jefe de la mafia fue memorable; sólo requirieron de tiempo para ponerla en marcha y, gracias al reloj, tenían todo el que necesitaban.

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