La señal del Impaciente Cabeza de Pollo –que así
llamaban al jefe de la banda– sería rascarse el bigotillo con la uña larga del
meñique, peinándolo de un lado al otro. Petardo Sabueso y Lanoca –La Mano
Mágica–, miraban al jefe de reojo desde el otro lado de la barra, esperando su
señal para actuar. El atraco sería sencillo. El viejo envidioso jefe de la
mafia P.A.T.R.O.N.A.L-S.A. –Pillos, Asesinos, Trapicheros y Raterillos Organizados
del Norte, con Armas sin Licencias-Sociedad Anónima– les había
contratado para que robaran el reloj de pared del bar. Se trataba de una
antigüedad que tenía una característica peculiar: cada noche, a las doce en
punto, el péndulo se detenía y con él se paraba el tiempo de quien lo contemplara
fijamente, de tal modo que su espíritu se libraba de su cuerpo para viajar
durante años y volver en el momento en el que el reloj, por sí mismo, volviera
a ponerse en marcha, algo que ocurría al segundo siguiente de haberse detenido.
Los malhechores planearon esperar a que el local estuviese casi vacío para
someter a sus dueños con amables amenazas. Lo tenían todo estudiado, habían
estado observando sus movimientos. Esto ocurriría poco antes de la medianoche.
Tendrían los minutos justos para ejecutar su plan. Petardo Sabueso empujaría con
su fuerza brutal el armario de los manteles, cubiertos y demás servicio; el
mueble estaba a unos escasos centímetros del reloj, por lo que no tardaría
demasiado, ni haría mucho aspaviento, por si pasaban transeúntes que pudieran
percatarse del suceso –el Impaciente Cabeza de Pollo pensó que usar mesas y
sillas para tal fin podría despertar las suspicacias de cualquiera que pudiera
verles desde la calle–. Una vez que descolgara el reloj, que debía pesar lo
suyo, Lanoca lo cubriría con una tela que llevaba al cuello a modo de pañuelo. No querían
arriesgarse a que el péndulo pudiese obrar algún truco desconocido; lo poco que
sabían de aquel instrumento era suficiente como para desconfiar de todo aquello
que desconocían de él. Mientras ellos hacían su parte, el jefe mantendría a
raya a los dueños del bar, amenazándoles con que, si se movían les introduciría
su afilada uña mugrienta donde menos se lo esperaran. Ninguno de los tres contó
con las habilidades de la hija de la pareja. La niña estaba en una de las mesas
del fondo, terminando sus deberes de vacaciones. Ella estaba esperando a que
fuese medianoche para acercarse a contemplar el reloj. Conocía de sobra sus
poderes y aprendió algunos trucos. El que mejor le salía era el de detener el
tiempo de los demás, de quien ella quisiese y hacerlo a voluntad. Eso fue lo
que hizo, detuvo el tiempo de los tres malhechores y junto con su padre y su
madre, se divirtieron a su costa. Incluso llegaron a averiguar quién estaba
detrás de semejante encargo… La sorpresa que prepararon para el viejo envidioso
jefe de la mafia fue memorable; sólo requirieron de tiempo para ponerla en
marcha y, gracias al reloj, tenían todo el que necesitaban.
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