Érase un calcetín solitario y meditabundo que se
dejaba arrastrar de un rincón a otro de los entresijos del armario. No tenía
fuerzas para resistirse, para plantar cara –o puntera– al impredecible vaivén,
ni para decidirse a emprender la búsqueda de su par. Le echaba de menos. Le
echaba mucho de menos.
Una mañana de prisas, de esas que suelen ocurrir
los lunes, el solitario calcetín fue atrapado, puesto y llevado a un inacabable
día de trabajo duro. Aguantó roces, calor, sudor y un largo etcétera que le
llevó al agotamiento. Claro, hacía tiempo le habían olvidado entre los rincones
y ya no estaba acostumbrado a sobrellevar un día como aquel. Le sacaron y
pusieron con tal velocidad, que no alcanzó a fijarse en el otro par, el que
iría –sin ir– con él al frente de batalla. Lo único que reconoció fue el pie y
la bota. Era la misma cuyo interior, por alguna razón, le recordaba al puesto
de quesos que estaba frente al puesto del mercado en el que pasó su primer año
de haber sido hecho. Quizás este recuerdo le hizo tener esperanza, creer en que su par
iba en la otra bota.
Al finalizar el día… Todo ocurrió tan de repente…
Le quitaron con tanta ansia que le dejaron medio moribundo, convertido en una
rosquilla de lana verde limón.
Ahogado en su propio humor, se desmayó en el hueco
al que fue a dar. Allí se quedó durante… ¡Quién sabe! Pero, cuando despertó,
reconoció la lana verde limón de la rosquilla que tenía al lado: era su par.
Les habían dejado en un recoveco del sofá desde el que podían ver la tele y, de
vez en cuando, les caía una palomita de maíz que compartían de mil amores.
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