La noche canta. Es un grillo que viene con una
candela y prende un fuego. Les veo, están bailando en las llamas que de pronto
son de un verde luminoso que casi parece bermellón, o azul cobalto, o carmín.
¡Nada que ver! No me distraigas. Quiero ver por dónde se fue el grillo. Pero
del fuego salta una culebra. Dice que tiene hambre y va y regurgita un huevo.
Ella se va a seguir bailando con mis amigas las llamas multicolores y con el
grillo que está poniendo la música. Suena a verde luminoso, a bermellón, a azul
cobalto y a carmín. También huele a todo eso. Y el huevo se parte en dos y
dentro aparece un armario diminuto y pacucho
de los mismos colores que conté antes. Tiene unas ropas ashisitas, creo que son del grillo. Sí, mira cómo se está cambiando.
Se está poniendo su pantalón bombacho, su polera de capucha y su gorro. Dice
que se va a poner a bailar dando vueltas en el suelo. ¿Lo estás apuntando todo di? ¿Di? Ahorita ya vuelta me estoy mareando. Pero no importa, no importa. Sigo
no más. Dice que la culebra ha venido a aguaitarme porque quiere saber con
quién estoy hablando y te ha visto y dice que te quiere chupar tu cuestión. Sí
pues, tu esa cosa que llevas colgando pues. ¿Cómo se llama? Ajá, eso, tu
cantimplora. Dice que tiene sed. Ya se va. Dice que va a traer al chullachaqui para que te asesore a salir
de esta selva, pero yo sé que él te va a querer meter más adentro, hasta que te
vuelvas un tunche. Mejor cállate ya,
y vete ya, no vaya a ser que te siga…
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