domingo, 19 de marzo de 2017

291. Para pensar...



La palabra inacabada –e inacabable– se alargaba a través del tiempo para cubrir lo alcanzable con su existencia aún en construcción. Se alimentaba de todas las palabras sueltas, aquellas que eran pronunciadas sin un propósito definido, aquellas que eran lanzadas al aire, al vacío, al éter… También se nutría de las palabras que la gente escondía en sus cajones, frascos, bolsillos, estuches, jarrones, archivadores, cajas y cualquier recoveco o agujero en el que pudieran caer olvidadas. Uno de estos contenedores era  un armario que había sido abandonado en lo alto de una montaña, casi al borde de un abismo.
La palabra inacabada –e inacabable– llegó con su hambrienta curiosidad hasta la ladera de la montaña. Iba atrapando todas las palabras que habían llegado hasta ahí, pero todas le resultaron insulsas. Estaba a punto de cambiar de rumbo cuando la sombra del armario llamó su atención: le pareció que quería decirle algo importante. Así es que fue hasta el mueble y se susurró a sí misma para que le abriera y le mostrara cada rincón, cada palabra que escondía en su interior. Pero dentro no encontró nada.
La palabra inacabada –e inacabable– decidió que aquel armario, en aquella montaña, con aquel paisaje, era un buen lugar para darse un descanso, y así lo hizo.

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