La palabra inacabada –e inacabable– se
alargaba a través del tiempo para cubrir lo alcanzable con su existencia aún en
construcción. Se alimentaba de todas las palabras sueltas, aquellas que eran
pronunciadas sin un propósito definido, aquellas que eran lanzadas al aire, al
vacío, al éter… También se nutría de las palabras que la gente escondía en sus
cajones, frascos, bolsillos, estuches, jarrones, archivadores, cajas y
cualquier recoveco o agujero en el que pudieran caer olvidadas. Uno de estos
contenedores era un armario que había
sido abandonado en lo alto de una montaña, casi al borde de un abismo.
La palabra inacabada –e inacabable– llegó con su
hambrienta curiosidad hasta la ladera de la montaña. Iba atrapando todas las
palabras que habían llegado hasta ahí, pero todas le resultaron insulsas.
Estaba a punto de cambiar de rumbo cuando la sombra del armario llamó su
atención: le pareció que quería decirle algo importante. Así es que fue hasta
el mueble y se susurró a sí misma para que le abriera y le mostrara cada
rincón, cada palabra que escondía en su interior. Pero dentro no encontró nada.
La palabra inacabada –e inacabable– decidió que aquel armario, en aquella montaña, con aquel paisaje, era un buen lugar para darse un descanso, y así lo hizo.
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