Que llueva, que llueva
Todos, sin excepción, iban de peregrinaje a la
cueva. La piedra fría de la cava protegía su preciado contenido.
Los pajaritos cantan…
Fuera, las nubes, predecían una tregua en los
chubascos. La pereza, y el frío, reinaban en el salón. Las mantas se aferraban
al calorcito generado por cada uno de sus posesos poseedores. Ninguno quería
bajar, aunque sus tripas gritaban antojos. Una pata violín y un cuchillo arco
esperaban pacientes.
Que sí, que no…
El lago, tranquilo. Las montañas del otro lado,
nevadas. La chimenea del vecino, humeando. Las tripas de mamá rugieron
despertándola inesperadamente de su cabezona siesta. El hambre de antojo, de
pata violín, la apartó de una vez y por todas del calor de la manta. Sigilosa,
escapó del salón y bajó a la cava. Y antes de atacar con el cuchillo arco a la
pata violín, sacó del armario a la preciada virgen. Era extra, verde, de olor y
sabor intenso. A esas alturas salivaba. No había probado nada, pero en su
paladar podía sentir el aceite de oliva en contacto con una loncha de pata que
se deshacía cual mantequilla… Los chicos, arriba, no se habían enterado de su
incursión.
¡Que caiga el chaparrón! (glotón)
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