martes, 28 de marzo de 2017

300. Koishiteru

La sugerente mancha de tinta apareció al fondo del camino, en la profundidad del armario. 
Sus colores, de amanecer o de atardecer, irradiaban determinación, coraje, y fuerza, mucha fuerza. 

En ese ambiente, previo al día o a la noche, acontecía la vida dentro del mueble, con la normalidad del aquí nunca pasa nada. No era que sus habitantes, esos seres minúsculos, atómicos, unicelulares, viviesen en el más absoluto aburrimiento, -algo que era imposible, dado el colorido y la energía de su ambiente-. 

Lo que sucedía era que nunca pasaba algo que saliera de lo ordinario. 

Esto fue así hasta que una mañana, o una tarde, unas cuantas partículas decidieron hacer algo diferente. 

Toda esa energía transmitida por la mancha que había en la profundidad debía expresarse de algún modo y si no salía por las buenas, iba a salir por las malas. Esto no era algo que supieran con exactitud pero puede que lo sospecharan, dado que a veces se sentían algo extrañas. Así es que entre ellas se juntaron y empezaron a moverse siguiendo la vibración que les transmitía el colorido y la energía. 

Al principio fueron unas cuantas, pronto fueron trescientos y, finalmente, todas las partículas se contagiaron de ese movimiento. 

Como no sabían leer, porque su pensamiento no daba para tanto, no supieron que la mancha fue tomando la forma de un símbolo cuyo significado influyó en la ropa, en el calzado, en todo lo que había dentro y que las partículas tenían como su mundo

Las personas dueñas del armario, de la ropa, de los zapatos se contagiaron de aquel significado que determinó su destino en común. Lo curioso fue que ellas creyeron que aquella fue una decisión propia, compartida. 

Pero tú sabes que sólo fueron las partículas en movimiento.

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