Se encerró en el armario desde el principio de
los tiempos, bueno, en realidad desde que tuvo consciencia de su ser. Tenía
miedo, miedo tenía… de sí mismo.
Dentro del mueble llovía a cántaros. Quizás
porque su lado pueril lloraba sin consuelo, aterrorizado de su destino, del
destino que se resistía a asumir. Así, el mueble se convirtió en un congelador
desde el que gritaba desesperado. Sabía que fuera podía hacer lo que quisiese,
moría de ganas por demostrarlo, pero su miedo-tenía era mucho más fuerte. Sin embargo, este miedo no era tan fuerte como para negarle la certeza de que no iba a permanecer mucho más tiempo en su encierro y eso era algo
que tendría que afrontar a pesar de sí mismo, de su destino.
Entonces alguien –quizás su verdadero yo–, le llamó desde
fuera usando su único nombre. Su verdadero yo le necesitaba y era por eso que
le invocaba. «Progreso», se llamó a sí mismo usando su verdadero nombre. Y su yo
reaccionó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario