viernes, 10 de marzo de 2017

282. Tambaleante



Le dabas un vino y te contaba todo. Una copa y empezaba con sus historias del día. Dos copas y seguía con sus batallas mundiales. Tres copas y dirigía sus miradas fuera de su grupo de acompañantes a quienes tenía algo mareados, no porque no le siguieran en el ritmo de los vinos, sino porque a esas alturas se habían perdido entre sus enrevesadas historias. Generalmente le dejaban ir solo, tambaleante, tambale, tambalean, tetambale, tambaleante. Él mismo no sabía cómo volvía a casa, pero siempre lo hacía solo y tambaleante. Se metía en el armario, en su armario de lo prohibido, y lloraba hasta quedarse dormido. Era un tipo tan guapo, tan bello y tan… desgraciado. Siempre despertaba de sus sueños alcoholizados con una conclusión: no volvería a beber. Pero esto, con las horas, se le olvidaba.

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