Le dabas un vino y te contaba todo. Una copa y
empezaba con sus historias del día. Dos copas y seguía con sus batallas
mundiales. Tres copas y dirigía sus miradas fuera de su grupo de acompañantes a
quienes tenía algo mareados, no porque no le siguieran en el ritmo de los
vinos, sino porque a esas alturas se habían perdido entre sus enrevesadas
historias. Generalmente le dejaban ir solo, tambaleante, tambale, tambalean,
tetambale, tambaleante. Él mismo no sabía cómo volvía a casa, pero siempre lo
hacía solo y tambaleante. Se metía en el armario, en su armario de lo
prohibido, y lloraba hasta quedarse dormido. Era un tipo tan guapo, tan bello y
tan… desgraciado. Siempre despertaba de sus sueños alcoholizados con una
conclusión: no volvería a beber. Pero esto, con las horas, se le olvidaba.
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