El hombrecillo imberbe y sinsustancia subió con insistencia
a la montaña, aún en contra de los consejos de los expertos montañeros que le
dijeron que aquel día no era prudente intentar la hazaña.
Le llevaron hasta cierto punto y él y su
insistencia siguieron subiendo.
Un desprendimiento de nieve provocó una
inesperada avalancha que se llevó, tanto al hombrecillo como a los restos de una posada
abandonada.
Le encontraron unos días después, cuando la nieve quiso que le
encontraran.
Quedó congelado en una postura imposible, por lo que tenía que estar terriblemente roto por dentro.
El armario que le servía de sarcófago, sin embargo, estaba intacto. El mueble fue a dar de pie contra un árbol milenario.
Y sobre, sobre la peculiar tumba,
unos pajarillos estaban empollando sus huevecillos…
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