Cacareaba. Se despertó a sí mismo durante uno de
sus cacareos. El sueño del que estaba saliendo le escupió una pluma. Picoteó su
reloj de muñeca pero no pudo ver nada. La oscuridad de su habitación era más
densa que de costumbre. Su habitación era más densa que de costumbre, más
pequeña, casi una jaula. El sueño del que estaba saliendo le picoteó en un ojo.
Era un zapato que apartó enseguida. Su mano se enredó en un abrigo de plumas
que debía tener un agujero porque tenía un montón de ellas por todas partes.
Las sentía, no podía verlas. Las respiraba, las tosía, le picaban en el cuello,
en la frente, en la nariz, en los labios; pero no podía verlas. Quiso estirar
las piernas, pero su cama seguía en aquel sueño del que casi no recordaba nada,
salvo el apretado gallinero. Levantó el torso, apoyó el hombro en la pared de
la jaula que cedió por su peso y cayó fuera del armario. Se sentía pesado,
flojo, sin fuerzas para sostenerse, para incorporarse. Cacareó una vez más. Sonó algo lastimero. La cabeza le daba vueltas. Su pico le sabía a corcho. Aquel
estaba siendo el despertar más extraño que había tenido.
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