viernes, 24 de marzo de 2017

296. Flácido

Cacareaba. Se despertó a sí mismo durante uno de sus cacareos. El sueño del que estaba saliendo le escupió una pluma. Picoteó su reloj de muñeca pero no pudo ver nada. La oscuridad de su habitación era más densa que de costumbre. Su habitación era más densa que de costumbre, más pequeña, casi una jaula. El sueño del que estaba saliendo le picoteó en un ojo. Era un zapato que apartó enseguida. Su mano se enredó en un abrigo de plumas que debía tener un agujero porque tenía un montón de ellas por todas partes. Las sentía, no podía verlas. Las respiraba, las tosía, le picaban en el cuello, en la frente, en la nariz, en los labios; pero no podía verlas. Quiso estirar las piernas, pero su cama seguía en aquel sueño del que casi no recordaba nada, salvo el apretado gallinero. Levantó el torso, apoyó el hombro en la pared de la jaula que cedió por su peso y cayó fuera del armario. Se sentía pesado, flojo, sin fuerzas para sostenerse, para incorporarse. Cacareó una vez más. Sonó algo lastimero. La cabeza le daba vueltas. Su pico le sabía a corcho. Aquel estaba siendo el despertar más extraño que había tenido.

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