La imagen distorsionada del mundo se reflejaba en
los espejos interiores del mueble. El candado censuraba a la imagen y a la
infinidad de palabras, frases, letras, números, y símbolos, que colgaban de una
infinidad de perchas. El tiempo, doblado en la balda superior, se asemejaba a
un jardín de rosas perennes e iguales, salvo una. La del centro, de un rosa
intenso, una tonalidad obtenida quizás de la mezcla de una fresa hervida y
leche condensada. Aquella era la ROSA, creada, esculpida, escrita, dibujada e
imaginada así, en mayúsculas. Sus pétalos concebidos en espiral alrededor de su
centro que a su vez era el centro del universo. El hermético armario no era
complicado de comprender; para conocer sus secretos era necesario olvidarse de
las distorsiones y saltar al centro del jardín. El único requisito era resolver
la combinación del candado. Una pista: para lograrlo, hay que estar de cabeza.
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