Estaba dándole vueltas al modo en que se lo
explicaría a su esposa, aunque en el fondo sabía que no había explicación
posible. ¡Sólo había sido un desliz sin importancia! Pero la conocía y sabía
que ella no se lo perdonaría, no después de que la última vez le hubiese jurado
que no volvería a dejarse llevar por sus debilidades. Tampoco ayudaba que le
hubiese pillado en aquella situación tan comprometedora… Y ahora sólo le
quedaba seguirla en silencio, hasta un lugar apartado en el que pudiesen
hablar. Ella odiaba las confrontaciones en público y fue por eso que se lo
llevó hacia adentro, lejos de los demás. Tenía que explicarle que aquello sólo
había sido un juego infantil, sin mayor intención que las de echarse unas… ¡En qué
estaba pensando! Sabía que esta vez se había metido en un enorme lío. Ella se
detuvo, le encaró y le soltó más de lo que él imaginaba que le iba a decir.
Sabía que esa no había sido, ni mucho menos, la única vez que se veían. Sabía
que solían citarse bajo la estantería de las conservas, junto al armario de las
especias.
—Tú y esa… Esa… —contuvo el aliento y la ira. Al
cabo de un fuerte e intencionado suspiro, la Coliflor continuó—: Tú y tu Berenjena
podéis dejar de esconderos. Yo me iré a hacer un crucero en un guiso. Adiós.
El Repollo, que no tuvo oportunidad a reaccionar
en batalla o en súplica se quedó de una pieza viendo marchar a la que había
sido el amor de su vida. Estaba tan absorto que no se dio cuenta que el tendero
estaba allí. En cuanto le vio, le levantó a la mesa, lo cortó en dos, envolvió
cada mitad con un film transparente y se lo llevó a la mesa de ofertas, de la
mercancía que estaba a punto de volverse caduca.
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