El roto, pata coja, espíritu sinsustancia, acusaba de depravación –señalando con su índice frígido– a criaturas inocentes que sufrían por no sentir que pertenecían al cuerpo en el que cayeron desde el mundo de las ideas.
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia, mandó a construir un enorme armario con ruedas para encarcelar a todo aquel que le llevara la contraria. Les acusaría de faltar a su libertad de expresión –también les señalaría con su putrefacto dedo índice–, de atentar contra su derecho a expresar sus sentimientos religiosos. ¡Pobre víctima!
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia, hacía todo esto porque necesitaba sentir que era capaz de controlar lo incontrolable pues, en la oscura soledad, su índice obsceno le acusaba, frente al espejo, de desear que su prójimo le clavara su cruz, de su propia concupiscencia –de ahí su acumulación de bienes, algo que estaba a la vista de todo dios, y de otros asuntillos que mantenía en secreto porque… ¡imagínalo!–, y de algún pecado adicional que prefería que siguiera sepultado bajo el bastón de su olvido.
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia no podía amar a los demás, porque se había vuelto totalmente incapaz de aceptarse y amarse a sí mismo.
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia, mandó a construir un enorme armario con ruedas para encarcelar a todo aquel que le llevara la contraria. Les acusaría de faltar a su libertad de expresión –también les señalaría con su putrefacto dedo índice–, de atentar contra su derecho a expresar sus sentimientos religiosos. ¡Pobre víctima!
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia, hacía todo esto porque necesitaba sentir que era capaz de controlar lo incontrolable pues, en la oscura soledad, su índice obsceno le acusaba, frente al espejo, de desear que su prójimo le clavara su cruz, de su propia concupiscencia –de ahí su acumulación de bienes, algo que estaba a la vista de todo dios, y de otros asuntillos que mantenía en secreto porque… ¡imagínalo!–, y de algún pecado adicional que prefería que siguiera sepultado bajo el bastón de su olvido.
El roto, pata coja, espíritu sinsustancia no podía amar a los demás, porque se había vuelto totalmente incapaz de aceptarse y amarse a sí mismo.
Mejor dicho, otro señor que también estaba roto, al que la culpa también le había vuelto inválido, y cuyo espíritu también era frívolo, le había vuelto así…
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