El recuerdo se elevaba con el soporte de andamios
en medio de la plaza.
Era una figura colosal que a ratos parecía una casa del
revés, un armario con las puertas abiertas, un parque de juegos para
adultos infantiles, un castillo de princesas sin cuentos, una rueda de interminable
fortuna, una tarta con velas que nunca se iban a apagar.
La niña, sentada en la
acera con las manos abrazando sus rodillas, contemplaba con asombro el
recuerdo. «¡Pétalo todo!», le susurró la inconfundible voz de su amor eterno.
Entonces vio a sus pies un interruptor que encendió de inmediato.
Los fuegos
artificiales estallaron desde el recuerdo, iluminando la plaza y el porvenir de
la pequeña.
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