Antonio era más conocido en su barrio como ‘Antoñito’, porque así se empeñaron en llamarle las amigas de su madre. Al principio lo hicieron a sus espaldas, como una gracia –una burla más bien– porque el niño no había salido muy agraciado. Pero no tardaron en usar el apodo cada vez que preguntaban por él, algo que achacaron a una supuesta fórmula de cariño. En realidad, a las muy brujas, se les había metido entre ceja y escoba que, como Antonio era delgaducho, orejón, cabezón y de ojeras tan o más grandes que sus ojos, sería más que muy tímido con las chicas, cuando tuviera edad de fijarse en ellas, claro está. Así es que en el barrio se ganó la fama de tímido mucho antes de que hubiese empezado a caminar, a leer, a aprender sobre el mundo a través de los libros, a comprender el sentido real de aquel apodo y a empezar a darle vueltas al modo en que podría sacarle partido. Cuando tuvo una idea, usó el espejo de su armario para practicar todo aquello que iba a usar cuando las señoras, confiadas en su timidez, le dejaran a solas con sus hijas…
Pero él, sobre todas las cosas, era un buen chico y jamás habría hecho nada que pudiera ofender de algún modo a sus amigas –aunque sus madres fueran unas brujas–. Sólo practicó con ellas sus habilidades de conversación, de escucha, y refinó su humor.
A la vuelta de la universidad, el último estirón, su entrenamiento con pesas, y su licenciatura en publicidad, habían borrado de un plumazo su apodo. Las mismas madres se empeñaron por reconectar a sus hijas, las que seguían siendo solteras, con el agraciado joven del brillante porvenir. Pero Antonio les dejó muy claro que tanto él como su novio tenían un compromiso serio. Ellas, las brujas, se tuvieron que morder la lengua –más que nada porque no supieron qué hacer con ella–.
Pero él, sobre todas las cosas, era un buen chico y jamás habría hecho nada que pudiera ofender de algún modo a sus amigas –aunque sus madres fueran unas brujas–. Sólo practicó con ellas sus habilidades de conversación, de escucha, y refinó su humor.
A la vuelta de la universidad, el último estirón, su entrenamiento con pesas, y su licenciatura en publicidad, habían borrado de un plumazo su apodo. Las mismas madres se empeñaron por reconectar a sus hijas, las que seguían siendo solteras, con el agraciado joven del brillante porvenir. Pero Antonio les dejó muy claro que tanto él como su novio tenían un compromiso serio. Ellas, las brujas, se tuvieron que morder la lengua –más que nada porque no supieron qué hacer con ella–.
Jajajajajajajajaja!!!
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