La diminuta mancha de tinta se sentía un poco
oscura, informe y sin sentido.
Le hubiese gustado llorar, pero si lo hacía, se
habría diluido y vuelto una aguada.
Una voz en su interior le dijo que no se
fiara de los sentimientos porque eran unos mentirosos.
«¡Mentirosooooos!»,
gritó la misma voz.
Pensó y pensó en el modo de eludir a los sentimientos –esos
mentirosos–.
Desde donde estaba –un folio que se encontraba encima de un
tablero– sólo podía ver el techo, unas sombras y una mano que se movía por
encima, siempre ocupada con colores y pinceles…
Entonces se dijo: «¡Quiero
querer!» –le salió así porque a veces se liaba con las palabras, a ver, era una
diminuta mancha de tinta–.
Lo intentó de nuevo y volvió a salirle lo mismo, aunque
no fue del todo igual:
«¡Quiero querer ser…!»
Unas cosquillas le sorprendieron
y tuvo que dejar de hablar porque empezó a reír y a reír…
Cuando el pincel
terminó de andar encima suyo y recobró la compostura, se dio cuenta que se
sentía diferente.
La mano la había convertido en el centro de un paisaje.
¡Se
sentía tan bien…! Pero poco después, cuando secó el papel, la mano metió al
folio dentro de una carpeta que guardó dentro de un armario.
Entonces la mancha de tinta empezó a
sentirse…
No volvió a permitir que ningún sentimiento la confundiera.
Centró
sus pensamientos en lo que quería querer ser. Pureza.
No mucho tiempo después estaba
en un bonito marco.
Y ese sólo fue el inicio.
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