Decía la curuxa que todo estaba en la mente y cuanto más indecente, mejor se daban las cosas.
¿Cuánto más iba a esperar la bruja a que todo fuese como ella quería?
Pensaba en la pata, nombraba a la cabra, contaba las ancas de la rana y todo volvía a empezar.
Y en la mano leía las líneas que iban y venían del pasado al presente sembrando quién sabe qué para el futuro.
Las arrugas en la frente de sus clientes, sus suspiros y sus latidos le daban las pistas que necesitaba:
—Y a la vuelta de la esquina encontrarás un carruaje de oro que te llevará a lo más alto de tus sueños.
Siempre la misma sentencia, siempre las mismas miradas agradecidas por brindarles un poquito de esperanza.
¡Pero ay! ¡Lo que ocurría con las mentes indecentes era otra cosa!
Los pensamientos libres, aquellos que crecían sin ataduras, no había modo de leerles el destino.
Los pensamientos libres iban creando, amando y labrando lo que fuera que querían ser y no vivían metidos dentro de un armario.
No había poder supremo o mundano que pudiera influir sobre los pensamientos libres.
La bruja curuxa creía firmemente en que lo que fuera a ocurrir eran decisiones bien pensadas y que ella se limitaba a soplar en la misma dirección que el viento.
Sólo había una cosa que con toda seguridad podía predecir: que su gato nunca le haría asco a un platillo de leche tibia.
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