jueves, 20 de octubre de 2016

141. La caja

Se sentó contra las puertas del armario, rendida, agotada de buscar su cámara de fotos. 

Estaba segura de que la metió dentro de una de sus cajas de los olvidos. 

Esa era su estrategia de orden: todo lo que no usaba lo metía en cajas. 

La última vez que usó la cámara fue... No podía precisarlo pero le parecía una eternidad. Ni siquiera recordaba si la había guardado vacía o con un carrete a medio usar. “Un carrete”; sí, era ese tipo de cámara. La última vez que la usó fue… ¡Eso era! ¡Poco antes de que falleciera su abuelo! Puede que durante aquella última reunión familiar en la que estuvieron todos. Había pasado más de veinte años desde entonces. Sintió entusiasmo: si el aparato todavía guardaba un carrete, las fotos podrían formar parte de ese recuerdo.

Su gato se acercó hasta ella, se restregó contra su brazo y la devolvió a su tarea. El pequeño peludo rascó las puertas del armario. Como era su costumbre, quería meterse a echar una de sus tantas siestas del día. Ella se hizo a un lado y le abrió las puertas. El gato afiló las uñas en el borde de una caja forrada con tela, se subió encima, dio un par de vueltas y se enroscó recostándose en la tapa. Esa caja contenía algunas cosas de invierno que incluían unos guantes de lana que pertenecieron a su abuelo. Entonces lo tuvo claro.

Subió al desván. Sacó una caja que llevaba sin abrir desde su última mudanza. Allí estaba la cámara y tenía un carrete dentro. Su descuido podía haber echado a perder las fotos, eso la inquietaba; pero, ¿y si se había conservado? Esa idea la llenó de ilusión.

Llamó a uno de sus mejores amigos que, además de ser fotógrafo profesional, era un apasionado de los procesos fotográficos artesanales, un artista.  

―No saques el carrete de donde está, lo haré yo ―apremió él antes de colgar.

No lo había hecho. Vio el contador del carrete desde fuera: marcaba treinta y dos; quedaban cuatro fotos. Desde el primer minuto tuvo claro que no iba a cometer otra torpeza. Antes de hacer esa llamada, reemplazó la toalla, con la que en su día envolvió y guardó la cámara, con otra limpia. Metió el atado en su bolso con lo demás y una vez que tuvo todo listo, llamó. Sospechaba que su amigo le diría que fuera a verlo sin perder tiempo. Así fue y así lo hizo.

Fuera, llovía. El trayecto en coche fue tranquilo. Una hora escuchando música y recordando esa última reunión. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si no fue esa la última vez que usó la cámara? Después de tanto tiempo, no estaba segura.

Su amigo la recibió con algo de prisa. Desde que hablaron, no dejaron de llegar clientes a su tienda. Todos querían información sobre sus servicios para eventos: tres matrimonios, dos comuniones, un aniversario de bodas de plata, uno deportivo, y nada menos que cuatro culturales y todo eso hasta que ella llegó. Después la gente siguió entrando, algunos de vuelta pues se habían decidido y querían contratarle. Ella tuvo que dejar su preciado tesoro y regresar a casa algo decepcionada. Había imaginado que él podría… Pero también era verdad que aunque él hubiera cerrado la tienda para dedicarse exclusivamente a su encargo, ella le habría estorbado. Tampoco había caído en la cuenta de que su amigo sólo procesaba fotos digitales en la tienda; su estudio lo tenía en casa.

En el trayecto de vuelta se consoló pensando que, después de tantos años, ¿qué importaba unos días más?

Y los días se convirtieron en semanas.

Y las semanas en silencio.

Hasta que una madrugada, sobre las tres, la despertó una llamada. 

Su amigo, el fotógrafo, quería hablar, le urgía contarle algo importante, pero era incapaz de articular dos palabras que tuvieran sentido. Hasta que por fin le salió:

―Tienes que venir a ver las fotos.

―Bueno, iré mañana atontado, que son las tres. ―Le respondió algo gruñona por eso de haber sido arrebatada del sueño.

―No, tienes que venir ¡ahora! ―y colgó.

Se vistió a regañadientes. Pensó que su amigo estaría pasando por alguna mala racha, alguna de amores. No sería la primera vez que, por ese mismo tema, exigía su compañía a deshoras. Lo de las fotos sería un pretexto. Se armó de paciencia, de una botella de ginebra y del último paquete de croquetas congeladas que devoraría nada más llegar, le estaban rugiendo las tripas. El gato la riñó a maullidos: por despertarlo, porque quería algún premio, porque quería agua, porque quería mimos, porque quería más pienso, porque quería que se quedara acurrucada con él en la cama. Por ese “a saber por qué la reñía” hizo todo lo que podría querer el gato y, aun así, el peludo le maulló tristón a la puerta cerrada.

Algo menos de una hora después –porque no había tráfico– llegó a casa del fotógrafo. Él la estaba esperando en el portal. Tiritaba como un condenado por su propia necedad. Otra vez fue incapaz de articular palabra, en parte porque le chirriaban los dientes y en parte porque parecía pálido, no por frío, por miedo. El hombre entrelazó su mano helada a la suya y así, sin separarse de ella, la condujo las cinco plantas escaleras arriba, dentro del piso, directo a la mesa de trabajo. En ella había dos montones de fotos: la pila más grande hacia arriba, las otras estaban volteadas boca abajo. Él señaló ambas y retrocedió hasta caer sentado en el sofá. Ella tomó el primer montón y fue pasando las fotos una a una.

―Sí, son las fotos de la última reunión de mi familia con mi abuelo ―dijo aliviada. Y algo más seria, agregó: ― Pero no entiendo, ¿cuál es el problema?

Su amigo no respondió. Se había pasado la manta por encima y permanecía balanceándose, mirando algún punto de la nada.

Ella le dio la vuelta a ese primer montón. Su amigo las había numerado y la última era la treinta y dos. 

En ese momento, su corazón se aceleró. 

Tragó saliva. Tomó el montón más pequeño, el que estaba boca abajo. La última estaba numerada como “cuatro”. 

Cerró los ojos y les dio la vuelta sobre la mesa. Respiró y... Cuando miró, tuvo que retroceder. 

Las cuatro fotos eran una secuencia de un mismo momento. En primer plano ella sentada en el suelo apoyada contra el armario, su gato restregándose en su brazo derecho y, de ese lado, también sentado en el suelo, la imagen espectral de su abuelo sonriendo con dulzura a la cámara.

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